Pequeñas migraciones

Pequeñas migraciones
Camila Vazquez Perfil
27 junio, 2026 por Camila Vazquez

En esta entrega de A favor de la fantasía, estudio el caso de una docente viajera para pensar un tipo singular de migrancia, esa que ocurre al trasladarse por el país.

El punto en el que se consuma el trastocamiento es este: la secretaria del dispensario la anota como Cinthya Velázquez cuando va a sacar un turno a la guardia. Aunque ella dice que se llama de otro modo, parecido, pero no ese, igual la chica persiste en el nombre nuevo, quizás por la distancia de la mesa de entrada respecto de los pacientes; quizás con intención, como quien dice: este nombre te queda mejor. Ella la ve teclear con las uñas radiantes y la oye consultarle dos veces por su nombre. Las dos veces ella dice el original, que podría haber sido Catalina Valdés o Carola Valbuena, da igual. 

En realidad, si nos ponemos exigentes, el detonador del fenómeno ocurre cuando, en la ciudad que reside, al sur de una provincia sojera, la misma secretaria le dice: “¿Pero vos de dónde sos? No me figurás en el sistema”, que quiere decir: no estás en el Ciudadano Digital. ¿Cómo puede ser?, piensa Cinthya. Si no hace ni un mes que se pidió la licencia sin goce de sueldo en la escuela por el mismo medio: el Ciudadano Digital. Había pedido la licencia por un cargo que tomó en otra provincia. ¿Pero vos de dónde sos?, le había dicho la secretaria. Y había insistido: «Es que no, no me salís acá en CiDi”. Es decir que Cinthya ya no estaba en ese medio por el que se hacen casi todos los trámites y, además, ahora tenía un nombre nuevo. Un fenómeno del espacio. El nombre, un espacio. “¿Usted viene de algún pueblo?”, vuelve a preguntar la secretaria y deja en evidencia que hay algo foráneo en Cinthya. Algo del alien. Inubicable.

Cinthya está allí, en el dispensario, porque tiene una fiebre galopante y necesita un certificado para justificar su inasistencia al trabajo, que queda a 200 kilómetros, en otra jurisdicción. Las médicas son tres y las llaman a destiempo: Velázquez, dicen. Cinthya, repite otra. Cinthya Velázquez, agrega la tercera en canon. Ella duda, porque no es o no era ese su nombre. “Soy yo”, dice, porque es la única paciente en la sala impoluta. “Pero no me llamo así”. Y cómo te llamás, le preguntan y ella dice algo bajito, con voz del Coco Basile, porque está resfriada. “Claro ―dice una de las médicas―, bueno, Cinthya, sentate acá”. La ausculta y los mocos son aéreos. Es decir: tranqui, no es una neumonía. Fin de la consulta. Cinthya pide el certificado, pero no: los dispensarios no otorgan. Cuando mira la receta médica, que no es más que paracetamol, su DNI está bien puesto, pero el nombre no coincide con el documento original.

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Imagen: Vir Mosconi.

Vayámonos más atrás. Pero no mucho. Un período de un año. Cinthya pertenece a ese rubro de los docentes viajeros. Una vez, le escuchó decir a un profe de la maestría que él viajó durante diez años desde Tucumán hasta Tartagal para dar clases. Y ella se sintió inferior, como poco preparada para la aventura radical del desarraigo. Desde hace un año, viaja para dar clases de Teoría Literaria a otro lado y, como el viaje es largo y la carga horaria exigente, debe pasar tres días fuera de su casa original. Desde que viaja por trabajo ―no es que no lo haya hecho antes, pero las distancias eran más cortas y siempre en el radio departamental―, ha dormido en el quincho de los padres de un compañero de facultad, lejos de su lugar de trabajo; ha escuchado a los jabalíes en la noche, ha encontrado pezuñas tiradas, el rastro de los cazadores; ha escuchado que los aviones rocían ese campo con glifosato.

Se ha mudado a incontables Airbnb en el centro de esa ciudad mediana, pero ruidosa; se le ha inundado uno de esos departamentos mientras se bañaba; ha parado en la casa de una amiga con sus dos gatitas y su perra, a pocas cuadras del trabajo. Se mudó, luego, más lejos, a las sierras, a unos pocos kilómetros de la ciudad en la que trabaja ―a partir de ahora, la segunda ciudad― solo para ver 10 minutos al día el lago y el mogote en el otoño, desde el vidrio del bondi urbano, para sentirse apenas como el personaje de Perfect Days, de Wim Wenders, sobre todo, por lo precarizada, y para escuchar los zorros por las noches y, ahora, porque no le alcanza el sueldo, se ha vuelto a mudar a la casa de una amiga que vive en las sierras, pero un poco más cerca de la ciudad.

En el trajín, Cinthya ha extraviado el sueño o le ha quedado astillado. Despierta en una casa y no sabe en cuál de todas está. Sueña con pumas y sachacabras cuando duerme en la ciudad original, en la llanura. Y sueña su casa original cuando está en cualquier otro lado. Encuentra dobles de sus conocidos en la ciudad segunda. Ve la cara de sus antiguos alumnos en la de los nuevos. Le ocurre un jet lag provincial. No puede decirlo porque es algo tan provinciano que enunciarlo originaría una serie de burlas imparables: es un un fenómeno interior, federal, porque nunca ha vivido en la capital del país. El caso es que vivir en más de una provincia en simultáneo es una especie de migración silenciosa, una menos rimbombante que la de irse de Argentina. Ella pudo haberse ido por una beca, pero la pobre es tan chuncana, tan apencada al corazón de un país, que eligió la migrancia interna y ahora sufre sus efectos.

Otro efecto es el pastiche en la voz: un poco cantada la sílaba pretónica; el agudo del final de los litoraleños, las eses que escasean y acaso un dejo cuyano perdido entre los fonemas. Pero el lenguaje no es solo una tonalidad, también es una visión de mundo: hay visiones que se resisten más que otras y la pequeña migración es un permanente contraste entre términos, entre tiempos y entre espacios. No es lo mismo decir rasqueta que decir tortita, que decir criollo. No son solo panificaciones. Se trata de aletargamientos, de aceleraciones. De texturas: el monte seco que empieza a hacerse bajo; el monte alto y cristalino de la infancia; el río escueto y arenoso de la llanura, y su falta de árbol, pobrecita ciudad, desmantelada de sombra, y su Universidad Nacional y todos los amigos que se hizo leyendo poesía, con ínfulas de movimiento vanguardista a destiempo; y el río amplio y la playa dorada y el centro colonial y las facultades y la ciudad que se declina, enamorada, hacia el río y los saqueos y los narcos. ¿Pero vos de dónde sos?, le había dicho la secretaria.

Vayamos, todavía, un poco más atrás. Es el inicio de un siglo nuevo y su familia lo inaugura mudándose a las Sierras de Comechingones, donde se quedarán hasta nuevo aviso, salvo ella, que migrará por estudios hasta la ciudad en la llanura, en la que aparentemente vive todavía, pero de la que se ha borrado del sistema. Antes, había nacido en una ciudad de río inmenso, donde se izó por vez primera la bandera argentina y de donde provienen el Fideo Di María y el Che Guevara. Pero ella no es de ahí, es de las Sierras de Comechingones, del punto más alto de ellas, de su pajonal y su frío seco y su agua esmeralda. No tiene la sangre pura, pero sabe que es de ahí como un día alguien decide que es de un equipo de fútbol: como una llamarada en el corazón, como un certeza ígnea. Nunca cambió su domicilio en las sierras y, ahora que lo piensa, la chica del dispensario tenía razón cuando le dijo: ¿pero vos de dónde sos? Su vida ha sido un desprendimiento de lugares, un desarraigo de las provincias, los afectos repartidos por todas las latitudes, las distancias amplias de un país hermoso, enorme, herido.

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Imagen: Vir Mosconi.

Acaso por eso escribe tanto sobre el espacio, le encanta leer esos textos en los que el espacio es más importante que un personaje, no el regionalismo barato ni la chatez snob con la que leen muchos investigadores de la Capital Federal a los autores de las provincias. Al principio, pensaba que ese síntoma era un resurgir romántico que tienen las personas de su generación por estar viendo morir al monte, extinguirse, prenderse. Pero un territorio es también una ciudad. Una ciudad de altura media, como podrían decir María Lobo o Carmen Cáceres. ¿Pero vos de dónde sos? Y aunque tiene un DNI, el nombre se le ha extraviado y no le sale tan fácil la respuesta. Ella sufre los problemas del espacio, que vienen, como ya hemos dicho, con el lenguaje: porque es el tono o el término el que hace entrar al frío, al lago, a la raspadita a la voz. Y es el lenguaje el que dice: pencoso, pandito o ¡chuy! para el frío. Y es el lenguaje el que dice masita, costanera o rosarigasino. Y es él el que dice: chomazo, guampear, dar ocote.

Es cierto que el espacio es algo material que existe afuera de ella y antes de ella, y ni siquiera ella sea tan relevante en los espacios. Pero el espacio es relevante para ella. Porque los trastocamientos, el avistaje de dobles en ciudades múltiples ―el lado de acá y el lado allá de Córtazar, pero versión nacional y federal, carajo― son categorías que se le desacomodan. Esto es lindo y es feo a la vez. Como el eros dulceamargo de Anne Carson, ambas dimensiones. ¡Es que el espacio se pliega! Y entonces vive apenas desprendida, a menudo asediada por una nostalgia que combate a base de movimientos múltiples ―desde los más extremos, como migrar, hasta los más divertidos, como bailar―, como dislocada de los lugares: no le reconocen la tonada, extraña a los amigos que quedaron uno por cada provincia recóndita y, cuando descansa, sueña con las mismas e irreemplazables montañas, y es porque las sueña que sabe que ella es de ahí.  Aunque sea pródiga, inconstante, movediza. Y es feo porque tarda en adecuarse a los tiempos colectivos que existen en los lugares, a sus siestas o a sus lentitudes administrativas, a sus conservadurismos o a sus poses ―no es que ella sea mejor―.

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Imagen: Vir Mosconi.

Y, en el fondo, lo que quisiera escribir es que existen las pequeñas migraciones, los pequeños rechazos que los de un lugar le imponen a los nuevos, a veces con razón ―hemos sido tierras colonizadas―; y también el amor de quienes, desconociéndola, le abren sus casas y sus libros; y también la pena por ese cotidiano que se extravía cuando una no vive en un lugar fijo. Quiere corroborar que este fenómeno existe, que es legítimo, aunque provinciano, y que por lo menos ella, aunque no sepa ―como le dijo ese profesor de Literatura Argentina― qué reúne a un jujeño con fueguino, que la nación es una idea naturalmente nacionalista, ella quiso quedarse aquí, en la idea de un país, en una zona difusa, en el interior, en el centro, cerca del corazón de patria.

*Por Camila Vazquez para La tinta / Imagen de portada: Vir Mosconi.

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