En vilo: algunas notas sobre el insomnio
En esta entrega de A favor de la fantasía, esbozo una algunas hipótesis para nada probables, científicas ni objetivas sobre los días sin dormir.
En algún momento, tras largas etapas de sueños extraños, quedo despierta, del lado permanente de la vigilia. En vilo. Ocurre despacio: una noche, dos. Se profundiza hasta llegar a diez. Me convierto en el ouroboros: me como la cola a mí misma. Vivo de la energía que no tengo. Desespero. Hace, al menos, doce años que no me pasa. La última vez fue a los 19. Trabajaba de moza en un pub mexicano ―con motivo mexicano, quiero decir―. Tequila antes de irme, amigas que venían cada noche al pub, un chico que me gustaba en la barra. La noche me dejaba encendida. Pasé la temporada de verano entera sin dormir. Tenía, por entonces, el miedo secreto de convertirme en El maquinista, el protagonista de la película dirigida por Brad Anderson en la que el terror, en otros factores, se ubica en un miedo muy conocido: no dormir.
No hay una única variable para explicar este trastorno. Trastorno es la palabra que más gusta para referirme a este mal de la vigilia, sobre todo por su sonoridad terrible. Aún así, una de las causas suele adjudicarse a fenómenos del tiempo: cambiar tu reloj biológico. La relojería interior puede romperse tras modificar tu rutina. Pero el sueño, según considero, puede alterarse también por factores relativos al espacio. En la noche somos mamíferos otra vez, el lugar, la zona, lo conocido, nuestras marcas de hogar: elementos que organizan el dormir. La noche tiene espesor de lugar y, sin él, no hay soñante que tenga dónde apoyarse. Viajar mucho, dormir en camas diferentes, puede astillarte el sueño. Al revés de las tribus nómadas, que tenían un centinela para vigilar la noche, que ajustaban su pulso a los ritmos del sol, las insomnes somos nuestro propio centinela todo el tiempo. En estado de vigilia permanente. Una alerta orgánica que no se apaga. Pero como centinelas, somos pésimas. Estamos despiertas, sin energía. No toda es vigilia la de los ojos abiertos, dijo Macedonio Fernández. Tenemos un temor crónico y vivimos en estado de inminencia: el pulso de nuestra época y la atmósfera de nuestro país: una patria siempre a punto de explotar. Nuestro frágil descanso está atestado de luces led y sedentarismo. De manera que el sueño está ligado a un ritmo, el ritmo circadiano. Y ocurre que una puede desentonar con él. Nuestra propia voz suena demasiado lejos. ¿Dónde estamos las insomnes?


El insomnio genera la horrible manía de la interpretación. Es el primo malo del sueño y comparte con ellos ese defecto. No es culpa intrínseca de ninguno de los primos, pero sí de quienes lo atestiguan. Cuando los demás se enteran, a menudo arrojan la pregunta: ¿y vos por qué no dormís? Manía que deja sobre tu frente una huella: la mancha insomnio, le podríamos llamar si fuéramos niñxs que se persiguen en ese juego que, tras ser tocado, convoca la pérdida y el estatismo. En vigilia, tiesas ante la noche, esperando que alguien nos salve. El caso es que una no sabe o sabe a medias por qué no duerme. Ansiedad, tristeza, fascismo neoliberal, todo eso que no se dice, sí, seguro que sí son causas del insomnio. Ahora bien, ¿a qué insomne de la sala le importa el qué? Esto es como con la literatura, importa más el cómo. Una puede saber de qué va un libro, cuál es su tema, pero si no repara en cómo está escrito… Como con los sueños: ¿importa si son o no la representación de un deseo no consumado? ¿No es el sueño tantas cosas como un oráculo, una visitación, un mensaje de los muertos, una poesía del inconsciente?
Pero, volviendo a la vida en la vigilia plena, interesa, según creo, cómo está hecho cada insomnio: si es frecuente, si lo detona un tipo de sucesos en general, si consiste en dormir mal o no dormir completamente. Sacando a las analistas del medio, las únicas que podrán ayudarnos a mirar esa boca negra de la noche, el entorno social tiende rápidamente a querer ubicar tu insomnio ―diagnosticar de dónde viene― y a decirte cómo sacártelo de encima. Hay que hacer cosas como natación, yoga, cansarse mucho, dejar el celular, comer temprano, meditaciones guiadas, no tener sexo y, en lo posible, llevar la vida más ascética que puedas. Hasta alcanzar el estado de beatitud que supuestamente traen las recetas. El entorno no lo hace con mala intención. La ven a una ahí, en la frontera entre el humano y el zombie, y no se aguantan al zombie, se ve mal. Incluso, algunas veces, una es la causante de los efectos: se queja públicamente de su trastorno y alimenta así la opinión contra el mal de insomne. Así es como una termina siguiendo las recetas, toma hongos adaptógenos y magnesio, a fines de creer en algo. Porque si algo tiene la noche es un exceso de racionalidad. La completa vigilia enloquece porque está enferma de lógica, carece de fantasía.
Los miedos que despiertan no son los espíritus de los muertos: es el espíritu del capital el que te despierta. Por eso, el trabajo es el peor enemigo del descanso. Si el reino de las insomnes es la vigilia, la falta de límite con el día, nada peor para combatir este mal del sueño con alarmas a las 6 a. m.

Cuando era chiquita, a eso de las dos de la tarde, me agarraba ―según mi padre― la llamada chiripiorca, un berrinche cuyo origen venía del estar cansada, de haber estado toda la mañana meta azúcares en el jardincito. Entonces me obligaban a dormir y eso funcionaba porque, al despertar, era una nena bastante buena nuevamente. Lo que quiero decir es que el insomnio trae ese tipo de tristeza, un cansancio viejo, pesado, una falta de vitalidad constante, un malhumor crónico. Y, a menudo, esa boca que traga tu descanso noche a noche queda lejos y una sufre, llanamente, por no dormir.
Entre los padeceres del mal dormir, está la sensación de haberse olvidado de cómo hacerlo. Incluso ahora, que todavía estoy de vacaciones y duermo medianamente bien, no me siento rehabilitada. Cada vez que una insomne se recuesta sobre la cama tiene el antiguo recuerdo de su incapacidad, de su falla, de su enfermedad. Una vez, mi perro Samuel se había escapado durante mucho tiempo. Era la hora de la siesta y mis papás iban a retarme por haberlo perdido. Lo busqué incansablemente por todo el barrio. Lo llamé a los gritos pelados y nada. Cuando finalmente apareció, le di tres chirlos ínfimos en su trompa. Él puso la otra mejilla tanto que, aunque fueron tres, continuó haciendo el gesto del amague unas cinco veces más. Como esperando el castigo. Así queda una tras el insomnio. Sabe que su llegada es inminente. Una vez, dos veces, cinco veces.
Otro coletazo de este trastorno es el de sentir que no se ha dormido. Hay un puñado de noches en las que una no duerme nada. Y hay otras en las que no recuerda si durmió o no. Se levanta, se mira al espejo. Los ojos están pesados y ojerosos. El zombie sigue ahí. Es factible que una haya descansado al menos unas horas, pero tiene la pregunta: ¿soñé?

El caso es que una no puede vivir tanto tiempo sin dormir y es real que, a pesar de lo fragmentario, lo liviano, lo poco de su sueño, algunas noches, duerme. Esto se sabe porque existen las verdaderas noches fatales. Me refiero a esas en las que una entra en la boca de la noche y es masticada por ella, su borrego, su sacrificio. En la noche fatal, una es la propia ofrenda hacia la miseria. Lo diré más adelante, pero el insomnio tiene la pesadumbre de los sacrificios. En la noche fatal, la mente es un hervidero de miedos y temblores. Una mujer primitiva en el bosque más helado. El vórtice en el que convergen los miedos, los deseos, la fuga que no puede ejecutar, la pobreza, el hambre, los despidos, los golpes a los jubilados, los incendios, los glaciares vendidos al mejor postor. Existen esas noches. Son atroces. En el centro del pecho no hay un corazón, hay un potrillo. Esta es la verdadera pesadilla. La etimología de nightmare, la yegua de la noche. El Alma Mula que galopa por las noches del norte argentino: así, el estado de vigilia. Las pesadillas son una compuerta del insomnio, pero cuando estás dormido. A veces, las compuertas se disuelven y quedás de este lado. En vilo, testigo de ese trote insoportable.
Me gustaría escribir un manual para los insomnios lúcidos. Hay muchos sobre los sueños lúcidos, pero yo solo leí uno para niñxs que escribió Jesse Ball, El sueño, hermano de la muerte (Sigilo, 2024). Para ser un texto semejante a una receta es verdaderamente hermoso y es por eso que se trata de un texto literario. Nunca puse a prueba los ejercicios para tener sueños lúcidos del autor y no me importa su veracidad. Tampoco es que dude de ella. Considero que las insomnes necesitamos una prueba, un señuelo de que hemos dormido. Como en los sueños lúcidos, ver tu mano. El sueño es una llave: frente a la sospecha de ¿tuve o no tuve un sueño anoche?, la respuesta que debemos darnos, verdadera o falsa, es: sí, tuve. Porque el no dormir te lleva a sentir que antes soñabas mejor, con más profundidad, como si existiera una época dorada del sueño, profanada en un momento histórico y castigada, actualmente, por los dioses con el sueño partido.
Otro ejercicio que se puede incluir en el manual de insomnios lúcidos es el de la noche oscura, ese tipo de noche a la que hice alusión más arriba. A lo San Juan, pero más ordinario. Una larga noche/me envuelve. /Una larga noche, canta Chabuca Granda mientras escribo esto. Esas noches existen: son aquellas en la que la mente se vuelve cervatillo y el miedo ocupa la totalidad de los minutos. Se escuchan todos los ruidos de la casa, el motor de la heladera, el perro del vecino, el chirriar de las persianas. Hace muchísimo calor. Cuando estés frente a esta oscuridad tremenda, sabrás entonces que las otras veces sí has dormido. Que hay oscuridades menores. El insomnio es la escuela de la oscuridad. Como esa otra canción de Lianne La Havas, Night School: Before I knew it I’d been taught to fear the light. Algo así como Antes de saberlo, fui educada en temerle a la luz. La mala traducción es mía. ¿A qué exposición tememos las centinelas y qué daños puede hacernos sobre el lomo la luz del sol?

Antes escribí que el insomnio tiene régimen de sacrificio. El insomnio reclama. Es una boca que exige y conoce mejor que nadie todo eso que querés y no te ocurre. Algo de esto elaboramos en una charla telefónica con mi amiga Paulina Cruzeño, una exinsomne. Ella misma escribió un ensayo para el blog de Triángulo editorial en el que afirma: lo probé casi todo: té de hierbas, óleos de lavanda, osteopatía, limpieza energética, porro, meditación, yoga y análisis. Sentía que me estaba volviendo loca. No paraba de no dormir, ni de día ni de noche. Empecé a desconocerme. ¿Quién iba a ser yo de ahora en adelante si no podía dormir?
Las insomnes tenemos algo en común: sabemos que no dormir es el escalón próximo de la locura; hemos perdido las referencias temporales y somos súbditas de la voluntad de la noche. La noche nos ha traicionado o nosotras a ella.
El punto es que nuestra debilidad onírica no ocurre únicamente por estar triste. Podés estar en un gran momento de tu vida y no poder dormir. Porque lo que la noche exige es un sacrificio. La noche tiene hambre. Es voraz. Es salvaje. No hace falta que entregues un cordero, así de mala como parece, la noche impone una única condición: hacé algo por eso que te mantiene en vilo.
Si el insomnio y el sueño son primos que se odian, entonces comparten una parte de la herencia: vaticinan. Mi abuela Ninín, la última abuela que me queda con vida, está senil. Tras sucesivas operaciones de cadera y rechazo de la prótesis, se le despertó, además, esta etapa de confusión en la que vive entre muertos, huertas, flores y caballos. Hace poco, en una conversación que tuvimos por teléfono en la que no me reconoció, me dijo: usted no tiene que dormir.

El insomnio es contagioso. Hablar mucho de él lo convoca por la noche. Es como mandinga o las bichas: no hay que llamarlos por su nombre. O hay que hacerlo, sin miedo, como una cazadora frente a la presa. Te conozco y te digo: insomnio, vigilia, en vela, en vilo, mal del sueño. Esto digo ahora que me creo exorcista, pero, hasta hace poco, abandonaba cualquier texto que dijera la palabra en cuestión. Regalé todos los libros que se referían al trastorno. No por malos o buenos, sino porque tenían dentro suyo el virus del mal dormir. Pero no hablar sobre el insomnio tampoco me lo evitaba: entonces, ¿qué hacer? Un hechizo. Contra el insomnio hay que hacer hechizos. Para hacer un talismán/ se necesita solo tu corazón, escribió Olga Orozco.
Durante un tiempo, pensé que mi problema con el dormir, la falta de corte con el día, era la falta de escansión. El corte de verso. Volver a escribir poesía no fue un hechizo definitivo, pero los poemas trajeron un alivio. Escribo ahora con peor intención. Si la noche es una selva, escribo en ella como ánimos de guerrilla. Que la vigilia sea contagiosa es una obra de mi neurosis, pero si mi teoría improbable tiene razón, hablar es el medio de contagio del trastorno y su escape, la escritura. Escribir como otra forma de soñar. Escribir contra el insomnio: infiltrar una bomba en el sueño. Un sueño en el que se sueña que se sueña.

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*Por Camila Vazquez para La tinta / Imagen de portada: documental «Nostalgia de la luz».
