Robarle al ladrón: las banderas de las invasiones inglesas expuestas en pleno centro cordobés
A lo largo de la tumultuosa historia que nos une a Inglaterra, diversos momentos nos han reivindicado, aunque tan solo sea en el plano simbólico. En esta lucha desproporcionada, el fútbol ha terminado por constituirse en una de las expresiones más acabadas de resistencia. En nuestra ciudad, se oculta a plena luz del día el vestigio de la vez que supimos robarle al ladrón.
A cuarenta años del encuentro mítico de 1986, las sucesivas rondas eliminatorias del Mundial FIFA 2026 quisieron que nos enfrentemos otra vez con Inglaterra y, esta vez, en semifinales. Estamos ante un partido que, como muchos dicen, importa más que ganar la final. No es para menos: “Robarle un gol al ladrón” o simplemente “robarle al ladrón” es la expresión que más ha circulado desde los últimos minutos del triunfo ante Suiza y horas después de que Noruega cayera ante los ingleses.

La expresión solapa diversos significados. En un sentido futbolístico, el enfrentamiento con nuestro país tiene un antecedente menos conocido que la mano de Dios: el infame partido que nos enfrentó en su suelo en 1966, que se saldó con la victoria inglesa, estuvo plagado de irregularidades. Allí fue turbiamente expulsado nuestro capitán, Antonio Rattín, quien murió el pasado sábado, horas antes del encuentro con Suiza: creer o reventar. Rattín, además, demostró diversas faltas de respeto muy calculadas contra las insignias británicas, sacando de quicio a espectadores y jugadores locales. Dichos agravios, sumados a otros miles, han hecho que robar al ladrón ―que el refrán popular recompensa con cien años de perdón― se torne un deseo de justicia, aunque tan solo sea en el campo del deporte.
Lo que le robamos al ladrón
Hace más de doscientos años, logramos robarle al ladrón y la evidencia física de aquel arrebato se encuentra en nuestra propia ciudad de Córdoba. En 1806, durante la primera invasión inglesa al Río de la Plata, los piratas lograron tomar y retener Buenos Aires por un tiempo significativo, apropiándose incluso del tesoro (la caja real) que el virrey Sobremonte trató de llevarse en su huida. Ese botín fue remitido a Londres y paseado como un trofeo. En 1807, sucedió la segunda embestida y las fuerzas dirigidas por William Beresford y Denis Pack fueron duramente repelidas por el pueblo al mando de Santiago de Liniers, que dejó como resultado cientos de prisioneros. En esta instancia, las fuerzas rioplatenses capturaron numerosos pabellones, es decir, las banderas y estandartes militares.


Ilustraciones VI y VII.
Dos de esas enseñas fueron donadas por Liniers al convento cordobés de Santo Domingo en agradecimiento a la Virgen María. La primera es la bandera del Regimiento Green de Santa Elena o Regimiento de Infantería n.º 95, conocida como The Rifle Regiment. Esta presenta dos calaveras negras opuestas, con dos tibias cruzadas al medio, sobre un fondo rojo. La segunda es un gran lienzo rojo con la Union Jack en la esquina superior izquierda, que pertenecía a un transporte naval que no se ha logrado identificar.

Ambas banderas están expuestas en la planta alta de la Basílica del convento Santo Domingo (esquina Vélez Sarsfield y Deán Funes) y se pueden visitar los sábados por la mañana, dependiendo de la disponibilidad de seguridad del convento.

Es más que un partido
Inglaterra es la saqueadora por excelencia de recursos naturales y restos arqueológicos a lo largo y ancho del globo. En nuestro caso, ocupa en la actualidad un 25% del territorio nacional en el Atlántico Sur, donde lleva a cabo pesca indiscriminada y explotación de hidrocarburos en el mar Argentino. Esto es posible gracias a su enclave colonial en Malvinas, que sostiene por la fuerza y bajo el argumento de la supuesta “autodeterminación de la población local”, aunque sus residentes sean implantados y, en gran parte, personal militar. Además, los capitales ingleses han sido activos partícipes en mantener la economía argentina en esfera primaria y hábiles saboteadores de los procesos de industrialización nacionales cuando algunos gobiernos locales intentaron torcer nuestro destino de dependencia.
Volviendo al partido de hoy, ciertas voces buscan calmar las aguas. Lionel Scaloni afirmó que se trata solo de un partido de fútbol. Es comprensible que el DT de la selección quiera dar ese mensaje por diversas razones: diplomacia deportiva, evitar disturbios en un país anfitrión, mantener al plantel y a los hinchas en calma. Otros, como Federico Tolchinsky, han llamado abiertamente a aplacar la supuesta “anglofobia” del pueblo argentino y a “soltar” a Galtieri. Cabe preguntarnos: ¿se trata de fobia cuando se habla de un opresor o conquistador? ¿Es posible separar la situación colonial que sufre nuestro país en la actualidad de un encuentro deportivo tan decisivo? ¿No es el evento más visto del mundo una instancia ideal para afianzar nuestro reclamo territorial ante propios y ajenos?
Sabemos que en este partido no se decidirá el futuro de nada, pero un desagravio simbólico puede vengar al pueblo argentino, aunque sea momentáneamente, después de dos siglos de tener las de perder. Anulo mufa.
*Por Ignacio Lizardi para La tinta / Imagen de portada: Buenos Aires Historia.
