La familia, un pequeño país: vuelven los Ingalls
A medio siglo del fenómeno televisivo que convirtió a los Ingalls en el emblema de familia ideal, Netflix vuelve a apostar por la vida y obra de Laura Ingalls con una nueva adaptación de Little House on the Prairie. Entre el afán nostálgico y la centralidad de la familia nuclear que obsesionan a la cultura pop, el Laboratorio Pop de la Universidad Nacional de Córdoba revisita esta ficción icónica para pensar por qué ocupa un lugar tan central en nuestra memoria, incluso en Argentina.
Por Camila Aguirre Vallés del Laboratorio Pop para La tinta
Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia infeliz lo es a su manera. Con esa línea, León Tolstói inaugura su Ana Karenina, historia donde los desbordes del deseo y la infidelidad atentan contra esa meca ordenadora de la cultura pop que es el hogar y la parentela. Es en las antípodas de ese relato fatal donde podríamos ubicar a la familia feliz más famosa de la historia televisiva: los Ingalls. No por nada, la frase hecha “parecen los Ingalls” satiriza cierto exceso edulcorado de solidaridad y cariño parental: la imagen de una prole demasiado perfecta. Y siguiendo la premisa de Tolstói, si todas las familias felices se parecen, ¿será que en serio se parecen a los Ingalls?

Si hoy volvemos a pensar en esa familia tan particular es porque Netflix adapta nuevamente la saga semiautobiográfica de Laura Ingalls Wilder (1867-1957). La serie fue renovada para una segunda temporada allá por el mes de marzo, cuatro meses antes de siquiera ser estrenada. En un contexto donde las plataformas de streaming son prontas a cancelar cualquier producción que no sea un éxito inmediato entre audiencias, tal decisión habla de una gran confianza depositada en un programa que ni siquiera ha llegado a los ojos de su público.
Sucede que series como esta vienen con el voto de confianza de una nostalgia: una retromanía, le llamaría Simon Reynolds, quien nos habló cierta tendencia de la cultura pop para canibalizar su propio pasado que explicaría la invasión de constantes remakes, reboots, reuniones y tantas otras palabras prefijadas por un re-. Además de significar un costo menor para esa máquina de sueños billonarios que es Hollywood (cada vez más reacio a apostar por ideas originales), las ficciones que ya nos son familiares funcionan como refugios predecibles en nuestros mundos tan caóticos: de ahí que podamos ver películas o escuchar álbumes en la amorosa repetición de un culto pop.
Y si hay una serie que ha cultivado fanatismos por nada menos que medio siglo fue Little House on the Prairie (1974-1983), conocida por estos lares como La familia Ingalls. Aquella versión, que fue encabezada por Michael Landon en el rol del patriarca Charles, seguía la vida de la protagonista encarnada por Melissa Gilbert. En Argentina, se volvió rápidamente un éxito que aún no frena: lo demuestran, por ejemplo, un club de fans todavía activo en Facebook que tiene más de 52.000 miembros.

Esa devoción fue primero alimentada por la transmisión del programa en canales televisivos de aire, como sucedió con otras ficciones foráneas como El Zorro, Los Simpsons o hasta la icónica Alf. Pero incluso hoy, si a las cinco de la tarde, a la o el lector se le ocurriera sintonizar Ciudad Magazine un día cualquiera, se encontrará con la pequeña casa de Walnut Grove, con Laura a punto de aprender una valiosa lección de vida o con la intensísima Harriet Oleson incitando algún tipo de caos vecinal. ¿Pero cómo explicar tanto furor?

Quizá mirando la simpleza de la historia. La familia Ingalls se remonta a los orígenes de eso que llaman el “Oeste” norteamericano: los asentamientos de colonos en zonas fronterizas habitadas por poblaciones originarias de los Estados Unidos, proceso que el cine y las series western inmortalizaron. Acá resuenan ecos de esa ocupación de tierras supuestamente vacías (pero que no lo estaban tanto) en el Facundo de Sarmiento, con su memorable comienzo: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”. La colonización de esos aparentes desiertos, habitados en realidad por las comunidades originarias del continente americano, es lo que en nuestro país nutrió a la literatura gauchesca, pero que en Estados Unidos dio forma a las ficciones del lejano Oeste, un invento mucho posterior, ya en la época de los medios masivos de comunicación.

Ese género tuvo su gran explosión allá por la década de los 60: Bonanza fue uno de los exponentes de ese boom, otro enorme éxito en Argentina. Pero para los 70, ese estilo se agota y exige algún tipo de renovación: ahí es cuando el productor Ed Friendly compra los derechos para adaptar una saga de libros ávidamente consumida por su hija adolescente. Con eso, nace esta suerte de western despojado de episodios de violencia y de duelos a lo Clint Eastwood, centrado en la familia y el hogar.
Y es que Charles Ingalls no es ningún vaquero ermitaño: el foco de la serie en la domesticidad funciona como una bocanada de aire fresco para la tradición de historias sobre el Oeste. Incluso resuenan en ella ecos de la sitcom: por su acento en la vida cotidiana, por esos personajes arquetípicos tan reconocibles (que incluyen hasta el personaje favorito de la comedia situacional: una vecina chismosa) y por su voluntad de trabajar la moral ciudadana a partir de cierta cuota de humor. Pero, sobre todo, por su obsesión con la familia como primera escuela.

Cada episodio de La familia Ingalls funciona como un pequeño cuento moral donde la traviesa Laura o incluso el testarudo Charles deben aprender una lección que, generalmente, implica confiar en el criterio de su parentela. Desde allí, la serie exploró temas como el racismo, las enfermedades terminales, la violencia intrafamiliar, la adicción y el abuso sexual, desde ese lugar seguro, predecible y de fácil identificación que es la familia nuclear. Propone, en cierto modo, el entorno doméstico como un pequeño teatro del mundo donde ensayar problemáticas sociales a veces muy complejas.
Es la familia como “un pequeño país”, tal como reza la canción de Ignacio Copani, compuesta para La familia Benvenuto (1991-1995). No es casualidad que esa novela argentina haya triunfado allí donde la familia Ingalls también lo hizo (salvando las distancias de la picardía exacerbada y el humor picante de Francella): es la traducción televisiva de los descendientes de las oleadas migratorias que llegaron a estas tierras durante la primera mitad del siglo XX y que reconocieron en los Ingalls valores similares en torno al trabajo y la solidaridad familiar. Pues si algo dejó la inmigración, especialmente la española e italiana, fue esa cultura del encuentro, con la prole reunida alrededor de la mesa los domingos o, llegado el caso, frente al televisor.

“¡Lo primero es la familia!”, remarcaba Francella al final de cada episodio y tal vez allí esté la clave para entender la cara menos explorada de la frase de Tolstói: no importa tanto cuánto se parezcan las familias en su composición, sino antes bien los vínculos que construyen quienes la integran. Y clanes como los Ingalls nos enseñan que la unión y la solidaridad serían la clave para sortear todo tipo de adversidad. Ese es, en definitiva, el principio que organiza muchas de las series centradas en una prole: más que seguir el recorrido de un héroe individual, narran cómo un grupo enfrenta, una y otra vez, conflictos y desafíos que pueden no variar mucho capítulo a capítulo. En este sentido, puede que la nueva serie de Netflix no vaya a innovar mucho, pero, cuando se trata de los Ingalls, no es necesario: son prueba de que la sencillez puede ser la clave para el éxito, en especial, para esos espectadores que nos sentimos resguardados en la familiaridad de los lugares conocidos.
*Por Camila Aguirre Vallés del Laboratorio Pop para La tinta.
