“Vamos a ver si llegamos a fin de año”
Una frase y una camioneta roja lanzadas en la noche, circulando por una autopista fría. La historia de cómo la voz de Rodrigo empezó a crecer cuando su cuerpo ya no estaba.
A la frase del titular la pronunció Rodrigo y, esa misma noche, el tiempo empezó a correrle en contra. Era viernes 23 de junio del año 2000 y el cordobés estaba en la Ciudad de Buenos Aires. Por la tarde, entró a Canal 13 para grabar La Biblia y el Calefón, siendo uno más entre los invitados de Jorge Guinzburg. El pelo teñido de azul, las botas rojas, un jean claro, camisa oscura y una campera de cuero rojo que, visto hoy, parecía un llamado de atención y no solo una buena combinación.
Entre chicanas, risas y dobles sentidos, Guinzburg le preguntó por el origen del apodo “Potro”, que lo convirtió en mito. Rodrigo respondió jugando, pero, antes de irse, dejó caer una frase seca, incómoda, imposible de ignorar: “Vamos a ver si llegamos a fin de año”. Fue la última entrevista de su vida. Se subió a una Ford Explorer roja y tomó la autopista La Plata–Buenos Aires, sin saber que estaba manejando hacia su consagración afuera de los escenarios.

***
La autopista respiraba frío esa madrugada del 24 de junio. La ciudad tenía el olor espeso del final de la noche y en el asfalto se veía el reflejo de las luces que circulaban de un lado a otro; los autos se estiraban en la calzada como si fueran restos de las bailantas y, en esa oscuridad, se recortaba la silueta de una Ford Explorer roja, con la música fuerte y con una urgencia encendida de volver a casa. Eran las 3:20 de la madrugada, Rodrigo manejaba como era su costumbre: mandaba y se exponía. Iba escoltado por su propio vértigo y por la ansiedad de quien cree que la música te sostiene frente a cualquier cosa.
Los relatos que se han repetido cada año, como las crónicas, las entrevistas y los recuerdos con olor a nafta, coinciden en lo esencial: una camioneta que pierde el control, varios vuelcos sobre la calzada y la muerte como epílogo. Entre los acompañantes, había un niño, un excompañero de ruta, una exesposa que sobreviviría para guardar imágenes imposibles. Entre los muertos, quedó un nombre más que también era una sombra: Fernando Olmedo, hijo del cómico, cuyo naufragio resonó en la prensa débilmente. La noticia circuló al instante, en tiempos más analógicos y menos conectados.


Con los años, las piezas de la noche se han reordenado por memoria: la velocidad, los testimonios que discrepan, las versiones que culpan a una Chevrolet Blazer blanca. En los relatos más veteranos, se habla de exceso y de la precipitación de un éxito demasiado repentino: la insistencia en no llevar cinturón, el impulso de manejar aun cansado y la vanidad arrolladora del éxito.
***
— ¿Se arrepiente de algo?
— No, no. Si algo parecido me pasara, haría lo mismo que esa noche. Vi el accidente por el espejo retrovisor y me detuve en el primer puesto de peaje para avisar. “Manden una ambulancia porque unos tipos se hicieron pelota”, les comenté. Y seguí camino a mi casa.
Las palabras eran de Alfredo Pesquera, el único acusado de intervenir en la muerte de Rodrigo, por frenar su camioneta delante de la Ford Explorer del cuartetero, lo que, sospechaban, produjo el accidente fatal. Pesquera fue detenido por ese hecho el 10 de marzo de 2001, pero permaneció solo 31 días ahí. A fin de ese año, fue absuelto en el juicio oral, intentó reacomodar su vida, pero en 2003 fue sentenciado a un año y tres meses de prisión en suspenso por una causa de estafas relacionadas con autos usados que vendía, pero no entregaba.
— ¿Por qué abandonó tan rápido el lugar del siniestro?
— Porque no soy paramédico, solo vendo computadoras.
— ¿No lo traumatiza recordar la tragedia?
— No, porque no soy culpable. Yo iba a 120 kilómetros por hora, debajo de la mínima, contra los 176 que llevaba él hasta el momento de la primera frenada. (Luego, las pericias conocidas en el juicio determinaron que Rodrigo conducía a 144 km/h, 14 más de la máxima permitida).

Pesquera fue imputado por doble homicidio culposo, pero, tras un juicio, fue absuelto en 2002. Las pericias indicaron que la culpa fue de Rodrigo Bueno, que no llevaba el cinturón de seguridad puesto y manejaba de forma imprudente y a exceso de velocidad. Pesquera, en algún momento del juicio, sugirió que en el caso había mucha plata en juego por los seguros de vida. Después, su nombre volvió a aparecer: lo vincularon al asesinato del financista Miguel Ángel Graffigna, en 2013. Poco tiempo más tarde, una bala lo sacó de escena. El expediente habló de suicidio. Su vida, sin embargo, ya venía herida: estafas, una fama súbita, mal digerida y el ruido breve de la notoriedad.
***
La autopista siguió abierta después del vuelco. Los autos pasaron, las luces cortaron la noche como si nada hubiera ocurrido. En algún punto del asfalto, quedó el ruido seco del impacto; en otro, el silencio. Rodrigo ya no estaba ahí para cantarle a nadie, pero su voz empezó a hacerse más grande que su cuerpo. No hubo tiempo, solo una madrugada que llegó pronto y una frase al pasar —vamos a ver si llegamos a fin de año— que todavía hoy suena como una advertencia.
*Por Esteban Viu para La tinta.
