Tras las huellas del Lión: el puma, el monte y la importancia de su conservación
En Argentina, el puma está expuesto a una persecución constante, entre la caza deportiva y el avance del desmonte. En medio de esta realidad, aparecen quienes eligen cuidar a la manada. Pumakawa, la reserva del puma americano, es un centro de rescate ubicado en Villa Rumipal, a 109 kilómetros de la ciudad de Córdoba y a 200 de Capilla del Monte. En esta nota, la lucha de Kai Pacha ―su creadora― se entrevera con los saberes de un baqueano que se hizo legado en el noroeste cordobés.
Por CDM Noticias y La tinta*
Algo que ruge desde lejos, sale de adentro del paisaje. El uñudo ha hecho su pasada, dicen en los campos de la serranía y las huellas del lión, son un rastro de otra época, un relato que se vuelve verano, un camino que viene con el canto antiguo de los pájaros.
Cuando los animales andaban asustados, en los campos decían que el uñudo ha hecho su pasada, cuenta Bernabé Leal, el baqueano de Capilla del Monte, en su último libro antes de partir de este mundo. El libro se llama La ausencia del Puma, en defensa del Lión y ahí los relatos recuperan historias y vivencias de su época como criador de vacas.
Las pisadas de un puma son silenciosas. Detrás de los árboles, colgado de sus ramas anchas o entre pastizales, un puma puede estar observando por días una zona para atacar a su presa. El sigilo del puma es su emboscada. Este animal, que se distribuye por casi toda América, en nuestro país, es objeto predilecto para la “caza deportiva”, habiendo criaderos y cotos de caza que fomentan el “entretenimiento” en la acción de matar.
“El trofeo de caza se obtiene con un tipo de cacería que se llama enlatada. Consiste en tener al puma en una pequeña jaula, en dirección donde el extranjero que pagó 10.000 dólares tiene garantizado el tiro certero”, dice Kai Pacha, la creadora de Pumakawa, un centro de rescate de pumas ubicado en Villa Rumipal, en el Valle cordobés de Calamuchita.

Y en esa sintonía de pensar y cuidar el territorio es que Kai entra en diálogo con aquel baqueano de Capilla, “el Berna”, algo impensado, pero posible. De alguna manera, el legado de este plantador de higueras, que reconocía al monte como su baqueanidad, se conecta. Ambos, observadores obstinados de la naturaleza, supieron ver por debajo de las veladuras de la vida y reconocer las formas que esta toma en cada estación.
Por estos tiempos ―decía el Berna―, el tema del manejo de los campos es todo un problema: “Las primeras comunidades usaban parte del territorio abierto y, al comer pasto y transitarlo toda clase de animales, se mantenían limpios de pastizales y no corría peligro de incendiarse, todas las especies estaban protegidas”.
En los campos cercados, no hay paso y, en el invierno, el pasto crecido se seca. “Se empastan”, decía, y son más propensos a incendiarse. Los animales se van y el puma, entre perseguido y encerrado, ha perdido el rastro que lo encontraba en el monte.

Al igual que Kai Pacha, el lión fue el animal con el que se identificaba, sentía su conexión al respirar en el mismo entorno. Sin más que la prisa de los ciclos que la naturaleza destina, Bernabé Leal dejó tantos legados como su modo de comprender y vivir sus días. Supo entender cómo la caza de animales como entretenimiento y el desmonte que antecede al monocultivo o al negocio inmobiliario son eslabones de un modelo económico productivo que está expoliando la vida, extrayendo lo vital que sostiene el equilibrio en la tierra. Los animales silvestres se convierten así en amenazas para el humano, en el blanco favorito que habilita su exterminio, cuando lo amenazado fue su hábitat, despoblado de vida por la acción humana.
***
Kai Pacha alguna vez fue Karina Maschio, hasta que un incendio forestal en el año 2009 le marcó su vida para siempre.

En aquel año, el fuego casi lo destruyó todo. Kai estaba trabajando en el campo de 25 hectáreas que tenía su papá, un emprendimiento llamado “El Edén Flora y Fauna”. Cuando vio que las llamas se iban hacia las pumeras, les abrió las puertas. Después de soltarlos, en medio del humo, corrió sin ver hacia atrás hasta que llegó donde había vecinos ayudando que la miraron con miedo. Detrás de ella, la seguían nueve pumas que la rodeaban con sus ojos grandes, con la esperanza de seguir viviendo. Después de ese día, Karina fue Kai Pacha, como la nombraron sus amigos, que en lengua quechua significa “puma protector del aquí y ahora”.
A partir de ahí, Kai continuó con el proyecto de su padre, pero desde una perspectiva conservacionista y sustentable. En un predio de dos hectáreas, cientos de animales se han recuperado para volver al monte y retomar su parte en el equilibrio frágil de la vida. En la actualidad, hay 22 pumas. Cada uno de ellos come aproximadamente 60 kilos de carne por mes. Pero también hay llamas, guanacos, chanchos, pecaríes, águilas y lechuzones orejudos. Se realizan actividades educativas, recreativas, de conservación e investigación.
Con más de 30 años de trayectoria, Pumakawa brotó de las cenizas y por la reserva ya han pasado más de 300 voluntarios y voluntarias, y fueron rescatados más de 1000 animales. A esto, se le suma el banco con alrededor de 6 millones de semillas de flora nativa, de 53 especies diferentes, uno de los más grandes de Argentina.


En Pumakawa, se dedican al cuidado de la fauna autóctona que se encuentra amenazada por la acción del ser humano o en peligro de extinción ―por las mismas razones― en la región centro de Argentina. El puma es el emblema de la reserva porque “representa uno de los grupos clave en el funcionamiento de los ecosistemas naturales”, explican y aclaran que su presencia indica el buen estado de conservación del ecosistema, porque mantiene el equilibrio entre las poblaciones naturales de presas. Cuando aparecen fuera de su hábitat, son un indicador, una alarma que suena y advierte que ya no hay presas silvestres para alimentarse.
El puma como trofeo
“Esta es una realidad silenciosa”, dice Kai. En el mercado de exportación e importación de pumas como trofeos, Argentina se ubica en uno de los primeros puestos, siendo el quinto en importar fauna y el 23 en exportar.
En grupo o de manera individual, con perros y armas, en tierras estatales o privadas, los cazadores dejan sus huellas tras la presa que ―en una falsa casualidad― aparece. El animal está encerrado en un campo: en un coto de caza.
“Cazar un puma es muy difícil”, aclara Kai. Por eso, para que el tiro sea certero, el felino suele estar lastimado y, cuando abren la jaula, sale con el cuerpo dolido. A veces, sediento, muy sediento, lo largan donde identifica el agua, ahí, en el mismo lugar, donde un hombre con su mira le apunta y le pega el tiro. Aunque suele suceder que la persona ni siquiera sabe disparar y el animal queda agonizando, “y el peón lo termina de matar o le pega en lugares donde no dañe la estética del trofeo, entonces también queda mal herido y hay que terminar de matarlo”.
El trofeo es una parte del animal muerto. Suele ser la cabeza, el cuero o el cuerpo entero embalsamado. Para tener un buen trofeo, un imponente adorno en el living de la casa del cazador, se elige al mejor individuo y el más grande. “Justamente los más grandes son los alfa de su especie; al sacarlo, desestructuran esa población. A nivel sistema ecológico, es un daño y, a nivel humano, es degradante y morboso”, afirma Kai.
En el año 2021, la Fundación Human Society Internacional se contactó con los integrantes de la reserva para comenzar a coordinar un trabajo con respecto a la ley de caza en la Argentina y la promoción de estos trofeos de sangre. Desde Pumakawa, estuvieron trabajando en un proyecto de ley nacional para frenar la caza de pumas en nuestro país. En el año 2022, se logró que el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación saque la Resolución 133/22, la cual prohíbe el tránsito, exportación e importación de trofeos de caza de autóctonas, así como también prohíbe la inscripción en el registro de la Nación de criaderos cinegéticos ―de caza― de especies autóctonas.
“Pero queremos la ley porque una resolución se puede derogar con otra resolución y también que se incluya lo exótico”, dice Kai. “Hay que hacer fuerza para que esto se termine a nivel mundial. Hemos logrado que Aerolíneas Argentinas no traslade más trofeos”. Hoy, el repudio a este tipo de cacería llamada “recreativa” se ha extendido de manera considerable. Se han juntado, hasta el momento, 51.000 firmas en Change.org.
Al mismo tiempo, Kai ha recorrido la región del norte argentino y ha hablado con las autoridades políticas de ambiente de las provincias, consiguiendo una carta de apoyo, un compromiso para erradicar esta práctica. “En esta campaña, hemos logrado desarticular cuatro criaderos de puma para matar, para mandarlos a los coto de caza”.
Mientras que, en el año 2025, junto con el Observatorio de lo Silvestre, lograron que, en Santa Cruz, el puma, el zorro gris y colorado sean retirados de la lista de especies para la caza deportiva. Esta resolución del Consejo Agrario Provincial “marca un cambio enfocado en la evidencia científica y conservación”, explican desde Pumakawa.

En ese trabajo cotidiano que desde organizaciones como Pumakawa se realiza, en el año 2023, la cartera ambiental, en conjunto con la diputada nacional Alicia Aparicio, impulsó el proyecto de ley que intenta modificar la Ley 22421 de Conservación de Fauna con un abordaje integral. Este nuevo proyecto prohíbe el tráfico internacional de trofeos de caza, aumenta las penas ―que pasarían a ser de prisión efectiva― y elimina el uso de perros en la actividad para promover una mayor protección y conservación de la fauna silvestre en todo el país. Ese proyecto, cuenta hoy Kai, aún está en la comisión de ambiente.
El proyecto Cacu
“La frontera urbana y agropecuaria avanza cada vez más sobre ambientes naturales y los modifica, rompiendo así con el equilibrio natural que existe en ellos”, dicen desde la Reserva. A partir de esta realidad que enmarca al hábitat del puma y lo pone en una situación sin alimento para subsistir y con su territorio fragmentado por campos dedicados a la producción agrícola-ganadera, desde Pumakawa, proponen estrategias de mitigación de daños con el “Proyecto Cacu”.
Este proyecto, explican, se relaciona con diferentes acciones y técnicas que permiten preservar a este felino e involucrar a la comunidad para facilitar la convivencia a largo plazo, mitigando los posibles daños que pueda ocasionar esta especie en el ganado. Las técnicas consisten en: Introducción de burros o mulas como protectores del rebaño; incorporación de perros maremmano abruzzese como protector (no como pastor); reintroducción de vizcachas; luces intermitentes en los corrales de encierre nocturnos.
***
En la lengua quechua, Pumakawa significa el que cuida con el sigilo del puma: ese movimiento imperceptible, esa mirada de las hembras agazapadas entre la naturaleza para dar el salto indicado que les garantice el alimento, el ataque que enseña a las crías a sobrevivir.

“Uno no sabe bien cuándo empieza la conexión con algún ser en especial, en este caso, hablo del lión. Será tal vez la curiosidad de saberlo tan arisco, casi invisible en los montes y con esa actitud defendiendo la libertad”, escribió Bernabé Leal. Sin haber conocido a Kai Pacha, el puma sin duda ha significado esa protección para ambos. El aquí y ahora, el legado que le devuelve el espacio, todo ese gran jardín montaraz que debe ser de nuevo el ecosistema que le corresponde.
*Por CDM Noticias y La tinta en el marco del proyecto «Volvé Aromito» / Imágenes: Reserva Pumakawa.
