Las condiciones materiales: ¿de qué viven quienes escriben?
En esta entrega de A favor de la fantasía me pregunto, junto con varias autoras, qué es vivir de escribir, cuándo la escritura es una potencia que nos mantiene vivas y cuándo nuestras vidas se empobrecen por no tener posibilidades de escribir.
Marxismo y literatura
La primera vez que pensé que la literatura iba unida a términos tales como condiciones materiales era apenas una estudiante de Letras. Como no vengo de una familia erudita, no sabía hasta entonces quién era Marx ni qué era la plusvalía, ni por qué el mismo filósofo iba a referirse a la plata como la forma fascinadora. Hasta entonces, pensaba que escribir era algo vinculado a la inspiración ―a veces todavía lo creo, porque creo en la inspiración como una forma de la atención y no como un estado divino―. No sabía que escribir podía llegar a ser un trabajo. En Letras, todo el tiempo había que pensar desde qué condiciones materiales escribían los autores. Hay que decirlo: escribían en condiciones terribles. Puntualmente las mujeres: encerradas en áticos ―no en cuartos propios―, con seudónimos, asesinadas por sus maridos. Las madres rara vez podían ser escritoras. Mucho menos alguien que no perteneciera a cierta alcurnia de la bohemia.
Nunca pensé que condiciones materiales fuera algo que pudiera ocurrirme a mí misma. Sobre todo porque alguna docente nos había dicho que a Letras no se iba a escribir literatura. Es decir que: a) si una estudiaba Letras y b) quienes escriben tienen, a menudo, muy pocas condiciones materiales = c) ninguna estudiante de Letras podría escribir porque escribir es imposible en el mercado.
Por entonces, yo quería estar afuera del mercado, pero crecer sería aceptar el terrible yugo de tener que responder a sus reglas para pagar el alquiler. La plata, ah, ese tabú. De manera que estuve algún tiempo escapándome de ese deseo atroz que era escribir: escribir iba a conducirme a las inevitables condiciones materiales, que siempre son pocas y las tienen otros. Pero seguí escribiendo y hoy me ocurre la predicción: tener poquísimo tiempo, la más importante de las condiciones que, para ser inmaterial, está demasiado ligada a los billetes.

Plata
Los peores días neoliberales nos llevan a pensar constantemente en la plata. Quizás porque plata sea el nombre que la época le pone a una unidad de sentido: el tiempo. Extraídos de sí, los sujetos de este tiempo somos, a menudo, hablados por el lenguaje del mercado. Un lenguaje sin ranuras, sin desvíos, sin opacidades. Un lenguaje de las máquinas: ¿hasta dónde la lengua de la IA y hasta dónde la del humano?, ¿cuándo empezamos a hablar esa lengua y no lo supimos? Decimos plata, plata, plata porque queremos tiempo, tiempo, tiempo. Quizás porque la plata sea la medida de nuestra finitud: el ticket que vale nuestro tiempo. Miserias, migajas, poco, nada. Y entre tan poco, se nos pasa el tiempo: nos vamos a morir.
Quienes escriben literatura tienen una tarea cultural al respecto: hacer otras cosas con ese imperativo de la lengua. Pero quienes escriben también están extraídos de sí, achatados por la amargura que produce vivir para trabajar y no a la inversa. Entonces, quienes escribimos acabamos por dejar hablar a esa lengua: como si no hubiera un afuera de aquella lógica o, por lo menos, ranuras, pliegues, desobediencias. Así, afirmamos que es imposible vivir de escribir. Quienes escribimos estamos afuera del mundo productivo: nuestra labor, decimos, es inútil. Parecemos más libres así, corridos del sistema. Pero quizás seamos simplemente más pobres.
Pero, ¿qué es vivir de escribir?, ¿alguien vive de escribir?, ¿la literatura puede ser un trabajo? Le pregunto esto a tres escritoras de diferentes puntos del país, ninguna de la Capital Federal, todas con trayectorias diferentes. Premiadas, traducidas, autoras de narrativa, de poesía, de ensayo. Editadas en sellos independientes y en catálogos a veces más grandes. Todas tienen más de un trabajo, quizás vinculados a la literatura. Busco en su relato no una receta, no unos cinco tips para vivir de nada, no una generalización. Busco una pista, una antorcha, un desvío ante lo fatal ―que parece ser la tónica de este tiempo―, otra acentuación.
De qué viven

Lola Halfon (1993), poeta, vive en Villa Los Coihues en Bariloche. Da talleres junto a Camila Vallendor, organiza el festival de poesía Como un rayo y trabaja voluntariamente en la Biblioteca Popular del Cariflaquen. Lo que dice trae al paisaje en la voz, los lazos sociales, lo comunitario: “Es una conversación que tengo viajando a dedo, acá del centro a mi casa, de mi casa al centro, o a los kilómetros altos: ¿a qué te dedicás, qué hacés? Suelo responder que me dedico al mundo de las letras. Pero vivo sobre todo de los talleres, esa es mi mayor fuente de ingresos, lo cual me parece una locura. Escribir rara vez da dinero, sobre todo escribiendo poesía. No es que vamos a vivir de regalías de libros de poesía. Pero todo lo que hago en mi día a día tiene que ver con la lectura y la escritura. No todo lo que hago en relación a la poesía me da dinero, pero me parece que hace que otros trabajos que sí me dan dinero sigan existiendo, ¿no? Una cosa un poco alimenta a la otra, además de que alimenta mi espíritu”.

Es imposible no detenerse en el aspecto filosófico de la pregunta: ¿qué es vivir de escribir? Todas traen una definición compleja e incluso una de ellas propone una corrección a la pregunta. Las escritoras piensan en el lenguaje y quieren hacer algo contra él. Disputarle las preposiciones, por empezar. Sofía de la Vega (1993) es tucumana, aunque actualmente vive en Buenos Aires. Es escritora, pero realiza múltiples trabajos en torno a la literatura. Dice que, para ella, “no se trata de vivir de escribir, sino vivir para escribir. Creo que si se intenta vivir de la escritura, se pierde justamente la esencia del hecho de escribir: poder conectarte tan profundamente dentro tuyo que llegas a conectar de otra forma con los otros. Vivir para escribir es ingrato, frustrante, problemático pero también es lo más maravilloso que me dio este mundo. Tengo el don y la condena de poder vivir por algo”. Reconoce que, aunque no crea que la literatura sea un trabajo en los términos rentables, sí contiene trabajo: hay que trabajar para que exista, en muchas aristas. En su caso, aunque no vive puntualmente de escribir sus propios libros, el contrato con una editorial más grande le permitió acceder a trabajar un poco menos y dedicarse a escribir. ¿A trabajar un poco más en escribir?

Algo semejante remarca la cordobesa Eugenia Almeida (1972). La escucho y lo que escucho trae en sí una conciencia cabal de los esfuerzos que hay detrás de la escritura, así como una gran capacidad para pensar en términos sociales en esa actividad. Eugenia va a definir la escritura en términos vitales: escribir le permite conectarse con una energía, con un plano más feliz de la existencia que no tiene que ver con lo económico. Pero va a pensar que, así como las tareas de cuidado son un tipo de trabajo no reconocido, la literatura es también un trabajo. “El trabajo de escritura, sobre todo para quienes trabajamos en novelas, implica mucho tiempo. Si uno hiciera la cuenta de lo que se puede cobrar por un anticipo, no representa prácticamente nada en relación a las horas que se invirtieron. Pero si uno logra tener esos otros trabajos relacionados al mundo del libro, no está nada mal. Lo que a mí me preocupa de esto es que, en la medida en que no sea un trabajo reconocido cabalmente en lo económico y en los derechos laborales, deja por fuera a todas aquellas personas que no tienen ni diez minutos de tiempo extra para centrarse en eso. Yo posiblemente pueda dedicarle una o dos horas a la escritura porque le dedico 10 o 12 horas a otro tipo de trabajos que me permiten sostenerme económicamente. En la medida en que eso siga limitado a algunas personas y no a todas, nos empobrecemos todos. Empobrece porque necesitamos historias de todos, ¿no? Poemas de todos, textos que hayan sido escritos por las personas más diferentes y por sectores que a veces muy difícilmente se les permite llegar a hacer oír su voz en en el circuito de de los libros”.
Un desvío

Importa entonces cómo nos referimos a la vida y a la literatura. Según lo dicho por las escritoras, vivir de escribir ―o, mejor, como advierte Sofía, vivir para escribir― tiene una correspondencia con esa otra cosa que orienta el pulso de una vida. Las autoras dicen: “Espíritu, otro plano, el don y la condena”. Y las autoras dicen: “Es y no es un trabajo, a veces puede serlo, implica trabajo aunque no sea reconocido como tal, es un trabajo invisibilizado como tal”. Tan preocupadas por la gravedad que implica que muy pocas personas puedan hacerlo ―ese empobrecimiento del que habla Eugenia―, como por rescatar a la literatura de los sentidos neoliberales estas autoras ensayan una definición sobre la vida y la escritura.

Entre una mirada trascendente y, a la vez, pragmática; ubicando las condiciones materiales, la particularidad de escribir y leer desde Argentina, estas escritoras parecen decir que vivir de escribir tiene que ver tanto con lo sagrado como con lo material. Escribir es una necesidad vital en tanto mantiene al espíritu ―escasas veces, a la materia―. Trabajar con literatura es estar en su órbita. No ya la pureza de quien solo se sienta a escribir sus libros: sino reseñar, dar clases en talleres o en diferentes niveles educativos, leer, dar charlas, seminarios, investigar, corregir, editar, ser community manager de proyectos literarios. Como si la literatura fuera un radar al que las prácticas sociales, como el trabajo, se acercaran de a poco. Escribir como un sol: estar en su órbita, en una aproximación, a menudo, en un ocaso.
Entonces, ¿cómo es que, no siendo redituable, todas estas escritoras están vivas a causa suya? Una necesidad del espíritu es la belleza. ¿Podemos seguir diciendo ―y haciéndole el caldo gordo a los libertarios, que encima hay que cocinarles― que la literatura no sirve? Escribir es incidir en la cultura, es generar efectos en ella. Detenerse en los efectos, no siempre rimbombantes, sino corrosivos como erosiona un río la piedra. Los efectos de aquello que leímos y los efectos de escribir. Estar escribiendo más que haber escrito. Escribir más que publicar. Para vivir de escribir, disputarle nuestra atención a las formas codificadas: a la IA, a las redes, a lo urgente. Para vivir de escribir, atención. Aceptar la parte de misterio y la parte de trabajo que hay en la escritura. Aceptar ese desfase entre amar y recibir. Atención, piensa Simone Weil, un deseo vacío, no apegado a un objeto, el amor fati de los budistas, puesto más en una práctica que en un resultado. Desear la escritura. Para todos. Necesitarla como un derecho. Escribir. Seguir vivas.
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*Por Camila Vazquez para La tinta / Imagen de portada: Vir Mosconi.
