Amy Winehouse, el último poema de los malditos 27

Amy Winehouse, el último poema de los malditos 27
23 julio, 2026 por Redacción La tinta

Quince años han pasado desde la muerte de Amy Winehouse, la voz que parecía destinada a renovar el soul, pero que terminó inscribiendo su nombre en el infame «club de los 27». Detrás de esas vidas desbordadas y de esas muertes prematuras, se esconde, sin embargo, una vocación poética que vale la pena reconocer. El Laboratorio Pop de la UNC vuelve hoy sobre Amy Winehouse para recordar cómo tragedia, fugacidad y poesía forman una de las alianzas más persistentes de la cultura pop.

Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta

Jim Morrison murió junto a un poemario de Baudelaire, escritor cuya tumba visitó varias veces antes de ser encontrado sin vida en el departamento de Le Marais. Como Jeff Buckley, varias temporadas en el infierno pasó Kurt Cobain junto a las Iluminaciones de Rimbaud, esos poemas que Courtney Love pronunció en el funeral de su marido antes de leer su carta de suicidio. Y “camina bella como la noche” fueron las palabras con las que, antes de entregarse de lleno a los consumos, Michael Hutchense le escribió a Kylie Minogue, tomando prestados esos versos del mismísimo Lord Byron. La alianza entre la maldita poesía y la tragedia rockera es irrefutable.

Cuando Amy Winehouse murió un 23 de julio de 2011, se cortó un hilo que muchos otros tensaron antes que ella. No porque la cultura tenga su inconsciente como algunos quisieron zanjar, sino porque ciertas fórmulas se escriben con la tinta de la tragedia y, por ello, adquieren la persistencia de un mito. El «club de los 27» es uno de ellos y uno de los panteones favoritos en la mitología pop.

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Integrantes de infame Club de los 27: Jim Morrison, Kurt Cobain y Jean-Michel Basquiat

Cuando, en la quincuagésima noche de los Grammy, una joven británica de apenas veinticuatro años subió una y otra vez al escenario para recibir estatuillas, quienes todavía no habían posado los ojos sobre ella comprendieron que estaban frente a un mito en ciernes. Era 2008 y la fama irrumpió feroz. Amy Winehouse triunfaba como la contracara de un pop en transición todavía incierta: aún se extendían los remanentes emo y la estética flogger, mientras programas como The X Factor asistían al último reinado de las boybands y Lady Gaga se incubaba como la gran revolución de la década. Amy eligió otra ruta: volvía sobre el soul, el jazz y la estética de las Ronettes (heredada, por cierto, de su abuela) para, desde allí, construir una voz que sonaba antigua y, precisamente por eso, radicalmente nueva. Y salió a escena en busca de ser reconocida como compositora, como esa mujer que lamía sus propias heridas para luego escribir versos sobre ellas.

Sus padres, que hoy miran entre tristeza y fascinación aquella vida que ―lo reconocen― fue un verdadero caos, recuerdan que su primer amor fue, en efecto, la poesía. Deslumbrada por la precisión de esas pocas palabras capaces de contener un mundo, Winehouse tuvo una obsesión temprana con los haikus. Hoy, sus diarios, cuadernos y notas testimonian que Amy también comenzó a entrenar su pluma desde muy temprano. “You know I’m bad, daddy”, escribía entre dibujos cuando todavía no había cumplido diez años, como si en aquellas primeras palabras apareciera ―algo intuitivamente― esa oscuridad que luego tendría su obra, además de cierta conciencia precoz de la fugacidad (“la vida es demasiado corta”, anotaba entonces, “qué sentido tiene estar dándole tantas vueltas a la cosa”).

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Fragmentos de los cuadernos personales de Amy Winehouse: los poemas y dibujos que poblaban sus notas.

Cada canción suya testimonia esa vocación estética, en especial, el repertorio que compone Back to Black (2006), su obra consagratoria. Compuesto en menos de tres semanas durante una estadía en Nueva York, el álbum es una elegía al desamor que nace de uno de los romances truncos de Amy. Porque, de una u otra manera, ella solo escribía desde la pérdida, tal vez porque la palabra siempre es insuficiente mientras todavía arden el enamoramiento y el deseo: sobre el amor, decía Julia Kristeva, solo se habla después y es precisamente el lenguaje poético el más avezado para describir aquello que se resiste a definiciones. ¿Acaso “volver al negro” no es una metáfora deliciosa para quien ha muerto cien veces por amor? Y no fue la única británica que habló esa lengua: la princesa Diana Spencer, cuando lució su célebre revenge dress en vísperas de su escandalosa separación, también había demostrado que el luto puede ser una forma muy poética de declararse en desamor.

Quiso alguna Moira que aquella pluma se interrumpiera a poco del éxito mundial y con solo dos álbumes escritos. Hace exactamente quince años, Winehouse fallecía a los 27 años luego de una vida de sobredosis, recaídas y fantasmas, inscribiendo así su nombre en ese catálogo de vidas fugaces que hoy integran un club.

Tal asociación, además de la obviedad de un número, se debe a una misma narrativa que se replica obsesa: el enfant terrible que el mundo no comprende, la transformación de esa incomprensión en arte, el éxito desbordante sostenido en excesos y una muerte muy temprana que, paradójicamente, parece esperarse.

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“Sí, quiero ser famoso. Y no, no quiero cumplir treinta años”, sentenció Brian Jones quien inauguró este infame club en 1969, poco antes de abandonar su otra gran fundación: los Rolling Stones. A ese panteón, se sumarían luego Jimi Hendrix y Janis Joplin, muertos con pocos meses de diferencia. Además de Morrison y Cobain, también estará Basquiat, cuya vida terminó a los 27, entregado a los consumos tras la muerte de su amigo y mentor, Warhol.

Por apenas un año, Heath Ledger quedó fuera del club, pero protagonizó la escena que se repite con tenacidad mítica: cuando las adicciones parecen aflojar (ocurrió con Whitney Houston y, mucho antes, con el mismo Elvis), la muerte aparece para reclamar su lugar.

Hay quienes dicen que el mito de los 27 involucra cierto tipo de premura: la necesidad febril de consumirse en la experiencia antes de que el tiempo acartonado de la cultura domestique. Es como si rockstars y estrellas vinieran a ejercer una suerte de aceleracionismo pop involuntario: vive rápido, muere joven y deja un cadáver bonito, como bien reza el aforismo que (erróneamente) se le atribuye a James Dean, otro actor que, sin proponérselo, nos enseñó cuán bella puede ser la muerte temprana en nuestra cultura.

Arthur Rimbaud, Lord Byron y Charles Baudelaire
La cumbre de los poetas malditos: Arthur Rimbaud, Lord Byron y Charles Baudelaire.

Sin embargo, si algo en verdad hilvana estas vidas, es el exceso: combustible del genio atormentado. “No tengo 70 días”, proclamó Winehouse en esa carta de presentación que fue “Rehab”, donde recuerda cómo tocó fondo y, no obstante, rechazó toda ayuda pues la sobriedad apagaba su escritura. También los poetas malditos habían hecho de la embriaguez condición para la creación: “hada verde” llamaba Rimbaud a la absenta, convencido de que ese licor contribuía a un desarreglo sensorial que todo genio necesitaba. Si los rockeros leen a esos poetas como a sus maestros y como ellos ambicionan escribir, es lógico pensar que no solo hereden una fórmula literaria. Incluso, en esas obras poéticas, artistas como Morrison, Cobain y la propia Winehouse hallarán una auténtica forma de resistencia: el mero deleite del arte, ese disfrute sin finalidad que es capaz de afanarle tiempo a una cultura acelerada y que atenta contra la productividad capitalista.

“Siempre escribí poesía y cosas así, por lo que componer canciones no me parecía algo tan espectacular”, confesó Winehouse, aquella promesa que también reconoció ser “una persona tan autodestructiva que siempre tengo material a mi disposición para inspirarme”. Poesía y destrucción: inseparables una vez más. Por ello, mientras algunos apuntan contra un padre que habría antepuesto el negocio a la salud de su hija, hay quienes piensan que nada hubiera bastado para torcer esa profecía anunciada que fue Amy Winehouse y, por ende, que solo restaba alimentar el mito con su propia simbología. Quizá sea esa la razón por la que, cual Difunta Correa británica, Winehouse es todavía venerada en las puertas de su casa, allí donde sus seguidores continúan dejando botellas de alcohol, vasos, muchos cigarrillos y fragmentos de sus composiciones. Y mientras el arte sepa arrancarle esas bellezas incluso a las miserias más cotidianas, volver a lucir el negro nunca será una mala opción.

*Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta.

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Palabras claves: Amy Winehouse, club de los 27

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