¿Qué se puede hacer, salvo ver películas? A 50 años de «La Máquina de Hacer Pájaros»
A 50 años de la formación de la banda La Máquina de Hacer Pájaros, que nació como respuesta a la última dictadura militar en 1976, el Laboratorio Pop de la Universidad Nacional de Córdoba subraya la importancia de recuperar aquellos consumos culturales que no fueron censurados durante el gobierno de facto. Con la convicción de que estos objetos permiten tomarle el pulso a su época y que supieron, además, manejar con astucia los recursos necesarios para colar en el arte críticas al régimen, se pone aquí bajo la lupa la pluma de Charly García: claro ejemplo de que la cultura popular siempre hallará el modo de expresar incluso lo que está prohibido.
Por Camila Aguirre Vallés del Laboratorio Pop para La tinta
Nada tienta más que aquello que no se puede hacer. Ante la prohibición, prima la curiosidad antes que la obediencia y, entre las facultades humanas, brilla esa viveza de rebuscárselas para conseguir hacer o decir lo que no se debe. Sin embargo, hubo para quienes hallar modos de torcer lo vedado fue, lejos de una rebeldía sin causa, una metodología para sobrevivir. Nadie lo ejemplifica mejor que Carlos Alberto García Moreno: el Charly, quien, algunos años antes de “Canción de Alicia en el país” o de “Los dinosaurios”, supo regalarnos otros himnos que le pisaron los talones a la última dictadura militar argentina.

Por estos días, 50 años se conmemoran del gobierno de facto instituido entre 1976 y 1983, del que todavía quedan heridas abiertas. La reciente identificación de restos óseos en La Perla y la lucha ―que aún no acaba― por ajusticiar a los represores consolidan la memoria como consigna nunca clausurada para esta nación. En ese marco, volver sobre los consumos culturales de los años 70 abre una ventana a la cotidianeidad de quienes los vivieron en carne propia: pues la música, el cine y las revistas que circulaban allí serán hoy documentos del pasado, pero supieron capturar el pulso de su época en vivo y en directo.

Pocos lograron poner en palabras los sentires de aquella dictadura como Charly y de la mano de uno de sus proyectos grupales más breves: La Máquina de Hacer Pájaros. Nacida en pleno 1976, a solo unos dos meses de iniciado el gobierno de facto, esta banda (integrada, además de García, por Oscar Moro, Carlos Cutaia, Gustavo Bazterrica y José Luis Fernández) tuvo una corta vida de dos años en la que dio a luz a dos discos. Todo fue hace exactamente medio siglo, cuando los mecanismos de censura ejercían un control severo sobre la producción artística; pero precisamente ese contexto crítico funcionó como caldo de cultivo para lo que el propio García describió como “el Yes del subdesarrollo”: una definición que podríamos ampliar al decir que La Máquina fue un grupo de rock progresivo que cumplió con el doble mérito de escribir poesía con dos pesos y con un régimen militar respirándole en la nuca.

Después de los recortes e intervenciones que Charly y Nito Mestre debieron tolerar en Sui Generis (1969-1975), La Máquina parece perfeccionar su pluma con una astucia que le valió la impunidad. Solo un verso es retirado del primer álbum, homónimo a la banda (1976): “Los asesinos son los demás” destaca por una frontalidad ausente en el resto de la letra de “Cómo mata el viento norte”. No obstante, el premio a la sagacidad va, en realidad, para Películas (1977), segundo y último disco de La Máquina, y aquel que efectivamente logró “zafar”: sorteó y evadió toda censura, incluso en el peor contexto de control, represión y desaparición de personas. Y no por ello es Películas un álbum ligero.

Con referencias al suicidio y la depresión, abundan en sus canciones temas solemnes, disimulados entre sintetizadores, fábulas y algún ritmo bailable, como el que acompaña ese “grito milenario del Río de la Plata” que es “Hipercandombe”.
Es precisamente a causa de esa oscuridad camuflada que hoy, a 50 años de su formación, ponemos el foco en La Máquina: si bien es innegable el valor de reparación histórica que convoca a reivindicar aquellos objetos estéticos que fueron silenciados en dictadura, vale también colocar una mirada atenta sobre esos otros consumos culturales que pudieron comercializarse en el mismo contexto. Aquello que sí circuló entre disquerías y sí se cantó en bares manejó, en muchas ocasiones, el ingenio necesario para colar críticas al régimen en su discurso.
En dictadura, lograron esconderse a simple vista sentidos revulsivos que el arte se cargó a los hombros con una creatividad que quizá solo puede ser hija de la asfixia.
El arma predilecta en el arsenal de Charly fue la metáfora. Más específicamente, la alegoría, dirá Mara Favoretto: esas historias que hablan de otra cosa y la disfrazan con un símbolo. Una alegoría es el cuento de la caverna de Platón, donde los juegos de sombras y luces hablan, en realidad, de lo incómoda que puede ser la verdad. Pero también es una alegoría la parábola de la Biblia que acude a un grano de mostaza para hablar de expansión religiosa o la fábula que pone a una tortuga y una liebre a disputar las claves del éxito. Para Favoretto, la alegoría tiene génesis propia: es decir, crea un mundo aparte, con personajes propios, para decir aquello que no conviene expresar de forma directa. Es un modo de narrar tan antiguo como todo relato popular y resurge cuando lo amerita una voluntad didáctica o, en el caso de La Máquina, la imperiosa necesidad del disimulo durante una dictadura.

A la alegoría también acudió Rod Serling en 1959, guionista comprometido con la denuncia del racismo en Estados Unidos. Tras numerosos rechazos a sus escritos, censurados por “controversiales” al apuntar contra la desigualdad social, se sirvió de los recursos de la ciencia ficción para poner en pantalla (pero disfrazadas) las problemáticas que buscaba visibilizar: escribió sobre alienígenas, maniquíes animados, sobre la vida después de la muerte e incontables otros temas para dejar plasmados, en realidad, sus debates sociales en La dimensión desconocida, serie televisiva que marcó el rumbo del temor a lo extraño en el medio audiovisual. Y es que la cultura popular siempre encontró la manera de sortear todo intento de ser silenciada, de decir de otra manera aquello que no podía verbalizar.
En las épocas del Código Hays, que tachaba un amplio paraguas de lo que llamaba “perversión sexual” (espectro que oscilaba entre los besos de más de tres segundos y la homosexualidad), los cineastas estuvieron lejos de despojar de sus obras toda referencia a la sensualidad. Por el contrario, desarrollaron sus propias estrategias (y generaron sus propios códigos) para sugerirla sin mostrarla. El erotismo implícito en encender un cigarrillo ajeno en películas como Now, Voyager (1942) o el beso prolongado, pero estratégicamente fragmentado de Notorious (1946) mostraron, por ejemplo, esas formas de bordear restricciones vigentes.
Más acá, en Películas, García esconde historias dentro de otras como capas de una cebolla o bien como los espejos y pantallas que se replican en la portada y la contraportada del álbum (inspiradas muy probablemente en Ummagumma, disco de Pink Floyd de 1969). Y lo curioso ―quizá tanto como los cuerpos podridos o los magos que hablan con los peces y que se cuelan entre las letras― es la sutil tristeza de sus historias de amor.


“¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?” es la canción que titula el disco, pero también el lema que sintetiza una impotencia que por mucho se ha reducido al escapismo.
Un Charly (quizá influenciado por la poesía de Charles Baudelaire) sale a pasear por las calles acosado por la desilusión y la paranoia: es un flâneur con toque de queda. Pero es, ante nada, un hombre enamorado: cautivado por una actriz independiente (“no espera que le toquen timbre, se monta en su convertible y se va”) y, sobre todo, libre. No es nada más que la contemplación amorosa de esa estrella glamorosa lo que permite a la voz hacerse una idea de lo que puede ser la libertad. La canción define el encierro de García casi por oposición: la actriz es todo lo que ese pobre tipo no puede ser, encerrado en una torre, mirando películas mientras espera que una princesa lo rescate («Me acercaré al convertible. Le diré: ‘Quiero ser libre. Llévame por favor'»).
Esa inversión del rol de doncella no será la primera ni la última vez que Charly se asocie a modos, si se quiere, más feminizados del sentir. De hecho, el desencanto y los sentimientos depresivos que abundan en “Ruta perdedora” son espejo perfecto de los de “Marilyn, la Cenicienta y las mujeres”. El “drama urbano” y el “drama femenino” (subtítulo de cada una de estas canciones respectivamente) del disco son las dos caras de la desilusión. Comparten ese dolor de promesas incumplidas Monroe (lo más cercano que el cine tuvo a una Helena de Troya), la “fregona vuelta princesa” y la voz triste de Películas. Voz triste que se identifica también con nadie menos que Casandra: princesa de la mitología griega condenada a dar profecías verdaderas que nadie estaba dispuesto a creer. El tópico de la clarividencia siempre estuvo presente en García (y mucho antes de hacerlo carne, en 1995, con Casandra Lange): visionario del rock nacional, se presentó siempre como aquel que veía lo que otros deliberadamente escogían no mirar. Rockstar de raza pura que se tira nueve pisos hacia una pileta y hace de demoler hoteles un himno, pero que ―en las letras de sus canciones― no se cincela jamás mediante el trazo de modelos masculinos.

La Máquina de Hacer Pájaros, con sus “voces hermafroditas” (como supo decir la crítica de la época), esos cabellos largos tan subversivos para la censura y su compositor cabecera cómodamente en el lugar narrativo de una princesa, no encaja del todo con la moral patriarcal y heteronormada impuesta por el régimen militar.
Si el discurso oficial celebraba varones fuertes y proveedores, a la vez que a las mujeres obedientes y sumisas, la apariencia de estos muchachos raquíticos y hippies solo adelanta una producción musical que se anima a jugar con los roles de género y que no teme escandalizar en el intento: su irónico canto a las muñecas de goma ha despertado la perplejidad en más de un oyente de “El vendedor de las muñecas de plástico”.
Desde ese personaje poco masculinizado, García (quien, por cierto, cita a nadie menos que Elton John como una de sus mayores influencias) se coloca en Películas en el lugar de amante decepcionado. “Como un tonto me creí lo que dijiste” es un verso que parece pertenecer más a una canción de despecho que a una crítica al régimen militar. Y es que mucho se ha dicho de la Trama Macabra de Hitchcock en la portada o bien del imaginario de muerte y podredumbre que se deja ver entre las grietas de las estrofas. Sin embargo, frente a los aires de dureza y de duelo del contexto, lo que este álbum propone son historias de desamor. Aquí no se respira tanto la ira que quema en los ojos de Charly en cada transmisión en vivo de “Canción de Alicia en el país”, sino que la frustración adopta una naturaleza casi amorosa: el corazón roto de un amante parece ser aquí alegoría de una lealtad a la nación que, de repente, no tiene dónde ser depositada.
Harto conocido es el episodio en que el ídolo le dijo a Susana Giménez: “Soy romántico, no boludo”. Es en esa misma línea que estos pájaros eligen el lenguaje del romance, pero para cantar sobre la libertad. Películas es, en ocasiones, recordado como un canto al escapismo, a cierta pasividad obtenida a la fuerza y por la cual tirarse a mirar televisión es lo único por hacer una vez que cae el sol. Y sin embargo, lejos de ofrecer un consumo apático, el cine es aquí el medio para imaginar la emancipación. Es en las películas, en sus actrices o en sus autos convertibles que García busca y torna símbolo el fin de su opresión. ¿Y acaso no se le llama a ese imperio del cine que es Hollywood, precisamente, “la máquina de los sueños”?
¿Qué se puede hacer, además de ver películas? Esconder en ellas algún mensaje, como hicieron García, Rod Serling y tantos otros; guardarlo en una botella y lanzarlo al mar. El arte podrá ser para La Máquina de Hacer Pájaros un medio para evadir la realidad. Sin embargo, ante todo, es una vía de escape: a la monotonía de la rutina e, incluso, a los silencios que impone la censura. Y es que es posible que el mejor engaño en que nos haya atrapado la cultura de masas sea prometernos, con sus películas, sus alienígenas y sus alegorías, que nunca habla de nada en serio.
*Por Camila Aguirre Vallés del Laboratorio Pop para La tinta / Imagen de portada: La Máquina de Hacer Pájaros.
