¿Nunca viste un hombre hermoso?: masculinidad y feminidad en Shun de Andrómeda y Jinshi
Sin duda, es un lugar común en el anime la elaboración de personajes masculinos que rozan la performance femenina, atrayendo tanto a mujeres como a varones dentro de la propia serie. Los casos abundan. Por mencionar solo dos: cerrando el siglo XX, Japón nos dio a Shun de Andrómeda y a otros personajes de Los caballeros del zodíaco; en la actualidad, nos da a Jinshi, de Los diarios de la boticaria.
Hace algún tiempo, vi un meme con Shun de Andrómeda en el que el personaje dice: “¿Qué te pasa, salame? ¿Nunca viste un hombre hermoso?”. Ese meme captó mi atención y lo guardé en el celu. Detrás del texto, ¿a qué se refería esa interpelación? ¿Estaba denunciando la constante confusión —dentro y fuera de la trama del anime— entre Shun y una mujer? ¿O, tal vez, estaba disputando los límites de lo masculino?

Actualmente, la potente difuminación de las fronteras de género choca con el auge de los incels —una categoría quizá más extranjera que local y cuyas extrapolaciones conviene manejar con cuidado— y con formas nuevas-viejas de masculinidad que reafirman su diferencia radical, su violencia como naturaleza innegociable y su machismo como esencia intrínseca. La intención original del meme se me escapa. Pero sí puedo ver el movimiento dialéctico que se aloja en él: la interpelación de una masculinidad otra a las masculinidades dominantes, centradas en la megalomanía, en un licuado de falsedades supuestamente basadas en el biologicismo —¡por Dios!— y en la violencia machista como esencia de lo masculino.
Contra todo eso, Shun de Andrómeda se paró de manos. Su sola presencia hacía estallar los moldes de la masculinidad heroica. Su apariencia delicada y sus gestos feminizados contrastaban con el resto del grupo, marcado por la fuerza, la temeridad y la épica del combate. Shun era tierno, tímido, evitaba pelear y solía ser señalado incluso por su propio hermano, Ikki, como débil o dependiente, aunque esa mirada fuera mutando con el tiempo. Los dos hermanos funcionaban como polos opuestos. Su amor mutuo es indudable, pero el contraste no disimula las tensiones entre ambos: Ikki encarna una versión tosca, ruda y violenta de la masculinidad, algo que incluso su apariencia refuerza; Shun, en cambio, es suave y estilizado, tanto en sus rasgos como en sus maneras.


Esa ambigüedad operaba como una pequeña marca queer dentro de la serie, que ya comenzaba a desplazarse —lentamente— de los animes clásicos de pelea, mostrando varones que lloraban por sus compañeros y se entregaban a largos discursos emotivos sobre la valentía, entre sollozos. En medio de un relato que ponía a adolescentes —varones y mujeres— a resolverlo todo a golpes, la figura de Shun parecía escapar a la masculinidad hegemónica, moviéndose en un territorio ambiguo: entre lo masculino y lo femenino, entre la norma heterosexual y la posibilidad, siempre latente, de salir de ella.
Para quienes veíamos la serie, Shun aparecía como un personaje andrógino, capaz de atraer tanto a compañeras como de insinuar un deseo entre varones, sin que eso fuera tematizado de manera explícita. Ni cuando éramos chicos ni ahora se nos pasaban por alto los acercamientos homoeróticos que recorrían la serie, sobre todo en aquel episodio icónico en el que Shun debe reanimar a Hyoga, que convalecía, frío y sin energía. Allí, el contacto de los cuerpos, la cercanía prolongada, una delicadeza que excede la lógica del combate, instala una intimidad afectiva capaz de hacer estallar los ya frágiles bordes de la heteronormatividad del relato.


Esa escena demostraba que no es necesaria la integración de personajes abiertamente disidentes para que los espectadores perciban la disidencia en sus protagonistas y, más aún, para que puedan reconocerla, habitarla e incluso comulgar con ella desde un lugar afectivo.
La fragilidad de Shun fue, durante los años noventa, la certeza silenciosa de que otra masculinidad no solo era posible, sino también deseable. En un contexto saturado de héroes duros, violentos y emocionalmente clausurados, Shun encarnaba una sensibilidad distinta que calaba hondo en muchas infancias queer: entre risas, identificaciones parciales y anhelos difíciles de nombrar, veíamos en él al chico que queríamos ser o, al menos, al que sentíamos más cerca de nuestra experiencia del mundo.

Hoy, las masculinidades alternativas a la figura del macho ya no son una rareza, sino que abundan en la oferta de series de anime. La fragilidad, la ambigüedad, el cuidado y la expresión emocional dejaron de ocupar un lugar marginal para volverse, en muchos casos, rasgos centrales de los protagonistas, señalando un desplazamiento cultural que, aunque no exento de tensiones, marca una diferencia clara respecto de los modelos hegemónicos de décadas anteriores.
Los shōnen y seinen exploran hoy nuevos modelos de masculinidad: figuras hiperestilizadas, solitarias, bellas y ligeramente queer que dominan la trama y reorganizan el deseo de la mirada espectatorial. Desde personajes con nombres de mujer y maestros altaneros, atractivos y enigmáticos —como ocurre en Jujutsu Kaisen o Demon Slayer— hasta protagonistas que expresan de manera explícita una ambigüedad de género, como en la reciente remake de Ranma 1/2. Estas masculinidades ya no se definen únicamente por la fuerza o la violencia, sino por una estética cuidada, una emocionalidad contenida y una distancia irónica respecto del ideal clásico del héroe viril.
Dentro de este último grupo, se inscribe Los diarios de la boticaria, con la figura de Jinshi como eje de esa ambigüedad. La serie narra la historia de Mao Mao, una boticaria con un talento notable para la medicina y una creatividad singular para el armado de remedios e inventos.


Tras ser secuestrada y vendida como sirvienta, termina en la ciudad donde residen las concubinas del emperador chino. Allí, sin embargo, su destino cambia rápidamente: pasa de ser una simple lavandera a convertirse en catadora de venenos para una concubina de alto rango. Mao Mao encarna una inteligencia propia de los subalternos que le permite moverse en los márgenes del poder sin enfrentarse de manera frontal a la autoridad.
Dentro de la serie, Jinshi aparece como aliado de Mao Mao y coprotagonista del relato. Al comienzo, se presenta como un eunuco a cargo del palacio donde residen las concubinas del emperador de China: portador de una belleza excepcional y de un poder de seducción que organiza buena parte de las miradas y los malentendidos. La belleza de Jinshi es, justamente, ambigua: suspendida entre lo masculino y lo femenino, su atractivo funciona como una de las marcas queer más claras de la serie. Al estar castrado, su costado femenino parece resaltarse; sin embargo, esto no opaca su dimensión masculina, sino que la desplaza hacia otro registro: el del deseo de manipular a través de la apariencia, la gracia y el encanto.
Se trata de una performance que, antes incluso de intentar encajar en la norma heterosexual, ya la hace fallar.

La cercanía entre Jinshi y Mao Mao resulta extraña porque subvierte los roles de género convencionales. Si bien entre ambos existe una ligera competencia de intelectos, Jinshi le cede agencia y habilita que su subordinada se luzca, algo poco frecuente en la lógica jerárquica del palacio. A su vez, Mao Mao toma la iniciativa con un impulso que, en contraste con el resto de las mujeres de la serie —mayormente sumisas y complacientes—, construye una feminidad enrarecida, incómoda para la norma.
Por otro lado, Mao Mao practica, sin saberlo, la mejor táctica para mantener a Jinshi atento a ella: no sucumbe a su belleza, sino que lo valora por su inteligencia y por ciertas virtudes interiores. Así, una serie que, en sus comienzos, parecía girar exclusivamente en torno a las apariencias da un volantazo narrativo para centrarse en los vínculos y en las virtudes y defectos espirituales de sus protagonistas.

De Shun a Jinshi, tengo la impresión de que la interpelación que se esconde detrás de: “¿Qué te pasa, salame? ¿Nunca viste un hombre hermoso?”, señala una disputa abierta por los límites de aquello que cuenta —y es reconocido— como masculinidad. El anime continúa alojando modelos alternativos de feminidad y masculinidad que no necesariamente encajan en las normas de sexo-género dominantes, incluso cuando esos desvíos aparecen envueltos en estéticas bellas, estilizadas o aparentemente inofensivas. Mientras tanto, nuestra época parece dirigir una parte creciente de sus miradas fetichizantes hacia modelos tradicionales —y profundamente represivos— de género, reactivando viejas jerarquías bajo nuevas máscaras.
Aunque esta apuesta por enrarecer la masculinidad se haya vuelto hoy un recurso narrativo más o menos estabilizado dentro del anime, esa insistencia conserva intacta, en su núcleo, una potencia contestataria. Una potencia que no se agota en la representación, sino que opera a nivel afectivo: la de hacer sentir a las personas queer como en casa, habilitando identificaciones, refugios simbólicos y zonas de reconocimiento allí donde la norma expulsa y persigue.
*Por Sasha Hilas para La tinta / Imagen de portada: Los caballeros del zodíaco.
