Brujas, juicios y cultura popular, la hechicería en el Santiago del Estero colonial
En 1761, Lorenza y Francisca murieron por las torturas a las que fueron sometidas, en el marco de un juicio que las acusaba por practicar “arte diabólico” contra la criada del alcalde indígena del pueblo de indios de Tuama, en Santiago del Estero. Como consecuencia de sus confesiones extraídas mediante el martirio, una decena de mujeres indígenas se vieron imbricadas en una causa por hechicería. En esta entrega de La tragedia y la farsa, les invito a recorrer las investigaciones realizadas por la historiadora Judith Farberman sobre los procesos judiciales realizados contra estas “brujas”.
Por Bianca Tosco para La tinta
Madre de ciudades, Santiago del Estero fue uno de los primeros asentamientos españoles que logró estabilidad en la región que actualmente conforma el territorio argentino. En el siglo XVIII, fue la capital de la Gobernación del Tucumán ―con una extensión muchísimo más vasta que la provincia que hoy lleva el mismo nombre―, una jurisdicción del Virreinato del Perú. El interés principal de la corona española en esta zona radicaba en su condición de camino hacia el océano Atlántico y, aunque no contaba con grandes minas metalíferas, funcionó como espacio de producción agraria y ganadera que sustentó la extracción de plata en el cerro rico de Potosí.
Así, el Tucumán colonial se configuró como una sociedad de fronteras. Las organizaciones indígenas prehispánicas de la zona estaban conformadas por unidades segmentarias, políticamente descentralizadas y de escasa producción de excedentes, por lo que el sistema de explotación ―la encomienda― tomó las formas más crueles, particularmente el servicio personal. Al mismo tiempo, muchas de las normativas y controles institucionales no fueron aplicados, y otros laxamente interpretados; el sistema que se estableció fue tan opresor que tuvo como resultado la pérdida de la cohesión comunitaria, la dispersión, desestructuración, mestizaje y la deculturación de los colectivos sociales.


En un Santiago atravesado por el Salado y el Dulce, el monte dominaba el paisaje cotidiano. El primer río delimitaba las fronteras del dominio español frente a los grupos indómitos del Chaco: precarios fortines y reducciones jesuíticas de abipones y mocovíes operaban a la vez como muralla e ingreso al territorio desconocido de la Tierra Adentro. Sobre el segundo, se encontraban numerosas aldeas indígenas y pueblos de indios; Tuama, Soconcho, Guañagasta, Salavina y Sumampa fueron algunos de ellos. Incorporados al sistema colonial, los pueblos de indios fueron una unidad social, territorial y jurisdiccional que implicaba condiciones concretas: tenían sus propias autoridades conformadas por el cacique y el cabildo indígena, disponían de tierras para cultivos de autosubsistencia que no podían ser compradas ni vendidas y tenían la obligación de pagar un tributo a la corona por su condición de indios originarios o naturales.
Las brujas no existen, pero que las hay, las hay… ¿Qué significaba practicar la magia en este contexto colonial sudamericano?
Nadie dudaba de la efectividad de los encantos, que podían ser utilizados tanto para hacer el bien como para hacer el mal. No obstante, la hechicería constituía un delito contra la fe. En un contexto de persecución, las actividades mágicas se confundían con la idolatría, la superstición y la apostasía. Todas estas transgresiones fueron asociadas a prácticas religiosas y culturales prehispánicas como borracheras, bailes y rituales indígenas que los colonizadores interpretaron como cultos diabólicos y condenaron a ser extirpadas y destruidas. Sin embargo, los y las españoles también acudieron a curanderos y adivinos, y en ello residía su verdadera peligrosidad: estas prácticas invertían las relaciones de poder y desdibujaban los bordes de la división por castas.

En los archivos históricos provinciales y nacionales de nuestro país, se resguarda documentación procesal elaborada por las instituciones que tenían a su cargo la jurisdicción civil y criminal en las posesiones coloniales. Las primeras instancias judiciales quedaron a cargo de miembros del Cabildo, quienes actuaban en los pleitos entre españoles y también en los litigios en que participaban los “indios”. Entre ellos, se encuentran las causas seguidas por hechicería. Es necesario aclarar que los registros a partir de los cuales conocemos esta historia tienen un inevitable sesgo. En primer lugar, la generalidad de las reas y testimonios realizaron sus declaraciones en quichua, las cuales requirieron ser traducidas por un intérprete. Además, fueron producidos por agentes de la sociedad hegemónica que buscaban ejercer el control social, disciplinar a los sectores populares campesinos y desautorizar las creencias y la cosmovisión indígenas.
¿Quiénes fueron las acusadas de este crimen que cruzaba las fronteras entre lo legal y lo religioso? Entre 1688 y 1766, Magdalena de Sumamao, Luisa González de Pitambalá, Martín Sacristán de Guañagasta, Juana Pasteles, Marcos Azuela, Francisca la Sampedrina, María Casilda, Juana Jerez y Pascuala de Asogasta, junto con su tocaya de Amaicha fueron algunas de las imputadas de tener tratos con el Zupay.


Llaman la atención algunas coincidencias generales en el perfil de las acusadas y el hecho de sostener el femenino plural en esta nota se vincula con la primera de ellas: la gran mayoría son mujeres ―casi todas indias y algunas negras o mulatas― sin sujeción a un varón (solteras y viudas), de edad entre 40 y 50 años. Aunque participaran de la encomienda o fueran esclavas, el conocimiento de labores como el hilado, la costura, el telar, la alfarería, cestería y el pastoreo les permitía mantenerse por sus medios y una relativa autonomía económica, así como también gozar de cierta movilidad espacial. La “mala fama” jugaba un papel crucial al momento de señalarlas, se indicaba su parentesco con hechiceras juzgadas en el pasado, su liviandad sexual, las amistades ilícitas y se las llamaba caprichosas, resentidas y ladronas.
Estas “brujas” fueron incriminadas por utilizar dispositivos mágicos para realizar maleficios que causaban enfermedades y muertes. Sus víctimas expresaron sufrir vómitos, llagas de cristal en la garganta, parálisis de brazos y piernas, pérdidas del habla y la razón, y muchas de ellas declararon haber expulsado residuos corporales insólitos: huesos, cintas e hilos de colores, sapos, botones, tabaco atado, cabellos enredados, lanas coloradas, pescados, arañas, hormigas, gusanos e incluso un quirquincho. A algunas “hechiceras” también se las acusó de “asimplar al marido” y convertirse en viudas de los vivos, un hechizo que consistía en generar la locura del cónyuge, la pérdida de la razón y, por supuesto, de la dignidad masculina.
Los fiscales que intervinieron en los procesos santiagueños exigieron, para lograr las confesiones, que se aplicaran tormentos a las reas. Estas fueron condenadas a declarar amarradas al potro o sufriendo el sueño español, y, como consecuencia de las torturas, admitieron participar de las salamancas. Estas eran el lugar de reunión y encuentro con el diablo, espacio mágico donde se aprendía el arte y se conseguían los ingredientes necesarios para preparar los encantos. El delito individual pasaba a ser colectivo.


En los procesos santiagueños, el significado de este espacio fue mestizo e integró representaciones que provenían de la tradición europea ―como el sabbat― con otras de origen indígena. Fruto de la hibridación cultural, los elementos del Viejo Mundo (la participación del demonio, la música, el baile, la desnudez, la prohibición de invocar a Jesús y a los santos) se entreveraron con rituales indígenas vinculados al monte ―lugar de uso común que aún no tenía propietarios ni dueños―, la recolección de los recursos que ofrecía (algarroba, miel, cera, chañar, mistol) y las juntas y borracheras rituales.
Aparte de quienes fueron sobreseídas, las sentencias que sufrieron las sobrevivientes a los procesos fueron variadas y contamos con información en solo algunos de los casos. Fue aplicada la pena capital, el destierro y la humillación pública. Los procesos judiciales contra las brujas santiagueñas muestran las múltiples formas en que las prácticas vinculadas a los saberes y la cultura indígena y subalterna, especialmente la practicada por mujeres, intentaron ser demonizadas, castigadas y eliminadas.
Para conocer más de estas hechiceras, recomiendo el libro Las salamancas de Lorenza. magia, hechicería y curanderismo en el Tucumán colonial, de Judith Farberman, y otros trabajos académicos de la misma historiadora.
*Por Bianca Tosco para La tinta / Ilustraciones: Florian Paucke y Felipe Huaman Poma de Ayala.
