El Espíritu del Éxtasis
El Phantom de Ricardo Fort no fue un vehículo: fue un artefacto narrativo. Un objeto que dramatizaba su irrupción pública, amplificaba su voz y, al mismo tiempo, lo protegía de un país que lo miraba con fascinación, burla y deseo.
Un Rolls-Royce en Argentina, más que un auto, es un fenómeno social, un mensaje en sí mismo. No simboliza lujo, invoca distancia. Una pieza que desentona en la escala cromática del país. En las calles que conviven una Amarok, un Fiesta y algún Mercedes que tuvo tres vidas, un Rolls-Royce aparece como aparece un cisne en un baldío: no porque no pueda estar, sino porque nadie espera verlo ahí.
Sobre la punta del capó de estos autos ingleses, reposa la Dama Voladora, también llamada Espíritu del Éxtasis: una figura femenina inclinada hacia adelante, con los brazos extendidos y la túnica convertida en alas que se abren a un viento dramático. Fue esculpida en honor a la velocidad y el lujo. No es un adorno: es un mito. Una pequeña diosa de plata casi sacrificial, como si ofreciera su propio cuerpo para que la velocidad la atraviese. Y al verla sobre el Phantom que conducía Fort, es imposible no pensar que esa miniatura lo espejaba: un hombre que avanzaba contra el viento de un país que nunca terminó de entenderlo, desplegando alas que eran más deseo que realidad, empujado por una intensidad que lo elevaba y lo consumía al mismo tiempo.


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Ricardo Aníbal Fort fue —y sigue siendo— una figura extraña de la cultura mediática argentina. No solo por el dinero que heredó, sino por la capacidad que tuvo para convertir su vida en un laboratorio sobre el yo y la exposición. Su figura provoca diferentes lecturas: la del excéntrico millonario, la del fierrero empedernido, la del performer incomprendido, la del hombre que convirtió la fama en una vocación. Lo que pasaba debajo era otra cosa: una necesidad profunda de ser visto y de fabricar un relato propio frente a un país que no sabía muy bien qué hacer con él. En ese paisaje, el Phantom de Ricardo Fort no fue un vehículo: fue un artefacto narrativo. Un objeto que dramatizaba su irrupción pública, amplificaba su voz y, al mismo tiempo, lo protegía de un país que lo miraba con fascinación, burla y deseo. El auto no era un símbolo de riqueza, sino de identidad: un espejo pulido donde Fort podía verse no como heredero de una fábrica de chocolates, sino como el protagonista de la historia que llevaba años intentando escribir.

Fort entendió antes que muchos que la autenticidad también podía ser producida. Que la vida privada, cuando se la ilumina con la cantidad justa de artificio, se vuelve un contenido irresistible. ¿El dinero le dio una ventaja inicial? Sí, pero lo que hizo con eso fue construir un universo propio, un reality sin plataforma, un streaming permanente antes de que existiera la palabra.
Mora Matasi, en “Larga vida al rey”, menciona que mientras el documental Fake Famous advertía en 2021 que la fama ya era un horizonte laboral para los centennials, Fort había ensayado esa misma idea una década antes: ser famoso como profesión, no como consecuencia. Convertirse en un personaje, incluso cuando la audiencia no sabía muy bien si reír, mirar o cambiar de canal.

Su sueño nunca estuvo en las redes —que todavía no eran territorio masivo—, sino en los templos tradicionales de la visibilidad: los estudios de televisión, los teatros de la avenida Corrientes, las temporadas luminosas de Mar del Plata. Quiso ser estrella en el sentido más clásico del término: entrar a un lugar y que una cámara lo siguiera. Y si no había cámaras, las inventaba: abría su vida, mostraba su casa, sus cirugías, sus peleas, sus guardias médicas. Su realidad era un backstage imperfecto que necesitaba ser embellecido, encuadrado y dirigido.
Su Rolls-Royce exhibía su diferencia, pero también su fragilidad. Le permitía moverse por Buenos Aires como si perteneciera a otra geografía. El auto decía lo que él quería que la gente entendiera: yo no vivo bajo las mismas reglas que ustedes. Pero en esa frase había también una súplica: mírenme.

Fort vivió entre el deseo de ser tomado en serio y la sospecha de que no lo iban a tolerar nunca. Su figura, pública, pendulaba entre la caricatura y la tragedia. Y el Rolls-Royce servía como una armadura en un lugar donde la opulencia, más que admiración, suele despertar sospecha. Era su manera de entrar a escena y, al mismo tiempo, de blindarse del juicio ajeno.
Fort llevó el brillo al pavimento roto, eligió no pasar inadvertido. Su Phantom no era un capricho, sino una estética. Un modo de decir que, si él no podía ser parte de la tradición del espectáculo argentino, entonces iba a construir su propio canon.
Y lo hizo. Es 2025 y hay rastros del chocolatero en el imaginario popular. Con gritos, excesos, perfumes, cámaras y un auto que no manejaba el raiting, pero llevaba a Fort. Un auto que, como él, estaba fuera de lugar y, justo por eso, decía la verdad sobre quién era: un hombre desbordado por sus propias fantasías, tratando lograr una identidad que, como el brillo de una Dama Voladora, necesitaba pulirse todos los días.
*Por Esteban Viu para La tinta / Imagen de portada: A/D.
