Canción de perro, de Mary Oliver

Canción de perro, de Mary Oliver
5 mayo, 2026 por Vir del Mar

Martes 28 de abril, Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Hola, ¿cómo va todo? Sin querer, esta carta va a ser algo “efemeridosa”. La empecé a escribir y después me di cuenta de que mañana es el día del animal. Soy un poco reacia a rondar temáticamente fechas particulares, pero a decir verdad, no voy a hablar de “los animales” como una generalidad, voy a hablar de un compañero que estuvo conmigo un tiempo breve, pero intenso, un perrito que extraño siempre. Todo esto provocado por los versos de Mary Oliver, más precisamente, algunos que están en Canción de perro, libro del año 2013. 

Si no la conocés, Mary Oliver es una poeta estadounidense nacida en 1935, que hoy es valorada como una de las grandes de la poesía contemporánea. Lleva en su escritura la tradición de Walt Whitman, con una celebración a la naturaleza que parece mirar siempre con ojos de niña, con la maravilla en estado permanente. Animales, plantas, flores, ciclos naturales, aguas, vientos y rocíos son frecuentes en su palabra. Encuentra allí un bálsamo para todo lo terrible del mundo, para elegir una y otra vez el contacto con lo vital. 

La rapsodia del perrito en la noche
(Percy Tres)

Me pone la mejilla contra la mía
y hace ruiditos expresivos.

Y cuando me despierto, o solo un poco,
se pone panza arriba, las cuatro patas
       al aire
y los ojos negros y fervientes.

Decime que me amás, dice.
Decímelo otra vez.

¿Podría haber acuerdo más dulce? Una y otra vez
consigue preguntármelo.

Y yo consigo decirlo.

Yo era una chica más de gatos, me identificaba con su tranquilidad y somnolencia y me sentía cómoda con su forma de hacer compañía. Los perros me gustaban, sí, pero los que tenía cerca eran ansiosos, ladradores, parecidos a demonios de Tasmania girando con excitación y ferocidad; ¡más de una vez me robaron un sánguche de la mano! No fue hasta que conocí al Soni, el perro viejo, bonachón y suave que vivía —y vive— con un amigo, que pude imaginarme con un perro como compañero. Su parsimonia me cautivó, la manera de acercarse, la forma del andar. Al tiempo, llegó Rufián a mi vida, con sus once años de calle encima, el carminar marcado por sus patas biónicas —había tenido unas cirugías— y las caderas chuecas, el gesto desdentado de tanto andar peleando en la calle y comer porquería. Rufián: un amor largo y glotón, pesado y silencioso.

Benjamín, que llegó de quién sabe dónde

¿Qué voy a hacer?

Cuando agarro la escoba,
      sale del cuarto.

Cuando preparo el fuego,
      corre al jardín.

Después vuelve y nos abrazamos
      un buen rato.

En su pecho bajo hasta el suelo
      escucho su corazón calmarse.

Le froto luego los hombros y
      le beso las patas
y le acaricio las orejas sabuesas largas.

      Benny, le digo,
no te preocupes. También yo sé cómo
      la antigua vida acecha a la nueva.

Para cuando Rufián llegó, hacía poco tiempo que yo era lectora de Mary Oliver. Ella hace del ejercicio poético un trabajo de la pausa, la escucha y la reflexión. Busca el espíritu de la creación en cada palabra, el aliento vigorizante de la maravilla: estamos vivos para ser parte de todo esto. Creo que leerla modificó algo en mi forma de estar con; no como la que impone, sino como la que está permeable al mundo que la rodea. Con Rufián aprendí —él me enseñó— que las cosas urgentes no tenían que ver con la obligación, sino con la responsabilidad: yo quería estar ahí para él y mi vida se acomodó a sus tiempos y necesidades. Él llegó a la casa y nos fuimos conociendo lentamente. Cada quien venía con sus mañas y sus dolores, eso me convocó a frenar y escucharlo, a perderme en los colores de su pelaje y en su entusiasmo por salir a caminar —no tanto por el movimiento como por encontrar comida tirada en el piso—.

Bazougey

¿A dónde va ese perrito oscuro
    que solía bajar la calle ladrando y refulgiendo?

Se fue ya del mundo de los detalles, 
     de lo singular, lo visible.

Así pues ese aguijón profundo: el dolor. Aun así,
       ¿se ha ido del todo de nuestro lado, o es
parte de ese otro mundo, por doquier?

Vení conmigo a los bosques donde avanza
      la primavera, como lo hace, no importa qué,
pues no es singular ni único sino uno
     de los dones eternos, y en verdad visible.

Mirá cómo se abren las violetas, y las hojas
     se despliegan, brillan los arroyos y las aves
    cantan. ¿A qué te recuerda?

A sus rizos destellantes, sus ojos honestos, su
     bello ladrido.

Alguna vez leí a alguien que decía que la poesía de Mary Oliver la hacía sentir menos sola. Encuentro verdad ahí: su poema es un gran bioma del que todos somos parte.

Nos leemos la próxima. Si querés responderme, te leo con gusto.

Abrazo,

Vir del Mar.

PD: Los poemas son de la edición bilingüe de su obra completa, Devociones, por la editorial Lumen. Como la traducción al español era un tanto lejana, me tomé el trabajo de argentinizarlos un poco.

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Palabras claves: Mary Oliver

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