No son inquilinos de piel, son inquilinos de alma
Cuando llega diciembre, en este hemisferio no hay nieve ni pulóveres navideños. Acá significa calor insoportable, fin del año lectivo y cierres de proyectos en las oficinas. En Argentina, además, se lo atraviesa con puteadas, guita que se va rápido, fantasmas de crisis que revientan y una exaltación generalizada que afecta todos los ritmos de vida. En esta tradición argenta, un elemento más se suma a la vida de una importante parte de la población: las mudanzas.
Por Francisco Wester para La tinta
Una mudanza es, principalmente, un problema. Así le pasó a Matías, nacido en el interior de la provincia y estudiante de Ciencias de la Comunicación, cuando tuvo que hacerla en diciembre de 2023. Vivía solo, en un departamento pequeño que se sostuvo cuatro años con plata de sus viejos, sin tener mucha idea de cómo se gestiona una casa. Por ingenuidad, por inexperiencia y hasta por desinterés, Matías no vio venir que ese sostén estaba por caer. En los últimos meses de su contrato de locación, la situación económica del país recrudeció, los precios subieron, los salarios bajaron, su viejo se quedó sin laburo y, finalmente, no le renovaron el alquiler. Esta es la historia de los meses que sucedieron: un periplo con la economía familiar, las promesas de la política nacional y las inmobiliarias. Un inquilino contra la Familia, el Estado y la Propiedad Privada.
Lxs inquilinxs nacen y se hacen. Pocos tienen el privilegio de nunca serlo, mucho menos en nuestra generación.
Hay quienes nacen y mueren locatarios, hay otros pocos que van de proletarios a propietarios y hay quienes nacen en vivienda propia y ―muy temporalmente― alquilan hasta el día que hereden. Matías fue uno de estos últimos. En la primera experiencia de alquiler en Córdoba, había empezado a pagar algunas de las cuentas de la casa, siempre a nombre de otro, como les pasa a todxs lxs inquilinxs, y manejaba alguna guita que le hacía sentir que, en realidad, lo que manejaba era su vida.
Esta primera experiencia fue en la pandemia. En ese contexto, la Ley de Alquileres 27551 intentaba disminuir la disparidad entre las partes y la baja demanda de nuevos alquileres hacían a un clima de aparente convivencia pacífica. Era un win-win: la inmobiliaria no perdía un alquiler y Matías tenía seguridad habitacional. Pero eso no tardó en cambiar. La dueña, una señora que vivía en Buenos Aires, decidió que, por culpa del gobierno de turno y la mencionada Ley, le convenía más vender el departamento que seguir alquilándolo. Cada vez que aparecía un posible comprador, Matías tenía que recibirlo en su casa, que no dejaba de ser su espacio íntimo y personal. La mojada de oreja se empezaba a sentir.
Nadie compraba el departamento. Estaba muy caro. La señora decidió que, aunque nadie lo comprara, no iba a renovar el contrato por el año que, como mínimo, exigía la ley. Ese aviso coincidió con la victoria de Javier Milei en las elecciones presidenciales. Eso cambiaba el esquema de proyección por completo, porque acarreaba la promesa de la derogación de la Ley de Alquileres y la imposición de una alternativa alineada con los principios del liberalismo: “igualdad” de condiciones entre las partes y menos intervención del Estado en términos de plazos, montos, garantías, derechos y responsabilidades. Festejaron las inmobiliarias.
El clima era de especulación generalizada. Nadie quería jugársela hasta conocer las nuevas condiciones para los contratos de alquiler. En ese vacío de certezas, Matías tuvo que acomodarse.
―Pero vamos, che ―pensó―. Todo el mundo se muda, por lo tanto, todo el mundo puede conseguir dónde hacerlo buscando en internet.
Y ahí fue.

El mercado inmobiliario encuentra en la virtualidad su canal principal. Son muy pocos los que todavía leen los clasificados de los diarios y muchos menos aún los que se presentan a una inmobiliaria a consultar por disponibilidades. Una amiga le recomendó a Matías buscar en una aplicación porque era supuestamente más seguro y él entró como un campeón. A la semana, había perdido 35 lucas en una seña a un supuesto dueño que, al toque de recibida la transferencia, se borró de la ciudad o del país, o quizás sigue aquí con otro nombre o con el mismo, total no importa y nadie hará nada. Pero Matías perdió la guita y se sintió un gil.
Milei aún estaba por asumir y el panorama ya era desolador, las ofertas eran inalcanzables. Todas tenían un precio inicial altísimo, porque la inflación había subido mucho y muy rápido. La opción de seguir viviendo solo adquirió, en este punto, un carácter más ilusorio que realista. Matías pensó que quizás debía ceder un poquito y buscar vivienda compartida. Pero tras sucesivas idas y vueltas, nadie más (ni él) quiso.
Basta de ilusiones. Quedaba una sola opción y era la de mudarse con una prima más grande, recientemente separada del novio, que también era su concubino. Ella ya vivía en un departamento, que era amplio, pero tenía una sola habitación. Como era conveniente para lxs dos, acordaron fácilmente los términos de la convivencia. Él se iba a poner una cama simple en el living y, con un par de muebles que tenían, iban a “cerrar” la cuarta pared, solo para mantener alguna intimidad visual. Una vez más, pensar que a lxs demás esto también les pasa fue una suerte de alivio. Era la que quedaba.
―Ahora hay que aguantar ―dijo su vieja―.
Ahora sí. Diciembre. El mes menos indicado para esperar colaboración y empatía de gente que ya trabajó el año entero. Por suerte, Matías no tenía que lidiar con las burocracias para mudarse, pero tenía que resolver cómo mudar todas las cosas de su departamento a un living de 4×3. El mejor lugar (en realidad, el único) que encontró para guardarlas fue un depósito de una empresa de camiones en la zona sur de la ciudad. Consiguió un flete amigo a mitad de precio y fue a llevar todo, en un acto de confianza ciega. Al principio no le quisieron abrir la puerta, luego el precio no era el indicado, luego las condiciones no fueron las acordadas, luego no había ningún ayudante para bajar los siete muebles y la cama que tenía. Se sintió atrapado, pero se tuvo que callar, bajar la cabeza y aceptar lo que le dijeran, pues, de lo contrario, debía subir las cosas de vuelta a la camioneta y volver por donde vino.
Hay problemas que no se resuelven con plata, como los de una convivencia forzada, y las rispideces no tardaron en aparecer. Hubo una de todas esas veces que la discusión se cerró en un silencio largo e incómodo luego de que Matías, que ya tenía cierta aversión a los enojos impulsivos, dijera: ―¡Y cómo querés que no me pelee con vos si estoy viviendo en un puto living!
Eso descolocó a lxs dos. La culpa no estaba ni en él ni en ella. No había culpa. Era la sensación de precariedad. Hasta de injusticia a veces.
―Nunca pensé que me iba a pasar ―pensaba días después―. ¿Por qué le debería pasar a cualquiera? ¿Realmente nadie tiene la culpa y solo te toca por mala suerte?
Se respondió a sí mismo que no podía ser así. A la vez, en los medios y redes sociales se hablaba cada vez más de la insostenibilidad de la situación inquilina luego del Decreto Presidencial 70/2023, que derogaba la Ley 27551 y destruía la posibilidad de una negociación bilateral. Empezó a adentrarse en lo que veía en esas noticias y así conoció la organización Inquilinos Agrupados que, en enero de 2024, publicó un informe basado en la Encuesta Nacional Inquilina que destacaba los siguientes titulares: “El 53% de los hogares inquilinos encuestados presenta deudas de algún tipo. En relación a los sentimientos, predomina la angustia (78%), la ansiedad (75%) y la desesperanza (68%). El 92,9% de las y los inquilinos encuestados cree que el 2024 será peor que el 2023”. Fue una revelación.
Su problema ya no se veía solo como su problema, era un problema generalizado. Concretó, sin darse cuenta, un acto de imaginación sociológica: en honor al famoso libro de Charles Wright Mills, comprendió su propia existencia y evaluó su propio destino localizándose a sí mismo en su época.
Lo que antes era alivio porque “a los demás también les pasa” se convirtió en un ápice de explicación colectiva a su problema individual. Colectiva y, principalmente, política.

Matías se la pasó diciendo “esto también pasará”. Y pasó. Los meses que siguieron pudo aguantar y llegó la hora de encontrar un nuevo departamento. Matías había empezado a trabajar y la economía familiar era más estable, lo que le permitió desde el inicio de la búsqueda pensar en volver a vivir solo. Era un golazo. El departamento “ideal” apareció rápido y, como él ya estaba un poco más endurecido para los trámites, pasó el laberinto legal sin achacarse. La alegría de cambiar la situación habitacional era más fuerte que el tedio que le daba firmar papeles y pagar escribanos.
El mundo que se abre con las puertas de un hogar donde vivir es agradable; se sabe. A nadie esto le debería ser negado. Pero tampoco es el final de las dificultades tramitales. Luego de unos meses, Matías se empezó a dar cuenta de cómo lo cagaba EPEC con el desfasaje en la categoría de subsidios, Aguas Cordobesas (¡cómo iba a pagar para tomar agua!), la administración del edificio, que cobraba absurdamente caro y encima todo barrani, Personal, con tremendas promos y tremenda letra chica. Y así todos. Cada uno con su gota de sangre. Y encima, el presidente hablaba de contrato en igualdad de condiciones.
―La veo negra ―pensaba mientras se daba cuenta, como suele decirse, que a su sueldo le sobraba mucho mes―. ¿Será que ser grande es aprender a aguantar las cosas? Cada noche antes de irse a dormir, Matías empezó, en silencio, a mandar a cagar a cada uno de los que él creía que le quitaban tranquilidad y soñaba que un gran jurado popular abolía las inmobiliarias. Y en el sueño, él festejaba.
Matías bien podría caber en cualquier inquilinx. Según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022, el 21% de los hogares del país alquila el lugar donde vive y este número asciende al 34% en la ciudad de Córdoba: 189.897 hogares. Casi el 28% de esos hogares tiene jefx de hogar de entre 16 y 29 años. Natalia Cosacov ha estudiado el proceso de inquilinización en Córdoba y demuestra que quienes pertenecen al segmento inquilino “están más endeudados y han recurrido en mayor medida a sus ahorros para cubrir sus gastos. Además, suelen vivir en espacios más reducidos y con mayor hacinamiento por cohabitación que los propietarios”.
La investigadora también invita a pensar, entre otras cosas, en lo que queda por ver: ¿de dónde vienen? ¿Hacia dónde van? ¿De qué clase son? Nosotrxs agregamos: ¿cómo van a hacer para llegar desde donde vienen hacia donde van? ¿Qué rol cumplirá la política? ¿Quién responde a lxs inquilinxs? ¿Quién lxs representa?
La precariedad aumenta y la informalidad encuentra nuevas formas de filtrarse en las vidas de las personas. “No rompan la economía en negro, que es lo único que funciona en Argentina”, decía un tuit visto hace un tiempo. ¿Lo preferimos? ¿Se nos impone? ¿Cómo reconocemos si nos conviene o si nos están abrochando?
El camuflaje de la informalidad como beneficio es moneda corriente y está presente en todos los ámbitos de la vida. No deberíamos dejar librada a la mano invisible nuestra seguridad habitacional porque, en un truco de magia, se la va a meter bajo la manga y nos va a decir:
―A llorar a la llorería.
*Por Francisco Wester para La tinta / Imagen de portada: Sociograma.
