Bad Bunny en el Super Bowl 2026: el centro del imperio no cantó en inglés
La actuación de Bad Bunny en el Super Bowl 2026 fue mucho más que un show musical. Fue una disputa por el sentido de lo americano, una escena de poder cultural en tiempos de polarización identitaria y una señal de que la hegemonía simbólica de Estados Unidos ya no se narra en una sola lengua.
El Super Bowl LX, celebrado el 8 de febrero de 2026 en Santa Clara, California, no fue solo el campeonato de fútbol americano más visto del planeta: fue un escenario para una batalla cultural y simbólica en plena transformación de las narrativas globales de poder. En el centro de esa narrativa estuvo Bad Bunny, el artista puertorriqueño que encabezó el show de medio tiempo, un hito en la historia cultural de Estados Unidos y del entretenimiento global.
Benito Antonio Martínez Ocasio se convirtió en el primer artista latino masculino en encabezar en solitario el espectáculo más visto de la televisión mundial ―ya lo habían hecho Gloria Estefan (1992) y Shakira y Jennifer López (2020)―, interpretando un repertorio mayoritariamente en español ante más de 120 millones de espectadores.
Lejos de una simple puesta musical, la escenografía fue deliberadamente simbólica: una “Casita” que evocaba hogares latinoamericanos, la presencia de elementos cotidianos del Caribe y, al final, un balón con la frase “Together, We Are America”, un mensaje explícito de inclusión y unidad que trasciende fronteras lingüísticas y políticas.
Ese gesto, simple en apariencia, fue profundo en significado: reclamar un lugar en la narrativa cultural estadounidense sin pedir permiso para hablar en español. En un país cuya identidad ha sido definida en gran medida por el dominio del inglés, ofrecer un espectáculo global en otra lengua no es un gesto banal, es un acto político de visibilidad.
Para entender el efecto político de esta actuación, debemos abandonar la lógica superficial del entretenimiento puro y adentrarnos en lo que representa en la lucha por la hegemonía cultural. Estados Unidos, y el mundo entero, atraviesan un momento de polarización identitaria: migración, diversidad cultural y debates sobre quién es “realmente americano” han colonizado el espacio público. El hecho de que un artista que canta en español y que proviene de Puerto Rico, un territorio no estatal de EE. UU. con ciudadanía americana, ocupe el centro del espectáculo más emblemático del país es ya, en sí mismo, un gesto disruptivo en la narrativa dominante.
Esto explica por qué sectores conservadores y figuras políticas como el propio presidente Donald Trump reaccionaron con dureza. Durante la presentación, Trump publicó en la red social Truth Social y calificó el espectáculo como “absolutamente terrible” y “una afrenta a los valores estadounidenses”, marcando una línea discursiva que conecta cultura, nacionalismo y política partidaria.
“El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores de la historia, ¡DE TODOS! No tiene ningún sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia. Nadie entiende una sola palabra de lo que está diciendo este tipo y el baile es asqueroso, especialmente para los niños pequeños que están mirando en todo EE. UU. y en todo el mundo. Este ‘espectáculo’ es una verdadera ‘bofetada en la cara’ para nuestro país, que está estableciendo nuevos estándares y récords todos los días —incluyendo el mejor mercado bursátil y los mejores planes 401(k) de la historia. No hay nada inspirador en este desastre de show de medio tiempo y miren: va a recibir excelentes críticas de los medios de noticias falsas, porque no tienen ni idea de lo que está pasando en el MUNDO REAL”.

Bad Bunny no llegó al Super Bowl como quien regala entretenimiento. Su presencia fue consecuencia de años de transformación en las industrias culturales globales, donde la música latina ha pasado de ser periférica a dominar las plataformas digitales y mercados globales. Hoy la música latina representa una proporción significativa de las reproducciones globales, de alrededor del 8% al 27% en la última década, y ha desafiado la idea de que el éxito global debe ser en inglés para ser universal.
En este sentido, el espectáculo del medio tiempo puede leerse como un ejercicio de soft power latino: la cultura musical de origen caribeño y latinoamericano no solo invade el mainstream global, sino que redefine el centro simbólico de uno de los productos culturales más emblemáticos de la hegemonía estadounidense. En un mundo multipolar donde la cultura es un campo de batalla tan crucial como la economía o la política diplomática, este gesto tiene implicaciones que trascienden la música.
Que Bad Bunny haya elegido cantar en español en el evento más visto de la televisión estadounidense se vuelve inevitablemente político en un país donde el discurso sobre inmigración y diversidad ha dominado la retórica de los últimos años. En 2025, el artista había expuesto públicamente su rechazo a las políticas migratorias más agresivas, al criticar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y denunciar narrativas deshumanizadoras contra los latinos.
Aunque en su espectáculo no pronunció discursos directamente contra políticas concretas, su enfoque fue un mensaje de unidad, orgullo y amor, subrayado por frases como: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, y su gesto final señalando la inclusión de múltiples países americanos. Ese equilibrio entre arte y política muestra una madurez estratégica: no impone un mensaje ideológico explícito, sino transforma el espacio simbólico desde dentro.

Desde una perspectiva más amplia, este Super Bowl puede leerse como un síntoma de cómo la cultura global se está reconfigurando. El entretenimiento masivo ya no es un relato unívoco centrado en la cultura dominante del Norte global: emerge, con fuerza, una narrativa plural donde identidades diversas encuentran voz propia en los escenarios más centrales. La música latina no es solo un fenómeno económico, sino también un actor político en el terreno simbólico global, un espacio donde se negocia poder, pertenencia y reconocimiento.
Lo que hicimos al ver a Bad Bunny en el Super Bowl 2026 no fue solo presenciar un concierto. Fue asistir a un momento de inflexión cultural: un artista latino que no traduce su voz se convierte en centro de un espectáculo global, mientras se reavivan debates sobre identidad, lenguaje, inmigración y quién define qué significa ser “americano”.
En un mundo donde las luchas políticas y culturales están cada vez más entrelazadas, Bad Bunny plantó una semilla simbólica: nos recordó que la cultura no es un espejo pasivo, sino un campo de batalla donde se negocian narrativas de inclusión, poder y pertenencia. Ese gesto, más que una actuación, es un signo de cómo las tensiones del siglo XXI se disputan también en los escenarios más globales y visibles del entretenimiento.
*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta.
