Temor de Dios: monjas y política en el sur de Córdoba
En esta entrega de A favor de la fantasía, en el mes de la memoria y la lucha feminista, intento bordear los sentidos hostiles y los sentidos vitales que pueden asociarse a la vida de las mujeres religiosas y su relación con la política.
Para hablar sobre sus familiares, ex presos políticos, Johana no trae datos lineales ni fechas acomodadas ni una postura definitiva ante el dolor. Habla de los sueños, de los silencios, de lo que una familia sola no puede frente a una herida. Y, sobre todo, habla de cuento: una historia que escribió su propia hija, Cata, a los ocho años:
“Nosotras somos Cata, la que ahora está escribiendo y Jose que soy la que ahora está escribiendo. Esta historia está a punto de comensar así que presten mucha atensión. Un dia cualquiera, en la escuela nos dimos cuenta yo y mi amiga que también era secundaria además de primaria. Y antes de eso era una carsel donde venían monjas y detras habia una iglesia donde resaban”. Entre una cosa y la otra, las protagonistas, de unos 8 años cada una, advierten un espíritu en esa escuela: “Sería muy raro un espíritu. entonces nos pusimos a averiguar lo que ocurria y nos dimos cuenta de que era una carsel de mujeres y muchas abian muerto”.
Cata va a la escuela que aún funciona donde está el ex Buen Pastor, un espacio de la Memoria que la agrupación La Huella le ganó al negocio inmobiliario en Río Cuarto. Una parte de ese edificio fue recuperada por la organización y, en la otra, se va a construir un shopping. La escuela, ahora laica, permanece allí, en otro sector de la manzana, hasta que termine de construir su nuevo edificio. Cata escribe un cuento que ocurre en ese lugar. Lo hace antes de saber que su abuela estuvo presa por razones políticas allí mismo.



Sin haber leído a Mariana Enríquez, estas niñas conocen algo crucial: que el terror es, con frecuencia, social. No está afuera ―sería muy raro un espíritu―, sino que puede vivir directamente en los edificios más conocidos. Seguro sus seños les contaron algo. Pero, además, leyeron lo que el propio edificio dice entre sus paredes: que en Río Cuarto existió, desde principios del 1900, una correccional de mujeres, regentada por una congregación de monjas de origen francés. Un edificio gótico en su arquitectura que, como dice Joaquín, integrante de La Huella, acarrea además un factor moral: corregir a las desviadas, a las indias, a las proletarias.
En medio de la humedad y el olor a caca de palomas, la luna nueva asoma por los arcos. Joaquín, Pao y otros militantes de la organización muestran, en una de las visitas guiadas, una foto de principios del siglo XX en la que las caras morenas de unas ¿treinta? niñas, acaso ranqueles, desentonan con el blanco de sus guardapolvos. Más tarde, Pao va a decir: “¿Por qué un Buen Pastor en Río Cuarto? Tenemos la hipótesis de que fueron parte del primer genocidio”. Hace alusión a la llamada Conquista del Desierto, a la condición de frontera de este lugar. Y continúa: “Podemos ver rostros de mujeres con rasgos de pueblos originarios, que tenían sus tierras en el centro de nuestro país. Sus rasgos se dejan ver aunque se buscara homogeneizarlas. O, mejor dicho, borrar los rastros de su identidad: cortarles el pelo, uniformarlas”.


Pero volvamos a Cata, la hija de Johana. ¿Desde dónde escribe lo que escribe en su ficción? No es que en su familia se decida callar. Es que el silencio es un lenguaje del trauma. Sobre esa herida no hay voluntad. Se la lleva como se puede, dice Johana. Como puede su suegro, sobreviviente, y como pudo su suegra, muerta muchos años después de su liberación. Una muerta que por muerta dice más que los vivos: hay un cuaderno suyo que escribió durante el tiempo que estuvo presa. Hasta ahora, nadie pudo leerlo. Hay una nieta que escribe un cuento revelatorio hacia atrás y un cuaderno que, desde atrás, todavía no encuentra cómo leerse. Es por ese cuento que el propio tío de Cata le cuenta que él estuvo preso con su madre en esa cárcel, que pasó los primeros meses de su vida encerrado. Y que, luego, cuando su madre fue trasladada a Devoto, asistió a la escuela allí mismo. Carlos tenía la misma edad que Cata cuando escribió el cuento, ocho años, cuando pudo ver por fin a sus papás libres. La familia fantasma, comenta Johana. Mati, su marido y el papá de Cata, nace del encuentro post prisión de los padres militantes. Unos padres que no se conocían casi, que en seis meses se habían casado, habían gestado un bebé y habían ido presos. Cuando le pregunto a Johana por qué deciden mandarla a esa escuela, hace una pausa. Primero piensa que no sabían, que esto no se conocía en la familia, que se trata de algo que destraba el cuento. Pero después parece recordar que sí, que Mati sabía, pero ella no. Como si no se pudiera ver del todo en ese terreno fangoso. Como si hubiera avances y retrocesos, confusiones, datos que, por un momento, la conciencia requiere olvidar. ¿Viste eso que se llama patchwork?, me pregunta. Así me voy enterando de lo que pasó, dice. Me cuenta que tuvo una pesadilla por estos días. Soñó golpes otra vez: unos pibes muy chicos, adolescentes, eran fuerzas parainstitucionales. Ellos estaban en Alpa Corral y los perseguían.

En el cuento de Cata, las monjas, la escuela y la cárcel son elementos que disparan el terror: esto puede leerse así porque estamos en Argentina, porque, en este lugar del mundo, esos tres elementos juntos pueden dar miedo. Me pregunto, a la luz de la visión quizás edulcorada de las mujeres religiosas a la que asistimos en la actualidad, cuándo las monjas pueden ser víctimas o ejecutoras de una moral inquisidora ―era una carsel donde venían monjas―; cuándo sujetos de un deseo divino; cuándo rebeldes que eligen un camino diferente a los escritos para las mujeres. Cuándo todas a la vez. “La implacable necesidad, la miseria, el desamparo, el aplastante peso de la estrechez y del trabajo agotador, la crueldad, las torturas, la muerte violenta, la coacción, el terror, las enfermedades —todo eso es el amor divino”, escribe Simone Weil en La gravedad y la gracia, y yo recuerdo dos palabras en mi temprana educación cristiana: temor divino. Hay muchas explicaciones que alivianan esta idea, pero si pensamos en cómo suena, emerge allí una fuerza sagrada y coercitiva.
Podríamos simplemente corroborar que las monjas del ex Buen Pastor de Río Cuarto fueron cómplices del terrorismo de Estado. Pero, aunque no sea mi intención lavarlas de responsabilidad, me insisten otras preguntas: ¿cómo es que fueron cómplices? ¿Cuándo? ¿Cuándo no? ¿Con quiénes menos? ¿Para cuáles presas toda su crueldad? La memoria es compleja: no hay un solo relato sobre ellas.

Por ejemplo, algunas expresas recuerdan un trato cariñoso, un cuidado especial. Pao, militante de La Huella, parece decirme que hacer memoria implica mucho más que trazar cuadros esquemáticos: “No hay respuestas acabadas, preguntas como si eran buenas o malas. Sé que son mujeres como yo. Claramente, no con la misma forma de ver la vida”.
Mientras hago la visita guiada, me entero de que las monjas del ex Buen Pastor, a la vez que protegían a unas, habilitaban que militares como el Gato Gómez violaran y embarazaran a otras. Permitían que avanzara con la misma tortura sistemática que otros torturadores ejercieron a lo largo del país: obligarlas a que sean “sus novias”, a hacer la perfomance del amor frente a los padres, a dejar atrás la estupidez de la política, a formar una familia de bien. Un caso análogo al que se hace referencia en La Llamada, de Leila Guerriero. Solo que este caso ocurrió en mi ciudad, en el interior del país, donde aparentemente la dictadura era más blanda.

Pao me cuenta que el 24 de marzo del 76 se escucharon pasos en los techos de la cárcel. “La requisa fue casi inmediata y sacaron a todas las presas al patio. Mujeres presas por ejercer la prostitución, por matar a sus maridos, por infanticidios ―así se llamaba al ‘delito’ por aborto― y presas políticas: estaban allí desde antes de la oficialización del golpe militar, porque todo no comenzó ese día, se venía planificando desde antes”. Más tarde, va a plantear una pregunta clave: “¿Era misión del Buen Pastor la tortura, la violación, la desaparición? ¿Eran esas las metodologías para la moralización?”.
Pienso en las monjas, mujeres encomendadas a la fe, y en los sentidos que, en una época u otra, entran en juego. En 2018, más de una de nosotras hizo una pintada: “La única Iglesia que ilumina es la que arde”. Es cierto que 2018 instaló un modo a menudo llano de leer la religión: religión vs. deseo. ¿Pero por qué hoy vuelven como virtudes la vida de las monjas, la castidad como algo estético? Reducir a las monjas a una sola posición política es una generalidad fácil. Me interesa pensar qué otras asociaciones sobre ellas podemos hacer, qué otros sentidos se juegan allí. ¿No eran monjas, y también francesas, Alice Domoon y Léonie Duquet, de la congregación de Las Hermanas de las Misiones Extranjeras, secuestradas y torturadas en 1977 por el dictador Astiz? ¿No eran monjas ellas que se resistían a la crueldad de la dictadura, que conversaban con las Madres de Plaza de Mayo, que realizaban trabajo social porque, vamos a decirlo, muchas veces la religión cubre en los barrios lo que el Estado no? ¿Cuándo ser monja es ser una mala mujer? ¿No se internó Sor Juana en pleno siglo XVI en un convento para acceder a una vida de conocimiento?
Hablo con Ruth sobre este tema. Quiero conocer su experiencia porque en ella se juega lo sagrado como deseo, no como operación moral. Hablo con ella porque su imaginario propone otros modos de vivir la religiosidad, porque la complejizan, porque su experiencia trae otros sentidos unidos entre religión y política. Ruth es militante, poeta y, en una época de su vida, se preparó para ser monja. En varias ocasiones, tuvo pudor de haberlo sido. Cree que la vida está atada a un sentido trascendente. Que algunos sacrificios, los oficios sagrados, están bien: que una se debe a los otros. La política es una forma de esa ofrenda. La poesía, ¿una forma de revelación?


Tuvo una formación religiosa desde joven. Asistió a un colegio escolapio en el centro de Río Cuarto. Algo difícil para su familia, que venía del barrio más pobre de la ciudad. Quizás por ese origen humilde, desde chica, en las misiones, se preguntó: ¿cuál es mi lugar en el plan de Dios? En un campamento, conoció a unas monjas franciscanas que vivían en Los Cocos: asegura que, de solo verlas, sintió deseo por ellas. Un deseo no sexual, sino divino. Vivir así, como viviría después, de cara al Cerro, cosechando alimentos de la huerta. Que fue un ramalazo, dice. Como cuando te enamorás. Que sí, así debe haber sido el llamado de Dios. Le pregunto cómo: una paz inmensa. Dice que la monja superiora le pidió que fueran despacio, que era demasiado joven. Se nota que ella es así: encendida, convencida, vital. Que sigue lo que ese orden le dicta. Y así se fue y volvió al convento: dejó novio, universidad. Recibió rechazos: ¿entonces no iba a ser madre? ¿No iba a tener un trabajo?
Dice que fue feliz allí: entre el gran silencio del libro sagrado, la naturaleza. Le pregunto, entonces, por qué se fue: ocurrió un divorcio. No es que ya no creyera en Dios. Es que no sentía más su llamado. Los sueños, me dice. Soñaba hijas y marido. Cuando se fue, la monja superiora le dio un plazo: quince días. Dios no se equivoca. Pero la monja siempre la acompañó en su deseo: cuando quiso irse con ellas, urgida. Y después, con resignación, cuando quiso dejarlas. Pero no. En realidad, no empezó ahí: recuerda ahora que, una vez, las visitó en el convento una congregación de monjes mendicantes. Otra vez le apareció a ella esa forma del deseo. Una chispa que se prende, ganas de lo poco, fe en los pobres. Y su corazón se iba, descarriado. Se estaba yendo. Después se fue definitivamente: vinieron las hijas, el marido, la docencia en contextos de encierro, la literatura, la militancia. Dice que sueña con Los Cocos: ella está en el convento, pero incompleta, le falta una parte del hábito. Sabe que no puede, aunque el Cerro siga allí, volver más que como amiga: se internó un 20 de julio y otro 20 de julio se retiró.
*Muchos de los nombres de las entrevistadas fueron modificados para preservar su identidad.
*Por Camila Vazquez para La tinta / Imagen de portada: Camila Petenatti.
