La Biblia y el calefón (o Louis Vuitton)

La Biblia y el calefón (o Louis Vuitton)
Lucas Leal La tinta
5 junio, 2026 por Lucas Leal

Dios volvió a ser tendencia. Personas que se dedican a la música, que son famosas, artistas y también personas comunes hablan de fe y espiritualidad. Pero este retorno de lo religioso no siempre es neutral: hay una espiritualidad que nació para justificar a los ricos. Y hoy, más que nunca, conviene saber cuál es.

Antonela Roccuzzo, la esposa de Lionel Messi, subió un posteo en su cuenta de Instagram y una de las fotos era de una Biblia abierta. La página elegida mostraba la parábola de los talentos en la versión de la Nueva Traducción Viviente, que es promovida por las megaiglesias evangélicas contemporáneas. Dos fotos después, aparece la fachada de un local de Louis Vuitton en Nueva York, construida con la forma de sus propias valijas de lujo. Entre ambas imágenes no hay contradicción, sino, más bien, continuidad. La riqueza y la opulencia se convierten en una especie de “evidencia” espiritual, una forma de bendición. A partir de esto, circularon en X diversas reacciones, entre ellas, la de Dämy: «Como persona que estudió teología y pasó años estudiando todo sobre la Biblia, no se me ocurre ni siquiera por dónde empezar con el tema de las élites y los aspiracionales usando la Biblia para tergiversar y acomodarla a su discurso de gente adinerada que se cree superior por ello». 

La parábola de los talentos (Mateo 25:14-30) cuenta cómo un “amo”, antes de partir, reparte su dinero (talentos) a tres siervos “según sus capacidades”. Mientras dos de ellos logran duplicar lo recibido, el tercero, “por miedo” al amo, decide enterrar su parte. Al regresar, el amo premia la gestión de los dos primeros y castiga al último, tildándolo de “inútil”, quitándole su único talento y condenándolo a las “tinieblas”. 

Figuras del neopentecostalismo, como Dante Gebel, utilizan esa parábola para fundamentar una visión meritocrática de la fe, advierte en una de sus prédicas: “Dios no tiene mentalidad comunista (…) recompensa la buena administración. La persona, la iglesia, la compañía que sabe administrar y sabe dar cada día va a tener más. Dios le da a los que administran”. Bajo esta interpretación, Dios es presentado como un administrador que recompensa la productividad y castiga la pereza, desestimando cualquier lógica de distribución solidaria. Así, el éxito económico se interpreta como prueba de una «buena administración», mientras que la falta de prosperidad se atribuye únicamente a la falta de fe o audacia del individuo.


Quizá lo más inquietante no es que un pastor defienda la meritocracia o que la multimillonaria esposa de Messi lea la Biblia y vista de Louis Vuitton, sino, más bien, que el capitalismo neoliberal haya logrado espiritualizar el éxito económico y sacralizar la meritocracia desdibujando la desigualdad estructural.  


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Dios bendice al que administra bien 

Claudia Piñeiro, guionista de la serie El Reino, reveló “algo que andaba en el aire”, la forma en la que ciertos discursos religiosos permean subjetividades, culturas y se transforman en proyectos políticos. El telón de fondo es la llamada teología de la prosperidad, que nace en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX en una cultura atravesada por el mito del american dream, la ética del esfuerzo individual y el pensamiento positivo aplicado al éxito económico. Essek William Kenyon, uno de sus referentes, sostenía que la fe podía modificar la realidad material y que la pobreza era, en última instancia, consecuencia de una fe insuficiente. Este mensaje fue expandiéndose y mutando hacia una espiritualidad ligada al consumo, al espectáculo y al lenguaje corporativo en el que Dios es socio, inversor o garante del éxito personal. Si el creyente “siembra”, ofrenda, declara prosperidad y administra correctamente sus recursos, recibirá a cambio bienestar, salud y riqueza material. 

La biblia deja de ser un libro espiritual para convertirse en un manual de productividad emocional y financiera. Investigaciones sobre neopentecostalismo en América Latina señalan que este andamiaje religioso terminó funcionando como una poderosa tecnología de subjetivación neoliberal.


El creyente ideal ya no es quien comparte o construye comunidad, sino quien logra transformarse a sí mismo en un sujeto eficiente, competitivo y permanentemente productivo. Desde esa lógica, Dios es una especie de “CEO cósmico” que premia el rendimiento y castiga la improductividad. 


Dina Weis es socióloga y de tradición evangélica, pero actualmente agnóstica y estudiosa de las ciencias bíblicas desde una perspectiva crítica. En diálogo con La tinta, sugiere que no es azaroso que la parábola de los talentos sea central en la teología de la prosperidad, dado que ya Weber la citaba en La ética protestante y el espíritu del capitalismo desde la interpretación de Baxter, un teólogo puritano del 1600. En concordancia con lo que pensaban los puritanos en aquel momento, Baxter sostiene, continúa Dina, que “Dios decide a quién salvar de manera arbitraria y lo único que se puede hacer es tener un indicio de esa elección, que es a través del éxito mundano o el éxito en los negocios o el éxito en algún tipo de profesión”. Quizá, afirma Dina, aquí puede encontrarse un antecedente o pista de los orígenes de la teología de la prosperidad entroncada con el puritanismo. Dina sugiere que esta lectura económica de la parábola es un resabio del literalismo que “lee e interpreta tal como está escrito” y no contempla el contexto, los destinatarios y la intertextualidad, entre otras cosas. “Además, esta parábola, leída desde el contexto del capítulo 25 de Mateo, habla de solidaridad material explícita hacia el prójimo hambriento, sediento o desabrigado, todo lo contrario a lo que esta teología predica actualmente”. 


Lo “peligroso” es cómo estas ideas circulan en reels motivacionales, podcasts financieros, discursos empresariales, influencers de productividad y gurúes emocionales que repiten, con distintos idiomas, una misma teología del rendimiento: si te va bien, es porque administraste correctamente; si te hundís, es porque algo hiciste mal. El capitalismo neoliberal ya no necesita imponerse solamente como sistema económico, sino que requiere, además, producir una moral, una sensibilidad, incluso una espiritualidad capaz de volver deseable la competencia permanente.


Juan Alcaraz, especialista en redacción publicitaria, al ser consultado por La tinta, señala que la eficacia de este mensaje radica en cómo opera en el sentido común, más allá de la clase social. “Por ejemplo, cuando el diputado libertario de Jujuy, Quintar, se compra un Tesla y lo justifica diciendo que es ‘el fruto de su trabajo de toda la vida en el ámbito privado’, la mayoría de las personas no lo cuestiona, más bien, lo legitima. Sin embargo, cuando una persona pobre se compra unas zapatillas de marca, un celular o una tele para ver el Mundial, aparece el cuestionamiento: ‘¿Para esto sí tienen plata?’. El reproche es moral de quienes están convencidos de que los pobres no lo merecen”. La comunicación del mensaje es tan eficaz, dirá Juan, que el ascenso social ya no está dado por el estudio o una profesión, sino por tener plata, de modo inmediato, porque “el discurso con sus gurúes nos convenció de que lo único que importa es cuánto acumulamos. Así, el tener terminó de ganarle al ser, concluye. 


Otra característica de esta sacralización de la meritocracia es que le resuelve a las clases dominantes la culpa del privilegio porque, si la riqueza es señal de fidelidad espiritual, la desigualdad deja de ser un problema estructural para volverse consecuencia justa de la fe de cada une. Y para sostener esa ficción, desde esta teología, se construyen “demonios”: la agenda de derechos, el feminismo, lo comunitario, cualquier intento de redistribuir lo que el mercado concentra. Al asociar la solidaridad con una amenaza espiritual, quienes propagan estos mensajes logran algo políticamente perfecto: que quien menos tiene vote contra sus propios intereses convencido de estar librando una “batalla santa” porque el «buen siervo» no reclama derechos, sino que espera la bendición del Amo.  


Se construye así un «sentido común» donde la solidaridad colectiva y el rol regulador del Estado son vistos como «fuerzas destructoras» que atentan contra la libertad individual. Así, la teología de la prosperidad le ofrece al neoliberalismo algo que el mercado por sí solo no puede fabricar: una moral religiosa capaz de convertir la desigualdad en destino merecido y el sufrimiento social en culpa individual e íntima.

Melisa Sánchez es Dra. en Estudios de Género, de tradición evangélica y especializada en violencias religiosas. En diálogo con La tinta, sostiene que esta corriente teológica permea fácilmente las subjetividades de las clases medias y bajas ―además de la de los sectores de poder económico― dado que trae una esperanza que no es solo espiritual, sino también material. Es comprensible, continúa Melisa, que estas interpretaciones exitistas de la Biblia, nacidas en un contexto de capitalismo neoliberal, calen tan profundamente en los sectores más desfavorecidos “donde el éxito es muy difícil de alcanzar y donde se viven en carne propia las consecuencias de este capitalismo desigual, devastador, expropiador y destructor de los cuerpos y vidas. Pienso que poner la fe en algo que otorgue éxito económico y material tiene un sentido muy concreto en la vida de estas personas”. Y concluye recordando una frase popular: “Los pastores y los curas hicieron la opción por los pobres, y los pobres hicieron la opción por la teología de la prosperidad”.

No solo al dinero, también al deseo

Hasta ahora, hablamos solo del dinero. Sin embargo, el mandato de producir no se detiene en el dinero. Hay otro talento que esta teología exige multiplicar: el deseo.

La teóloga argentina Marcella Althaus-Reid, nacida en Rosario, formada en el Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos de Buenos Aires, exiliada académica en Edimburgo hasta su muerte en 2009, lo vio con una claridad que todavía incomoda. En su obra Teología indecente. Perversión teológica en el sexo, el género y la política, sostuvo que toda teología tiene una praxis sexual: detrás de cada doctrina, hay una política del cuerpo. El capital, para ella, es una articulación compleja de patriarcado, raza, cultura e identidades sexuales. Y la heterosexualidad no es solo una orientación, sino la ideología que sostiene todo ese andamiaje. Por eso, su propuesta teológica sostiene que, detrás de cada doctrina sobre Dios, hay siempre una idea acerca de qué cuerpos merecen existir, qué deseos son aceptables y qué formas de vida resultan productivas para el orden social. Quien ama y desea de manera “incorrecta”, el que no responde al modelo familiar esperado, el que no produce hijos, estabilidad o normalidad según las reglas del sistema, también aparece como una amenaza para esta moral del rendimiento. 


Hay algo profundamente neoliberal en la obsesión contemporánea por volver útil cada aspecto de la existencia: el tiempo, el cuerpo, las emociones, la sexualidad, los vínculos. Por eso, no resulta casual que muchos de los sectores que promueven estas espiritualidades sean también quienes combaten con más ferocidad las agendas feministas y LGBTIQ+. No se trata solamente de conservadurismo religioso. Lo que está en juego es la defensa de un modelo de humanidad donde solo merecen reconocimiento los cuerpos capaces de reproducir orden, productividad y obediencia. 


Nawe Porta, hijo de pastores evangélicos y activista LGBTIQ+, al ser consultado por La tinta, afirmó que la idea de que el valor de una vida depende de cuán útil, limpia, productiva o “normal” sea está bastante instalada más allá de las iglesias. Por eso, afirma, desde su propia experiencia, que “una vida gay, una vida con VIH, una vida no reproductiva, una vida con bipolaridad, al estar fuera de la norma y ser poco ‘productiva’, es blanco de las múltiples violencias de ese orden instalado”. Se atreve a afirmar, como persona creyente, que “Dios no puede exigir la negación del deseo como precio para merecer amor”. Es necesario “construir interpretaciones bíblicas que validen toda vida y denuncien a este sistema capitalista neoliberal que convierte el cuerpo en mercancía y el deseo en algo que solamente vale si rinde”, concluye. 

Al final, la parábola quizá tenga razón en algo: no todes producimos según las lógicas del amo. Y mientras las pantallas y el contenido de redes sociales nos enseñan a confundir bendición con éxito y salvación con consumo, tal vez todavía quede algo profundamente humano en quienes nos negamos  a entrar del todo en esa lógica. Quienes, en el fracaso o en el margen, ensayamos una forma de vida que no se mide en cuentas bancarias ni en valijas lujosas. Porque si la teología de la prosperidad nos quiere siervos productivos en el templo del mercado, la única forma de volver a ser sujetos es, a veces, simplemente negarse a producir. Quizá “enterrar el talento” no sea un acto de cobardía, sino que constituya un acto de resistencia. 

*Por Lucas Leal para La tinta.

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Palabras claves: Antonela Roccuzzo, Biblia, capitalismo, espiritualidad, Meritocracia, neoliberalismo

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