Tres libros compañeros para el verano: Vignoli, Guerriero y Aramburu

Tres libros compañeros para el verano: Vignoli, Guerriero y Aramburu
15 enero, 2026 por Vir del Mar

Calor de la Ciudad de Buenos Aires, 15 de enero de 2026

Buenas, buenas, ¿qué tal va el verano? Por aquí, ansiosa por la llegada de unos buenos días de descanso. Mientras tanto, sigo en las mismas aguas por las que suelo nadar, flotar, hundirme y dar unos largos: los libros. El verano siempre fue mi época predilecta para leer, ¿qué mejor que evadirse del calor sumergiéndose en mil y una historias? Con mi hermana Jesi, nos pasábamos las madrugadas acompañándonos en la lectura fresca de libros gordos. Con el cuerpo apoyado en el piso, lejos de los colchones calientes, y el tiempo libre de esos días en los que no íbamos a la escuela o la universidad, el calor se hacía otra cosa. Así, hasta que los ojos se nos cerraban, o las páginas abiertas se caían en nuestra frente, rendidas por el cansancio y el placer, con la esperanza de que esa lectura se extendiera al mundo de los sueños. 

Todo este prolegómeno para decir que esta carta será diferente, con una estructura poco usual. Hoy no me voy a detener en un solo libro, sino en tres que, creo, tienen algo de vacación, de descanso, de pequeño viaje. Tres libros que tienen más de una historia dentro, que compilan varios textos; libros de los que sería muy difícil hablar en una sola carta, por su diversidad y extensión, pero que, creo, son compañeros ideales para el calor y los días de verano. 

El trabajo de la contemplación

La canción de la derrota, Beatriz Vignoli, 7 vidas ediciones.

Uno pierde para descansar. Uno pierde para poder volver a casa. Volver derrotado siempre es mejor que no volver. Volver derrotado es a veces la única manera de poder volver a tantas cosas. A esa manera de vivir el tiempo que habíamos olvidado, a ese pacífico ocio que abandonamos cuando comenzamos a pelear. En el ocio se cultivan la amistad, el humor, el amor, el juego, la poesía. En la lucha por ganar, en la casi paranoica lucha por mantener el triunfo, nada de eso puede crecer. La derrota produce cultura. La victoria, más policías.

Ese es un fragmento del libro de ensayos de nuestra Premio Nacional de Literatura —me pongo de pie—, Beatriz Vignoli. Con la lucidez que solo puede dar la poesía, la verba de este libro piensa sobre diferentes temas: la derrota, la ausencia, la AFIP, la pandemia, la estupidez que nos provoca la pantalla, entre otros. Es, sobre todo, un libro sobre la mirada, sobre las formas de observar un mundo que parece desgranarse socialmente y que coquetea con la pesadilla. Vignoli mira a los ojos el tiempo que pasa y lo escribe; dice: “Antes, nos pagaban por mirar. Aquel mundo era otro. Hemos salido de nuestras cuevas con los ojos enceguecidos por la luz de nuestros teléfonos. Hemos salido a un mundo que desconoce el oficio de mirar”.

La voz de los otros y las otras

Frutos extraños, Leila Guerriero, Alfaguara.

Que una vez soñó con serpientes, dirá. Que soñó que estaba en una cama llena de serpientes y que no podía hacer nada. Y que otra vez soñó que se había muerto y que lo llevaban en su cajón al cementerio y que se reía porque pensaba que no iba a entrar en el nicho: que sobraba un pedazo de él de más de un metro. Que la única ambición que tuvo alguna vez fue la de poder curar con las manos y que por eso aprendió reiki por televisión. Que se quiere enamorar. Que recuerda los viajes por Estados Unidos con el chofer y el Cadillac y Willie Nelson en el pasacasete, y que nadie puede acostumbrarse a haber estado así y estar como está él: preso de sí, encerrado.

El fragmento que acabás de leer es parte de uno de los tantos perfiles y crónicas que se reúnen en un libro de lomo grueso y de escritura afilada. En esta casa adoramos a Leila Guerriero —sin ir más lejos, la gata con la que vivo lleva su nombre— y esto es a causa no solo de su rigor periodístico, sino también por la delicadeza con la que usa el lenguaje. Cada oración parece ser la más bella posible, cada personaje el más interesante, cada vida la que más merece ser contada. Y este es un ejercicio muy difícil, el de desaparecer, el de dejar que la voz de las historias tomen protagonismo y se desplieguen en las palabras, tan particulares, y al mismo tiempo construir una voz propia y brillante. La crónica sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense tiene una voz diferente a la de Fito Páez, que a la vez es distinta a la de las vendedoras de Mary Kay y a la del telón del Colón, entre tantas otras presentes en las quinientas ochenta páginas de placer.

La puerta a las drogas

Las ceremonias. Crónicas de personas que usan drogas, Marcos Aramburu, El gato y la caja.

No sé qué tan directa sea la relación, pero la edad a la que empecé a fumar porro fue también la edad en la que pude empezar a decir en voz alta que mi mamá se había muerto. Hasta entonces, durante cuatro años, si alguien me preguntaba de qué trabajaba mi vieja o cosas por el estilo, yo me hacía el boludo y cambiaba de tema. No podía decirlo. Además, en esos primeros años de adolescencia, la marihuana fue la vuelta a las carcajadas, a la infantilidad, a irme de vacaciones con mis amigos Iván y Alfon y tirarme en la arena a jugar como un nene. «Vos de chiquito estabas todo el día adentro, al lado del cuarto de tu madre, te decían que salieras a jugar y vos te quedabas ahí en la puerta, como un guardián”, me dijo una vez Silvia, que fue la amiga de mi vieja que más compartió esos últimos días en la casa de Maschwitz, donde vivíamos. El porro me sacó a jugar y a reírme, ya no al jardín de mi casa, sino a la calle, a los recitales, a lo de mis amigos. Me puso a cultivar y a cuidar una planta, a generar ese vínculo con el afuera que tanto me pedían cuando era chico. Por eso, enterarme de que mi mamá también fumaba era sentir que compartíamos una cosmovisión.

Lejos de ser un manual de uso o una biblia aleccionadora sobre las drogas, las cuatro crónicas se centran en la vivencia particular de cada persona con sus consumos. En la escritura, que es también el ejercicio de la pregunta y la escucha, encuentra los lugares donde los motivos, efectos y afecciones de cada quien se develan alegres, complejos, oscuros, divertidos, profundos o terribles. Este fragmento es de la última crónica, una que Marcos hace en primera persona tras la estela de su mamá. Están también tres travestis fantásticas del Archivo de la Memoria Trans —Trachyn, Carola y Sonya—, un médico gay amigo de su papá con un recuerdo agridulce de sus consumos y un artista visual que trabaja con psicodélicos. Más allá de la droga en sí, el libro nos propone intimidad a través de la narración afectuosa y amable que el escritor logra.

Llegando al final de esta carta, me doy cuenta de que elegí tres libros escritos por periodistas, quizá uno de los lugares lectores que más visito. Ojalá alguno sea compañía en este calor. Si es así, ¿me contás? Si querés responderme o recomendarme algún libro, te leo con gusto.

Nos leemos la próxima, un abrazo,

Vir del Mar.

Suscribite-a-La-tinta

Palabras claves: Beatriz Vignoli, Leila Guerriero, Marcos Aramburu

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