La desobediencia de Victoria Ocampo: estado de rebelión

La desobediencia de Victoria Ocampo: estado de rebelión
7 abril, 2026 por Redacción La tinta

Durante mucho tiempo reducida a su pertenencia de clase y relegada por su esnobismo, Victoria Ocampo nos regala, sin embargo, una lección fundamental: incluso cuando se nace envuelto en privilegios, los mandatos pueden ser desplazados cuando la rebeldía convoca. Fundadora de Sur, mecenas cultural y anfitriona de una constelación de intelectuales, en un nuevo aniversario de su nacimiento, el Laboratorio Pop recuerda cómo Victoria Ocampo deja ver las formas, siempre parciales y siempre tensas, de apartarse de una norma y un legado patriarcal.

Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta

Cuenta la leyenda que Victoria Ocampo volvió de Londres con el primer long play de los Beatles, luego de escucharlos en vivo y de sumarse al furor que asaltaba a Europa por entonces. En uno de sus Testimonios (1962-1967), narra que fue testigo “de sus flequillos idénticos, de sus sacos sin solapas y del éxtasis que producían”, y sospecha estar frente a una inminente repetición de otro fenómeno desbordante como lo fue Sinatra o, en nuestros pagos, Gardel, aunque reconoce que les falta ese “cantar con el ombligo” que sí tenía Elvis Presley. A los 74 años, pero todavía atenta a todo lo que acontecía en la escena cultural, Ocampo compartió esa novedad con un Borges que, con solemne indiferencia, escuchó la banda que estaba a punto de conquistar el mundo. La falta de entusiasmo no sorprende: poco podían inquietar cuatro ingleses despeinados a quien había imaginado el Aleph y el infinito en una biblioteca. Pero para Victoria, moderna hasta las últimas consecuencias, su arrebato por los Beatles confirmaba un desplome fundamental para esas élites que tan bien ella conocía: la caída de esa frontera simbólica que mantenía resguardada a su “alta” cultura frente al avance intempestivo de lo masivo, lo foráneo y, a fin de cuentas, lo popular. 

El desembarco de los Beatles en Estados Unidos en 1964, año en que Victoria Ocampo descubre a la banda. Presentación en el programa de Ed Sullivan, el 9 de febrero.

A decir verdad, Victoria Ocampo convirtió en un oficio eso de desobedecer los umbrales que la cultura dibuja. La crítica ha escrito hasta el cansancio sobre esta imagen de mujer rupturista para su época, especialmente por contrariar los mandatos patriarcales. En la editorial, con motivo de su fallecimiento, María Elena Walsh reprocha que la celebración de Victoria Ocampo como promotora cultural y traductora resulta complaciente, suavizando el verdadero rédito que merece: su feminismo. Mucho antes de fundar la Unión Argentina de Mujeres en 1936, ella desafió con el cuerpo muchas de las convenciones que buscaban contenerla: fumó en público, condujo su propio auto sin tutela de un varón, cautivó a quien quiso y, aún más, tuvo el atrevimiento de arrasar los límites previstos para la escritura femenina, dando cuenta de su vida íntima y su mirada sobre la cultura argentina (invito a quien lea estas palabras a adentrarse en las epístolas con Gabriela Mistral, Arturo Jauretche y Ezequiel Martínez Estrada). Su posición fue siempre clara: pariente lejana de José Hernández, reniega de esa figura y se rehúsa a escribirle una semblanza, consciente de que el Martín Fierro poco se ocupa de la mujer, salvo fugaces menciones a la China y a alguna que otra cautiva. 


Hacia el final de sus días, reconocerá que “lo poco que he hecho en mi vida (y no lo califico de poco por falsa modestia, sino porque mis planes eran más ambiciosos) lo he hecho a pesar de verme privada de las ventajas de ser hombre”. 


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Y también de verse restringida incluso bajo su propio techo. Como es sabido, quien este 7 de abril hubiera cumplido 136 años se crió en una familia patricia tan opulenta como conservadora. Terratenientes y profundamente imbricados con la fundación del país, los Ocampo-Aguirre encarnaban una tradición oligarca que Victoria no abandonará, aunque algunos desvíos habrá de tomar. Y no aludo únicamente al uso escandaloso que hará de la herencia familiar, convertida en fuente para el financiamiento de Sur: ese proyecto editorial fundado en 1931 que, a nuestras tierras, trajo las palabras de Virginia Woolf o Albert Camus, y que, por las vías de sus traducciones al francés, también dio a Borges y Cortázar el impulso internacional que los consagrará en el mundo.

Victoria Ocampo, en conmemoración de los 35 años de Sur. Entrevista de 1966 donde narra el origen de ese proyecto editorial sin igual en nuestro país.

Se trata, antes bien, de una incomodidad cultural que comienza a revelarse en la virulencia de la juventud. Cuesta atrapar en palabras esa inquietud precoz (Victoria, obstinadamente, lo intenta en los tomos de su Autobiografía), pero el sentimiento puede ser bien familiar: no escaseamos quienes sentimos cierta aspereza frente a la cultura que heredamos de nuestros padres y frente al modo en que se nos enseña (exige, impone) relacionarnos con ella. Hay quienes nacen con una sensibilidad indómita que poco entiende de ese reparto temprano entre pelotas y muñecas, entre cosas finas y ordinarias, entre la patria y aquello que peca de cipayo: el sinfín, digamos, de lindes con los que una sociedad se define. Victoria comprende esa distribución al ritmo de las imposiciones que su clase le impone para desenvolverse en la sociedad: reuniones desprovistas de varones, salidas custodiadas por chaperonas, repertorios de buenos modales y lecturas restringidas a un canon de feminidad (limitado, por cierto, a cosas del amor y matrimonio). 


“Todas estas prohibiciones y limitaciones empezaron a crear en mí un estado de rebelión. Pero llovía sobre mojado. La rebelión latente era previa a mi presentación en sociedad”, reconocerá años más tarde.


Nada avivará tanto esa desobediencia como la frustración de elegir una vocación inadmisible para aquella aristocracia nacional: ser actriz. En una carta a su amiga Delfina Bunge, confesaba: “Nací para actuar. Llevo el teatro en la sangre. Soy una gran artista y, sin el teatro, no tengo alegría ni paz. Es mi vocación”. Ese anhelo despierta en plena adolescencia, cuando se deslumbró con una compañía de teatro francesa y, motivada por el hallazgo, quiso tomar clases con Marguerite Moreno: una formación que, a regañadientes, su familia acepta quizá porque la condición francesa de la tutora (reconocida actriz, confidente de Mallarmé y musa de los simbolistas) legitimaba lo que, de otro modo, habría resultado impropio. Victoria era, en buena medida, hija de su época y cabe esperar que las tablas la convoquen. Sea por formas consagradas como la ópera o por las modulaciones populares de la revista y el radioteatro, el siglo XX nace bajo el signo del espectáculo, esa máquina fascinante en torno a la cual se organizará toda la cultura de masas en el porvenir.

Cuando, años después, Victoria documenta los Beatles y el “frenesí despertado por los cuatro inglesitos de los flequillos y las guitarras”, describe ese desborde espectacular que la encuentra como testigo, pero también como protagonista. Contemplaba en primera fila el derrumbe de ese paredón simbólico que, en su juventud, le negó el acceso a las tablas: esa «gran división», como la llama Andreas Huyssen, con la cual la cultura burguesa procuraba contener el avance de la cultura de masas, en definitiva, del populacho. El delirio por Please Please Me, álbum que cobijó hits como “Twist and Shout” o “Love Me Do”, probaba que la estrategia de contención falló: los consumos conquistaron la escena cultural, saquearon a la institución-arte y desacralizaron sus lugares más reputados. Poco asombra que, en 1964 (el mismo año en que Ocampo descubre la banda), los Beatles se presenten en el emblemático Carnegie Hall durante esa icónica gira que enloqueció a los Estados Unidos, arrebatando a la sociedad del duelo por la reciente muerte de Kennedy.

Ocampo también supo advertir la escasa distancia entre la cultura de masas y las élites intelectuales, quizá por esa búsqueda de notoriedad y legitimidad popular que ambas comparten por igual. «No se cree en nada, pero se cree en los Beatles», zanjó sobre aquellos años, sabiendo leer el magnetismo que generan esas figuras célebres a las que ella tampoco pudo (¿quiso?) resistirse. Y los ejemplos abundan: en 1962, una Vivien Leigh ya consagrada por Lo que el viento se llevó fue agasajada en Villa Ocampo luego de conocerse ambas en una visita a Londres y, algunos años antes, trabará férrea amistad con Coco Chanel, ícono que acudía a Victoria por consejos de decoración. Y también en el medio local: recibía en su living a Mirtha Legrand, fue amiga de la entrañable China Zorrilla y cultivó un cariño especial con Tita Merello, quien no aprendió a leer hasta los 20 y, por ello, recordaba con emoción cuando la mecenas le regaló un libro de Gandhi, ese a quien promocionaba como un profeta. 

China Zorrilla recuerda a su amiga Victoria Ocampo en ocasión del estreno de Eva y Victoria, emblemática obra teatral que protagonizó junto a Luisina Brando.

Hay algo de Victoria Ocampo que permanece ciertamente ilegible cuando no se reconoce este carácter iconoclasta: es decir, su apetito por lo escénico y lo masivo-popular. La crítica rara vez repara en esa vocación pop que no trata con el simple cholulaje que todos, en algún momento, hemos vivido frente a algún famoso. Cuando se aguza la mirada, muchas figuras han sabido encontrar en la forma espectacular cierta salida para su resistencia ante la norma. Y basta citar a Federico Klemm, otra vida rebelde a la que también el tiempo reivindicó. Inevitablemente atraído por el mundo de los famosos y las estrellas, Federico convirtió la herencia paterna en un mecenazgo queer, financiando su propio programa de televisión (El banquete telemático) y creando una fundación con el solo afán de democratizar el arte. Impulsado por una sensibilidad desviada que solo pudo desplegarse tras la ausencia paterna, dilapidó (como Victoria) el patrimonio familiar en la compra de esos Warhols, Basquiats y Picassos para su galería  en un gesto de entrega para el país que sinceramente amaba. Las palabras que, con asombro, María Elena Walsh pronunciaba a su amiga reverberan en ambos destinos: “Me causa mucha alegría que usted ―la atacada por “extranjerizante”― sienta también que hay que quedarse en la tierra de uno”. 

Nueva York.

Acaso no abunden en nuestro panteón nacional, pero íconos como Victoria Ocampo y Klemm constatan la genuina voluntad de poner en común que tienen algunos privilegiados cuando, librados de la tutela patriarcal (y no puedo olvidar aquí a Ricardo Fort), hacen de su herencia una plataforma para que la cultura se expanda, se renueve y se democratice. Puede, sin embargo, que esa misma pertenencia de clase y ese afán extranjerista tachado de esnobismo condene estos nombres al menosprecio. En las bibliotecas universitarias, los libros de Victoria Ocampo todavía escasean y su nombre rara vez es incluido en los programas de estudios literarios. Pero ella nunca ignoró el desdén que la iba a rodear para toda la posteridad. “Mi destino sudamericano, como decía Borges, ha sido ser pararrayo de las malas caricaturas. Casi estoy acostumbrada”, le confiesa a su querida María Elena. Pero lo que Victoria no sabrá es que la memoria cultural siempre prefiere resguardar a quien se osa, aun a riesgo de su nombre y de su ascendencia.

Carta de Victoria Ocampo a María Elena Walsh, fechada en el año 1965, prueba poética de la cálida amistad que ambas tuvieron, frente a la notable diferencia de edad. 

*Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta.

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Palabras claves: Federico Klemm, María Elena Walsh, The Beatles, Victoria Ocampo

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