La voz ausente, la voz imaginaria
En el marco de los 50 años del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976 en Argentina, este texto de Gabriel Montali reconstruye, entre la memoria y la imaginación, la vida arrebatada de su tío Roberto Luis Montali, militante y estudiante asesinado por el terrorismo de Estado el 24 de noviembre de 1976, durante un control militar en la zona de Río Segundo. A partir de fragmentos, relatos y escenas posibles, la crónica explora no solo quién fue, sino también todo aquello que la violencia dictatorial impidió que fuera, en un ejercicio íntimo que enlaza historia personal y memoria colectiva.
¿Cómo reconstruir la identidad de alguien que no conociste? ¿Cómo recuperar todo lo que el terrorismo de Estado le arrebató a las víctimas y a sus familias? Lo que fue y también lo que no pudo ser. En este texto, que es en parte un ejercicio de invención, me asomo a la biografía de mi tío, Roberto Luis Montali, estudiante de Comunicación Social en la UNC y militante de la Organización Comunista Poder Obrero. Sus amigos lo describen como un joven apasionado por la lectura, la política y el deporte. Un chico gracioso y ocurrente, capaz de decir las cosas más insólitas en los lugares menos adecuados, y terriblemente despistado. Polemista a la hora de discutir, aunque siempre conciliador, Roberto fue asesinado el 24 de noviembre de 1976, cuando viajaba en tren a Buenos Aires, en medio de un control militar realizado en la zona de Río Segundo. Acababa de cumplir 21 años.
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Reliquias personales
Mi documento de identidad dice que nací el 7 de diciembre de 1982. Pero la fecha no es precisa. Ninguna biografía existe encorsetada en ese pedazo de plástico. Ese pequeño recorte; esa trampa diseñada para que seas un sujeto identificable, clasificable, fácil de rastrear y perseguir por los perritos de la moral. Un punto en una base de datos. La silueta gris que se dibuja en una cámara de vigilancia.
En mi caso, me tomó tiempo; diez o quince años quizás. Una imagen fue superponiéndose a la otra y así hasta comprender que siempre hay algo, otra cosa, más allá y más acá de toda esa burocracia. Así hasta remontarme a la fecha más o menos exacta de mi nacimiento: primeros días de noviembre de 1976, estación de trenes de Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
En esas coordenadas, probablemente un sábado o domingo por la tarde, dos hermanos se encontraron, de pura casualidad, en alguno de los andenes de la estación. Quizás charlaron del gordo César, al que acababan de borrar del mapa con el liquid paper del Proceso. Quizás uno le dijo al otro que se tomara el reverendo palo. Quizás el otro respondió que no. O quizás hablaron de los goles del Beto Alonso o del pedo que se había alzado el Rulo en la última peña. No lo sé. La única imagen nítida es el saludo final, el apretón de manos. Papá dice que sintió un fuego entre los dedos, que la mano del otro, su hermano mellizo, quemaba la suya como sartén hirviendo.
Esa fue la chispa electromagnética, como un choque de agujeros negros de masa estelar; el big bang que rajó en dos la membrana del espacio/tiempo. Primero fue el fogonazo, luego las ondas circulares: el flujo de energía oscura brotando de la grieta. Así fui lanzado al mundo, como una informe sustancia en viaje desde otra dimensión. Y así pasé varios años, rotando en el ojo mismo del vacío, hasta que las ondas de energía se hicieron carne, huesos y parto.
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Dicen que tenías los ojos achinados y el pelo castaño. Pero en la única foto que nos queda, un retrato en blanco y negro, estás de perfil, con la sonrisa ancha, los dientes blanquísimos y unos anteojos enormes que te cubren desde la punta de la nariz hasta el final de las cejas.
Dicen que, de pibes, papá y vos se cagaban a trompadas cada cuarenta segundos, y que en los cumpleaños, las fiestas de la escuela, los picados en la plaza Vélez Sarsfield, cada vez que se asomaba el remolino de piñas desde la esquina, tipo demonios de Tasmania de Looney Tunes, la pibada recitaba a coro el mismo mantra: “Llegó el quilombo, llegaron los mellis”.
Eso sí: cuando alguien buscaba roña con uno de ustedes, tenía que pararse de manos con los dos; condición de dualidad borgeana de ser mellizo: se es uno y, al mismo tiempo, se es algo más que uno, principio matemático que también aplica en sentido inverso, cuando la suma se vuelve resta.
Dicen, querido Roby, que a los quince ya eras el rompecorazones del barrio y que en las peñas de Bomberos te la pasabas chapando con la flaca Lamberti, para envidia de toda la tribuna, que miraba la escena por TV.
Dicen que una vuelta los pescó en pleno goce un oficial de Moralidad. Un gordo cincuentón que, bastón en mano, quiso hacerles cumplir la ley de los treinta centímetros de distancia, ordenanza municipal sancionada por los intendentes de facto ―año 1969, gobierno de Onganía― con el fin de arriar a las ovejas negras a la senda de las buenas costumbres, occidentales y cristianas.

El tema es que, según cuenta la leyenda, vos te retobaste en el acto. Y forcejeo va, forcejeo viene; la monada se empezó a alborotar. Volaban sillas, botellas, jarras de ginebra, hielos; la rabia ya no muy contenida de fines de los sesenta. Y en medio del quilombo, vos y el gordito a puro cachetazo, hasta que aparecieron otros dos esbirros y te arrastraron al patrullero. Dos días completos en cana, con el abuelo, el Tano, negado a irte a buscar. “Que lo dejen otro día, a ver si se endereza”, dicen que dijo. Porque entre ustedes ya había roces, portazos, puteadas de almuerzo familiar; y quizás alguna que otra premonición.
Dicen que, años más tarde, cuando ya estabas en la orga, te topaste de sorpresa con una redada en pleno centro de Tucumán. Me imagino lo que pensaste cuando te pidieron el documento: “Me cago en este apellido de mierda”, porque el buen revolucionario debería apellidarse Pérez, Rodríguez, tal vez un Gómez salvador, y no este mamotreto marquellano imposible de camuflar. Pero tuviste suerte: no te reconocieron. Quizás te tocó un milico medio pavote o lo que es aún más inquietante: ¿será que te tocó un esbirro piadoso, alguien que se ablandó frente a tu cara de nene, tu acento de pueblerino, tus temblores de perrito mojado?
Las cosas fueron distintas ese 24 de noviembre, cuando saltaste por la ventanilla del tren y corriste hacia el campo con toda tu velocidad de wing izquierdo, mientras los títeres de la oscuridad tomaban posiciones al costado de las vías.
La tarde roja viró al negro, en la hora en que empieza la percusión de los postigos y los álamos domesticados, altísimos, producen una música de acuerdo al viento.
Un cuerpo tendido bajo el cielo color engrudo de los setenta. Un muerto. Debería ser el menor escándalo y no el hallazgo lingüístico de papá: la gangrena psíquica, la espiral de silencio de una lengua vuelta tabú.
Un balbuceo. Un tartamudeo. Una palabra a medias.
Roby, Roby de mi corazón; ¿acaso es esto ser argentino?
¿Acaso es esto ser latinoamericano?

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Días que son para quedarse en la cama. Días en los que, de a ratos, levanto la vista hacia los edificios grises, con ropas colgadas en sus balcones y ventanas a medio abrir. Días en los que cuesta apalabrarte y necesito otras voces para completar el cuadro: un poquito de Fabián por acá, otro poquito de Gambarotta por allá y una frasecita del gordo Schmidt, sabio pastor villamariense, como remate de la escena.
Sobre todo hoy, que tengo las rodillas hechas un asco y me cuesta ponerme de pie. Y entonces imagino la conversación imposible, la polémica que no tuvimos, hecha con los reproches y la bronca de los sobrevivientes.
¿Por qué no te fuiste, Roby? ¿Por qué no te tomaste el reverendo palo? ¿Será que vos también te comiste el verso de la moral cuantificable, como las balas y las bombas, capricho pseudo ideológico del Che? ¿Acaso, por puro entusiasmo adolescente, no viste las nubes negras trepando el horizonte? O será que vos también te amarraste al tren siberiano de la propaganda reaccionaria, esa estúpida promesa de futuro en blanco y negro, sin ambigüedades, mientras en Cuba encanaban a Padilla, a Antón Arrufat y, en los montes salvadoreños, los propios compañeros pasaban a cuchillo los versos de Roque Dalton.
Estamos los dos de pie, en medio de la galería de la casa materna, con las hortensias en su esplendor primaveral y el asador oxidado en el fondo del patio. Tu sonrisa rebelde de Kris Kristofferson muta en gesto adusto ―la seriedad del soldado que no fuiste― mientras me desinflo en argumentos inquisidores. Y entonces me palmeás el hombro tres veces, como buen hermano mayor, para soltar tu respuesta: “Mirá, pibe, en este país, en estas crueles provincias, la política es eso que se hace con los restos”.
Porque lo primero es el fusil, que arrasa la tierra de cuajo. Luego llegan las leyes escritas en pólvora. Y recién entonces se abre el tiempo de la política, cuando el suelo quedó despojado de malezas y ya no hay voces que interrumpan la conversación.

Roby, Roby del alma, cuando pienso en tu respuesta, no sé qué carajos contestarte. Solo sé que vuelven a mí las paredes carcomidas de mi cuarto, los ruidos habituales, y es mi figura la que se recorta en el reflejo de la ventana.
El día sigue entonces con un desayuno liviano, una lectura de ocasión y la misma inquietud de siempre. Me pregunto, Roby querido, si acaso vos allá, en la hermana muerte, tendrás también un modo de nombrarme.
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No es, sin embargo, la única escena: descubro, a su vez, otras anécdotas arrebatadas al territorio de la imposibilidad.
Medianoche del 31 de diciembre, la misma casa, la misma galería. Papá, vos y yo borrachos hasta la médula cantando a gritos los versos del Himno a los Trabajadores. Los vasos en alto, el aroma dulce de la ginebra con coca y el winco blanco al mango, para bronca de la Chanchita Silvestrini, el vecino de la esquina, que nos putea en arameo desde la ventana.
Los tres abrazados en un único cuerpo, un único grito: “Arriba los pobres del mundo. De pie los esclavos sin pan. Y gritemos todos unidos: ¡Viva la Internacional!”.

No somos un coro de nostalgias y lamentos. Son apenas las ganas de gastarlo al Tano, el abuelo, que siempre fue medio facho y no se sabe la letra, y que nos tiene que aguantar cuando lo rodeamos en un círculo de pogo y salpicones de ginebra y que primero putea, pero después termina también en pedo y a los gritos, fundido a la pequeña multitud de mamotretos marquellanos que poco a poco van sacando de quicio a la abuela, que pregunta, también ella a grito pelado, quién cuernos va a limpiar el piso mañana.
Roby querido, Roby del alma: ¿acaso será esta la hora verdadera, nuestra pequeña revolución posible? Una noche sin ubicación en el tiempo, noche extraviada del calendario, en la que nuestro canto de borrachos trepa por los tapiales de la ciudad buscando el norte, viajando en ondas circulares que rajan en dos la superficie del universo hasta perderse en la intemperie sin fin, hilando la trama que va de una punta a la otra de la historia, de los padres a los hijos y a los hijos de los hijos, persiguiendo la estela de un espléndido sueño.
*Por Gabriel Montali para La tinta / Imagen de portada: Marc Chagall, «La guerre» (1943).
