Los mil clósets de Juan Castro o el privilegio de ser un unicornio
Periodista y figura disruptiva, Juan Castro abrió debates sobre sexualidad y marginalidad en un momento en que casi no tenían lugar en la pantalla argentina. Varios años han transcurrido desde su muerte, pero en una nueva fecha que nos convoca a celebrar el orgullo, el Laboratorio Pop de la Universidad Nacional de Córdoba vuelve sobre quien tuvo el coraje de hacer pública su propia sexualidad en un contexto histórico todavía hostil para las diversidades, poniendo en evidencia cómo la salida del clóset expone el ímpetu clasificatorio de nuestras culturas y, al mismo tiempo, la resistencia de ciertas vidas a quedar reducidas a una etiqueta.
Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta
Cuando un viernes de 2004 se anunció la muerte de Juan Castro, toda una generación sintió que una voz se callaba demasiado pronto. No es que no lo hubiéramos imaginado: algunos años antes, el propio periodista había hecho públicos sus excesos, su lucha con las drogas y esas internaciones que los medios se encargaron de amplificar con el mismo fervor con que habían celebrado su ascenso. A los 33 años, Juan Castro repetía una historia harto conocida en la cultura pop: la de esos íconos que alcanzan una notoriedad a costa del desborde y el ocaso vertiginoso. El estupor, en todo caso, provenía del afecto popular que había cosechado ese periodista, una de las primeras figuras argentinas que tuvo el coraje de declararse gay en una época poco hospitalaria para las diversidades. Más de veinte años transcurrieron, pero, en una nueva celebración del orgullo LGBTIQ+, siempre vale la pena volver a recordar esas voces que eligieron no caer en los eufemismos.

Hacia septiembre de 2001, la revista El Planeta Urbano publicó una entrevista en la que, sin que nadie se lo pidiera, la promesa del nuevo periodismo habló abiertamente de su homosexualidad, provocando inmediato revuelo. Juan Castro estaba en su mejor momento: muy atrás había quedado esa adolescencia noventera en la que visitaba los estudios de la Rock&Pop hasta que alguien, de tanto verlo con la ñata contra el vidrio, lo llamó para que al menos atendiera los teléfonos. Hacia el nuevo siglo, Castro ya era referente: Kaos en la ciudad, aquel programa televisivo que lo habría de inmortalizar como un disruptivo, lideraba el rating logrando que, por primera vez, muchos temas sobre sexualidad y marginalidad encontraran palabras en la televisión abierta: salud (“cáncer no es mala palabra”, repetía insistentemente), drogas (tempranamente se advirtieron los peligros de la ketamina en los jóvenes), prostitución, delincuencia juvenil y, claro está, sexo libre. Y para muestra, un botón más: en pleno 2002, pocos meses después del naufragio socioeconómico más turbulento que (hasta ahora) vivenció nuestro país, Castro sometía a escrutinio televisivo los abortos clandestinos y el costo que muchas pibas pagaban cuando no eran las verdaderas dueñas de su cuerpo. “La ley sirve y no es obsoleta cuando representa lo que le pasa a la gente”, proclamaba en relación a las discusiones parlamentarias de aquel entonces.

Juan Castro sobre los abortos clandestinos
Lo suyo era una auténtica revuelta en el periodismo de investigación, pero con una soltura inédita que adaptaba a la televisión criolla la frescura y el desenfado que ostentaba la MTV, trasladándolos a las calles porteñas. Porque, ante todo, Juan Castro era un flâneur: uno de esos exploradores que recorren los márgenes de la modernidad urbana para capturar aquello que el vértigo de la época suele dejar fuera de cuadro. Y como un buen flâneur desviado, su territorio era la noche disidente, aquella cuyo reviente protagonizaba y también testimoniaba. Con mucha conciencia del clima epocal, “no sean forros, usen forros” era la frase que daba cierre a su programa Zoo hacia el año 1997, cuando las políticas estatales del menemismo abundaban en moralismos, pero con escasas acciones concretas.
El precio de correr esos velos de la sexualidad fue entregar la suya al interés (del) público. Los rumores siempre corrieron. Aunque en este país donde el machismo dicta las reglas de la masculinidad y del buen vivir no nos hace falta mucha pluma para despertar sospecha, el mandato imperante nos dice que hay que rotularse para que nuestro reconocimiento sea más fácil y así no amenazar la tranquilidad clasificatoria de los varones. Y a no olvidar tampoco que cierta impronta católica todavía susurra en nuestras sociedades que se presumen laicas, recordándonos que la confesión es la vía más adecuada para redimirnos y alcanzar alguna forma de verdad sobre nosotros mismos. Baste recordar que la primera autobiografía en la historia occidental se llama nada menos que Confesiones: aquellos 13 libros que, hacia el año 397, escribió San Agustín de Hipona, uno de los varones fundamentales del cristianismo que abandonó el libertinaje sexual para aceptar el celibato.

Pero para ser justos con una heterosexualidad y un cristianismo que tampoco necesitan defensa, hay que decir también que las culturas sienten una fascinación persistente por clasificar las cosas, especialmente cuando tales cosas no encuentran por sí solas su lugar en el orden previsto. Con su lucidez habitual, Umberto Eco nos recuerda qué hizo Marco Polo cuando llegó a Java y se encontró con los rinocerontes: animales que jamás vio, pero que, por sus cuatro patas, su cuerpo robusto y su cuerno, rápidamente asoció con aquello que su imaginación ponía a disposición. Y lo que culturalmente más tenía a mano eran los unicornios. Aunque los describe como “negros y poco agraciados”, y acaso muy alejados de los seres que poblaban los cuentos, Marco Polo decide clasificar esos animales inéditos dentro de los casilleros ya disponibles porque a la incertidumbre se la domestica como sea.

De ese afán clasificatorio, nuestra propia comunidad no está exenta. Mucho cuesta la indefinición y a veces el imperativo del orgullo, esa sensación de “deber” por la que toda identidad deberá alzarse como una bandera, conduce a imprudencias. Al clóset de Juan Castro, por ejemplo, fue Fernando Peña quien primero le pegó una patada de allanamiento cuando, en un brote verborrágico, soltó el nombre del conductor, agregando que “como a mí no me da vergüenza ser puto, no tengo problema en decirlo”. La urgencia por nombrar suele olvidar los tiempos ajenos. Cuando Flavio Mendoza apuraba a Ricardo Fort por aparecer en el Bailando con una nueva pareja por monotributo, olvidaba que el chocolatero (gran amor, por cierto, de Juan Castro) también había aprendido que es mejor la coartada que la duda: una lección que asimiló muy bien cada vez que, obstinadamente en televisión abierta, alguna Susana le preguntaba a Pablito Ruiz si ya tenía novia.

La historia de la cultura pop es una crónica de unicornios forzados. Bien lo supo George Michael cuando, en 1998, un policía encubierto lo embaucó en un baño público y lo sometió al escarnio, apresándolo por escándalo sexual en la vía pública. Muchos otros íconos eyectaron su identidad por esas salidas de emergencia, como les llama Flor Monfort cuando la asfixia social te acorrala en el dintel. Rock Hudson, que durante décadas ocultó a sus parejas detrás de la fórmula del “compañero de departamento” (“a roommate situation”, repetían las revistas cuando mostraban sus fotos con Bob Preble), fue arrancado del clóset cuando el sida ya consumía un cuerpo que los paparazzi no cesaban de acechar en la puerta del hospital. Otros, como Barry Manilow, reconocieron su desconcierto cuando a nadie le sorprendió su declaración, quizá porque ese clóset siempre fue de cristal.

Puede que, en efecto, elegir cómo salir del clóset sea un privilegio, como bien sospecha Adrián Melo. Pero los privilegios no vuelven necesariamente más sencillo el camino: cuanto más recompensa una sociedad a alguien por encarnar la norma, más costoso puede resultar apartarse de ella. Y, en especial, cuando esa norma es estética. Es verdad que, cuando Juan Castro decide salir del clóset, no afectó a una imagen pública que era también sustento de su capital profesional. Pero como Pablo Alborán y Ricky Martin, también Castro tuvo que cargar con la retórica del “desperdicio”, quiero decir, con esa idea rancia de que un cuerpo deseable es mal utilizado cuando no responde al deseo de la mujer heterosexual y no congracia a las Susanas de este mundo. El cantante de “Living la vida loca”, quien vivió con Juan Castro uno de los romances más apasionados en la historia gay del pop, reconoció que su salida del clóset fue motivada por la familia que formó con esos dos retoños nacidos poco antes de su declaración pública: “En mi casa tiene que haber honestidad y yo no puedo enseñar a mis hijos a mentir”, justificó cuando (una vez más) Susana Giménez le pidió que argumentara las razones de su decisión personal.
En más de una oportunidad, también a Juan Castro se le exigieron explicaciones sobre aquello que, en rigor, no tendría por qué ser argumentado. A pocos días de su entrevista en El Planeta Urbano, el conductor visitó el programa Sábado Bus, la apuesta súper exitosa de Nicolás Repetto. Allí, en el segmento de preguntas picantes que capitaneaba Gerardo Rozín, se volvió sobre el tema nada menos en el programa que lideraba la televisión nacional. Juan Castro procedió a responder con la calma franqueza que le era habitual: “No tenía por qué ser un secreto, ni yo sentía que había algo malo en mí ni que estaba mal lo que yo hacía dentro de las cuatro paredes de mi dormitorio”. “Lo que generó en los otros”, agregaba aquella noche, “me parece que es un tema de los otros. Lo que más me gustó fue que mi viejo me llamó esa semana y me dijo: ‘Vos sos un valiente’”.
Sobre declaración de Juan Castro en Sábado Bus
Y cuánta razón tenía. Su sexualidad no fue el único umbral de la intimidad que cruzó a lo largo de su vida e incluso después de ella. Cuando la tragedia lo alcanzó, muchas hipótesis se barajaron e incluso la conspiración política estuvo mencionada. Sin embargo, Castro siempre fue honesto con sus adicciones porque, para quienes eligen vivir en disidencia de la norma, las puertas a derribar parecen nunca agotarse. Poco después de una internación que durante un rato se camufló bajo un pico de estrés, el conductor recordó las palabras de Johnny Mitchell y sentenció: “Estuve dando un par de vueltas por el infierno y pensaba que podía salir de ahí cuando quería”. Lo suyo, después de todo, era una forma de coherencia: “Si hago un programa periodístico social y me encuentro con historias que tienen que ver con marginación o con gente que tiene problemas con las sustancias, me parece muy careta no hablar”.

Hoy, cuando todavía nos sorprende que un futbolista salga del clóset y cuando, en tiempos mundialeros, a los putos se nos convoca a seguir cantando, conviene volver sobre la historia de Juan Castro. No porque haya sido el primero ni el único en este país, sino porque comprendió antes que muchos que la identidad nunca deja de negociarse con las miradas ajenas, especialmente en el seno mediático. Hay quienes sostienen que, mientras la heteronorma siga organizando nuestra imaginación cultural, siempre estaremos saliendo del clóset. Y tal vez tengan razón. Sin embargo, en un mundo de Marco Polos desorientados y Susanas apresuradas, no hay privilegio mayor que poder llamarse unicornio sin que otros lo hagan por uno.
*Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta / Imagen de portada: A/D.
