El árbol de la vereda: parte de la decoración de ayer y del corredor biológico de hoy
En Córdoba, el arbolado urbano dejó de pensarse como parte del paisaje para asumirse como infraestructura vital frente a una ciudad cada vez más caliente e impermeable. Esta nota recorre el cambio de mirada —y de normativa— que transformó al árbol de vereda en un bien público y pieza clave de corredores biológicos, al tiempo que revisa prácticas arraigadas y decisiones que marcaron el paisaje, como la expansión del siempreverde o el olmo. Con foco en el presente, la autora propone volver a mirar de cerca a estos compañeros de vida larga y silenciosa, y recuperar criterios para elegir mejor: desde nativas como el manzano del campo o la lagaña de perro en veredas chicas hasta la pezuña de vaca o el algarrobo blanco en espacios más amplios. Más que plantar por obligación o costumbre, el desafío es entender qué ciudad estamos construyendo —y con qué árboles—.
Por Alicia Córdoba* para La tinta
No somos dueños del árbol frente a nuestra puerta. El árbol de la vereda no es un mueble ni un decorado, sino un ser vivo que convive muchos años con los habitantes de una casa. Produce oxígeno, sus hojas liberan vapor de agua que humedece el aire, bajando hasta un 5 °C la temperatura de la vía pública; retiene agua de lluvia (clave en Córdoba, ciudad pozo que se inunda rápidamente) y reduce la contaminación sonora generada por el tránsito. A través de un recorrido histórico, esta nota analiza cómo pasamos de una legislación con una visión ornamental a la actual ordenanza que protege al árbol como un «bien público» y parte de un corredor biológico esencial para una ciudad que lanzó este verano un Plan de Acción ante Olas de Calor.
Muchos árboles urbanos vieron crecer a los miembros de la familia, guardan historias de niños, enamorados y transeúntes que se cobijaron en su sombra. Hoy son convivientes valorados, pero también temidos por su crecimiento silencioso y constante que quisiéramos poder controlar.
Mucho más que una obligación de frentistas, los beneficios de un árbol en la vereda
Los árboles urbanos mejoran la calidad del aire en las ciudades, ya que son verdaderas fábricas de oxígeno a energía solar mientras absorben carbono que contamina la atmósfera, disminuyen la temperatura ambiente y reducen la velocidad del viento. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda entre 9 y 11 m² de verde por habitante; sin embargo, en las ciudades, la historia de urbanización hace que esta presencia vegetal esté muy por debajo de lo deseado.

Las ordenanzas municipales: de lo decorativo a lo ambiental. La normativa municipal de arbolado en veredas fue cambiando junto con la ciudad y la vinculación de los ciudadanos con los árboles a lo largo de los años. La Ordenanza 7000 de 1980 fue promulgada en una época donde la planificación urbana de Córdoba empezaba a chocar con el crecimiento acelerado de la ciudad y estuvo vigente por 35 años. Carecía de una visión de biodiversidad, promovía plantar árboles por su sombra y valor estético, sin considerar si la especie era nativa o si sus raíces destruirían la infraestructura de servicios como cloacas y gas natural que ya empezaba a expandirse. Esta Ordenanza definió normas para la protección, plantación y mantenimiento de los árboles en la vía pública, buscando preservar el patrimonio natural urbano y controlar podas no autorizadas. Consideraba al árbol como un elemento de «decoración pública», pero también como un obstáculo para los cables y la infraestructura, con una perspectiva antropocéntrica.
La elección de las especies: aciertos y errores
Bajo estos criterios, se popularizaron especies que hoy consideramos problemáticas en Córdoba, como el siempreverde (Ligustrum lucidum), originario de China, que se plantó masivamente porque crece rápido y mantiene la hoja todo el año. Sus raíces son muy superficiales y potentes, levantan las veredas, reafirmando la visión del árbol como un problema que no podemos controlar. Otra especie muy común de esa época fue el olmo (Ulmus sp.), tanto que algunos crecimos con el refrán «no hay que pedir peras al olmo», utilizado para indicar que se pretenden conseguir cosas de quien no puede darlas. De tamaño y porte adecuado, pero propenso a plagas que obligaban a fumigaciones constantes en la ciudad o a tener que extraerlos con el costo y las complicaciones que esto traía.

No es cierto que todos los años haya que podar los árboles
La poda, entendida como necesaria para la salud del árbol, es una práctica que trajeron los italianos y que aplicaban a la vid y los frutales como forma de manejo del cultivo. Así se instaló el mito de que cuando llega el frío o, como decían los abuelos, “los meses sin R”, hay que empezar a podar. El arbolado urbano necesita, en el inicio, una poda de formación, de elevación de la copa y el armado del árbol en sí. Después, no es recomendado podar en ningún caso, salvo para retirar ramas muertas o enfermas, ramas bajas que molesten a los transeúntes, al cableado o a las cañerías. Menos aún las podas para darle formas geométricas a la copa; esto es factible de multas.
El gasto de contratar un podador cada año trajo las “podas drásticas” o desmoches, práctica dañina que deja solo el tronco “pelado”. Los árboles desmochados, mutilados generan brotes débiles, con heridas abiertas que se infectan y pudren, acortando su vida con riesgo de caída a futuro. “Hay barrios que han perdido su patrimonio arbóreo en función de las podas inadecuadas que hacen los vecinos”, señala Juan (Orco) Spicogna, de Jardineros sin Fronteras y miembro del Programa de Educación en Ciencia y Tecnología de la UNC. Juan Orco enfatiza que es “urgente que se brinden pautas concretas del manejo del arbolado en torno a lo barrial”, ve como “inminente un programa de educación ambiental para los ciudadanos sobre el arbolado”, y esto es función del municipio.


El árbol como vecino: responsabilidades y futuro
En 2015 se promulgó la Ordenanza actual n.° 12472 , que entiende al árbol como un aliado ambiental. El desafío sigue siendo que el vecino entienda que el árbol de su vereda es un «bien público» bajo su custodia. Mantiene la obligación del propietario de proveer y sostener el árbol de su vereda, y enfatiza la prohibición absoluta de intervención a través de podas o remoción de árboles sin autorización municipal.
A partir de esta ordenanza, se creó el Plan Forestal Urbano de la Ciudad de Córdoba que busca recuperar la calidad ambiental, aumentar la cobertura arbórea y crear corredores biológicos priorizando la plantación de especies nativas. Se organiza la instalación de árboles adecuados al ancho de la vereda (medida desde la línea municipal de edificación hasta el cordón) para evitar daños en la infraestructura y asegurar la salud del ejemplar.
Plantá futuro, elegí nativas
Priorizar la plantación de especies nativas no es solo cuestión de una nueva estética, es reconocer que evolucionaron junto con la fauna autóctona, son alimento y refugio para aves, mariposas e insectos polinizadores. Desde lo práctico, requieren menos agua y así protegen los recursos hídricos; previenen la erosión del suelo y son más resistentes a enfermedades, eliminando la necesidad de fumigarlas.

El tipo de árbol se debe elegir dependiendo del ancho de la vereda y de la necesidad de sombra, planificando cómo se verá la vivienda cuando el árbol llegue a su porte adulto. Se aconseja, para veredas chicas (ancho: 1,50 m a 2,40 m), especies de porte pequeño, como manzano del campo (Ruprechtia apetala), una de las joyas de nuestra flora serrana, de follaje persistente y una floración muy atractiva; el sen del campo (Senna corymbosa), de flores amarillo intenso y poca sombra; la lagaña de perro (Erythrostemon gilliesii) rústica, adaptada a la sequía. Sus flores son amarillas con estambres rojos largos, muy llamativas. El durazno de campo (Kageneckia lanceolata), de hojas brillosas y flores pequeñas coloridas.


En veredas medianas, conviene plantar árboles que ofrezcan una sombra más generosa aunque no sean altos, como la cina-cina (Parkinsonia aculeata) de ramas péndulas, deja crecer el césped debajo, crece en suelo pobres con poco riego; el guindillo (Sebastiania commersoniana), de follaje denso y verde brillante; la pezuña de vaca (Bauhinia forficata), muy común en las veredas de la ciudad. La de flores blancas o rosadas pálidas que parecen orquídeas es nativa. Las especies exóticas tienen flores de colores intensos, con hojas más redondeadas. También la brea (Parkinsonia praecox), de corteza verde y flores amarillas muy llamativas en primavera. Es sumamente resistente al calor urbano.


Para veredas anchas, de más de 3,40 m, en barrios residenciales, se recomienda el algarrobo blanco (Prosopis alba), que es el árbol emblemático de Córdoba, tanto que si queremos ser parte de un corredor biológico, lo mejor que podemos hacer es aportar un algarrobo. El chañar (Geoffroea decorticans), pintoresco por su corteza que se desprende en láminas, de porte elegante.
Hay especies no nativas, pero naturalizadas, como el jacarandá (Jacaranda mimosifolia), nativo de nuestra selva, la yunga, crecimos a su sombra cantando “una flor y otra flor celeste”. El lapacho amarillo o rosado (Handroanthus sp.), que llenan de flores y color las calles en la primavera temprana, cuando aún no tienen hojas. Estos árboles se plantan más en parques y plazas por su gran porte.

La Municipalidad de Córdoba tiene una herramienta digital donde, según qué barrio, informa qué especies conviene según el Plan Forestal.

Que el árbol no te tape el corredor biológico
Hemos perdido la cultura de plantar y de cuidar los árboles, hemos perdido la confianza de considerarlos aliados necesarios, sentimiento que una parte de la población tuvo alguna vez. Por el contrario, predomina el temor a los árboles, sobre todo, si son grandes y añosos.
Desde Jardineros sin Fronteras y con una visión ecosistémica integral, Juan Orco desmitifica este temor, afirmando que “debemos preocuparnos en tener grandes árboles en las ciudades, aprender a convivir con estos grandes seres”, y también insistir en que “los espacios institucionales brinden las líneas de capacitación adecuadas para jardineros y arboricultores que puedan mantener estos árboles en condiciones”.

El cambio de mirada quizás sea que el árbol deje de ser un elemento individual de la casa para entender que es parte de un “corredor biológico», que está conectado con el de la plaza y estos con las reservas naturales como la San Martín o el Parque de la Vida, y así permite el movimiento de la fauna urbana. El desafío no es solo plantar más árboles, sino volver a confiar en el árbol como ese aliado silencioso que conecta nuestra casa con el resto del corredor biológico del barrio, de la ciudad y, ojalá, del planeta.
*Por Alicia Córdoba* para La tinta / Imagen de portada: A/D.
**Bióloga y comunicadora de la ciencia, UNC.
