«¿Una foto impactante vale un pibe preso?»: volante anónimo genera debate en el fotoperiodismo argentino
Durante la marcha contra la Reforma Laboral, manifestantes difundieron un volante dirigido a reporteras y reporteros gráficos. El fanzine invita a reflexionar sobre coberturas cuidadas para no identificar a quienes se defiendan con acciones directas. Desde el sector, lo tomaron como disparador para repensar la práctica, aunque cuestionaron que se escrache a un fotógrafo con sus datos personales.
Desde hace varios días, los grupos de WhatsApp y redes sociales que reúnen a fotoperiodistas ―sobre todo de Buenos Aires― están agitados. El centro de la discusión es un folleto anónimo repartido el 18 de febrero en la movilización contra la Reforma Laboral en el Congreso, que exhorta a quienes cubren protestas a extremar recaudos al retratar acciones directas para no escrachar a manifestantes.
El fanzine, titulado «Reflexiones y recomendaciones para fotoperiodistas», abre con una pregunta difícil de esquivar: «¿Te preguntaste qué consecuencias tiene subir una foto? ¿Una foto impactante vale un pibe preso? Los fotoperiodistas son comunicadores, ¿pero qué quieren comunicar? (…) Nos preguntamos si solo van a cazar instantes fugaces que les permitan acceder a reconocimiento sin importar las consecuencias (…) Tu foto puede ser la condena de alguien».
Quienes escriben lo hacen desde el lugar de protagonistas y reivindicadores de la acción directa como opción política. Plantean la necesidad de una cobertura responsable y aprovechan para desmitificar la figura del «infiltrado» como explicación automática de toda resistencia violenta.


«Tanto la izquierda parlamentaria como el progresismo esbozan una infinidad de acusaciones hacia las personas que eligen formas no pacíficas de protestar. ¿Hubo en la historia verdaderos cambios estructurales sin el uso de la violencia? ¿Qué es la violencia? ¿Quién puede hacer uso de ella?», sostiene el documento, que no niega la existencia de policías de civil y servicios que operan en las manifestaciones, pero que reclaman que eso no deslegitima a quienes eligen otras formas de protesta.
«La figura del infiltrado funciona como herramienta para controlar y pacificar la calle a través de la vigilancia interna entre manifestantes (…) Los comunicadores terminan siendo funcionales a las políticas que eligen criticar al sumar a la represión del Estado discursos que marcan la protesta radical como ilegítima (…) La insurrección es atractiva, garpa, mientras quede en una postal. El patrullero prendido fuego gusta cuando solo es una estampa en una remera».
El escrito repasa el caso de un joven de 20 años que recientemente fue imputado por terrorismo, tras ser retratado en el instante en que arrojaba una piedra. Según el comunicado, fue identificado y acusado a partir de imágenes tomadas por un fotógrafo del diario La Nación, a quien señalan con nombre, apellido y redes sociales ―datos que este medio decide no reproducir―.
«Esas fotos fueron publicadas por La Nación y hoy se utilizan para judicializarlo con cargos por terrorismo. Una vez más, un fotógrafo se vuelve verdugo y policía. Nos parece muy ingenuo pensar que al compartir ese material se pase por alto que puede traer consecuencias», afirman.
El colectivo anónimo sostiene que existen múltiples formas de registrar una acción directa sin exponer a quien la realiza y que es necesario apelar a la imaginación para «cuidar al compañerx que acciona y no escracharlo«.
«Si ves a alguien haciendo una acción directa, no fotografíes su cara ni rasgos distintivos como tatuajes. Y si lo hacés, tapalos antes de subir la imagen. Preguntate dónde querés subirla y qué consecuencias puede tener», concluyen.


«El acto fotográfico implica pensar antes, durante y después»
La única imagen incluida en el fanzine muestra a dos jóvenes de espaldas arrojando piedras a un cordón policial. Fue tomada por el reportero Nicolás Pousthomis en pleno diciembre de 2001. Y fue precisamente él quien recogió el guante, subió el volante a redes y se refirió al mensaje anónimo para realizar una autocrítica.
Para Pousthomis, el volante es «sensato, pero torpe en la forma y errado en el recurso del escrache a un fotógrafo en particular». Sin embargo, destacó que funciona como disparador de preguntas y que sirve para pensar y reflexionar sobre la práctica profesional.
«Lxs fotógrafxs se encuentran ante una gran disyuntiva. Las fotografías producidas en las calles son importantes, necesarias; tienen que existir, aunque impliquen el riesgo de conspirar contra su objetivo inicial», argumenta.
El integrante de SubCoop (@subcooperativa) observa que son muchxs lxs fotógrafxs en la primera línea «casi deseando que se pudra», buscando una imagen espectacular «que levante el ego y los likes en IG», y reflexiona queesa lógica termina vaciando las imágenes por repetición. Además, advierte que pueden desmovilizar ―«riesgo de conspirar contra su objetivo inicial»―, ya que, al reducir una manifestación a la represión y las detenciones, difunden escenas que generan miedo y desalientan la participación.


Al mismo tiempo, Pousthomis plantea que lxs fotógrafxs no pueden asumir la responsabilidad por la exposición de quienes participan a cara descubierta en una manifestación pública ni modificar el escenario para cada toma. Y señala también que la Policía ni siquiera precisa de ese registro para identificar manifestantes, ya que puede recurrir a domos de seguridad o a imágenes tomadas por los agentes de civil que circulan en cada marcha.
Sin embargo, subraya: «El recorte que hacemos de los sucesos es ideológico y el acto fotográfico implica pensar antes, durante y después (…) Como dijo Maradona, ‘buchón de la policía, jamás’. Algunxs eligieron bajar la cámara; otrxs, seguir fotografiando, pero cuidando la circulación de las imágenes; y casi todxs, contar también la parte luminosa de las jornadas de lucha y destacar la solidaridad, la resistencia pacífica y creativa».
El mensaje fue recibido de diferentes maneras en los grupos de prensa. Algunas personas valoraron que el volante sirva para discutir y tensionar el rol de fotoperiodismo, mientras que otras se enfocaron más en una defensa corporativa y en la necesidad de los propios manifestantes de incorporar medidas de cuidado para resguardar su identidad.
En lo que sí hubo coincidencia fue en el rechazo unánime al escrache con nombre y apellido de un colega, una práctica que calificaron como peligrosa y antidemocrática: «¿Qué aporta a la solución señalar con nombre y apellido a un fotógrafo?».
*Por Ezequiel Luque para La tinta / Imágenes: Eloísa Molina.
