La sociología después de Milei
¿Cómo seguir después de Javier Milei? En esta nota, el autor se mete de lleno en esa pregunta “imposible de responder, pero necesaria” y propone abrir un debate urgente dentro de la sociología —y más allá—, frente a un presente que amenaza con “dejarnos sin porvenir”. Entre la fragilidad de la vida asalariada, el avance de una lógica que “confunde sociedad con mercado” y una degradación moral que se expande, el texto ensaya respuestas posibles: una Sociología capaz de advertir, de revisar su relación con los valores y de señalar “las opciones falsas” de una época marcada por el dolor social y la incertidumbre. Empezar a pensar cómo seguir, señala Cristiano, también es una forma de resistir.
Por Javier Cristiano para La tinta
De manera muy acotada, sin pretensión de exhaustividad y desde una de las muchas perspectivas posibles, estas notas abren un diálogo al interior de la sociología que seguramente tiene interés también para otras profesiones, potencialmente todas las que apuntan a construir sociedades más justas y más humanas. A todas les compete preguntarse cómo seguir, pues todas se han visto en alguna medida afectadas, material y simbólicamente, por el proceso Milei.
Empezar a tender puentes con el futuro es también un modo de resistir y un modo importante, frente a un proyecto que pretende, a todas luces, dejarnos sin porvenir.
1. Milei vino a recordarnos la fragilidad de nuestra condición material más frecuente, la de asalariados del Estado capitalista. Podría sacar la última palabra, “capitalista”, pero estoy convencido de que el capitalismo es el centro explicativo principal (no único) de los grandes males de este tiempo. Y estoy convencido de que, más allá de todo lo llovido, hay algo esencialmente cierto en lo que Marx escribió en El capital, en particular respecto de la locura de un sistema ciego y brutal que no ve nada más allá de sí mismo y que, como decía en el Manifiesto, disuelve todo lo sólido y profana todo lo sagrado. Desde esta perspectiva, el ataque de Milei a la sociología, lo mismo que a las demás ciencias y a la cultura en general, expresa la quintaesencia del capital: es lo que el capital mismo diría y haría si tuviese voz y corporeidad actuante.
2. La sociología es, en efecto, un cuerpo extraño en la lógica del capital, que este puede tolerar más o menos en función de los contextos, pero que, en lo esencial, ni necesita ni promueve. Y esto vale no solo para la sociología crítica, que lo enfrenta, o para la sociología “inútil”, que “no aporta” a “la solución de problemas”: vale para toda la sociología. Solo que la tensión no se manifiesta siempre y, en general, queda subsumida a los tironeos más superficiales de la política y del reparto. La brutalidad del discurso y de la práctica “libertaria” nos recuerda, sin embargo, que está siempre latente como amenaza. Y nos recuerda también que la amenaza es mayor cuanto más capitalista es el capitalismo, es decir, cuanto más se acercan las sociedades a la anarquía des-socializante que supone la lógica de la acumulación.
3. El título de estas notas evoca lejanamente a Adorno (el “después de Auschwitz” de la filosofía y del arte), algo que puede parecer exagerado o meramente irónico, pero que se justifica, en mi opinión, por la magnitud del daño en tiempo récord y por la inmensidad del sufrimiento producido. He aquí, digamos de paso, un estrato del mundo social al que la sociología no llega bien con ninguno de sus microscopios, ni ninguna otra ciencia, pero de la que tiene cantidad de indicios: el agregado amorfo del malestar, su composición interna, sus consecuencias a corto y largo plazo. Ese sufrimiento justifica el título y, con él, la radicalidad una pregunta imposible de responder, pero necesaria: cómo pensar para que Milei no se repita ―es decir: qué sociología hacer para, de aquí en más, contribuir a evitar algo como esto―.

4. Si de evitar se trata, creo que correspondería, en primer lugar, una sociología de la prudencia, de la prevención y de la advertencia. Una especie de sismología social atenta a las señales de alarma. Los colegas que estudian profesionalmente el neofascismo, pero todos de manera intuitiva, nos preguntamos insistentemente por lo que no advertimos que se estaba gestando, por los indicios del desastre que no vimos venir y que, a lo mejor, podríamos haber ayudado a evitar. La tarea está en los límites de lo sociológico, quizás muy cerca de la frónesis y de la sabiduría, y por eso supone tomar distancia momentáneamente de la especialización, de la mirada parcial y limitada a la que nos obliga la compartimentación temática.
5. Esa sociología es como tal conservadora, cosa que no debe avergonzarnos en un contexto crítico en el que conservar (en particular, la vida y un mínimo rango de convivencia no violenta) es la base de cualquier objetivo más ambicioso que pueda también proponerse. Aún así, aún siendo un objetivo a la baja, requiere una condición que posiblemente no se dé hoy o no con la plenitud y el vigor del caso: el consenso respecto de un piso de humanidad igualitaria como algo deseable y compartido sin ambigüedades. Explorar hasta dónde ha llegado la degradación de este acuerdo, cuál es el grado de crueldad ambiente compatible con la buena conciencia, qué vericuetos del Thánatos acechan hoy y pueden todavía ser estimulados y profundizados es parte de una tarea diagnóstica fundamental que también debiéramos realizar. Si se diera el caso de que la cuenta nos diera en rojo, que una estadística crítica no nos permitiera contar con esa base, habría que empezar todavía desde más atrás.

6. Con este tipo de problemas, de índole moral o ético (o póngase la palabra que se quiera en este terreno tan poco grato a la izquierda), la sociología nunca se ha llevado del todo bien. Está atrapada en concreto en dos dilemas, que son casi contradicciones. Uno es el de la separación de la ciencia y de los valores, la división del trabajo entre ciudadanía y profesión, entre ciencia y política. Y el otro, más profundo, es la tensión entre la racionalidad del conocimiento y la irracionalidad de los valores, la argumentabilidad y la prueba de lo que conocemos, y la arbitrariedad infundada de aquello al servicio de lo cual ponemos el conocimiento. En los clásicos, estas tensiones son notorias y los grandes textos fundacionales merecen leerse una vez más en esta clave. Después, con la especialización y la fragmentación, el tema se diluyó o dejó de interesar en los términos realmente dramáticos en que lo planteaba, por ejemplo, Max Weber. Milei, gritando que la justicia social es una aberración, nos sacude también de esta modorra.
7. Una sociología tensa en su relación con los valores entonces y una sociedad que ha perdido “el uso de la moral corriente”, como decía Martínez Estrada. ¿Qué hacer? Una posibilidad es retomar la voluntad de elaborar, desde la sociología, un discurso serio sobre la buena sociedad, sobre la sociedad deseable, sobre los parámetros que permiten distinguir lo aberrante de lo no aberrante. Una sociología en suma que conteste la tremenda ignorancia de Milei y de todos los Milei del mundo, que son legión. Ejemplo: sabemos de todas las maneras posibles, la teórica, la empírica, la epistemológica, qué significa confundir sociedad con mercado, a qué contradicciones lleva esa confusión, qué efectos tiene actuar como si fuese cierta. Ejemplo: sabemos muchísimo de cómo se crean monstruos, de la maleabilidad cultural y condicional de los límites y de los permisos. Sabemos cómo y por qué el umbral de tolerancia a la violencia se mueve para arriba o para abajo, y el ejercer violencia significa y supone cosas diferentes según las condiciones. Sabemos con precisión por qué las soluciones de fuerza a los problemas sociales producen problemas mucho más graves sin solucionar el inicial. Etcétera. Con todo esto, la sociología podría, al menos, escribir el gran libro de las opciones falsas, de los fraudes en torno a la buena sociedad.
8. También se puede ir más al fondo ―y más reflexivamente― y revisar de nuevo esa tensión estructural que tiene con los valores. Es cierto que no puede fundar valores últimos, como de hecho no puede hacerlo ningún conocimiento racional. Pero también es cierto que su sentido como empresa cultural descansa en una serie de valores que son la contracara exacta de los que hoy levanta la extrema derecha y se imponen de facto en la barbarie neofascista: el valor del conocimiento, la posibilidad de distinguir verdad y falsedad, los argumentos y las pruebas como régimen de validación, la razón como tribunal último y referencia compartida. Hemos pasado años debatiendo sobre las trampas de la razón y el constructivismo de la verdad, y está bien. Solo que, en este contexto, el problema no son precisamente los monstruos que engendra la razón, sino todo lo contrario. Ni esta afirmación ni ninguna otra puede impedir que en nombre de la razón se destruya y se mate. Pero hay por lo menos un hilo tenue que une la búsqueda de una verdad racional con la sinceridad y con la voluntad de acuerdo, y, por ende, con la decisión de anteponer entre las personas algo distinto de un arma.
9. Todavía algo más puede contraponer la sociología al cambalache libertario: tratar de elaborar un concepto de sociedad que diga en qué grado de integración empieza la sociedad como tal y en cuál, o por debajo de cuál, tenemos ya otra cosa, que debe llamarse de otro modo. La sociología se funda en el supuesto ontológico de que la sociedad existe y puede diferenciarse de otras realidades, como la biológica o la física, lo que supone, a su vez, alguna idea de unidad, que permite la identidad de la cosa consigo misma y de allí la diferenciación. Esa ontología no es de por sí una ética, pero puede permitir el acto ético de denunciar lo que no llega a ser sociedad, lo que es pura coexistencia de individuos a los que solo vinculan relaciones de poder en sentido weberiano: imposición desnuda. Se atisba esta no-sociedad en la relación del narco o el prestamista de barrio con el desempleado, y en todos los espantosos escenarios de indefensión que pueblan nuestras calles y nuestras ciudades puertas adentro.

10. Finalmente, se puede mirar de frente el lamentable espectáculo de inmoralidad, banalidad, complicidad y cobardía que sostiene el proceso Milei: eso que espontáneamente describimos como degradación moral, masiva y capilarmente esparcida en todos los recovecos del poder, que bien puede ser el tema de una renovada y vigorosa sociología de la relación con las creencias ―por no decir simplemente una sociología de la impostura―. Su punto de partida es esa constatación, la de un juego real superpuesto al públicamente reconocido y legitimado, un juego que, en términos típicos ideales, es inconfesable, pero que poco a poco se impone de facto, como un simple y categórico “las cosas son así”. La subasta pública de votos en el Congreso, la venalidad de los “periodistas” militantes, la “negociación” del apoyo de los gobernadores, la actitud de la CGT son solo casos extremos de lógicas cuyo arraigo cultural parece ya difícil de remontar.
11. La genealogía de este estado de cosas es tan importante como sus causas estructurales y ambas tan indispensables como el análisis de sus consecuencias: tal sería el territorio de la sociología de la relación con las creencias. La genealogía marca seguramente grandes hitos, rupturas del juego en el que más o menos se creía y que más o menos se jugaba: algo así como una historia de las trampas y de las victorias y derrotas tramposas. Tiene muy probablemente una lógica, la de la fragilidad y el incremento exponencial: una vez desvirtuado el juego, una vez constatada la trampa, todo se vuelve más precario y abierto a nuevas transgresiones, que legitiman a la que viene después y esta a la que sigue. Intentar detener el proceso con acuerdos de convención se vuelve cada vez más difícil porque, mientras tanto, ha dejado de creerse. He aquí la base de ese estado de lucidez cínica que nos rodea, en el que se prefiere, como suele decirse, pasar por miserable a pasar por idiota (versión acotada del maquiavélico “ser amado” versus “ser temido”.
12. Las causas estructurales son históricas y reticulares, pero remiten al núcleo mismo de la condición capitalista: someternos a todos a la lucha por la supervivencia en la intemperie del mercado. Se pierde de vista lo anómalo de este hecho desde el punto de vista histórico: que nuestra supervivencia dependa de lo que el mercado diga que vale lo que tenemos o lo que sabemos hacer. Su extravagancia reside en la confianza de que el mercado hace bien las cosas, confianza que la teoría económica jamás pudo demostrar ni siquiera in vitro y que solo tiene sentido como fe religiosa, bajo el supuesto de una mano invisible que solo puede ser la de Dios. Puesto Dios entre paréntesis, la condición capitalista no solo no garantiza nada: bordea todo el tiempo su propia deformación hacia lo monstruoso. Donald Trump lo acaba de decir sin rodeos: cualquiera que compita con Estados Unidos con posibilidades de éxito será considerado un enemigo.


13. Puesto que la degradación moral tiene usos ideológicos (un “todos corruptos” que sirve de mil maneras al poder económico), digamos también lo obvio: que hay jugadores que no hacen trampa ni siquiera con el tablero y las fichas en el suelo. Todavía con el recuerdo cercano del 50 aniversario del golpe de Estado, vale la pena recordarlo apuntalando los emblemas de este tipo de jugadores, las Madres y Abuelas por caso, pero también su presencia anónima en todas partes, miremos donde miremos.
*Por Javier Cristiano para La tinta / Imagen de portada: Eloísa Molina.
