Del libertador de América al cosplayer terrorífico: el derrotero del sable corvo de San Martín

Del libertador de América al cosplayer terrorífico: el derrotero del sable corvo de San Martín
4 febrero, 2026 por Bianca Tosco - Ignacio Liziardi

En Argentina, la espada más famosa y polémica es el sable corvo de José de San Martín. Esta pieza acompañó al libertador de América en sus campañas y ha sido sacralizada por el pueblo argentino, recayendo sobre su acero significaciones cada vez más intensas a lo largo del último siglo y medio. No debe sorprendernos entonces que, cuanto más revuelto esté el escenario nacional, cuanto peor sea la crisis de representación, más se hable de la espada en cuestión. Pero ¿de dónde proviene y qué sentidos se tejen ―y enredan― a su alrededor?

Por Ignacio Liziardi para La tinta

Las espadas siempre han obsesionado a los hombres que buscan poder. Basta pensar en la legendaria Excalibur. El rey Arturo, moribundo, la arrojó al agua de donde la había obtenido y la fantástica Nimue (Dama del Lago) sacó su mano sobre la superficie y la recibió para luego sumergirse en la oscuridad del fondo. Arturo fue un caudillo ―más mítico que real― que peleó contra los invasores sajones de la isla de Bretaña a principios del siglo VI d. C., por eso es que su espada se convirtió en objeto de leyenda. En el folklore de muy diversas culturas, las espadas tienen un rol fundamental y siempre que una se utiliza para defender a un pueblo tiende a ser más glorificada en la memoria colectiva que aquella empleada para invadir. Y allí va la última historia en que los británicos no fueron los invasores (dato no menor). Y si no se les ocurre otro ejemplo sobre un filo salvador, búsquenlo en la ficción: la espada de Godric Gryffindor siempre aparece cuando se la necesita.

El pasado lunes, el Ejecutivo decretó el traslado del sable de José de San Martín al Regimiento de Granaderos a Caballo. Circula, además ―en diversos medios y redes sociales― el rumor de que el presidente de la Nación asistiría al evento vestido de granadero para llevar el arma. Este sería un espectáculo cínico, ya que el presidente argentino ―autonombrado “granadero honorífico”― desprecia la soberanía nacional y daña a diario relaciones con los países hermanos para ponerse al servicio de potencias coloniales. El revés exacto de los intereses de don José. Ante tal situación, la Asociación Argentina de Investigadores en Historia expresó su rechazo en un comunicado, entendiendo que el sable es patrimonio de todos los argentinos y debe estar al alcance de la ciudadanía. 

El cosplay, por el momento, puede tratarse de bait o de medición de imagen. Pero en caso de ser cierto, sería preferible que el sable fuera arrojado al lago Nahuel Huapi, para que las deidades lo conserven, esperando en las frías y transparentes aguas, hasta que un(a) verdadero(a) heredero(a) de San Martín aparezca en el horizonte.

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De las montañas de la lejana Persia a los Andes

En 1966, el gobierno de facto le encargó a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) un estudio metalográfico para determinar su estructura, lo que despejaría incógnitas sobre su origen. El resultado fue increíble. Se trataba de una hoja de acero de Damasco. Si bien la espada ya había sido identificada como un sable de Medio Oriente (más persa que otomana), este estudio despejó las dudas, pero ¿cómo se explica esta procedencia? Para la época de las guerras napoleónicas, los oficiales de casi todas las fuerzas europeas en combate poseían sables de estilo mameluco, otomano o persa. En estos imperios, se llamaban shamshir y se ha latinizado como cimitarra. Este tipo de espada curva de acero de altísima calidad, “de filo eterno y dureza legendaria”, era tradicional desde hacía siglos entre las élites de los dominios al este y oeste de los montes Zagros.

En 1811, el Imperio Napoleónico alcanzó su máxima extensión en Europa y Gran Bretaña se vio acorralada. En esta época, don José visitó Londres y compró allí el sable. Esta ciudad era capital de un vastísimo imperio colonial con rutas de comercio en todos los mares de Oriente, desde donde, sin duda, provenía la espada. Al año siguiente, San Martín desembarcó sobre el suelo que lo vio nacer, con la cimitarra a un lado y grado militar.

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Retrato de Napoleón Bonaparte cruzando los Alpes, portando un shamshir de cachas negras y herrajes dorados muy similar al de San Martín.

La campaña libertadora de San Martín fue una verdadera hazaña en todos sus sentidos, que solo se detuvo por la negativa de las élites porteñas para solventar el ejército, tan lejano. El hito más recordado, el cruce de los Andes, es uno de sus momentos. Entre 1812 y 1824, las fuerzas comandadas por don José se abrieron paso desde Mendoza a la Capitanía de Chile, liberando de realistas dichas tierras para luego navegar por el Pacífico hacia el Perú. En todo momento, el sable era empuñado por el general.


La herencia y el Museo

Cuando comenzaron las agresiones anglofrancesas a las costas rioplatenses (que desembocaron en el bloqueo), San Martín ―ya viejo― se encontraba en su exilio francés. Sin embargo, rápidamente le llegaron noticias sobre la defensa de la Confederación llevada a cabo por el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. Por lo tanto, le envió su sable como herencia y paso de mando en la protección del Río de la Plata de los intrusos. En palabras del propio San Martín en su testamento: «El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de Independencia de la América del Sud le será entregado al general la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tratan de humillarla».

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Imagen: Museo Histórico Nacional.

Tras la caída de Rosas en 1852, el sable continuó su travesía. Diez años después, el testamento del exgobernador de Buenos Aires concedió la propiedad del arma a su yerno, el estanciero Máximo Terrero. Luego, en 1896, Adolfo Carranza ―primer director del Museo Histórico Nacional― gestionó la donación a dicha institución. En palabras de la propia Manuela Rosas: “Al fin mi esposo, con la entera aprobación mía y de nuestros hijos, se ha decidido en donar a la Nación argentina este monumento de gloria para ella, reconociendo que el verdadero hogar del sable del libertador debiera ser en el seno del país que libertó. Mandaremos también dos objetos históricos que pensamos serán de valor para el Museo Histórico Nacional”. De inmediato, el sable se consagró como la pieza estrella.

Robos y retornos

Hacia 1963, el peronismo atravesaba un momento terrible. Con el general Perón en el exilio español, la proscripción llevaba ya mucho tiempo y la moral del movimiento declinaba, tal como narró Osvaldo Agoto al diario La Nación hace escasos días: «El espíritu militante estaba totalmente quebrado y sentimos que debíamos hacer algo para levantarlo. Se nos ocurrieron tres cosas: recuperar la bandera de Obligado que había sido tomada por los franceses en 1845 como un trofeo de guerra, recuperar las Malvinas y tomar el sable de San Martín. Al final, los tres hechos, en diferentes momentos, se cumplieron: la bandera fue devuelta por Chirac en 1997; en 1966, un grupo de jóvenes del Movimiento Nueva Argentina secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas y aterrizó en las Islas Malvinas; y el sable de San Martín lo robamos nosotros. La idea original era llevárselo a Perón”.

Imagen: Diario Crónica.

Agoto, junto con dos compañeros de la Juventud Peronista, entraron armados al Museo Histórico Nacional (MHN) y sustrajeron el sable. Sin embargo, esta aventura quedó trunca muy pronto, dado que tenían a todo el aparato del estado militar sobre sus tobillos. Sin mencionar el elefante en la habitación: la ironía de llevar el sable del libertador de América al territorio que había sido uno de los centros de colonización del continente, España. Lo más absurdo es que el derrotero del artefacto no terminó allí: fue recuperado, robado nuevamente por la militancia peronista y recobrado por segunda vez. Esto llevó a que la dictadura de Juan Carlos Onganía lo retirara del MHN y lo entregara al Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín” en 1967, donde permaneció cuarenta y ocho años.  

Patrimonio versus reliquia secreta

En nuestro país, la imagen de San Martín roza la leyenda permanentemente. Es una figura sin reproches, indiscutida para la mayoría de los sectores. De ahí que todas las plazas y avenidas principales de todas las localidades del país se llamen San Martín. Incluso existe el Instituto Nacional Sanmartiniano, dedicado exclusivamente al estudio de la obra y legado del general. Esto provoca un magnetismo irresistible en cualquier gobernante de turno: unir la imagen propia a la del prócer, de maneras más o menos veladas. 

Durante el kirchnerismo, se buscó por todas las vías, partiendo de la judicial y la simbólica, mantener a raya a las fuerzas armadas que tanto habían tutelado e incluso dirigido dictatorialmente la vida política de nuestro país. Es por eso que, en 2015, en un solemne acto, se retiró el sable del Regimiento y se lo devolvió al Museo Histórico Nacional. Desde ese momento, se encuentra expuesto acompañado de los sables del general Miguel Estanislao Soler (defensor de Buenos Aires en las Invasiones Inglesas, miembro del Ejército de los Andes y participante de la batalla de Chacabuco), del espadín ceremonial del general Matías Zapiola (comandante del Regimiento de Granaderos a Caballo en la batalla de Chacabuco), del espadín ceremonial del general Gregorio Las Heras (coronel del Ejército de los Andes), del sable del general Eustoquio Frías (partícipe de Campaña del Perú), de la espada del general Lucio Norberto Mansilla (comandante de la defensa de Vuelta de Obligado), de la espada ceremonial del general Enrique Martínez y del sable del general José Antonio Álvarez de Arenales (gran mariscal del Perú, partícipe de toda la campaña sanmartiniana). Todas las armas de la independencia reunidas en el mismo sitio, para que el público argentino las pueda ver. 

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Imagen: Museo Histórico Nacional.

Ayer nomás

Durante el 2025, presenciamos una intensa campaña gubernamental contra el Museo Histórico Nacional y Gabriel Di Meglio, su director en ese entonces. El historiador, especialista en el siglo XIX argentino y de las décadas de 1810 a 1820 particularmente, resistió al frente del organismo todo lo que pudo, pero fue desplazado del cargo, a pesar de haberlo concursado. Fue reemplazado por María Inés Rodríguez Aguilar, quien renunció el pasado martes 3 de febrero por todo el escándalo precisamente. 

Los detractores decían (y dicen hoy desde el Ejecutivo) que el sable pertenece a los Granaderos, pero, en realidad, existe un decreto presidencial de 1897 ―sumado a la voluntad de los herederos― que lo destina al Museo, además de que, en el recinto, cuenta con una guardia permanente de dicho cuerpo militar. El origen de la ofensiva gubernamental radicaba precisamente en la voluntad de Milei de mover nuevamente el sable a jurisdicción militar, en parte, con la excusa de que “no se encuentra seguro” en el museo, claramente desfinanciado por el Ejecutivo que dice que la institución no cuenta con las condiciones adecuadas, profecías autocumplidas si las hay.

Recomiendo leer Jordán B. Genta, Correspondencia entre San Martín y Rosas: 1838-1850 (Buenos Aires, Ediciones del Restaurador, 1950). Y el Testamento del General San Martín (digitalizado por el Instituto Nacional Sanmartiniano).

*Por Ignacio Liziardi para La tinta.

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Palabras claves: Javier Milei, José de San Martín, Museo Histórico Nacional

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