Siéntase como en su casa, pero no tanto: Mirtha Legrand y su pedagogía de la (in)hospitalidad

Siéntase como en su casa, pero no tanto: Mirtha Legrand y su pedagogía de la (in)hospitalidad
23 febrero, 2026 por Redacción La tinta

Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop para La tinta

Coincidir en una mesa con quien nada comulgamos es quizá el desafío más visceral al que nos arrojan los tiempos libertarios. Algo de esa aprensión reconoció sentir Julia Zenko quien, tras quince años de rechazar invitaciones, aceptó volver a almorzar con Mirtha Legrand en diciembre pasado. “No me sentía preparada para compartir una mesa con vos”, admitió la cantante que, como a muchos otros, le tomó bastante poder poner en palabras las ausencias y los terrores de la última dictadura cívico-militar. Si Zenko retornó es también porque nunca fue del todo transparente la posición que Mirtha Legrand adoptó frente a aquellos años oscuros. En 1978, por ejemplo, no atinó a corregir a una joven Susana Giménez que, en uno de los ya clásicos almuerzos, calificaba a las organizaciones de derechos humanos como una campaña internacional de “anti-información”. Incontables rumores, declaraciones equívocas e invitados polémicos (en 1997, reunió a Aldo Rico con Estela de Carlotto) forman una bruma ambigua muy ardua de disipar aunque, en los años por venir, la gran anfitriona insista, vehemente, en negar cualquier respaldo a la dictadura.

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Mirtha recibiendo a María Julia Alsogaray en el año 1992. Imagen: Archivo Clarín.

Pecaría de ingenuidad, sin embargo, quien ignore la simpatía que Mirtha ha mantenido por el lado derecho de la vida. Varias presidencias le deben, si no un triunfo electoral, al menos la reafirmación de un electorado que, en esas mesazas, recibía palabras laudatorias de algunos políticos de turno. Pero reducirla a una militancia de derecha tampoco sería el ángulo más preciso. Lo suyo obedece, más bien, a un conservadurismo cultural que no defiende partidos o consignas, sino una forma de concebir el mundo. Y como ese mundo cambia, los conservadores como Mirtha siempre se ven obligados a mutar, a redefinir sus trincheras año tras año para seguir ejerciendo su vocación de cruzada: la de preservar un orden y frenar, con modales de buena anfitriona, los excesos que atentan contra la tradición, sin importar que su afán de apostolado se deslice hacia la inquisición brutal, el esnobismo, el machismo, la homofobia y hasta el clasismo racial (además de un hijo cuya orientación sexual fue relegada al silencio persistente, incontables veces repitió eslogans del tipo “soy rubia por fuera y rubia por dentro”, dejando claro que lo suyo es alcurnia y no emulación).

Y, sin embargo, algo nos vuelve a traer a su mesa, despertando algunas simpatías antes impensables. En ese mismo almuerzo con Julia Zenko, Mirtha llegó a aceptar su impronta conservadora, pero también reconoció que el paso de los años la ha ido sensibilizando en algunas cuestiones. Más allá de ese atemperamiento que, en los últimos años, se ha vuelto evidente, la cuestión decisiva aquí es preguntarnos por qué su figura nos convoca una y otra vez, y qué dice esa insistencia sobre nuestra cultura. 

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Mirtha en uno de sus almuerzos más recientes.

Quien hoy cumple 99 años es un ícono de la longue durée al que nunca debimos desatender. Su supervivencia mediática es algo cuyas causas vale desentrañar no solo porque demuestra que las razones del éxito cultural no siempre anidan en la ruptura. Y esto, claro está, no implica desconocer la singularidad que es Mirtha Legrand, figura excepcional en nuestro panteón nacional por sus casi 60 años en el aire. Y acaso antes: cuando desembarcó en la televisión en 1968, ya brillaba como estrella, respaldada con más de treinta éxitos taquilleros en la comedia paqueta y el cine sentimental. A los 37 años, filmó su última película y, en el preciso momento en que descollaba como la actriz más popular, dejó la industria para aceptar esa propuesta televisiva que, en sus palabras, le permitía ser ella sin tener que escudarse detrás de un personaje inventado. La autenticidad, lo sabemos, fue siempre el papel que mejor encarnó. Para ese entonces, hacía ya muchos años que Rosa María Juana Martínez Suárez y su hermana Goldi habían dejado su Villa Cañás natal para probar suerte en el emergente mundo del espectáculo argentino, allí donde tendrían su debut actoral a los 14 años.

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Mirtha Legrand junto a Juan Carlos Thorry en la película «La pequeña señora de Pérez» (1944).

Ocho décadas de ininterrumpida vida pública podrían ser fundamento suficiente para comprender la gravitación cultural de Mirtha. Pero no bastan. Ocurre que la Chiqui es, ante todo y previo a cualquier distinción, una auténtica vocera popular y ese lugar de enunciación tan preciado nunca puede limitarse a una cuestión de tiempo o persistencia. Cuando asisten a su convite televisivo, políticos y celebridades saben por igual que cierta verdad palpita cada vez que, antes de acorralarlos, Mirtha les lanza un “la gente dice que…”. Y aunque no siempre mida la temperatura real de la opinión pública, la conductora es muy consciente de que ha consolidado su triunfo a la par de una sólida audiencia que, en ese programa icónico, también fue hallando formas auténticas de pertenencia simbólica y nacional. 

Almuerzo de 1979 junto a Diego Maradona, Graciela Alfano, Astor Piazzolla, Claudio Levrino, Thelma Biral y Jairo. Imagen: Archivo Clarín.

A tales inscripciones, uno podría adjudicarlas al escenario en el que Mirtha destila opiniones y observaciones lapidarias: la mesa. La historiadora Rebekah Pite ha insistido en “el peso de la mesa familiar en el proceso argentino de crear sentido de comunidad”: aquello que suele llamarse comensalidad y que, como categoría sociohistórica, revela mucho de esa cultura que definimos como argentina. Ahí se incluye, por caso, la escena fundacional de esta nación imaginada como Crisol, quiero decir, la postal de la gran parentela sentada a la mesa que heredamos de los inmigrantes italianos y de otras culturas mediterráneas que arribaron en oleadas. Pero también estarán los cambios que, a mediados de siglo XX, impuso la sociedad de consumo. Cuando en esos años Alejandro Romay le propuso a Mirtha un programa semanal que sentara celebridades a las que entrevistar (“Almorzando con las estrellas” fue, de hecho, el título inaugural), un nicho de mercado bien concreto estaba delimitando su forma: el de las amas de casa modernas, aquellas cuya consolidación acompañaba el crecimiento del consumo interno y el estallido abrupto de los mass-media.

Unos de los primeros Almuerzos con las estrellas, con la presencia de una joven Estela Raval.

Por entonces, todavía predominaba la televisión en blanco y negro, y, junto a ella, otros valores que tomaban a la mujer y la familia como centro de la moral. Leído en ese marco histórico, no extraña que Mirtha aconseje a sus espectadoras que, frente a alguna infidelidad del marido, “hagan la vista gorda”, prolongando en la pantalla chica algo de la ingenuidad que caracterizó a sus personajes del cine, pero también una tolerancia femenina que ella pregona. Con esa memoria que promete no ser rencorosa, pero que recuerda hasta el ínfimo detalle de sus invitados, reafirma incluso la reclusión femenina en el rol de anfitriona, aquella encargada de custodiar el capital social de la familia, recordando cada cumpleaños de sus vecinos, preguntando por sus chicos y teniendo “gestos” con el primo que anda flojo de salud.

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Mirtha Legrand junto a su marido Daniel Tinayre en el año 1951.

Mirtha habla de lo que sabe: conoce muy bien esos lugares porque a los 19 años aceptó casarse y formar una familia con Daniel Tinayre, el hombre al que se entregó sin reservas y a cuyos hijos les sirvió a diario la mesa sin abandonar su carrera artística. Su sistema de valores se forjó en esa época en que el orden doméstico y la obediencia a ciertas normas sociales definían una domesticidad femenina que hoy nos resulta prehistórica.


Por ello, no sorprende la célebre anécdota de que, cuando el Zar de la televisión le propuso la conducción del programa, a Mirtha le pareció inaudito que los invitados comieran frente a cámaras y llegaran a hablar con la boca llena. En la Chiqui, el decoro siempre prevalecerá. 

Almuerzo de junio de 1993, única vez que Daniel Tinayre apareció frente a la cámara para pronunciar palabras cariñosas sobre la diva.

Sin embargo, los derroteros mediáticos le permitieron ser algo más que una anfitriona sobresaliente. Como Doña Petrona, Mirtha es otra de esas mujeres televisivas que representan una bisagra entre la esfera pública y la doméstica, frontera desde donde construyen un particular sentido de comunidad. O para decirlo mejor: esa sensación de pertenecer a algo más colectivo que, para Beatriz Sarlo, es “el espíritu mismo de la televisión en el momento en que Mirtha debutó con sus almuerzos: la aventura de barrer la pantalla para alcanzar a un ‘todos’ tan ideal como inaccesible”. Aunque confinada a la cocina y a las tareas de anfitriona, cada mujer podría ser parte de algo más y contar con su propio referente identitario en la pantalla nacional. Y así, mientras las mujeres encontraban en Petrona quien apreciaba su invisibilizado quehacer doméstico y les ofrecía un repertorio de técnicas culinarias, en Mirtha Legrand hallaban alguien que convertía algo tan trivial como un almuerzo en una ceremonia de refinamiento y sofisticación.

Y nada menos que bajo la égida de una diva del cine. A esas amas de casa que esperaban impacientes sus almuerzos, les acercaba una elegancia propia de aquella pantalla grande de la que Mirtha se retiró de una vez y para siempre. Muebles clásicos, manteles de puntilla, vajilla dorada, candelabros y, por supuesto, rosas rococó rosadas: una escena de artificio deliberado que solo la época dorada de Hollywood pudo ostentar con gracia. Como bien apunta Sarlo, “el cine fue el campo de entrenamiento de Mirtha Legrand”, primera escuela donde adquirió sus técnicas de magnetismo y encanto, pero también su disciplina: esa fuerza voluntarista que, en las décadas venideras, la empuja a escrutar cada detalle, controlar obsesivamente a su equipo y, como la buena anfitriona que es, trasnochar para googlear los entresijos de cada invitado. Como su vestuario y sus peinados, ese gusto por lo “fino”, aclara Sarlo, solo podía cultivarse en alguien que se crió tras los decorados de un cine que hoy nos sabe a exageración kitsch, pero que a las mujeres de mediados de siglo les traía la promesa del ascenso social y ese “lujo aspiracional” propio de la clase media.


Se le podrá reprochar mucho a la conductora que hizo del tradicionalismo, la pregunta inquisidora y la elegancia barroca sus marcas registradas, pero son los rasgos que conforman un estilo sin parangón en la cultura pop nacional. Reparar en ello no supone rendir culto a un status quo que ni la propia Mirtha hoy toleraría.


Es verdad que, de ella, no cabe esperar un gesto subversivo ni un revisionismo feminista, pero algunas de sus rectificaciones revelan una cuota de adaptación cultural bien interesante. Y solo cito una escena de marzo de 2018. A pocos días de presentarse el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo, ratificó (para sorpresa de nadie) que es anti-abortista, pero que desea que triunfe la mayoría pues, a fin de cuentas, la que ganará es la democracia. Mirtha en verdad lo cree: a sus 99 años, y aún cuando la edad la exime, siempre elige ejercer su derecho al voto, acto que celebra con gran algarabía. “Yo soy muy argentina, me gusta muchísimo votar”, repetirá cada vez que una cámara la capture tras pasar por las urnas. 

Mirtha arrepintiéndose de sus dichos cuando Laura Miller comentó que sufría violencia de género.

Porque la Chiqui es una diva nacional en el sentido fuerte del término. Y no solo porque, como recuerda Sarlo, fue una estrella sin pretensiones de proyección internacional. Sucede, más bien, que la anfitriona (quien ha sido testigo de casi la mitad de la vida institucional de este país y nada menos que de 36 presidencias) hace de su devoción por la Argentina una declaración constante que la emociona hasta las lágrimas. Y en un país donde proliferan los discursos de odio y se debilitan los lazos de solidaridad, ese amor ferviente por la patria es una toma de posición nada menor, en especial cuando proviene de alguien a quien tantas veces tachamos de reaccionaria. Quizá es preciso concederle al tiempo su labor silenciosa porque, como bien nos enseñó la señora, lo que no es, puede llegar a ser.

En uno de sus últimos almuerzos con Javier Milei, Mirtha se emociona al pedir que quiere ver su país florecer.

*Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop para La tinta.

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Palabras claves: Mirtha Legrand

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