Tiempo para escribir

Tiempo para escribir
Camila Vazquez Perfil
5 diciembre, 2025 por Camila Vazquez

Esta entrega de A favor de la fantasía busca pensar cómo escribir en tiempos de extractivismo vital. Pienso, mientras escribo, cómo sacar a la escritura de las medidas cuantificadoras, de las garras neoliberales. Hago un elogio de esta labor inútil.

Grimorio

Hace unos días, le escuché decir a Luciano Lamberti que el título de su última novela, Para hechizar un cazador (Alfaguara, 2021), viene de los antiguos grimorios que proponen hechizos para varias aristas de la vida. Para dejar un trabajo hostil, para que deje de gobernar la derecha ultraliberal, para tener tiempo de escribir. Estos últimos hechizos me los inventé yo, porque me hubieran hecho falta a menudo. Pero en particular, quiero referirme al hechizo que me suscita esta pregunta, que insiste, tantas veces, con angustia y desgarro: cómo escribir en tiempos de extractivismo vital. Entonces, más que una lista de tips, lo que quisiera es hacer un conjuro, una alquimia, algo que cambie el estado de cosas.

No

No sabés cuánto me hubiera gustado ir, pero no voy a poder porque estoy encerrada escribiendo, fue la mejor negativa que alguien me dio. Un modo particular del no ante una invitación para dar una charla literaria. Y, aunque me hubiera encantado a mí también que la autora pudiera venir, su no me resultó tentador: yo también quería poder ejecutarlo.

Fue leyendo la novela Derroche (Radom House, 2022) de María Sonia Cristoff que comencé a preguntarme cuál sería el camino posible para tener tiempo de escribir.  Una novela que trae consigo una propuesta para desertar de aquellos trabajos que generan, al decir de su autora, extractivismo vital. Algo semejante me había pasado con el libro de Celia Paul, Autorretrato (Chai, 2021), en el que la artista se pregunta cómo organizar dos tensiones que rigen su vida: amar y pintar. 

El extractivismo vital puede cooptar casi todos los órdenes. Mensajes no urgentes que amenazan: respondeme cuanto antes. Y una misma: la que responde. Por aquella época, la del no, yo todavía trabajaba en gestión cultural y quedaba muy frecuentemente atrapada en una red de deudas, a priori gentiles. Frases bienintencionadas tales como nos encantaría que, sería un honor para nosotros. Al leerlas, sentía que, tal vez, debería hacerlo. Acaso querría hacerlo, pero la deuda tiende a extinguir la elección. La trampa de los tiempos verbales. 

A menudo, la época pone todo en términos de deuda. Hay que asistir, hay que sostener, hay que pronunciarse por las actividades autogestivas: la fórmula infalible para no ser neoliberal. Una época de preceptos duros, lejanos al deseo. Hemos permitido que el deseo se vaya de los espacios colectivos. Deber por sobre desear. Una forma de hacer política en la que también me deja pensando La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama, 2024), en relación al moralismo de los 70, esos discursos sacrificiales que garantizan haber quedado del lado del bien. Preguntas que aún reverberan en mi cuerpo sin tener claridad sobre todas ellas. 

Pero volvamos a ese no que me cautivó. La posibilidad de decir no, lo que un no habilita: cuando es posible elegir, decirlo para tener más tiempo para escribir. El permiso de sustraerse sin salirse por completo, una pausa, un tiempo otro para escribir. 


Quien escribe sabe que su vida está encomendada a una tarea inútil, escasamente valorada en términos económicos, no respetada en términos públicos: ¿por qué está habilitado escribir mensajes en cualquier lado, pero no ponerse a escribir una novela en medio de una conversación? Quien escribe sabe que el tiempo de la escritura es algo que no existe. Hay que robárselo al trabajo, al amor, a las obligaciones civiles, familiares, morales. Robar en tanto inventar. Inventar porque siempre habrá algo más urgente, más necesario, más útil que sentarse a escribir. El mundo siempre reclamará su necesidad de nosotras en el engranaje. 


Lo que aprendí es que nadie va a otorgarnos ese permiso: tenemos que tomarlo por arrebato. El ocio es para los ricos. Por eso, mejor ladronas que alienadas. Mujeres, a la página, ordena un poema de Mirtha Rosenberg.

Vacaciones

Hace unas semanas, estuve de viaje varios días por tareas en torno a la literatura. Cuando volví, alguien me dijo: ¿cómo te fue en las vacaciones? La frase me molestó: escuché allí cierto tufillo pasatista. Irse de viaje por literatura como equivalente a no hacer nada. Es cierto que conocí lugares únicamente por la escritura y es cierto, además, que viajes y vacaciones pueden aparentar algo semejante. Pero aunque haya muchísimo y extraño disfrute en la tiranía de la escritura ―el texto siempre es tirano, siempre pide más―, no es un disfrute que ocurra sin esfuerzo. ¿Cuáles vacaciones?, fue lo poco que pude contestar.

Porque entonces una siente eso que mucha gente le hace creer: que escribir es un privilegio y no un trabajo. Se supone que no podés sentir deseo por algo inútil, como la literatura. Solo es factible desear ser millonario. Un inversionista consigue dinero sin trabajar, sin producir nada más que mover el dinero de lugar. Una escritora trabaja por escaso o nulo dinero, ¿y la privilegiada es ella? 

¿O el problema es el deseo? ¿Que la escritura, además de esfuerzo, traiga placer? 

Privilegio

No faltan quienes dicen: “¿Y cómo hiciste para publicar ahí? ¿Y cómo ganaste tal beca? Yo me iba a presentar, pero eso está todo arreglado”. ¿No es un tanto violento reducir el trabajo de otrxs a la mera suerte o acomodo? Resulta que para todo eso hay que trabajar: imaginar, escribir, corregir, corregir, dar a leer a otrx, leer a otrxs, leer mucho, investigar, publicar, presentarse a becas, presentarse a premios, perder, ganar, seguir escribiendo.

Incluso hay escritores que instigan esta ideología: el caso de un poeta que afirmó que se da el lujo de la poesía. Entonces me doy cuenta: estoy tajantemente en contra de las ideas que postulan que escribir es un privilegio. Escribir es un derecho cultural. Creo que esos clichés epocales han lavado de complejidad muchos ejes de nuestras vidas.


Cierto consignismo contra el que los movimientos progresistas tenemos que lidiar, estar alertas. Es cierto que para escribir una debería, al menos, estar escolarizada, conocer el código escrito de su lengua. Es cierto que no todos accedemos a los bienes culturales en igual medida y eso se llama injusticia social. Pero me niego a leer todo en los marcos productivistas: pensar cuánto privilegio tiene dedicarse a algo inútil como escribir, cuantificarlo, es leerlo en las claves del neoliberalismo. Porque si fuera un privilegio: ¿cómo es que una persona tiene que tener cuatro trabajos para poder dedicarse a este otro: escribir?


Otro prejuicio habitual sobre la escritura es que se trata de un acto individualista. Esta idea circula también entre los discursos del bien: como si escribir fuera un versus, lo opuesto a hacer algo por el contexto actual. Y peor aún es la idea de que, para hacer algo por la época, a la que le ocurren muchas desgracias, quienes escribimos nos debemos a la época: escribir sobre ella estando en ella. Algo diferente podríamos pensar con Ítalo Calvino quien, en su conferencia sobre La levedad (1984), propone que, para poder intervenir sobre el mundo, hay que sacarle peso al mundo. Despegarse apenas de lo real. Pero aquí estamos: individualistas, privilegiadas, poco comprometidas. Hemos llegado a tal grado de literalidad, a falta, quizás, de literatura, que leemos en un momento de retiro, de soledad, un gesto individualista. La escritora Sara Maitland, autora del ensayo Cómo estar en soledad (Fiordo, 2025), podría contestar: Nos decimos una y otra vez que la libertad personal y la autonomía son al mismo tiempo un derecho y un bien, pero pensamos que los individuos que ejercen esa libertad de manera independiente son tristes o locas o malas. O acaso las tres cosas al mismo tiempo

Soledad

Me parece que lo que desconocen estas premisas es la dimensión inconsciente de la escritura. Escribir es como enamorarse: una contingencia, no se decide. La escritura es una fuerza, un llamado, algo orgánico que, aunque se hace con lenguaje, es algo que ocurre incluso en su contra. ¿Puede la literatura ser previa al lenguaje en algún lugar de nosotras? Y también, cuando se desestima su extraño pulso, una enfermedad: si no le das lugar, te visita en sueños, en síntomas, en amarguras inexplicables. 

Para alojarla, es necesario hacerle lugar. Un lugar que pide salirse del lazo terrible de lo urgente. No del presente, sino de la urgencia. Creo que cierto repliegue es condición sine qua non para escribir. Porque, como en el amor, la escritura nunca está garantizada. Nos preguntamos cómo es que desapareció, pero muchas veces somos el motor de ese abandono.

Cómo

Entonces, ¿cómo escribir? Para ejecutar este hechizo, tienes que aprender cuándo decir que no. Pero, primero, debes cuidar de la escritura como si fuera una antorcha. Una luz para entrar y salir de la cueva. Un fuego siempre es un riesgo. La luz puede apagarse, puede obnubilarte ―esto es muy peligroso, creer que la luz sale de ti―. Y lo más grave: puedes causar un incendio. Quemar las ideas muy rápido, no elaborar el ritmo que ese fuego propone: ir a tientas sobre el lenguaje, escuchar en él lo que la vorágine no permite.

La escritura trae consigo ciertos códigos contra el extractivismo vital. Un momento para hacer algo que no produce, para intentar hacerle torsiones al lenguaje, para imaginar. Escribir, antes que estar fuera del mundo, es un modo de hablar con él.

Además de un hurto, la escritura es un acecho. Una treta ―qué otra cosa es un hechizo, sino un artilugio que nos cambia de lugar―. Una torsión que nos permita seguir con la tarea. Artilugios: faltar a una reunión virtual; no asistir a eventos literarios para que otrxs asistan a los tuyos como una burda lógica de toma y daca; perderse, alguna vez, la fiesta para entrar a esta otra. Y también: defender a la escritura de una misma. No todo lo que una escribe es necesario. Porosidad. Ni tan afuera del mundo como para creerse una intelectual ―siempre es mejor ser una trabajadora de la literatura― ni tan disponible a lo urgente como para perderte ese tiempo adentro de otro tiempo adentro de otro tiempo que te abre la escritura.

*Por Camila Vazquez para La tinta / Imagen de portada: Camila Vazquez.

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Palabras claves: escribir, literatura, poesía

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