Nunca pasa nada
Entre anuncios de colapso permanente y crisis inminentes, el mundo parece vivir al borde del abismo. Pero nada termina de romperse, nada se resuelve del todo. Nunca pasa nada.
Siempre parece que pasará algo, pero nunca pasa nada. El mundo parece estar siempre a punto de romperse. No es una sensación nueva, pero sí más insistente, más ruidosa, más agotadora. Cada semana trae su profecía: una guerra que escalará, una economía que colapsará, una elección que será “la última”, una tecnología que desatará el fin de todo lo conocido. El apocalipsis se volvió rutinario. Tiene agenda, notificaciones push y panelistas fijos. Ya no irrumpe: cumple horario.
En Twitter (X), el fenómeno tiene forma de chiste. “Godos se viene”, anuncia alguien, con tono grave o irónico. Pueden pasar horas, días, semanas. No se viene nada. O, mejor dicho, se viene lo mismo de siempre. Entonces aparece la respuesta inevitable, casi tranquilizadora: “Nunca pasa nada”. No como negación del conflicto, sino como constatación cansada. Nada estalla. Nada se resuelve. Todo sigue.
Y, sin embargo, el mundo sigue funcionando. Mal, a los tirones, con parches, con improvisaciones, pero funcionando. Hay vuelos que salen incluso cuando el conflicto parece inminente. Mercados que abren aun cuando el sistema financiero “está al borde”. Tratados que no se caen, aunque nadie crea ya en ellos. Estados que no desaparecen cuando todos los análisis los dan por muertos. Guerras que no escalan cuando todo indicaba que lo harían.
La normalidad global ya no es el equilibrio, sino la administración permanente del borde del abismo. No vivimos en crisis: vivimos en modo crisis. Y eso cambia todo. La crisis deja de ser una excepción que exige resolución y pasa a ser el clima estable del sistema. Como una humedad persistente: incómoda, dañina, pero incorporada al paisaje.
Parte del problema es narrativo. El sistema internacional se volvió ilegible sin dramatización. La complejidad no vende, la estabilidad aburre, la continuidad no genera clics. Entonces todo se cuenta como inminente. La política internacional se narra como una serie que siempre promete un final de temporada explosivo, pero nunca lo entrega. Cada episodio anuncia el giro decisivo que redefinirá el orden mundial. El giro no llega. La serie se renueva igual.

La tensión se estira porque el colapso total —ese que haría justicia poética, que confirmaría que alguien tenía razón— rara vez llega. El mundo real es menos cinematográfico y más burocrático. Se degrada lentamente. Se ajusta mal. Se sostiene con acuerdos mínimos, con silencios incómodos, con postergaciones calculadas.
Hay también una confusión conceptual de fondo: tendemos a pensar que un mundo disfuncional es un mundo a punto de caer. No lo es. Es, de hecho, el estado más común de los sistemas históricos. El orden internacional nunca fue armónico. Nunca fue justo. Fue estable precisamente porque era desigual, injusto y flexible. Funcionaba no porque todos creyeran en él, sino porque nadie tenía incentivos suficientes para romperlo del todo.
Hoy, el sistema global se parece menos a una máquina y más a un edificio viejo. No uno abandonado, sino uno habitado. Cruje. Filtra agua. Tiene cables a la vista. Ascensores que a veces se traban. Nadie confía demasiado en su solidez, pero todos siguen usando el ascensor. Porque bajar por la escalera —romper el sistema— cansa más, cuesta más y no garantiza llegar a destino.
Las potencias juegan con la idea de la catástrofe, pero le temen al costo. Amenazan. Escalan discursivamente. Prueban límites. Testean reacciones. El colapso es una herramienta retórica, no un objetivo real. Incluso los actores que dicen querer destruir el orden existente suelen querer, en realidad, uno nuevo… donde ellos ocupen el centro. La revolución global siempre se posterga por razones logísticas, económicas y, sobre todo, políticas. El resultado es un mundo donde todo parece grave, pero casi nada es terminal. Donde cada conflicto es presentado como existencial, pero administrado como contingente. Donde el lenguaje del “momento histórico” convive con una práctica constante de postergación.

Hay, además, una dimensión psicológica que suele pasarse por alto. Estamos agotados. Un mundo siempre al borde del colapso genera la ilusión de que algo definitivo está por ocurrir, de que la incertidumbre se resolverá en una gran caída o en una gran victoria. Que, de una vez, pasará algo. Pero el siglo XXI no funciona así. No ofrece finales claros. Ofrece continuidades deterioradas. No promete derrumbes espectaculares, sino desgaste progresivo.
Eso explica la sensación extraña de vivir en una emergencia permanente sin emergencia real. Todo es urgente. Todo es crítico. Todo es histórico. Pero casi nada se cierra. El drama es constante; el desenlace, siempre diferido. Vivimos en un presente extendido, saturado de advertencias, pero pobre en resoluciones.
Quizás el error sea esperar que el mundo “funcione bien”. Nunca lo hizo. Lo que hace hoy —y no es poco— es evitar su propia implosión mientras se adapta a un equilibrio más tosco, menos elegante, más cínico. Un orden donde nadie está cómodo, pero casi todos están demasiado involucrados como para irse. Nadie cree del todo. Nadie se retira del todo. Enero es un buen mes para entender esto. Con el ritmo global un poco más lento, sin cumbres decisivas ni anuncios grandilocuentes, el mundo sigue ahí. No mejora. No se ordena. No aprende grandes lecciones. Simplemente continúa. El ruido baja y lo que queda es la persistencia.
Tal vez esa sea la verdadera noticia geopolítica de nuestro tiempo. No que todo esté a punto de colapsar, sino que incluso así —con líderes mediocres, instituciones erosionadas, guerras abiertas y relatos inflados— el sistema persiste. No por virtud. No por inteligencia. Por inercia.
No es épico. No tranquiliza. No inspira. Pero explica bastante.
Y quizás, en un mundo obsesionado con el anuncio del derrumbe, entender por qué nunca pasa nada sea una forma modesta —pero necesaria— de lucidez.
*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta / Imagen de portada: X.
