«Irán es nuestro enemigo», dijo el presidente que se considera el más sionista

«Irán es nuestro enemigo», dijo el presidente que se considera el más sionista
19 marzo, 2026 por Gonzalo Fiore Viani

Las declaraciones de Javier Milei respecto no solo de ser el presidente más sionista del mundo, sino también de que «estamos en guerra» con Irán preocupan, sobre todo, porque ponen a la Argentina en un escenario de conflicto con consecuencias inciertas para el país. Una guerra que nadie pidió ni quiere.

Además de contradecir la histórica posición de neutralidad sostenida por Argentina desde la Doctrina Drago, para la mayoría de los argentinos, está claro que no hay motivo alguno para involucrarse en un escenario bélico que nada tiene que ver con los intereses nacionales. Así lo expresa una encuesta publicada por la consultora Zuban Córdoba recientemente, donde, por amplia mayoría, se ve patente que la población argentina no tiene interés alguno en destinar tiempo, esfuerzo, recursos y hasta posiblemente tropas a una guerra donde hasta los propios aliados históricos de Estados Unidos se han negado, hasta ahora, a participar.

Tal es el caso de los países integrantes del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que, para desagrado de Donald Trump, han rechazado sistemáticamente enviar tropas al estrecho de Ormuz o participar de la aventura bélica en la que se ha empantanado la Casa Blanca. Sin embargo, Javier Milei no parece pensar así y, para congraciarse con Trump y, sobre todo, con el premier israelí, Benjamin Netanyahu, parece decidido a llevar al país adonde sea necesario. En las últimas horas, surgieron algunas noticias sobre el envío de buques al estrecho de Ormuz. Al respecto, el secretario de Comunicación, Javier Lanari, dijo a Clarín: “Si lo solicitara Estados Unidos, sí. Cualquier ayuda que ellos consideren se dará». Mientras que el ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Pablo Quirno, dijo en una entrevista con Feinman: «Vamos a hablar sobre certezas, no sobre rumores. Son rumores. Está claro dónde nosotros estamos parados; en la medida que necesiten apoyo nuestro, está claro dónde vamos a estar parados», deslizó. Sean rumores o no, lo cierto es que la Constitución Nacional, en su artículo 75 inciso 28, establece que solo puede autorizar el Congreso la salida de tropas.

Hay varias hipótesis que explicarían por qué Milei buscaría aventurarse en una guerra extremadamente impopular, incluso en los propios Estados Unidos, ni hablar en Argentina. Por un lado, le serviría al gobierno para fortalecer su narrativa de “alineamiento total con Occidente”, al mismo tiempo que construiría una mayor alianza geopolítica con Washington y con Tel Aviv. Lo que llevaría a Estados Unidos a ganar aún más control sobre recursos naturales estratégicos clave y a Israel a expandir su presencia territorial en la región.

Esto, en la mente del presidente y de algunos de sus asesores, significaría fortalecer su poder de una forma muy considerable. Más que nunca, la política internacional desempeña un rol central en la política doméstica. El gobierno argentino lo ve de forma clara y actúa de acuerdo a eso, mientras gran parte de la oposición parece enfrascada en luchas de cabotaje sin ver que el verdadero partido, el que realmente importa, se está llevando adelante en otros terrenos muy superiores.

El actual escenario geopolítico es de una complejidad tal que no solo afecta a la Argentina, sino a toda la región. En ese punto, es interesante señalar lo que recientemente declaró el presidente brasileño Lula da Silva respecto de la importancia que tendría armarse para los países latinoamericanos. Caso contrario, dice Lula, quedarían vulnerables a cualquier tipo de intervención o incluso invasión extranjera como las que ha demostrado Washington que puede llevar adelante sin problemas.

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Para Trump y Netanyahu, el cálculo inicial parecía relativamente simple: destruir infraestructura militar y nuclear, eliminar figuras clave del liderazgo iraní y demostrar una superioridad militar abrumadora capaz de forzar una capitulación política o, al menos, una negociación en términos favorables. Desde el punto de vista estrictamente militar, la superioridad tecnológica y aérea de Estados Unidos e Israel es evidente. Los bombardeos han alcanzado bases militares, depósitos de misiles, instalaciones industriales vinculadas al programa nuclear y centros logísticos de la Guardia Revolucionaria. Pero la pregunta central en este tipo de conflictos nunca es cuántos objetivos pueden ser destruidos en las primeras semanas, sino si esa destrucción altera la lógica política del adversario. Y, hasta ahora, no hay señales claras de que el régimen iraní esté dispuesto a aceptar esa lógica.

La estrategia iraní parece orientarse a transformar una guerra concebida por sus adversarios como una operación corta en un conflicto prolongado de desgaste. Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para sobrevivir a esta guerra. Solo necesita evitar el colapso. Esa es la esencia de la guerra asimétrica que Teherán ha desarrollado durante décadas frente a potencias tecnológicamente superiores. En ese esquema, el tiempo se convierte en un recurso estratégico. Mientras Washington busca resultados visibles en el corto plazo, Teherán apuesta a la prolongación del conflicto y a su expansión geográfica mediante una red de actores aliados y milicias regionales que operan en distintos frentes del Medio Oriente.

Las primeras señales de esa expansión ya son visibles. Milicias vinculadas a Irán han incrementado sus ataques contra objetivos israelíes y estadounidenses en distintos puntos de la región, mientras la tensión aumenta en el Líbano y en otros espacios donde la influencia iraní se ha consolidado durante los últimos veinte años. El conflicto, que comenzó como una ofensiva aérea dirigida contra el territorio iraní, empieza lentamente a adquirir la forma de una guerra regional fragmentada. Esa es precisamente la arquitectura estratégica que Irán ha construido desde la invasión estadounidense de Irak en 2003: una red de actores armados que funcionan como extensiones indirectas de su poder regional y que pueden activar múltiples frentes de presión simultáneamente.


Pero el factor que puede transformar definitivamente esta guerra en un problema global no es militar, sino energético. Cada vez que se menciona el estrecho de Ormuz, los mercados internacionales reaccionan con una mezcla de temor e incertidumbre. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo pasa por ese corredor marítimo que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico. Si Irán decide convertir ese punto estratégico en un escenario de confrontación naval o de interrupción del tráfico marítimo, el conflicto dejaría de ser una guerra regional para transformarse en una crisis energética global. 


En ese sentido, la capacidad de Irán para afectar el sistema energético internacional funciona como una especie de “seguro estratégico”: una herramienta de presión que no depende de la superioridad militar directa, sino de la vulnerabilidad estructural de la economía mundial.

Uno de los riesgos mayores en este escenario es que una guerra diseñada para demostrar poder termine revelando, paradójicamente, los límites de ese poder. La experiencia reciente ofrece precedentes incómodos. Las intervenciones en Irak y Libia mostraron que eliminar líderes autoritarios no garantiza la construcción de un nuevo orden estable. A menudo, ocurre lo contrario: el vacío de poder produce fragmentación, violencia prolongada y la aparición de actores aún más difíciles de controlar.

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Una explosión estalla tras los ataques cerca de la Torre Azadi, cerca del Aeropuerto Internacional de Mehrabad en Teherán, el 7 de marzo de 2026. Imagen: Atta Kenare/AFP/Getty Images.

Por eso, la guerra contra Irán plantea una paradoja estratégica que se repite con frecuencia en la política internacional. Destruir un régimen es extremadamente difícil. Pero destruirlo sin desestabilizar toda la región que lo rodea es todavía más complicado. En el caso iraní, además, el régimen ha demostrado durante más de cuatro décadas una notable capacidad de adaptación frente a sanciones, aislamiento diplomático, sabotajes y presiones externas. La guerra abierta es, en cierto sentido, una continuación de ese conflicto permanente por otros medios.

La guerra que comenzó como una demostración de fuerza puede terminar convirtiéndose en algo mucho más incierto. No solo para Irán, sino también para el equilibrio geopolítico de todo Medio Oriente e, incluso, también de América Latina. Porque, en política internacional, las guerras rara vez siguen el guion que imaginan quienes las inician.

El primer cambio en el tablero 

En la madrugada del miércoles, Trump se desvinculó del ataque al campo de gas iraní, South Pars, y, en su red social Truth, dijo que Israel no volverá a atacarlo, por lo que Irán debe dejar de bombardear «un país inocente» como Qatar. Trump afirmó que no tenía idea sobre el ataque israelí que provocó los bombardeos iraníes a infraestructura energética de los países del Golfo. Esto es el primer desacuerdo público entre Trump e Israel. La cercanía del mandatario con Tel Aviv ya viene desde hace tiempo haciendo crujir los cimientos de sustentación de su movimiento MAGA. Incluso, a comienzos de esta semana, renunció el director del Centro de Contraterrorismo de su gobierno tras decir que Teherán «no representaba ninguna amenaza” para Estados Unidos. Además, denunció que el lobby israelí obligó a la Casa Blanca a iniciar la guerra.

La guerra contra Irán no es simplemente un episodio militar. Es una apuesta geopolítica de gran escala. Más que en normas o reglas, el orden internacional siempre se basó en la previsibilidad. La gran pregunta es si hoy Estados Unidos ofrece la misma previsibilidad que países como China, Rusia o India. El equilibrio histórico de alianzas se está rompiendo y, al mismo tiempo, emergen nuevas. El gobierno argentino decidió atar su suerte a la de Trump que, a su vez, decidió atar la suya a un conflicto de una complejidad tan grande que pareciera no llegar a comprender del todo. Este año habrá elecciones de medio término en los Estados Unidos que, si confirman la tendencia de las más recientes votaciones regionales y estatales, podrían ser una derrota histórica para los republicanos. ¿Qué sucederá en Argentina si Trump es derrotado en noviembre? Hoy nadie se anima a responder esa pregunta. 

Pero hay otro interrogante más inquietante: ¿Argentina está en condiciones de ser parte de un conflicto que no entiende ni qué lo involucraría directamente? Todo esto se responderá en las próximas semanas y meses, mientras tanto, el mundo se sigue reconfigurando y Argentina sigue reforzando su alineamiento (o dependencia) sin conseguir grandes beneficios concretos para el país, solo riesgos. Argentina ya tiene una larga y rica tradición de política exterior autónoma, soberana y razonable que sería muy útil para el mundo que nos atraviesa hoy. Simplemente hay que retomarla y no dejarse llevar por caprichos ideológicos que nada tienen que ver con el verdadero interés nacional.

*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta / Imagen de portada: Télam.

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Palabras claves: Estados Unidos, geopolítica, guerra, Irán, Israel, Javier Milei

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