Resistir o conservar: reforma laboral, financiarización y optimismo tech
La ultraderecha disfraza de novedad una reforma laboral que se planta sobre supuestos tan viejos como el capitalismo. El solucionismo tecnológico y la financiarización de la vida como propuesta de futuro buscan desplazar el reconocimiento de la asimetría entre trabajador/a y empleador/a, la base de la actual Ley de Contrato de Trabajo, por un “consenso entre partes iguales”.
Por Juana Garabano para La tinta
Al momento de escribir esta nota, lo único que se sabe de la reforma laboral que pretende llevar a cabo Javier Milei y su gobierno es que circula por los pasillos de grandes edificios, viejos y burocráticos, ubicados en Buenos Aires. Quizás para cuando estas líneas se publiquen, tengamos mayores detalles acerca de dónde se pretende acomodar la motosierra para dar inicio a un nuevo desmembramiento. Más que un escrutinio puntilloso sobre las implicancias jurídicas específicas de la posible reforma (tarea fundamental, por cierto), esta columna expone una mirada posible y convida algunas “claves de lectura” sociológicas sobre la problemática.
La intención de llevar a cabo la reforma tiene un telón de fondo, además de la obviedad de beneficiar a los empresarios: la idea de que con la tecnología se come, se cura y se educa. La utopía del solucionismo tecnológico proyecta un futuro digital engarzado con las lógicas del libre mercado. “Modernizar” en el capitalismo, promesa tan vieja como la modernidad misma, suena a caminar hacia adelante. Hoy, ese horizonte pareciera encontrarse anudado al avance digital y financiero.
El supuesto del acuerdo entre partes, reiterado en los argumentos de la reforma, también presente en la actual Ley de Alquileres, niega la asimetría existente entre quienes dependen de los ingresos laborales y, por lo tanto, de su propia fuerza de trabajo para subsistir, y quienes poseen una empresa. Los supuestos de la reforma laboral impulsada por la ultraderecha ubica al trabajo en el espacio mercantil, una hoja en blanco sin relaciones sociales, sin relaciones de poder. La tecnología, el trabajo y la vivienda son interpretadas por estos sectores como problemas entre individuos que solo están mediados por la oferta y la demanda.
Sin embargo, el valor de lo que producimos es, en última instancia, una definición social. En el capitalismo contemporáneo, pareciera que se desplaza al trabajo como principal fuente de valor, para ubicar al sector financiero en el centro de la dinámica económica. De allí, deviene también el viraje hacia la deuda y la especulación como herramienta de subsistencia cotidiana. Contradictoriamente, como mucho de lo que pasa en el capitalismo, laburar continúa siendo la principal fuente de reproducción material de la vida, con o sin salario.
Si el trabajo no vale, la vida y la experiencia tampoco. Si el mundo digital todo lo puede ―mundo al que, hasta ahora, accedemos mayoritariamente con la mediación de algunas pocas empresas―, de nada sirven los mecanismos públicos que intervienen en la relación capital-trabajo. En ese manojo de supuestos, hay un olvido de la historia.
Las bases de la reforma laboral cuestionan el principio de desigualdad “entre las partes” y, por lo tanto, buscan seguir empujando a los individuos hacia el “nuevo” mundo financiarizado. Los derechos laborales no son un espíritu nostálgico: contienen protecciones concretas hacia las dinámicas destructivas para una buena parte de la población por parte del mercado y le proponen un “horizonte de lo posible” a otra buena parte.
Actualmente, la Ley de Contrato de Trabajo afirma: “Las desigualdades que creara esta ley a favor de una de las partes solo se entenderán como forma de compensar otras que de por sí se dan en la relación”. La compensación que pretende realizar el actual sistema legal hacia el sector trabajador en relación de dependencia comprende que, de por sí, el tipo de vínculo “entre las partes” se desenvuelve en condición asimétrica. No depende del tipo de acuerdo coyuntural: el trabajo se conceptualiza como una relación de poder “de por sí”. Esta definición legal implica que “las partes, en ningún caso, pueden pactar condiciones menos favorables para el trabajador que las dispuestas en las normas legales, convenciones colectivas de trabajo o laudo con fuerza de tales, o que resulten contrarias a las mismas”.
Si la relación laboral es desigual de por sí, el sistema legal interviene para proteger a quien trabaja. En el ideario utópico del solucionismo tecnológico, la protección es para débiles: el riesgo es un elemento que se introduce para maximizarlo, no para disminuirlo. Carecer de protección opera como clave de acceso a una subjetividad del triunfo masculinizado e individual.
Ese “optimismo tech” con aroma a Silicon Valley que señala Sadin se sintetiza en figuras como Marcos Galperín y Elon Musk. Es un mundo simbólico que abona a corroer el sentido social, ni siquiera ya político, del “trabajador/a”. La estética de la IA, adorada por Javier Milei y la ultraderecha mundial, refuerza esta idea: la fuerza de trabajo es despreciable en comparación con lo que puede generar la tecnología.
Esa IA que se presenta sin historia, como si se creara sola, como si no necesitara de otras manos más que las del consumidor, quien da órdenes y comanda.
Sin embargo, trabajar también es traducido en la moral del sentido común como “ticket de ingreso” a la vida social: para merecer ser parte de la distribución material y simbólica, se debe pagar con el sacrificio del trabajo. El famoso “agarrar la pala”. Esa lógica más clásica asociada a lo laboral dialoga muy bien con los rasgos que se pretenden novedosos de los supuestos de las ultraderechas: el sacrificio y el riesgo.
Una serie de comentarios recurrentes en las publicaciones sobre los posibles cambios de la reforma laboral eran “yo ya trabajo así” o “eso yo ya lo hago en mi laburo actual”. También se suele escuchar el argumento que afirma que, como la ley no refleja la totalidad del mundo del trabajo, da lo mismo reformarla o, incluso, es necesario modificarla. Milei, a su vez, en réplica de su antecesor Mauricio Macri, repite la palabra “sinceramiento” como si ajustando se develara la verdad de las cosas.
En el fondo, hay una especie de orgullo: “A mí nadie me protege”. El tono, más que de demanda, es de vanidad. Trabajar sin que nadie te cuide y bancártela solo es un espíritu que la ultraderecha sabe capturar y reproducir. No es únicamente que haya derechos que no se perciban ―lo cual constituye el principal problema―, sino que, además, no percibirlos pretende funcionar discursivamente como un estandarte de orgullo.
Verónica Gago y Luci Cavallero, en su nuevo libro El autoritarismo de la libertad financiera, retoman el concepto “neoliberalismo desde abajo” para describir cómo se construyen las subjetividades que se proponen progresar desde condiciones de vida precarias. La prosperidad se puede invocar desde dos lugares comunes: el “derecho” al progreso o la “capacidad” de progresar. Los derechos, como puede ser el laboral, dejan de percibirse como parte de una lucha colectiva, sino como una “ayuda” ―vinculada a la idea de “subsidio”― que admite una “debilidad”. Como vimos, lo que admite, en realidad, no es la incapacidad de progresar de quien se esfuerza, sino una desigualdad estructural entre quien trabaja y quien emplea. Sin embargo, la propuesta neoliberal se propone ser eficaz: no seas una víctima, no necesitás derechos porque no necesitás ayuda.
Ahora bien, ¿dónde está la vara de nuestras condiciones laborales? Bueno, la ley es una especie de vara. No quiere decir que se cumpla, pero funciona como un parámetro. Un punto común de comparación. ¿Es eso todo lo que le podemos exigir a un sistema legal de regulación sobre nuestras relaciones de trabajo? No. ¿Da lo mismo que exista a que no exista? Tampoco.
El Estado anti-estatal, encabezado por la ultraderecha, pareciera inaugurar un momento político marcado por las “reformas”, probablemente apuntadas a empujar hacia el mercado financiero dimensiones de la vida más o menos protegidas. Una reforma laboral que implique despojar de derechos a quienes trabajan ―incluso considerando las heterogéneas condiciones laborales formales, informales y todo lo que existe en el medio― implicaría empujar a cada vez más segmentos de la población a lo que Gago y Cavallero llaman “extractivismo financiero”. En criollo: a endeudarse.
“No hay que ser lxs conservadores de la discusión”, ha afirmado agudamente Ofelia Fernández en múltiples oportunidades. En el medio del primer mandato de un gobierno de ultraderecha inédito en Argentina, quizás se podría intentar decodificar esa máxima ya no en términos de conservar, pero sí de resistir. Si trabajar es producir relaciones, servicios, cosas y sujetos, el desafío se encuentra en generar discursos comunes sobre la comprensión del trabajo humano como un elemento constitutivo de nuestros lazos sociales y nuestra forma compartida de habitar el planeta.
*Por Juana Garabano para La tinta / Imagen de portada: Sociograma.
