El color que regresa tras los incendios
Durante el 2024, los incendios forestales en la provincia de Córdoba acorralaron a las comunidades y dejaron 42.000 hectáreas calcinadas en la región del Valle de Punilla. A un año de aquella primavera incendiada, recorrimos las zonas que nos devuelven una postal reverdecida entre resabios de un paisaje gris que aún intenta recuperarse.
Por María Eugenia Marengo para CDM Noticias y La tinta
En el norte de la provincia de Córdoba, el Valle de Punilla está recuperando el color. Parches verdes afloran entre las laderas de la montaña, mientras la piel aún lastimada de los cerros se extiende en los bordes de la Ruta Nacional 38. Durante el 2024, según los datos de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), las hectáreas incendiadas en la provincia fueron 76.921, siendo las localidades de San Esteban, Los Cocos y Capilla del Monte las más afectadas, con un total de 42.030 hectáreas quemadas.

Del lado oeste de la Ruta Nacional 38, un camino cruza el río Dolores y se hace una subida que zigzaguea entre piedras. El recorrido adentro de la montaña es irregular, a lo largo de 22 kilómetros, el camino se conectará con el poblado de San Marcos Sierras. En uno de los puntos más altos, el paisaje asombra. En ese mismo lugar donde todo ardió, emerge el monte de orcos quebrachos, molles y tuscas, aunque las cicatrices de la tierra aún estén abiertas.

En un incendio, el fuego puede propagarse de dos formas a nivel temperatura: si no hay viento, quema en un lugar, levanta mucho calor y no se desplaza. Con viento, se desplaza muy rápido, pero no levanta temperatura: “Aunque sea de mayor superficie, si no llega a matar a todos los microorganismos del suelo, es más beneficioso que un fuego chico”, explica Duncan Hogg, guía de montaña, paramédico y bombero profesional, a cargo de las guardias en el cerro Uritorco de Capilla del Monte.
Por eso, no siempre un árbol que no se ha quemado sobrevive. Depende de la temperatura del suelo y de la posibilidad de que todos los microorganismos y bacterias que nutren sus raíces hayan sobrevivido al calor.


Hay algo del color de septiembre que no se pierde, aún quedan rastros enrojecidos en las hojas de los quebrachos. En este punto de la montaña, el verde de los molles brilla, son como pequeños espejos que se reflejan bajo el sol caliente de una mañana de diciembre. Es el mes en que amanecen las flores de las tuscas en botones amarillos, perfumando al aire que lo envuelve todo.


El paisaje partido en dos
Descendemos. Ahora los ojos detectan los puntos oscuros, los troncos descascarados, los molles inmensos que perdieron su brillo. De un lado al otro, aparecen algunos árboles aún sombreados por el fuego que pasó.

En esta parte, el paisaje se hace de los restos de una cicatriz oscura que bordea al pellejo de la tierra. Nos detenemos. Lo observamos con una paciencia silenciosa entre los tacones de los troncos quemados. Sobre un alambrado, cuelga un poste carbonizado. Un guante ignífugo quedó impregnado en una roca. Las ramas tortuosas de lo que fue un monte maduro delimitan la zona. Vestigios de un sitio que ahora se torna en un gris inerte de película futurista que dejó la vida en otra era. Un ecosistema de pastizal puede tardar cuatro años en recuperarse, pero el Monte Chaqueño, para volver a ser un bosque sano, tiene ciclos de hasta ochenta años.


“Cuando observamos el monte nativo, lo que estamos viendo es el vuelo: las copas, las ramas, las hojas y todo lo que implica, lo acompaña en el estrato arbóreo, arbustivo, herbáceo, las enredaderas”, explica Natalia de Luca, ingeniera forestal, integrante de la mesa técnica de la Coordinadora en Defensa del Bosque Nativo (CoDeBoNa).
Aquí, el paisaje parece haber perdido su vuelo. Hay un silencio que perturba. El monte no cruje como en el invierno: es un silencio triste que absorbe la superficie.



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En Córdoba, solo queda un 4% de ambiente de bosque nativo en buen estado de conservación, asegura el biólogo Montenegro y sentencia: “Va quedando una biodiversidad empobrecida como parte de su tragedia ecológica”.
Las causas de los incendios forestales son un círculo que abarca desde el negocio inmobiliario, la ganadería, los basurales a cielo abierto, los negocios extractivistas hasta un cableado eléctrico en mal estado. Durante el 2024, a estos factores, se sumó el mal uso de la herramienta de contra fuegos por parte del el Equipo Técnico de Acción ante Catástrofes de Córdoba (ETAC). Sin embargo, la utilización de esta técnica ―frenar el fuego con un frente de otro fuego―, en condiciones climáticas adversas, más de 30°grados de temperatura, viento a más de 30 km por hora o menos de 30% de humedad, favorece la propagación de un incendio.
En casi todas las razones que inciden en los incendios forestales, la necesidad del desmonte ―incluso en muchas zonas protegidas por la Ley provincial 9814 de Ordenamiento Territorial de Bosque Nativo― es un factor común que se hilvana en el entramado del modelo capitalista que avanza sin dar tregua a la vida. En otras, la idea de ganar más a costa de precarizar todo lo posible.

Según los datos sobre incendios recopilados por el grupo de investigación del Instituto Gulich, dependiente de la Universidad Nacional de Córdoba y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), a comienzos del siglo XX, Córdoba poseía 12 millones de hectáreas de bosques nativos originales. “Para 2012, quedaban solo 594.000 hectáreas, que ascienden a casi dos millones si se contemplan otros tipos de vegetación”, explican desde UNCiencia. Y como dato histórico, entre los años 1998 y 2002, Córdoba alcanzó niveles de deforestación comparable con los máximos mundiales: “Mientras que entre 2002 y 2006, esos índices se ubicaron entre los más altos de Argentina”.

En la cronología de los incendios, entre 1998 y el 2005, describe Montenegro, el total sumado de área quemada superó las 2.200.000 hectáreas. La segunda cifra más alta fue en el año 2020, con 320.000, pero con una pérdida de monte progresivo, ante el cambio en los usos del suelo y del paisaje, como consecuencia del avance de loteos inmobiliarios y el agronegocio. En 1987, había alrededor de tres millones de hectáreas de monte nativo; para el 2020, menos de 600.000. Entre el año 2010 y el 2024, se perdieron un total de 800.000 hectáreas. “¿Cómo puede esperarse que los ambientes nativos de sierras y llanuras se recuperen si continúan los incendios y los desmontes? Ya no queda margen”, enfatiza Montenegro.


En el 2024, la pérdida de hectáreas en la provincia cordobesa fue menor, pero la tierra acumula el daño y la lenta reparación de los fuegos anteriores. Esta recuperación sucede naturalmente, en un proceso que se denomina sucesión ecológica secundaria. Sin embargo, “cuando al ecosistema se lo somete a nuevos disturbios o presiones (sobrepastoreo, fuego, topadora, motoguadaña, extracciones, presencia de especies exóticas invasoras, apertura de caminos, loteos, minería), en vez de regenerarse, comienza a degradarse”, dice Natalia.


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El territorio herido atraviesa la vida de todo un ecosistema que es clave para el equilibrio de la existencia. El camino desciende y nos encuentra en la ruta 38 de nuevo. Atrás, una sensación de ausencia parece ocuparlo casi todo. Aunque el paisaje parezca por momentos vacío, los árboles quedan: de pie, caídos o retorcidos. Se estiran incluso cuando sus ramas parecieran desgranarse y, a pesar de que la raíz duela, siguen brotando.

*Por María Eugenia Marengo para CDM Noticias y La tinta, en el marco del proyecto «Volvé Aromito« / Imágenes: Agustín Fontaine y Eugenia Marengo.
