Guardianes del tiempo: cómo los glaciares hacen del Mar Argentino un pulmón global
Argentina cuenta con 16.968 cuerpos de hielo registrados en el Inventario Nacional de Glaciares, reservas estratégicas de agua dulce que además cumplen un rol clave en la regulación del clima global: reflejan radiación solar, capturan carbono y aportan nutrientes esenciales al Atlántico Sur, que favorecen la proliferación de algas microscópicas que producen cerca del 50% del oxígeno del planeta y son el comienzo de redes alimentarias que sostienen la vida en el mar. En ese contexto, la propuesta oficial del gobierno del libertario Javier Milei de reformar la Ley 26.639 —con eje en redefinir el ambiente periglacial y delegar a las provincias las decisiones sobre la protección de los glaciares— no solo reabre la tensión entre minería y agua dulce, sino que instala una discusión de fondo sobre el modelo de desarrollo, el federalismo ambiental y el alcance real de los presupuestos mínimos que protegen un engranaje natural decisivo para el futuro.
Por Alicia Córdoba* para La tinta
Cada 15 de febrero en Argentina, se conmemora el Día Nacional de los Glaciares para actualizar el aniversario de la llegada del explorador y científico Francisco “Perito» Moreno a lo que bautizó como Lago Argentino, en 1877. En esa expedición, divisó el increíble glaciar que lleva su nombre, hoy dentro del Parque Nacional Los Glaciares.
En 2018, Argentina registraba 16.968 cuerpos de hielo consignados en el primer Inventario Nacional de Glaciares, una herramienta esencial para su protección y manejo, creado en cumplimiento de la Ley 26.639, sancionada en 2010, que establece los presupuestos mínimos para la protección de los glaciares y del ambiente periglacial en Argentina.
El gigante blanco, espejos y la molienda de los Andes: «harina» para el océano
El glaciar más conocido, el Perito Moreno, se formó durante la Edad de Hielo, tiene una extensión de 250 km² (más grande que la ciudad de Buenos Aires), emerge sobre el lago como un gigante blanco hasta una altura de 78 metros (equivalente a un edificio de 20 pisos). Es la tercera reserva de agua dulce más grande de la Tierra, superada solo por los hielos de la Antártida y Groenlandia. Frente a su magnitud, solo cabe el silencio contemplativo cuando se tiene el regalo de pararse frente a él y ser testigo de los ruidos que producen sus constantes desprendimientos en su movimiento majestuoso, en su entorno natural único. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y es una visita imprescindible para quienes van a la Patagonia austral.
Los glaciares no son solo «grandes masas de hielo que guardan agua dulce», considerados hasta hace poco inertes, sin actividad biológica. Investigaciones de la última década han transformado esta perspectiva, demostrando la existencia de comunidades microbianas que toman CO2 y metano de la atmósfera, ambos gases de efecto invernadero, que influyen en el clima global.
Como extensas superficies blancas, los glaciares disminuyen la temperatura del suelo a través de la capacidad de reflejar la radiación solar. Este efecto, conocido como albedo, evita que el suelo absorba calor. Las superficies blancas tienen un alto albedo, los bosques o superficies verdes tiene un albedo medio, reflejan gran parte de la luz, mantienen el clima fresco. Las ciudades con superficies, en su mayoría, de cemento y asfalto tienen bajo albedo, lo que contribuye al efecto de «isla de calor urbana».
Los glaciares se mueven lentamente como ríos de hielo por la gravedad, montaña abajo. En este desplazamiento, erosionan las superficies rocosas por donde pasan y modelan el paisaje. Durante la fricción, muelen y liberan sedimentos, “harina glacial”, polvo de roca que es rico en hierro (Fe) y otros nutrientes para los seres vivos. Cuando ese hierro y nutrientes llegan al mar, benefician el crecimiento del fitoplancton, conjunto de organismos acuáticos que se alimentan por fotosíntesis a partir de la luz solar y consumen CO2. Estos organismos, muchos de ellos microscópicos, son responsables de producir el 50% del oxígeno de la atmósfera, secuestrando el carbono de esta para su alimentación y conforman el comienzo de las redes alimenticias del mar. Hasta grandes animales, como nuestra Ballena Franca Austral, protegida como Monumento Natural desde 1984, dependen del fitoplancton, que es el alimento del krill (un pequeño crustáceo marino) del cual se alimentan.
Curiosamente, glaciares y ballenas están conectados por la maravillosa red que sustenta la vida en el planeta. La extensa plataforma submarina argentina es uno de los mayores desagües de carbono del mundo, en parte, por esta «harina de glaciar» que baja de nuestra cordillera. Cuando los organismos mueren, caen al fondo marino, «secuestrando» el carbono que quedará allí por siglos.
Los glaciares de los Andes captan CO2 de la atmósfera, actúan como una molienda gigante que produce un material rico en hierro y otros nutrientes, que es transportado hasta su deposición en el Atlántico Sur, contribuyendo de manera activa e indispensable en la regulación del clima de todo el planeta.

Ley de Glaciares: proteger el agua en todas sus formas
Argentina cuenta con la Ley 26.639, que establece presupuestos mínimos para la preservación de glaciares y del ambiente periglacial. Que sea una ley de presupuestos mínimos significa que es una base de protección ambiental obligatoria para todo el territorio, que las provincias no pueden disminuir, aunque sí pueden ampliarla. Define a los glaciares como bienes de carácter público y busca preservarlos como reservas estratégicas de agua, proteger la biodiversidad y los valora como fuente de información científica y atractivo turístico. Restringe las actividades que puedan afectar su condición natural, como la exploración y explotación minera e hidrocarburífera, liberación de sustancias contaminantes, construcción de obras e instalación de industrias.
Luego de avanzar con sus proyectos de Reforma Laboral y la reducción de la edad de imputabilidad penal, el gobierno de Javier Milei busca ahora reinstalar en la agenda parlamentaria la discusión sobre la Ley de Glaciares. La intención es que el debate se retome antes del 1 de marzo, fecha en la que el Congreso abre sus sesiones ordinarias, lo que imprime al tratamiento un fuerte contenido político y simbólico.
El proyecto para reformar la Ley de Glaciares fue enviado al Congreso en diciembre de 2025, “con el objetivo de ordenar el marco normativo vigente, poner fin a interpretaciones arbitrarias y consolidar un esquema de federalismo ambiental plenamente compatible con la Constitución nacional”. La modificación de la ley plantea, entre otros puntos, delegar en las administraciones provinciales la potestad de decidir qué glaciares merecen protección.

El debate actual: ¿qué protegemos cuando protegemos el hielo?
La reforma se centra en la revisión del concepto de ambiente periglacial, calificada de «indefinida» por el sector minero, pero considerada esencial por científicos y ambientalistas para garantizar la reserva de agua dulce. Las áreas periglaciales se caracterizan por la presencia de suelo congelado y ciclos de congelación y descongelación del terreno, que aportan al caudal de ríos donde no necesariamente hay glaciares. Esto genera controversias en la interpretación de las zonas protegidas por esta ley.
Desde que se planteó esta reforma, ha recibido un fuerte rechazo social, científico y jurídico. Las organizaciones ambientales y la sociedad lo ven como una entrega de un bien común indispensable como es el agua dulce y un retroceso en la protección del ambiente. Aun así, profesionales como Eddy Lavandaio, egresado de la UNC en 1967, especialista en yacimientos de cobre, jubilado del Servicio Geológico Minero Argentino (SEGEMAR), argumenta que “casi todos los yacimientos sanjuaninos de cobre están en ambiente periglacial y la Ley de Glaciares prohíbe la minería en ese ambiente”. Para el geólogo, la inclusión del ambiente periglacial es “la trampa de la ley”, pues considera que, en sí mismo, no constituye una reserva de agua y propone como modificación quitar la prohibición de actividad minera en el ambiente periglaciar. Desde los mismos argumentos, Bernardo Parizek, biólogo, consultor ambiental de empresas y grupos mineros, coincide en que periglacial es un concepto «indefinido», comparte la preocupación general sobre las reservas de agua dulce, pero considera que la protección al ambiente periglacial “tiene una fuerte carga ideológica”.
En la vereda de enfrente, la Dra. Laura Zalazar, geóloga del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales IANIGLA-CONICET-UNCuyo, y actual coordinadora del Inventario Nacional de Glaciares, sostiene que la protección del ambiente periglacial implica proteger hielo, es decir, agua dulce en estado sólido. El IANIGLA, por su parte, emitió un comunicado institucional donde consignan que el ambiente periglacial representa una reserva de hielo subterráneo conservada durante largos períodos, que provee agua (junto al aporte de nieve) de la que dependen provincias como Mendoza.
Desde organizaciones ambientalistas, Agostina Rossi Serra, Lic. en Biología de la UBA, especialista en Biodiversidad de Greenpeace Argentina, advierte que: “La reforma de la ley ignora y vulnera gravemente los compromisos tanto nacionales como internacionales asumidos por Argentina para enfrentar la crisis climática. No hay desarrollo posible si se recortan las bases de protección que garantizan seguridad hídrica y estabilidad para las comunidades y ecosistemas”.
Entender que un grano de arena molido por un glaciar termina alimentando la vida en el Atlántico nos enseña que, en la naturaleza, no hay piezas sueltas. Cuidar nuestras reservas naturales y los campos de hielo no es solo un acto de conservación local, es defender un engranaje vital para la supervivencia y el clima global.
Proteger los glaciares y periglaciares no es solo asegurar agua para el futuro; es proteger el ciclo del carbono, las redes alimentarias que sustentan la vida en los océanos y garantizar que el «pulmón azul» de nuestro Mar Argentino siga teniendo el combustible necesario para limpiar nuestra atmósfera. El hielo de la cordillera es, literalmente, el aire puro del futuro.
*Por Alicia Córdoba para La tinta / Imagen de portada: Valor Ambiental.
*Bióloga y comunicadora de la ciencia, UNC.
