En la era fitness, no estamos teniendo ganas de ser fitness
El apogeo de ir a entrenar para cortar con los agobios laborales y el tiempo en pantallas convive ahora con el cansancio físico para llegar al entrenamiento y la culpa de no ir. ¿Cómo convive el mandato de tener un cuerpo entrenado y los cuerpos dolientes y afectados por la precarización de la vida? Karen Paredes del Taller de Flexibilidad Integral trae, en esta nota, algunos acercamientos reflexivos.
“Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”.
Héctor Viel Temperley
“Día ganado” es lo que escriben muchas personas en una foto con pesas o algún aparato de gimnasio, y que suben como story. Es uno de los contenidos más repetidos en Instagram, alternado con videos o fotos de las rutinas o del desayuno proteico. Una repetición, como la serie que te dio el entrenador. En el scrolleo, vemos constantemente cuerpos fitness, esculpidos, sudados, satisfechos, alimentados saludablemente. Nos miramos en ese espejo sentadas encorvadas frente a la compu en un recreo del trabajo o tiradas en un sillón exhaustas y sin energía, y, desde esos cuerpos, miramos lo que anhelamos y pone a nuestro propio cuerpo como defectuoso o un enemigo. En ese espiral de frustración, se nos cuela todo lo que nos abruma del día, del trabajo, del fin de mes, del mundo.
Paco y Catriel, en Papota, satirizan los modelos de cuerpos que reclama la industria musical al convertirse en chicos gymbro. Las prácticas corporales y los discursos estéticos, médicos y deportivos conforman, como lo plantea María Inés Landa, un dispositivo cultural del fitness que funciona en el engranaje de una gran industria de producción-consumo. El mercado se segmentó y el entrenamiento físico se acumula como capital que puede rentabilizarse en el mercado laboral, porque este último requiere cada vez más de cuerpos fitness: «Ágiles, proactivos y flexibles”, dice Alejandro Rodríguez recuperando a María Inés Landa.
Cualquier profesional de la salud recomienda de manera absoluta realizar actividad física. El 31% de los adultos y el 80% de los adolescentes no cumplen con los niveles recomendados, expresó recientemente la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo que sucede es que no todas las personas pueden acceder de igual manera a la práctica regular de actividad física. Se necesitan muchas más condiciones que la motivación o la fuerza de voluntad. Seguimos tendencias e influencers donde el mandato de hacer ejercicio físico y comer saludable construye una narrativa del modelo ideal de cuerpo alejada de nuestra realidad.
Cada época ha tenido su mandato de entrenamiento, pero cómo convive el mandato de rutina fitness con una cotidianidad de cuerpos afectados por el cansancio laboral y mental que implica vivir en este país, en la actual coyuntura de crisis. En la era fitness, ¿nos cuesta conectar con el cuerpo?
Parece una contradicción, pero más bien abre otras preguntas: ¿qué resto tienen nuestros cuerpos para el ejercicio físico? “Hay un relato común que vengo escuchando en los últimos meses, en mis practicantes, en relación al cansancio y la lucha con el cuerpo por sostener una actividad física, que es bastante angustiante y que creo que va en sintonía con los discursos del esfuerzo que consumimos en redes”, me cuenta Karen Paredes, del Taller de Flexibilidad Integral, espacio que coordina y sostiene desde 2013.


Es la primera vez en 13 años que advierte algunos cambios: “La evidencia cuantificable en mi rubro es el aumento o disminución de practicantes o su asistencia. Lo difícil de medir es lo cualitativo. Desde hace al menos 6 años, analizo el flujo de retorno estacional: en qué momento vuelven postvacaciones porque me ayuda a tomar decisiones de mi negocio, como cantidad de horarios, comunicación, promociones, etc. En años anteriores, postvacaciones, lxs practicantes volvían en febrero o marzo. Este año, lo hicieron en mayo. En general, explicaron ese retraso con la necesidad de ordenar el año, tener seguridad para la toma de decisiones, disponer de horarios definitivos, evaluar los ingresos, etc. Hasta acá, nada que no le esté pasando a un emprendimiento promedio de servicios frente a una recesión. Pero hay algo más”.
Lo que está observando es que no solo es la incertidumbre laboral, tener cada vez más empleo precarizado, no llegar a fin de mes, estar con deudas, sino que hay un humor o, más bien, un desánimo que se traduce en las escenas de crueldad con las que coexistimos en el micromundo cotidiano ―ni siquiera lo que pasa en términos más amplios―; la gente que ahora duerme en la esquina de tu casa, el desalojo a la vuelta, algún familiar que quedó sin trabajo. “No es una afectación directa, pero nos toca”.
“Algo que me llamó la atención en este sentido es que, aun quienes abonan la cuota mensual, faltan muchísimo a clases. Cuando les pregunto las razones, me cuentan que ahora tienen más de un trabajo, que están angustiadxs, cansadxs o que les duele mucho el cuerpo (paradójicamente) para venir a moverse, pero principalmente que, al terminar su jornada laboral, no les queda resto para salir de su casa”, detalla Karen.



Acá puede jugar la culpa y el peso que trae el quedarse en la cama viendo reels y creer que es falta de voluntad, porque la narrativa del sacrificio y la superación monopolizan las redes. La voluntad y la disciplina, para Karen, se instalan como un sentido común que nos individualiza y nos desconecta del contexto. “Necesitamos hablar de la capacidad que tiene el cuerpo para detectar los estímulos externos como potenciales amenazas; lo que más conocemos es el mecanismo fisiológico del estrés. Lo que está apareciendo ahora y no conocemos tanto es cómo actúa nuestro organismo cuando interpreta que, frente a tantas amenazas, no hay energía disponible para otras cosas”.
“Por poner un ejemplo claro, el taller ofrece un sistema de becas. Desde 2025, el número de solicitudes a esa beca se redujo a la mitad, no porque aumentara el porcentaje de alumnxs que abonan, sino porque esa persona que antes ‘contra toda adversidad iba y practicaba igual’, ahora no puede, independientemente de la barrera económica”, explica.
“La gente ya no solo ‘no tiene dinero’, sino que no tiene tiempo y está cansada”.
En el registro del comportamiento que tienen sus practicantes, Karen cuenta que identificó un retorno masivo hacia la modalidad online, principalmente en lo asincrónico. “Actualmente, el 45% del total de mis practicantes están en modalidad online, postpandemia, ese porcentaje rondaba un 10/15%”.
Ante la pregunta en el inicio de cada clase de cómo están y qué tienen ganas de hacer, lo que aparece en estos meses es que: “No están durmiendo bien, tienen más de dos trabajos, llegan con mucho cansancio, están angustiadxs por cuestiones vinculadas al dinero (por ejemplo, deudas), esta preocupación les dificulta conectarse con las sensaciones del propio cuerpo y priorizar una actividad física, tienen poco resto emocional, vienen con ganas de disociar y lo expresan así, no se concentran, les duele el cuerpo, lloran en clases cuando les pregunto cómo están. Muchas veces es la primera actividad física que hacen en el día (doy clases a partir de las 19 horas); antes mis practicantes hacían más de una actividad física o metían pausas activas”.



«La tristeza, el cansancio y la desesperanza las veo plasmadas en un cuerpo que se está resguardando de un entorno agobiante. Hay que comprender que la necesidad de priorizar seguridad, comodidad, y el placer inmediato son una respuesta sana del organismo ante niveles sostenidos de estrés».
A esos cuerpos en alerta, tensos, hipertónicos, tenemos que entenderlos y empezar a hablar de esto, no autocastigarnos, que no solo nos pese la culpa de no responder a un mandato de entrenamiento o de pagar y no poder ir, o de sentir dolor y no poder moverme. “Se torna difícil habitar un espacio donde bajar la guardia. Nuestros cuerpos están priorizando la seguridad y el ahorro de energía. Si siento el cuerpo dolorido, mejor me quedo a descansar. Si frenamos un minuto a pensarlo: ¿no es lo más lógico? Frente a la incertidumbre de lo que puede venir, si te vas a quedar sin trabajo, si te va a reemplazar una IA o cuánto puede aumentar el alquiler, quedarte en el sillón es un acto de preservación”.
Karen, como tantxs emprendedores, está probando alternativas y respuestas ante estos organismos que perciben amenazas y conviven con ese estrés de manera cotidiana, donde no queda resto para generar nuevos hábitos o sostener procesos. “No tengo respuestas, intento leer el contexto y ensayar alternativas. Escribir unx por unx, ofrecerles becas, charlar de su situación, ofrecer clases más cortas, asincrónicas o menos técnicas. Pero, sobre todo, darles más tiempo para expresarse y poner en palabras lo que sienten, habilitarles llegar tarde o irse antes. Un poco lo que necesitamos todxs: que nos miren y nos digan: yo te ayudo”.
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*Por Verónika Ferrucci para La tinta / Imagen de portada: @lihuel.flor.
