Los diarios de la boticaria: la astucia de las subalternas
Con Los diarios de la boticaria, queda claro que los otakus también podemos disfrutar de una buena novela. La historia de Mao Mao en la ciudad de las concubinas, dentro del palacio del emperador chino, despliega intrigas, alianzas, supuestos milagros y enredos amorosos. Tan atrapante como cuidada en su adaptación, la serie cuenta ya con dos temporadas y un fandom que espera con ansiedad la llegada de una tercera.
Mao Mao, protagonista de la serie, es una boticaria con un talento notable para la medicina y una creatividad singular para los inventos. Tras ser secuestrada y vendida como sirvienta, termina en la ciudad donde residen las concubinas del emperador chino. Allí, sin embargo, su destino cambia rápidamente: pasa de ser una simple lavandera a convertirse en catadora de venenos para una concubina de alto rango.
Como un Odiseo arrancado de su hogar, Mao Mao evalúa constantemente cómo regresar a su antigua vida de libertad. Entre su naturaleza curiosa y su deseo de no levantar la perdiz —de no llamar demasiado la atención sobre sus conocimientos—, la protagonista se mueve con cautela en un entorno donde saber demasiado puede ser más peligroso que no saber nada.
En ese entramado de intrigas palaciegas fue donde yo llegué a la serie, empujado por el bombardeo constante de internet. Al principio, me cautivaron el uso del color y el cuidado de las animaciones, pero más aún la fama que Los diarios de la boticaria fue cosechando, sobre todo si se tiene en cuenta que, a diferencia de otros animes que suelen ocupar los primeros puestos en visualizaciones, esta historia se basa en una novela ligera japonesa de amplio alcance internacional.
Luego descubrí que contaba también con dos adaptaciones al manga, pero lo que realmente me sorprendió fue el pasaje de la novela a la serie animada. La sensación persistente era la de estar frente a una adaptación excepcional, capaz de trasladar con inteligencia y sensibilidad un soporte textual a otro audiovisual. De ahí, el mensaje que me interesa subrayar: las buenas adaptaciones a series todavía son posibles.


Si hasta acá la serie se destacaba por la solidez de su adaptación, es en el desarrollo de su protagonista donde Los diarios de la boticaria encuentra su verdadero pulso narrativo. Volviendo a la historia, poco a poco, Mao Mao comienza a tomarle el gusto a su nueva vida dentro del palacio, una vida hecha de alianzas discretas entre mujeres y eunucos, a distancia de los grandes gestos heroicos y de las confrontaciones abiertas con el poder.
Mao Mao encarna una inteligencia propia de los subalternos: una forma de astucia y ardid que le permite salir airosa de situaciones complejas sin enfrentarse directamente a la autoridad. En lugar de desafiar el poder de frente, lo rodea, lo esquiva, le tiende pequeñas trampas. El caso de Mao Mao no se trata de una rebeldía épica, sino de una política cotidiana de supervivencia y cálculo.
Esa capacidad de pasar desapercibida es clave. Mao Mao se mueve por debajo del radar del poder del mismo modo en que, en sus vínculos, logra correrse del radar patriarcal. Su astucia no apunta a la conquista ni al ascenso social, sino a algo más modesto y, a la vez, más radical: asegurarse una buena vida. En la lógica de la serie, esa buena vida se construye como una negociación constante con la realidad, un modo de habitar un sistema rígido sin quedar completamente atrapada en él.


En ese proceso, Mao Mao cuida a sus amigas, establece alianzas con mujeres tan benévolas como inteligentes y convierte en socios estratégicos a dos eunucos fundamentales: por un lado, el médico de la corte; por otro, Jinshi, encargado de supervisar la ciudad de las concubinas y coprotagonista de la historia. Estas alianzas no funcionan solo como apoyos narrativos, sino como una red alternativa, mínima, pero efectiva.
Lo que más emparenta a Jinshi y Mao Mao, sin embargo, no es la cercanía institucional ni la atracción implícita, sino el peso de sus secretos. Ambos tienen algo que ocultar y esa sensación persistente de un elefante en la habitación crece a medida que avanzan los capítulos, tensando la relación y sosteniendo buena parte del suspenso de la serie. Los secretos son la clave de su relación.

Con dos temporadas ya estrenadas y una tercera en camino, muchos de los secretos que la serie guarda en su interior se han ido revelando a cuentagotas, modificando de manera progresiva la dinámica entre sus protagonistas. En particular, Jinshi comienza a reconocer el verdadero valor de Mao Mao. Su encanto no reside en la docilidad ni en el misterio romántico, sino en su inteligencia y su astucia, en su falta de complacencia y en una honestidad a veces incluso agresiva. Tanto Mao Mao como Jinshi valoran la virtud y ese reconocimiento mutuo los alinea con rapidez, dándoles una sinergia notable y una capacidad efectiva de trabajo en equipo, aunque su vínculo nunca esté exento de tensiones.
La serie deja en claro que la norma patriarcal no siempre acierta. Y cuando falla, no asistimos a una revolución abierta dentro del jardín de concubinas, sino a una serie de pequeños desplazamientos, ajustes mínimos que ponen en evidencia que existen múltiples maneras de responder a la dominación. Lejos de la imagen pasiva que podría esperarse de ese espacio, y con la ayuda de Mao Mao, las protagonistas mujeres logran salirse con la suya una y otra vez. Son virtuosas sin ser ingenuas, priorizan el trabajo colectivo y entienden el valor político de las alianzas.

En ese sentido, Los diarios de la boticaria propone una lectura feminista singular: no celebra la toma del poder, sino la inteligencia para habitarlo sin someterse del todo a sus reglas. Mao Mao encarna una inteligencia situada que transforma la precariedad, el género y la subordinación en herramientas para vivir —y pensar— de otro modo dentro del poder. Y al mismo tiempo, la serie apuesta por una política de lo menor, donde la astucia, la cooperación y el saber situado permiten disputar el orden patriarcal desde adentro, sin grandilocuencia, pero con eficacia.
*Por Sasha Hilas para La tinta / Imagen de portada: Los diarios de la boticaria.
