«La ruta de los hospitales» de Gloria Peirano
Buenos Aires, 26 de marzo de 2026
Hola, ¿cómo va todo? Esta carta tendrá algo de rastro salado porque empecé a escribirla en Mar del Plata, en febrero, y entre una cosa y otra quedó en el tintero. A veces me pasa: empiezo a escribir y necesito un poco más de tiempo para depurar, afilar y bruñir ese diálogo que empieza con una misma, ese pensamiento que, muchas veces, está lleno de voces. Volví a sentarme para terminar esta carta con el mismo ímpetu que habla la voz del libro de hoy, La ruta de los hospitales, de la escritora argentina Gloria Peirano.
Es, ahora, la entrada del Hospital Español de Temperley, la curva del camino que lleva hasta la Administración. En todas las curvas, mientras manejo, te pongo la mano adelante del pecho, sin tocarte. También cuando freno. En esta, no. Estamos en un hospital. Asomate a la ventanilla, mirá las copas de los árboles. Ya tendrás tiempo para leer. Hoy no verás al loco, el que anda suelto con un cuchillo entre los pabellones. Tiene una camisa blanca, se lo ve de lejos. Nosotros, los que trabajamos acá, no le damos la menor importancia. Desde el auto, una vez, lo saludaré. Preguntame, entonces, quién es. Fito, te contestaré. No es su nombre real, nadie lo sabe. Le decimos así. Anda vagando por el parque, lleva un cuchillo con él, que robó. Las empleadas de la Administración, las mucamas, las enfermeras, los cocineros, los empleados de maestranza, algunos médicos y yo lo saludamos, como a uno más. Los viejos, no. Le tienen miedo. Bajate, es la siesta, nos iremos rápido. Subí la escalinata, cruzá el hall de la Administración, buscame. No estoy ahí. Salí por la otra puerta, la que lleva al camino franqueado por moreras. Sé feliz, conozco esa felicidad bajo la sombra, mientras se avanza.
La forma en la que Gloria opera con el lenguaje produce un efecto particular: escrito en segunda persona del singular, nos ubica de lleno en el asiento acompañante de un auto. Nos sumerge en una extrañeza, en una inquietud, invade nuestro lugar lector y nos asigna un rol. Somos, a medida que leemos, la hija de una mujer que parece todopoderosa y omnipresente. Ella, una nutricionista que se hace lugar en el mundo médico viajando en su auto, en un recorrido que une diferentes hospitales; nosotrxs, una niña a través de los ojos de su madre. Al mismo tiempo, esta extrañeza tiene algo de familiar, nos ubica en un lugar que conocemos: el de ser hijos o hijas.
La sabiduría popular reza que lo primero que se olvida de una persona es su voz, que el timbre es lo primero que se desvanece en la memoria, lo primero que sucumbe al trabajo sucio del duelo. Pero esta voz persiste tanto que narra a su hija más allá de su existencia material. Y es que, ¿podemos, realmente, escapar a las voces de nuestras madres? Quien sea que ocupe ese rol en nuestras vidas, por acción o por ausencia, alegre o tristemente, deja una huella que nos constituye. Todo lo que ellas esperan de nosotrxs, todo lo que soñaron, la vida que nos imaginaron la llevamos en el cuerpo. Sabemos que hemos fallado, que hemos enorgullecido o que nunca ha habido nada de eso, solo indiferencia. En todos los casos, el trueno de esa voz o su silencio nos acompaña.

Fumarás. Fumarás toda tu vida, desde los diecinueve, el año de la inundación. Yo repetiré la siguiente frase, con la voz cada vez más ronca: “Espero no estar viva cuando aparezcan las consecuencias». Y un día, en efecto, no estaré viva. Darás una pitada, dentro del aire azul, compacto, de un verano.
La niña que somos en la novela crece, pero nunca puede narrarse a sí misma, ni siquiera siendo madre. Necesita de esa voz que viene desde afuera y ordena la casa, cuenta las cosas y las pone en su lugar. Así como lo hizo con la historia de su propia madre, con cada detalle de la ruta que hace en ese auto, el inventario sobre protocolos hospitalarios, pacientes, cocineros, enfermeras y los edificios de la salud pública. Y esa hija, guarecida con toda su fragilidad en la sombra certera y sólida que proyecta esa madre, sale en su búsqueda. Visita los hospitales, rehace esa ruta para desarmar el monólogo en su cabeza, para encontrar la forma de hacer con eso, quizás, un diálogo.
Te miro para que me sigas. La atracción de mi cuerpo corta en seco lo moroso, lo dinamiza. El hospital avanza sobre nosotras, que lo recorremos. Es el hospital difícil. No hay nada más real que un hospital, no hay nada más real que un hospital al atardecer, no hay nada más real que el Hospital Fiorito al atardecer. Yo camino por el medio de la sala, las camas están a ambos lados, algunas tapadas por biombos amarillentos, vos caminás detrás, pegada a mí. Tendrás siempre una percepción finísima, que te volverá frágil, que te hará padecer la vida tanto como adorarla. Te moverás en el interior de esta definición, como un pez plateado girando dentro de un frasco diminuto. En la metáfora, más que en la definición, encontrarás el clímax de la ilusión de vos misma. Esto, de alguna manera, no te dejará en paz nunca. La tensión hacia la belleza cierta, el triste engaño de creerte única al percibirla.
La escritura de Gloria es impecable, y es —si se me permite el juego de palabras— implacable. Quiero decir: cada oración parece ser la forma más bella y refinada de la sintaxis, pero también, una cuchilla afilada. Es peligrosa su escritura: nos hace cosas, nos afecta, nos tiene en la palma de la mano y nos provoca con el brillo del metal. Y hacia allá vamos.
Nos leemos la próxima. Si querés responderme, te leo con gusto.
Abrazo,
Vir del Mar.
Imagen de portada: Juan Manuel Foglia.
