Un pueblo de indios: sobre la Córdoba que no se ve
Hasta fines de febrero, el Museo Evita exhibe Un pueblo de indios, la instalación de Federico Robles realizada junto al poeta e investigador indígena, Pablo Reyna, que dialoga con La llegada del ferrocarril a Córdoba para cuestionar el relato histórico oficial de la provincia. A través de una serie de fotos donadas por familias indígenas, sonidos y una narración oral repetitiva, la obra ofrece una visión alternativa sobre los procesos de conquista y expropiación que, a lo largo de los siglos, borraron a las comunidades originarias de la memoria colectiva. Frente a la imagen de progreso representada en La llegada del ferrocarril a Córdoba, Un pueblo de indios propone salir de la idea de que no hay una historia de los pueblos originarios cordobeses, mostrando cómo esa historia ha sido intencionalmente silenciada.
Por Malena León* para La tinta
Un fósforo encendido de pronto en un pasillo oscuro, la brasa de un cigarro cuando se fuma en la cama a medianoche, los rescoldos en una chimenea que se apaga: ninguna de esas cosas tiene luz propia suficiente como para revelar nada. Tampoco las palabras de otro. Pero a veces una luz, por chica y tenue que sea, puede evidenciar la oscuridad, ese espacio desconocido que rodea, y la ignorancia sin bordes que envuelve todo aquello que creemos saber.
Valeria Luiselli, Desierto sonoro.
Hasta finales de febrero en el Museo Evita, junto a la emblemática pintura La llegada del ferrocarril a Córdoba, se puede visitar Un pueblo de indios, de Federico Robles. Como un collage fantasmal, la obra de Robles, realizada con la colaboración del poeta e investigador indígena, Pablo Reyna, irrumpe en este palacio señorial de la alta alcurnia cordobesa para cuestionar la instalada idea según la cual, a diferencia de otros lugares del país, este no es ―y en algún punto nunca fue― territorio indígena.
Se trata de una instalación que nos recuerda que los procesos de exclusión y segregación funcionan siempre acompañados de relatos y representaciones que cuentan la historia de una nación al tiempo que invisibilizan las comunidades preexistentes. La obra hace referencia a dos procesos de invisibilización: la llegada de españoles primero y la llegada del ferrocarril después. En la primera, al tiempo que se repartían las tierras, las familias españolas cambiaban inclusive los apellidos de los habitantes originarios, como si también fueran parte del botín. Te llamarás González, Ferreyra, López, te llamarás Reyna. En la segunda, a fines del siglo XIX, cuando todavía seguían existiendo algunas comunidades indígenas oficialmente reconocidas y propietarias de grandes extensiones, el gobierno provincial expropió también esas tierras.

En esos mismos años, el gobierno nacional encargó la obra La llegada del ferrocarril a Córdoba al pintor portugués Luis Gonzaga Cony. Esta pintura, que forma parte de la muestra permanente del museo, permite observar la idea de la Córdoba modernizada que el naciente Estado nación quería ilustrar. En la plaza San Martín, con el cabildo al fondo, vemos un despliegue de pobladores blancos y bien vestidos: los señores de la clase política, las señoras de las asociaciones de fomento, los soldados del ejército. Si una mira muy, pero muy bien, puede encontrar que, entre esa gran cantidad de habitantes, hay dos paisanos, cuya ropa indica que deben trabajar en el campo. Altamente alegórico, el cuadro también incluye querubines y personajes de la mitología griega y romana. Entre todas estas figuras, solo una presenta los rasgos de alguien que podría no haber bajado de un barco para llegar a territorio americano. En la parte baja del cuadro, podemos ver a un mestizo torturado, como si esa escena de sometimiento fuera uno de los componentes necesarios de este paisaje de progreso y consolidación del Estado nacional.
Al frente de la pintura, está la instalación Un pueblo de indios. Un banco acolchonado nos invita a sentarnos y a escuchar un relato que termina y vuelve a empezar, mientras nos rodean fotografías en blanco y negro impresas en telas semitransparentes. Al preciosismo neoclásico de La llegada del ferrocarril, se le opone la fuerza del registro. Sin continuar el halo tradicional que envuelve otras obras del museo, una composición en collage acomoda imágenes de habitantes de nuestras tierras que no suelen ser incluidos en los relatos y retratos que cuentan quiénes somos. Se trata de retratos generosamente donados por familias indígenas cordobesas.

Los sonidos que escuchamos pintan un paisaje: un potrero, un tren, pasos de personas, ladridos de perros. Una voz les habla a los habitantes de las fotos. Les habla desde la altura de su caballo. Es una voz injusta, pero honesta, que habla también de las tierras que ya no son suyas, de las leyes de papel y los límites de metal. Es una voz que termina y al rato vuelve a empezar, como el círculo en el que se disponen las fotos de la exposición, como un mantra que vuelve a la mente después de dejar de escucharlo. (Debemos agradecer el texto al poeta Pablo Reyna).
La voz narra y, en sus modos de narrar, nos hace pensar en los relatos que nos faltan, en las voces que no pudieron entrar al museo; en que nos falta conocer sus cadencias, sus anécdotas, cómo cuentan una historia, qué les parece importante, qué memorable, qué digno de celebración. Las fotos muestran, pero no de modo completo lo que debería mostrarse. O sea: ni el poema ni las imágenes intentan, de manera definitiva, completar el relato de la historia que nos trajo hasta acá. Vemos y escuchamos, pero, en realidad, ni las imágenes son exactamente de todo lo que debería verse ni las voces cuentan precisamente las historias que necesitan ser narradas. Como si el poema y las imágenes estuvieran por otra cosa. Como si dijeran más por lo que fallan en mostrar que por lo que muestran. Y en esa falla, radica un movimiento fundamental: salir de la idea de que no hay una historia de los pueblos originarios cordobeses porque no hay nada que contar, para ver que, en verdad, se trata de una pieza faltante, un gran hueco, algo sin lo cual cualquier relato sobre lo que somos está incompleto.

Quizá lo que determina el éxito o el fracaso de un proceso de desaparición sea su capacidad para borrarse a sí mismo. Ninguna desaparición puede ser efectiva si alguien recuerda el proceso que la llevó a cabo. Así, no habría modo más eficiente de desaparecer un pueblo que ocultar no solo su presente, sino también su pasado. Aquí, en realidad, nunca hubo nadie. Había comunidades, pero eran medio nómades, no estaban del todo acá. En la desaparición forzosa perfecta, la mano que borra no debe solo borrar la memoria del otro, sino también borrarse a sí misma. Y por eso, el robo más eficiente es el que no parece un robo y el genocidio más eficiente es el que no parece un genocidio. Y ese es el motivo por el cual es tan potente una obra que no solo dice algo, sino que además da cuenta de lo que no consigue decir. Del mismo modo que un fósforo que nos ayuda a ver mejor la oscuridad, Un pueblo de indios nos muestra lo cerca que están los límites de todo lo que no sabemos sobre nuestra historia próxima, de todo lo que falta contar.

Un fantasma recorre el palacio: ¿y si esta muestra fuera una película?
Federico Robles es cineasta. Dirige y produce películas, fundó y dirige la diplomatura en Documentales de la UBP-Cineclub Municipal. Su lugar natural es el cine. Muchas veces se ha llamado la atención sobre el carácter fantasmal de las obras cinematográficas. El crítico Gilberto Pérez notó que las imágenes de la pantalla conservan algo del mundo, al tiempo que lo trastocan y lo transforman en otra cosa, y, por eso, definió al cine como un fantasma material (ese es el título de su hermoso libro, editado en nuestra ciudad por Los Ríos). Si bien esta muestra no es una película, hay algo espectral en las figuras que Robles consigue hacer aparecer en el palacio; un palacio que nunca les perteneció, aunque haya sido construido sobre las tierras que originariamente eran suyas.

Resulta curioso que esta obra, que podría haber sido una película, dialogue de forma misteriosa con otras dos grandes realizaciones actuales de directoras argentinas. El texto curatorial de Un pueblo de indios, escrito por Victoria Robles, lleva como epígrafe la famosa cita de Walter Benjamin que señala que todo documento de civilización es, a su vez, un documento de barbarie. La frase de Benjamin es también el título de la última película de Tatiana Mazú González (estrenada en el 2024 y exhibida en el Cineclub Municipal Hugo del Carril en el 2025). Al igual que la obra de Robles, la película de Mazú apoya su estructura en una narración oral; en este caso, la de la madre de Luciano Arruga, un adolescente desaparecido en manos de la policía. Todo documento de civilización es una película sensible a la geografía, que muestra cómo los límites de la ciudad de Buenos Aires configuran una desigual relación del Estado con los habitantes que circulan a un lado y al otro de la circunvalación. Quizá lo más llamativo de la película es el empeño que pone en encontrar algo bello y alegre sin traicionar la tierra, la mugre, el ruido y la falta de nitidez de los lugares a los que pertenece; de manera tal que, en un momento, dejamos de ver la basura para poder ver los colores brillantes de los plásticos de los que está hecha. Así, nos cuenta que Luciano Arruga leía a Julio Verne y soñaba con el momento en el que conocería el mar.


¿Podría haber ido Luciano a conocer el mar si la policía no lo hubiera matado? En realidad, no lo sabemos porque, al igual que la gran mayoría de personas asesinadas por la policía, Luciano era pobre. Por su parte, una de las preguntas que se hace Un pueblo de indios es si los hijos de los pobladores originarios a los que el Estado provincial desterró no serán, en parte, los obreros de los edificios en construcción, los limpiadores de vidrios, los vendedores de praliné que, ya sin tierras y sin ni siquiera un apellido para reclamarlas, solo cuentan con su fuerza de trabajo para sobrevivir, la misma única fuerza con la que Luciano contaba para salir con su carro todos los días.
Un pueblo de indios también dialoga con Bosque arriba en la montaña, de la cineasta cordobesa Sofía Bordenave (próxima a ser estrenada en la Berlinale y esperemos que más adelante en nuestra ciudad). Al tiempo que recorre el territorio de comunidades mapuche de la Patagonia, Bosque arriba en la montaña muestra escenas del procedimiento judicial por el asesinato del joven Rafael Nahuel en manos de las Fuerzas Federales de Seguridad argentinas. Es una película que nos lleva a estar flotando entre los árboles, escuchando las ramas y los pájaros para después dejarnos en un recital de rock punk de los noventa hecho por jóvenes que se están empezando a preguntar quiénes son. Nuevamente, la oralidad resguarda y transmite las memorias de un pueblo al que se le exige un cambio de lengua hasta para litigar. Lo hace en las conversaciones en un viaje en auto, pero también, y sobre todo, en el grito hondo y estremecedor que irrumpe en una sala de un juzgado. Como si después de tantos borramientos, desapariciones, privaciones, expropiaciones, los gritos, sin embargo, no pudieran ser silenciados. Bosque arriba en la montaña nos deja con la emoción de ese grito mapuche y con la vivencia de la importancia de las memorias de un pueblo.

Algo llamativo de estas dos películas es que trabajan sobre delitos cometidos por el aparato estatal sin preocuparse por probar algo. Como si la potencia del cine estuviera más bien atada a la capacidad de hacer sentir cosas y no tanto de verificar lo que sucedió. En cambio, Un pueblo de indios insiste en el carácter documental del registro fotográfico. Retorna a la forma original de entender una cámara: como un dispositivo que recoge una huella del mundo. Si en las dos películas las imágenes buscan evocar sentimientos, acá su rol es otro: el de producir un efecto de verdad. Como si la simple operación de colocar una foto en un salón fuera un gesto que señala que las cosas podrían ser de otro modo. Robles dice en el texto que acompaña la obra que se trata de cuestionar al positivismo con sus mismas armas. Yo creo que, más bien, podríamos decir que la verdad es un arma universal y que, en ciertos contextos, como este, además produce belleza.
Vayan a ver Un pueblo de indios. Está hasta fin de mes, la entrada es accesible y los miércoles entran gratis.
MUSEO PALACIO FERREYRA – SALA F
Autor: Fede Robles – Curaduría: Victoria Robles – Textos poéticos: Pablo Reyna – Sonido: Lucrecia Matarozzo y Maga Fariña / Diseño: Elisa Canello / Con participación y colaboración de: Comunidad del pueblo de La Toma, Comunidad T. Reyna, Comunidad Sanaviron Casik Sacat, Comunidad Hijos del sol comechingón, Comunidad Paravachasca, Comunidad La Unión, Comunidad Canchira, familia Barrionuevo, familia Pérez-Díaz / Especial agradecimiento a Juan P. Ravasi.
*Por Malena León** para La tinta / Imagen de portada: Juan Ravasi.
**Docente de Filosofía en la UNC. Miembro del Cineclub La Quimera.
