Un pacto con el Indio

Un pacto con el Indio
5 julio, 2026 por Redacción La tinta

Se cumple un mes de la partida física del Indio Solari. Un domingo como hoy, un millón de personas se congregaron en Avellaneda, Buenos Aires, para despedir a un artista, un ídolo, un amigo, una parte de sus vidas. Julia Pascolini repasa ese fenómeno masivo, cuidado, diverso, genuino e inexplicable.

Por Julia Pascolini para La tinta

La comunión, “una potencia algo olvidada”, dijo Flavia Broffoni al día siguiente del paso a la inmortalidad ―que un poco ya era― del Indio. La capacidad heterogénea, poco solemne, tal vez  contradictoria de reunir a todos aquellos que, en otras vidas, o en un mismo universo, podrían nunca haberse conglomerado. Lo más arrollador del fenómeno. En vida y ahora en la muerte. Seguirá amasando y cohesionando a miles, alcanzando abrazos de equipos naturalmente rivales. Proponiendo el rejunte de odiados, buenos y malos. De olvidados y privilegiados. De brutos, estos brutos, nosotros y los nuestros. De las culturas de la violencia y de esas que intentan apropiarla y resignificarla. De la potencia de la palabra y de los golpes, de la resistencia a la injusticia. De la denuncia, también, en forma de piedras y puteadas. Del uso del cuerpo como estrategia de defensa, sin solemnidades ni movilizaciones pacíficas. Del reviente, pero también del llanto desmesurado. Por qué no de las canciones de amor, de las cartas prolijas a instituciones crueles, de pedidos ordenados de respeto y de mensajes políticamente correctos. Del flequillo desprolijo, cortado a tijera un martes a la 1 de la mañana, y del brazo furtivo que anuncia un “INDIO” y esconde al tipo que sobrepone a su representante emocional por sobre su propia vida. Del suicidio no alcanzado, del interrumpido y de la muerte elegida. De todo eso. De todo eso inexplicable para todos quienes no hayan tenido el honor de conocerlo. 

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Imagen: Nicolás Suárez.

Un fenómeno colectivo que trasciende su propia existencia física. La misma que como “aplanadora” pasa por encima del velorio íntimo y lo transforma en un evento público y permanente en el que nadie puede ser dueño y rey de su propia historia. Quienes lloran a un padre, quienes lloran a otros. Algunos lloran a un artista, otros llorarán lo que podría ser la muerte inminente de una época de resistencia y referencia política. Un vértigo estremecedor: quién nos queda para decir y leer los contextos más rápidos y avasallantes de maneras aún más veloces y perspicaces. Una marea de lágrimas y vino. De borrachos y solemnes. De universitarios con cortes rectos, ojos atentos y anotadores rápidos que guardan las memorias y relatos mínimos de eventos canónicos. De familias sin niños y de otras con niños rotos. De madres bosteras con pendejos que cuelgan de su cuerpo en siestas incomprensibles, tan cómodas como las de los críos que duermen sobre dos sillas mientras la jarana aumenta y los cuida. De esa otra mamá de fleco intacto y seriedad amenazante que todos los días pasa por la vereda de mi trabajo con los propios. El más chiquito calza una campera con un escudo de PR en el corazón y el otro rescata a Belgrano en un parche enorme que lleva en la espalda de la mochila. Todos esos, adentro. Todos y en contradicción sostenida, constante y dolorosa, adentro.

Es quizás el rejunte y la comunión religiosa más atea de la historia de la teología. Una crónica divina plagada de terrenalidades tan absurdas como dolorosas y elocuentes. El relato de los perdidos. De los solos. De los que sienten que todas las canciones fueron escritas para ellos. De los que miran a cámara con arrugas profundas y agitadas, y piden un segundo de paciencia: permítannos llorar. No hay forma coherente o prolija de describir lo que el Indio hizo a su gente. Porque la mismísima gente es incapaz de hacerle entender a humanos de otras galaxias ―hoy mal llamadas países― que el Indio era su papá, hermano mayor y mejor amigo. Peor aún: su propia cabeza. Sin conocer nada, apenas estímulos diminutos de su vida privada; en absoluto, tan misterioso como irrisorio. Una relación aparentemente desigual, pero naturalmente amorosa. Una contradicción extraordinaria y simple. 

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Imagen: Nicolás Suárez.

Fui y seré una espía activa de este cambalache. De Olavarría, Gualeguaychú, Junín y de eso a lo que con tanta altura evolucionó. De lo que devino cuando priorizó a su público jamás rendido y permitió dar continuidad absoluta e indiscutida a las misas más despampanantes del mundo sin él en el escenario. Una metamorfosis naturalmente irrepetible. Seremos tal vez todos un poco espías de este universo místico e inexplicable llamado Indio. Nadie se atrevería a describir su paso de una forma distinta a la de un protagonismo invisible. Tan imprescindible como ajeno, compartido, fácilmente intercambiable. Más nunca accesorio o irreemplazable. No dimensionar al Indio como fenómeno es una de las consecuencias más dolorosas de su muerte. Me lo dijo una amiga e intenté contenerla. Pero algunos días no pude. Me sentí obscena de mi propia historia. Me encontré admirando con profundidad y despojada de solemnidades estúpidas a quienes sí pudieron leer la época como el Indio leyó la propia. Siéntanse afortunados, sintámonos afortunados. Porque tenemos la magia de un pueblo verdaderamente maravilloso.

Nos ataca el egoísmo. No queríamos que muera. Viru lo reta por boludo, distraído y susurra: – ¡Estás haciendo un vivo! Una demostración sencilla de lo que todos sospechábamos. Era un humano. Y como tal, puede morirse. Sin embargo, también es el “Dios de los rotos”. Nunca sabremos de qué hablaba. Qué decía, qué opinaba de todo aquello que él mismo no hiciera público. Nos enoja por egoístas, pero nos calma por “esperanza”. Esperanza de un mundo en el que el código del silencio vuelve a cobrar sentido. En el que no debemos atentar contra la propia privacidad en nombre de la mostración del todo. En ese mundo, aparentemente suelto de cinturas, pero apenado por las consecuencias de un mover inquieto, llamativo y frenético, recuperar los secretos lindos, los que cuidan la intimidad ajena, pero también los que intentan evitar, a veces sin éxito, entregarse a la exposición de un régimen que puede usarlo todo para lastimarnos, es tan doloroso como bello. Nos encandila la seguridad de no saber más nada, de desconocer historias pasadas inmortalizadas en su despedida física e imposibles de corromper con paparazzis ingenuos. 

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Imagen: Nicolás Suárez.

Nos hace una última promesa, la hazaña más maravillosa: volver a creer en la palabra. Aunque la chusma nos invada las tripas, más irritaría que alguien ose romper el pacto. Un pacto extraño, seguramente contradictorio, pero fundamentalmente genuino: cuidar la intimidad de quien fue para todos vocero de sus propias miserias, alegrías y traumas. 


Romper su pacto es quebrar el acuerdo que el Indio tuvo con cada uno: en un saque, un trago, un duelo, un intento de suicidio interrumpido, una cogida maravillosa, un reencuentro inesperado, un cumpleaños sencillo, una noche en vela, una mañana mateada, un abrazo profundo, un velorio triste, una ruta indomable, un asado con o sin tragar. Quien se atreva a romper el pacto deberá enfrentarse a las consecuencias de involucrarse en la vida de los demonios mejor escondidos: los rotos. 

El cuidado del Indio y su círculo es el mismo que permitió contener el riesgo de desborde permanente de un velorio no masivo, sino asombroso. Aunque lo quisieran, no hubieran podido: el desborde no aparece allí donde lo único que prima es el respeto. El mismo que rescató al atrevido que robó un celular y lo hizo pedir disculpas para después acompañarlo a ver al Indio y que puso en el cielo a los hombres en silla de ruedas, los que en el asfalto hubiesen sido privados de imágenes sobrehumanas. Un universo de paciencias tan incoherentes como absolutas, de patas descarriadas fuera de una carpa desarmada, tan descompuesta como el pecho de quien pierde todo y lo único que supo tener. Análogo del encuentro que profundiza y hace dialogar historias de violencia desgarradoras, que une sin quererlo traumas inéditos, nunca olvidados, pero aparentemente trascendidos de maneras sorprendentes. El lugar de las mil denuncias, personales, públicas y políticas, en donde el rejunte propone contradicciones densas y difíciles de digerir.

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Imagen: Nicolás Suárez.

Su fallecimiento no detiene su vida ―quizás sí la de otros―, trasciende su existencia y nos propone un juego: seguir preguntándonos qué carajo nos pasa con la muerte sin intentar controlarla. Mucho menos entenderla. Tal vez temerle, gozarla, anunciarla y esconderla, no interpretarla. Permitir duelos intermitentes en intensidad y seguramente interminables. 


Tal vez ignoramos, mejor dicho, intentamos ignorar (eso de fingir demencia y seguir de largo) que el fenómeno mueve muchas más salsas que la música. Que ubica a todos y cada uno de sus devotos en dos planos tan opuestos como complementarios: sabemos que no somos iguales, de hecho, muy por el contrario. Conglomera un mar de diferencias que, en otros ámbitos, serían aparentemente irreconciliables. Pero no. No son irreconciliables. Lo ponen en evidencia esos abrazos hundidos en el infierno, el fernet y el porro. En el vino tetra arrancado con los dientes, encarado del pico y empinado con vehemencia. En los altares múltiples, colapsados de pañuelos, flores, latas a medio terminar, santos paganos, fotos y cartas. En una cena romántica, acaso también en los nuevos progresismos, en ciertos chetos, muchos admiradores y, sobre todo, en lo que muchos de sus religiosos describieron como: “Lo único que fue mío, lo único que tuve”.

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Imagen: Nicolás Suárez.

*Por Julia Pascolini para La tinta / Imagen de portada: Nicolás Suárez.

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Palabras claves: Indio Solari

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