Los huesos aparecen a 50 años del golpe para decirnos que la lucha continúa

Los huesos aparecen a 50 años del golpe para decirnos que la lucha continúa
16 marzo, 2026 por Adrián Camerano

No es la primera vez que se hallan restos de desaparecidos en los campos del ex Tercer Cuerpo de Ejército, pero sí la campaña de búsqueda que más entusiasma: son unas mil las piezas encontradas el 22 de septiembre en una fosa común y actualizan la pregunta: ¿dónde están los desaparecidos? 

Desde hace décadas que se sabía que el lugar señalado era la Loma del Torito; ya en el histórico Juicio a las Juntas, el trabajador rural José Julián Solanille había precisado el dato. En aquellas audiencias, Solanille relató que él trabajaba en un campo de 280 hectáreas dentro de lo que llamó “la cárcel” y que, en 1976, escuchó “muchos gritos desgarradores de ese cuartel, esa cárcel clandestina”. Y que días después, “empecé a encontrar algunas anormalidades, algunas tumbas chicas, en algunos sectores”. “Yo echaba los animales y donde los animales iban a comer son las partes blandas, lo que llamamos las praderas. Y empecé a ver tumbas, rastros de los camiones, botellas de 7Up, balas de Ithaca y de 45, cartuchos”, explicó ante los jueces y dijo que “un domingo, me tiraron una piba, dos chicas rubias jovencitas, en el suelo. Le habían pegado con el helicóptero; hicieron al lado unas tumbas y posiblemente las han sepultado ahí”.

La zona es enorme y era como encontrar una aguja en un pajar. Esta vez, la clave del hallazgo fue una foto de Catastro municipal, que permitió comparar el terreno antes y después de 1979. Por gestión de los organismos de derechos humanos, que a esa altura de la dictadura esperaban hallar a sus familiares con vida, del 6 al 20 de septiembre de ese año, visitó al país una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos. Los genocidas tomaron nota y maquillaron los principales centros clandestinos para intentar disimular el horror. En La Perla, pasaron máquina sobre el enterramiento común, para ―se supone― llevar los restos a campos menos expuestos, quizás en el noroeste provincial.

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Imagen: Fernando Bordón para La tinta.

Pero fue como tapar el sol con las manos, en dos sentidos: en su visita, la Comisión relevó 5580 denuncias y, un año más tarde, produjo un informe que dio cuenta de las gravísimas violaciones a los derechos humanos, informe que se distribuyó clandestinamente en el país; por otro lado, huesos quedaron. Y hoy, mientras se van conociendo los nombres de los primeros identificados, se abren varios desafíos: por un lado, cientos de restos continúan en laboratorio, por lo que, en los próximos meses, tendremos nuevos aparecidos, personas que dejan de ser desaparecidas para pasar a ser oficialmente personas asesinadas por el poder genocida estatal; por el otro, el inicio de una senda que por fuerza debe profundizar la investigación hasta dar con todos y cada uno de los fusilados, masacrados y enterrados. Estén sus restos en los campos de la actual Reserva Natural de la Defensa, en las Salinas o en los fondos del ex Grupo de Artillería 141 José de la Quintana, las tres hipótesis de la causa Enterramientos. Hasta encontrarlos.

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Imagen: Ezequiel Luque para La tinta.

El propio juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja precisó la obligación estatal de seguir buscando porque, en tanto delito de lesa humanidad, la desaparición forzada de personas es un crimen que se sigue cometiendo.


Encontrar restos después de 50 años, en una zona donde el monte había regresado y bajo un talud de metro y medio de tierra, es casi un milagro. Un milagro posible por la ciencia, la persistencia y la acción de los organismos de derechos humanos, que nunca bajaron los brazos.


Hay allí un nombre clave, el del geólogo de la UNRC, Guillermo Sagripanti. Un actor fundamental en un hallazgo y posterior identificación que viene a irrumpir en el contexto más negacionista de la historia reciente, a días del 24 de marzo y mientras arrecian otra vez los rumores sobre políticas públicas que buscan impunidad y olvido.

A nivel provincial, ya desde su asunción en diciembre, el ministro de Vinculación y Gestión Institucional, Miguel Siciliano, encaró una política de diferenciación de la gestión nacional negacionista y demoledora de las políticas de memoria que el país supo construir y que hasta el macrismo sostuvo. Con vigor político, el extitular de la bancada legislativa oficial recorrió los tres sitios de memoria estatales, pidió apoyos a troche y moche, y planteó un escenario donde la eventual victoria libertaria tras tres décadas de hegemonía cordobesista pondría en peligro veinte años de políticas públicas en la materia.

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14° juicio de lesa humanidad en Córdoba (2024). Imagen: Ezequiel Luque para La tinta.

Es, quizás, el único ítem en el que la Provincia busca diferenciarse de la gestión de los hermanos Milei. Mientras el gobernador participa de la Argentina Week y los representantes oficialistas en el Congreso no retacean manos levantadas a los proyectos del Gobierno que eliminan derechos y desguazan el país, el tour por los sitios y las rondas de reuniones con organismos intentan sumar fuerzas en un sector que reconoce algunos logros, pero que justamente no ha sido el más beneficiado.


El lema oficial es “A 50 años del golpe, Córdoba con memoria abraza la democracia. 20 años de políticas públicas de memoria, por la verdad y la justicia”. El proyecto de pavimentación de la memoria y el ambiente que partía al medio la RND quedó temporalmente frizado.


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Imagen: Ana Medero para La tinta.

De manera paralela a ello ―al menos por ahora―, y con décadas de militancia y trayectoria en sus hombros, la Mesa Provincial de Trabajo por los Derechos Humanos de Córdoba instaló el lema “Más que nunca, NUNCA MÁS”. El colectivo de organismos, sindicatos, organizaciones barriales, estudiantiles y sociales lleva meses preparando lo que algunos avizoran: la marcha más imponente en Córdoba de la recuperación de la democracia a esta parte. En cantidad, con el centro de la ciudad repletado, y en extensión: esta vez, la movilización que arranca en Colón y Cañada irá hasta los tribunales federales, triplicando el recorrido con respecto al tradicional trayecto hasta plaza Vélez Sarsfield, y en un mensaje a un Poder Judicial que, a pesar de los últimos hallazgos, tiene cuantiosas deudas pendientes.

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Imagen: Ezequiel Luque para La tinta.

Mientras hay quien aprovecha la fecha para jugar su juego, la clave en estos 50 años del golpe son los hallazgos y lo que está por venir. Los huesos son la prueba patente, irrefutable, científica de lo que fue capaz de hacer el Estado genocida. Los huesos interpelan como ninguna otra cosa; en esta tormenta de crueldad y negacionismo, urge relanzar las búsquedas, las tomas de sangre para cotejar ADN.


A días de conmemorar medio siglo del golpe más sangriento de nuestra historia, las apariciones son un escudo de verdad. Son los desaparecidos que aparecen. Y aparecen para decirnos algo: que la lucha continúa, que sus ideales siguen vivos, que este genocidio no se puede repetir NUNCA MÁS.

*Por Adrián Camerano para La tinta / Imagen de portada: Ezequiel Luque para La tinta.

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Palabras claves: 50 años del golpe de Estado, Dictadura Cívico-Militar, golpe de Estado, José Julián Solanille

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