Imaginate vivir en Suiza y perderte esto: «La casa de los espíritus» y el realismo mágico de América Latina

Imaginate vivir en Suiza y perderte esto: «La casa de los espíritus» y el realismo mágico de América Latina
13 mayo, 2026 por Redacción La tinta

Hoy, 13 de mayo, se estrena el final de temporada de La casa de los espíritus, adaptación de Amazon Prime Video de la novela de Isabel Allende. Con ficciones como esta, pero también Cien años de soledad de Netflix (2024) y Como agua para chocolate de HBO Max (2024), el realismo mágico vuelve al centro de la conversación cultural. El Laboratorio Pop de la Universidad Nacional de Córdoba recupera estas series, producidas en Latinoamérica para plataformas de streaming globales, para dar cuenta de que, en esta región, la realidad siempre tuvo su cuota de magia. 

Por Camila Aguirre Vallés del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta

Cuando en la región de Atacama, en el norte de Chile, las lluvias exceden los índices esperados, el desierto más árido del planeta se cubre de más de 200 especies de flores. Ese oasis fucsia desparramado en la arena parecerá salido de un sueño, pero es una realidad de nuestra América Latina: tierra donde se cura el empacho, se guardan nombres en el freezer y la Historia nunca termina de acomodarse.

Con la imagen del desierto florido, también se inaugura el segundo episodio de La casa de los espíritus, nueva producción de Amazon Prime Video que adapta la novela homónima de Isabel Allende, publicada en Barcelona en 1982, mientras Chile (tierra natal de su autora) atravesaba la larga dictadura de Pinochet. Narra la vida de cuatro generaciones de la familia Trueba-Del Valle y su experiencia con las transformaciones sociopolíticas de un país sin nombre que se parece bastante a nuestro vecino lungo. 

La serie se suma a cierta tendencia que inició HBO Max en 2024, cuando reversionó Como agua para chocolate, de la mexicana Laura Esquivel, y que continuó con Cien años de soledad, la esperada y ambiciosa adaptación de Netflix de la obra Nobel de Gabriel García Márquez. De modo que hablamos ya de tres novelas latinoamericanas llevadas a la pantalla chica con elencos y guionistas locales, pero distribuidas en plataformas de streaming para el disfrute global. 

No es que antes no haya habido grandes producciones seriadas en la región o incluso adaptaciones de grandes obras, pero estas destacan porque se inscriben en un género que ha sido poco traducido al medio audiovisual: el realismo mágico. Con este nombre, se designa una forma de narrar muy particular, una con ADN bien latinoamericano que, en la elección entre hacer literatura realista o maravillosa, elige el sendero menos recorrido que se abre entre ambos dominios. 

Esta categoría fue acuñada en 1925 por un crítico de arte, Franz Roh, para referirse a ciertos modos de representación en la pintura por los que los objetos comunes se vuelven extraños. Recién cuando la noción fue traducida y conocida en el ámbito hispano a mediados de siglo, fue resignificada por la teoría literaria: el escritor Alejo Carpentier la recuperó para hablar de una realidad que, en este costado del planeta, ya tiene algo de “maravilloso” dentro suyo. A partir de los 60, con lo que se llamó el boom latinoamericano, la idea de “realismo mágico” quedará asociada a obras como las que ocupan esta nota, en las que incluso lo imposible forma parte del horizonte cotidiano de los personajes. Sucede que, en el realismo mágico, no existe una distinción marcada entre lo real y lo sobrenatural, entre lo alucinante y lo cotidiano: allí, lo mágico aparece en igualdad de condiciones con lo doméstico. O, más bien, la magia es un elemento más de la domesticidad. 

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Clara, de niña, tocando el piano con sus poderes telequinéticos en «La casa de los espíritus» (2026)

En Macondo, el pueblo abandonado de Cien años de soledad, un diluvio puede durar años y un pueblo entero puede olvidarse de cómo dormir. En Piedras Negras, México, escena de Como agua para chocolate, la comida nutre a los comensales con la melancolía, el deseo o la furia de su cocinera. Y en la capital anónima de la novela de Isabel Allende, las mujeres nacen con el pelo verde y vaticinan el futuro. Todas estas obras nos encierran en las casas de familias donde las maldiciones, las violencias y los desamores parecen tatuados en el material genético; hogares atascados en el tiempo de los que ni siquiera los fantasmas pueden escapar. 


Es famosa la versión cinematográfica de La casa de los espíritus (1993), producida en los Estados Unidos y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons: la película recupera esa claustrofóbica dinámica familiar, pero la despoja de sus cabellos verdes, sus saberes populares y sus esoterismos. Al sacarla de sus fronteras latinas, la magia es reducida a un par de adivinaciones: no parece encontrar los términos adecuados para traducirse a otras lenguas (y tampoco a otras tierras).


Esa cotidianeidad maravillosa sí aparecerá con más claridad en Encanto (2021), la animación de Disney que le valió un Oscar entre tantos: en la familia Madrigal, resuenan los ecos de estas pseudodinastías latinoamericanas con poderes sobrehumanos, que habitan casas que parecen vivas y que se vienen abajo con el peso de algún secreto familiar. La canción “No se habla de Bruno”, repetida hasta el hartazgo en los ocasos de la pandemia, es simplemente la forma musical que la cultura pop le dio a un aspecto clave del realismo mágico: hay cosas mucho más escandalosas que un poco de brujería. 

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«Encanto» (Disney, 2021).

Y es que el sello distintivo del realismo mágico es que presenta lo inusual con una naturalidad plena: en él, ni el narrador ni los personajes se cuestionan ese halo maravilloso que todo lo cubre. Estamos en las antípodas de un Harry Potter asombrado por sus propios poderes: acá, un amor prohibido puede generar más revuelo que una niña capaz de mover tazas con su mente. Resulta que la parte de “realismo” no está puesta en vano en el nombre de este género: en la literatura latinoamericana, estas obras responden al deseo de poner por escrito algo que, en cierta medida, es real. O que, al menos, podría serlo. En todo caso, es un realismo “desviado” con la vuelta de tuerca que le dan los saberes y cultos populares, los rituales indígenas y las tradiciones precolombinas: es un realismo al que la racionalidad europea le queda corta.

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Las mujeres de la familia Del Valle en «La casa de los espíritus» (2026).

¿Qué otra cosa podríamos esperar de esta región? ¿No hay acaso cierto realismo mágico en nuestra Ley 20843, esa que garantiza que el séptimo hijo varón de una prole sea apadrinado por el mismísimo presidente en caso de que resulte lobizón? Esta es la tierra de cábalas en cada partido de fútbol, pero también donde un caniche cayó de un piso 13 y causó tres muertes más entre los testigos. Nuestra realidad está, de por sí, copada por lo insólito; nuestro día a día ya tiene un no-sé-qué mágico y lo que hace nuestra literatura es poner eso de manifiesto.

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La tragedia del caniche (21 de octubre de 1988). Imagen: diario Clarín.

Después de todo, América Latina es un territorio de inestabilidad, crisis y cinco siglos y pico de manoseos coloniales: zona de invasiones europeas, de intervenciones norteamericanas y de desigualdad brutal. El realismo mágico propone, precisamente, una lectura sobrenatural de la realidad histórica y política de nuestro Cono Sur, esa que a veces parece inexplicable, pero a la que ya estamos bastante acostumbrados. 


En estas series (y sus novelas fuente), la vida de las familias se entrelaza con conflictos políticos: con la revolución mexicana en Como agua para chocolate, con la Guerra de los Mil Días en Cien años de soledad y con la dictadura de Pinochet en La casa de los espíritus. Pero también fue una guerra lo que separó a Deolinda Correa de Bustos de su marido, reclutado a la fuerza para servir en los conflictos civiles de mediados del siglo XIX. Tras seguir las huellas de la tropa por los desiertos de San Juan, Deolinda falleció de sed y agotamiento, pero mantuvo –inexplicablemente– a su hijo vivo, prendido de su pecho aún lactante. Máxima expresión de esta mágica cosmovisión latinoamericana, la Difunta Correa nos demuestra que narrar la vida familiar en estos lares (sea real, legendaria o ficticia) no puede hacerse separándola de las más insólitas tragedias sociales. 

El realismo mágico se sirve de brujas y de espectros para narrar, con un giro estético, las turbias realidades políticas de la región. ¿Qué son los fantasmas del realismo mágico sino los restos de ese pasado que nunca se deja detrás? Ninguna obra lo expresó tanto como Pedro Páramo, novela de Juan Rulfo en la que un joven va en busca de su padre y acaba en Comala, un lugar poblado de muertos.

Con sus amnesias, sus ciclos interminables y sus espíritus que vuelven y revuelven el ayer, este género nos habla de cómo funciona la memoria en América Latina. La nueva serie de Prime Video lo enuncia: “La capacidad de mi abuela para ver lo invisible la hizo conectar con el profundo dolor que esas tierras guardaban en su memoria”, dice Alba sobre su abuela clarividente. Personajes como Clara son conscientes de que la realidad política es un péndulo en movimiento, una herida que no cierra y una seguidilla de tragedias que ya no sorprenden. Lo mismo sucederá con un José Arcadio Segundo, único en recordar y denunciar la masacre de los trabajadores de la bananera en Cien años de soledad, matanza que el discurso oficial mandó a “olvidar”.

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Clara con sus amistades espiritistas en «La casa de los espíritus» (2026).

No por nada el destino es una gran obsesión del realismo mágico: no uno dado por algún dios o un hada madrina; en todo caso, un futuro heredado, casi anclado a la tierra donde se nació y al apellido que se lleva. Por poco más que el mandato de un destino fijado, la matriarca de La casa de los espíritus acepta un matrimonio que tendrá más violencia que amor: porque intentar escapar a un futuro ya escrito es una pérdida de tiempo. También los “cien años de soledad” son el destino inevitable de la estirpe Buendía, condenada a un siglo entero de aislamiento incestuoso. Estas familias viven con la certeza de que salen perdiendo si intentan hacerle frente a un tiempo que es mucho más grande que ellos: sus vidas están condenadas a ser insólitas y hay cosas más interesantes que hacer con el poco tiempo libre que uno tiene antes que pelearse con un hado tallado en piedra. 

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Clara y Esteban Trueba en «La casa de los espíritus» (2026).

Sucede que el “sudaca” ha pasado a aceptar las perplejidades que le toca vivir: acepta ya con naturalidad, cuando no con humor, las rarezas ya poco raras de su realidad un poco mágica. Lo que es aún más, celebra la picardía con la que sortea los obstáculos de su mundo complicado, con la leve sospecha de que en esos países tan ricos, tan resueltos y tan, pero tan normales un poco se aburriría. O como dicen en esa nueva reserva del rumor social que es la red X: imaginate vivir en Suiza y perderte de todo esto. 

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*Por Camila Aguirre Vallés del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta / Imagen de portada: «La casa de los espíritus».

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