Escobas contra el alquiler: la huelga de inquilinos de 1907 y la dificultad del acceso a la vivienda

Escobas contra el alquiler: la huelga de inquilinos de 1907 y la dificultad del acceso a la vivienda

El drama del alquiler no es nuevo: en 1907, los sectores subalternos de Buenos Aires, con protagonismo de las mujeres, realizaron una huelga en reclamo por las insalubres condiciones de vida y el aumento de los precios de las casas de vecindad. En esta entrega de La tragedia y la farsa, les invito a recorrer la situación de la clase trabajadora a principios del siglo XX, una dificultad que se extiende hasta la actualidad: la cuestión del acceso a la vivienda, la imposibilidad de adquirir una casa propia y el gran porcentaje del salario que se lleva el pago de locación de un lugar donde vivir.

Por Bianca Tosco para La tinta

“El precio del arriendo de las casas ubicadas en el centro de la ciudad se ha triplicado en este corto periodo de tiempo y las habitaciones suburbanas han doblado su valor. Agréguese a esto el aumento creciente de impuestos y la suba de los artículos de primera necesidad, y podrá comprenderse la crítica situación del jornalero y del pequeño empleado y, sobre todo, hay que recordar que los jornales de uno y de otro no han aumentado en la proporción de los alquileres e impuestos. Y no solo no han aumentado en esa proporción ―o sea, no se ha triplicado―, sino que apenas si han crecido en un 10 o 20 por ciento”. 

Este recorte podría ser tranquilamente una noticia de 2026, sin embargo, tiene 120 años de antigüedad y se publicó en la primera página del periódico La Protesta el 2 de noviembre de 1906. El problema que se refiere en el diario anarquista nos resulta familiar y continúa en la actualidad: entre un treinta, cuarenta y hasta cincuenta por ciento del salario de un trabajador que no es propietario de un inmueble donde residir se destina al pago de un contrato de locación. 

Desde hace dos años, la nueva (no) Ley de Alquileres ―es decir, la derogación por DNU presidencial de la Ley 27551― desreguló el mercado inmobiliario y flexibilizó tanto los plazos de contrato de alquiler de vivienda como los mecanismos de actualización del valor de estos. El resultado es la desigualdad en la relación entre locatarios y locadores junto con la inseguridad habitacional actual. Pero ¿son estos problemas del siglo XXI o tienen una raíz histórica? El reclamo por el acceso a una vivienda digna se remonta, al menos, a los inicios del siglo XX, cuando nuestro país se incorporó al sistema capitalista mundial como exportador de materias primas.

Mucho se ha dicho en los últimos años sobre la supuesta posición de “potencia mundial” que habría tenido la Argentina a finales del siglo XIX y principios del XX, un mito que no es nuevo y se recicla cada vez que el neoliberalismo intenta legitimar su programa económico. Esta errónea interpretación ―a partir de la cual se pretende reivindicar el régimen oligárquico y el modelo liberal de principios de siglo― se ha sostenido en la estimación del Producto Bruto Interno (PBI) per cápita que nuestro país alcanzó por aquellos años como resultado de la aplicación de un modelo económico agroexportador, dato que se pone en comparación con el de otros países desarrollados.

Sin embargo, además de los cuestionamientos sobre el dato en sí mismo, ingresar en la categoría de “potencia mundial” requiere de condiciones estructurales que van más allá del ingreso por cabeza: no ocupar una posición de dependencia y poder establecer las condiciones de negociación en el concierto internacional, influir en las políticas de otros países, el desarrollo industrial, el poderío militar, entre otros, son todos atributos que claramente no poseía la Argentina de ese entonces. 

Si observamos con atención, el promedio calculado en el PBI per cápita resulta engañoso en tanto encubre la desigual distribución de la riqueza entre la población argentina de principios de siglo. Una de las características fundamentales de ese momento es justamente lo contrario: la desigualdad atravesaba toda la composición social. La pobreza y la concentración en las ciudades de los miles de inmigrantes que habían llegado al país fue el resultado de varias artimañas concatenadas: en primer lugar, las tierras que se les prometieron a los recién llegados ―arrebatadas unos años antes a los grupos indígenas soberanos durante la “Conquista del Desierto”― no tuvieron el fin que supuestamente se les había designado. En vez de ser repartidas entre los “deseables” inmigrantes europeos, fueron a parar a unas pocas manos de familias oligárquicas amigas del poder.

Los inmigrantes que efectivamente llegaron a las tierras rioplatenses no resultaron ser tan deseables; españoles, italianos, franceses, polacos pobres colmaron el puerto de Buenos Aires buscando una alternativa de vida a la crisis del hambre europeo. Muchos de ellos y ellas, además, trajeron consigo ideas anarquistas y socialistas que darían pie al surgimiento del movimiento obrero contemporáneo.

Mientras las élites vivían en las afueras de la capital en palacetes de estilo europeo y contaban con sirvientes o mayordomos, los sectores pobres se concentraban en casas de vecindad ―los conventillos― donde podían residir hasta 300 personas hacinadas que debían compartir baño y cocina. La sobrepoblación de las habitaciones, donde moraban entre cinco a diez personas, y las deplorables condiciones de higiene hicieron que las enfermedades se propagaran rápidamente, situación que fue continuamente denunciada por los periódicos obreros socialistas y anarquistas, y también por la Iglesia. 

El problema de la vivienda para las clases trabajadores en las ciudades tenía alcance nacional. Sobre el tema, Bialet Massé expresaba en su famoso informe de 1904:

“Por lo que hace al alojamiento y condiciones higiénicas de las clases obreras es realmente desastroso. Los que viven mejor, son los que pueblan los numerosos ranchos de las orillas; al menos tienen luz y aire; pero los conventillos de la ciudad son atroces. Como he dicho varias veces, en Córdoba no ha entrado la letrina civilizada, y debe suponerse que los conventillos no han de ser excepción; lo que extraña al visitarlos, es que puedan vivir en semejantes condiciones. Las piezas tienen pisos imposibles, sucias hasta repugnar, chicas y caras. La consecuencia es forzosa; Córdoba es la ciudad que tiene más mortalidad por enfermedades infecciosas de la República. Allí hay que preguntar qué microbios son los que faltan, porque de las excepciones, aparte del cólera, la fiebre amarilla y la bubónica, no tengo noticias”.


Antes, como ahora, acceder a un techo implicaba también el pago de un alquiler cuyo costo aumentaba día a día de manera arbitraria y se llevaba una gran parte de los salarios. Entre 1886 y 1912, el alquiler había pasado a percibir desde un 16 a un 30 por ciento del salario de jornaleros y artesanos, quienes llamaban “vampiros” a los dueños de los inquilinatos. A fines de agosto de 1907, como respuesta a una suba resultado del aumento de los impuestos municipales, las y los inquilinos de los conventillos de Buenos Aires decidieron no pagar el alquiler en símbolo de protesta e iniciaron así una huelga general en la que reclamaron por las condiciones y los precios de la vivienda. 


El movimiento reclamó por una reducción del 30% de los montos del arrendamiento, que conceptuaba como parte de la explotación a los trabajadores, y se extendió por gran parte de la ciudad bonaerense y otras urbes cercanas donde se constituyeron comités para organizar el reclamo. En total, alrededor de 120.000 personas de unos 2000 conventillos participaron de la demanda. Una de las facetas centrales de esta huelga fue la importante participación femenina e infantil que quedó reflejada en las fotografías del momento. 

Fueron las mujeres quienes desplegaron distintas estrategias para evitar el pago del alquiler y la ejecución de los desalojos; también fueron ellas quienes hicieron que el conflicto cobrara estado público fundamentalmente a partir de “la marcha de las escobas”, herramienta con la cual se enfrentaron a la policía y se propusieron “barrer a los caseros”. Entre ellas, estaba Juana Rouco Buela, inmigrante española y anarquista, que dejó su testimonio sobre la protesta: 

“A fines del año 1907, organizó y patrocinó la FORA una huelga de inquilinos, a la que respondió toda la ciudad de Buenos Aires, donde se reclamaba la rebaja de alquileres. Mítines, reuniones, asambleas, comisiones que recorrían casa por casa para que se adhirieran al movimiento, que era general en las casas particulares e inquilinatos. Todo Buenos Aires estaba convulsionado y los anarquistas éramos los que controlábamos ese movimiento grandioso, en el que se sucedieron una serie de hechos de sangre provocados por las autoridades, que no podían con todo el pueblo que se había levantado en huelga, exigiendo una cosa justa: la rebaja de los alquileres”.


El resultado para los manifestantes fue la derrota, la represión y, en muchos casos, la deportación a partir de la Ley 4144 de Residencia de Extranjeros. Al menos un muerto, Miguel Pepe, y múltiples heridos fue el saldo del despliegue de la fuerza policial al mando de Ramón Falcón para desalojar las viviendas. El mismo jefe de policía sería el responsable de la muerte de una decena de trabajadores en la conocida “Semana Roja” dos años después. Hacia el final de la huelga, se pusieron distintas opiniones sobre la mesa: los socialistas plantearon que la disminución de los precios de alquiler no solucionaba el problema y señalaron la necesidad de construir viviendas dignas a las cuales los trabajadores pudieran acceder mediante cooperativas obreras.


Hoy, organizaciones como Inquilinos Agrupados remontan el origen de su lucha a las protestas de 1907. En la actualidad, el acceso a la vivienda se considera más una mercancía que un derecho humano que garantice el acceso a un hogar seguro, digno y con servicios básicos. El logro que significó la sanción de la Ley de Alquileres en 2020, que regulaba los plazos mínimos de contrato y las actualizaciones del valor, encontró un retroceso a partir del gobierno de Javier Milei, quien revocó la legislación bajo la premisa de “libre negociación entre las partes”.


A casi 120 años de la «huelga de las escobas», la atomización reinante imposibilita imaginar una acción de protesta como aquella; se vuelve necesario pensar nuevas estrategias de cooperación que rompan con el individualismo imperante.


Para conocer más de este tema, recomiendo los trabajos de Inés Yujnovsky, el libro de Juan Suriano, La huelga de inquilinos de 1907, y las memorias de Juana Rouco Buela.

*Por Bianca Tosco para La tinta / Imagen de portada: «Marcha de las escobas». Huelga de conventillos, Colección Caras y Caretas, AGN, 1907.

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Palabras claves: Alquileres, Ley de Alquileres, vivienda digna

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