Radiografía laboral en Córdoba: la economía popular sostiene al 27% de la población económicamente activa
En Córdoba, la economía popular sustenta a hogares que representan al 37% de la población total provincial, según el Informe Técnico n.° 2 del Estudio Interdisciplinario de las Economías Populares. El relevamiento, realizado por investigadoras del CONICET, la UNC y la UNRC, muestra que el 60% de estas trabajadoras y trabajadores combina dos o más ocupaciones, que el 73% supera las 45 horas semanales y que más de la mitad vive bajo la línea de pobreza. Los datos revelan un sector que trabaja mucho, pero enfrenta precariedad estructural y falta de protección social.
En nuestra provincia, un cuarto de quienes trabajan lo hacen en la economía popular. Hace unas semanas, el equipo integrado por Julieta Quirós, Karina Tomatis, María Victoria Perissinotti, Claudia Kenbel, Romina Cravero y otras investigadoras e investigadores del CONICET, la UNC y la UNRC, presentó el Informe Técnico n.° 2 del Estudio Interdisciplinario de las Economías Populares en Córdoba. El trabajo ―un relevamiento exhaustivo realizado en distintas regiones de Córdoba― logró una radiografía del universo laboral que se despliega por fuera del empleo asalariado y que hoy sostiene al 27% de la población económicamente activa y a hogares donde vive el 37% de las y los cordobeses.
La investigación revela un escenario complejo: trabajadores y trabajadoras que combinan varias ocupaciones, que dedican jornadas extendidas para alcanzar ingresos mínimos y que alternan entre emprendimientos propios y empleos asalariados inestables y mal remunerados. A la vez, señala la importancia de mirar a la economía popular como un termómetro para leer los cambios que atraviesa el mercado de trabajo.
“Si tuviésemos que explicar la economía popular en pocas palabras, diríamos que es el cuentapropismo popular del siglo XXI”, sintetiza Quirós, una de las coordinadoras, a La tinta.

Un sector que crece y sostiene
El informe define a la economía popular como el universo de trabajadoras y trabajadores que se ganan la vida por fuera del empleo asalariado, mediante ocupaciones por cuenta propia desarrolladas en unidades productivas individuales, familiares o asociativas: desde feriantes, revendedoras y pequeños comerciantes, hasta quienes producen alimentos, textiles o artesanías en sus casas; desde oficios clásicos como albañilería, plomería o peluquería, hasta trabajos más recientes vinculados al reciclaje o a aplicaciones digitales. El proyecto suele ser mínimo ―familiar o individual―, con baja capitalización y sin la red de derechos que ofrece un empleo formal.
Las condiciones reflejan precariedad estructural. Solo el 41,4% de quienes integran el sector cuenta con cobertura de salud, frente al 71,2% de trabajadores de otras categorías. Además, el 51,6% vive en hogares por debajo de la línea de pobreza y el 29,7% en situación de indigencia.


Como señalan las autoras, desde hace al menos 30 años, la economía popular representa entre una cuarta y una tercera parte del empleo provincial y nacional. En Córdoba, creció 15,7% durante los últimos 14 años, mientras que el promedio nacional fue del 13%. Entre 2023 y 2024, su peso relativo en la provincia aumentó 5,9%.
Hoy en nuestra provincia, una de cada cuatro personas que trabaja lo hace en la economía popular. Y si se contabilizan sus hogares, esto equivale a 1.215.063 personas: cerca del 36,4% de la población total.
Detrás de esas cifras hay historias como la de Sole, de 39 años, que vive en Río Cuarto. Durante la madrugada, elabora panificados en su casa y, por la mañana, los vende en una feria municipal. Por la tarde, cuando la llaman, atiende al público en una ferretería y, casi todas las noches, cuida a una pareja de ancianos. Además, vende productos por catálogo y revende maples de huevos. Su semana es una sucesión de turnos, ritmos y tareas que no se superponen por azar, sino por necesidad.



Mucho y a toda hora
El informe registra que el 60% de las personas encuestadas realiza dos o más actividades. Este es un dato que contrasta de manera notable con la medición oficial: la Encuesta Permanente de Hogares-Total Urbana (EPH-TU) del INDEC registra apenas un 6,2% de pluriocupación dentro del sector. Cada labor se sostiene con diferentes saberes, herramientas y espacios, y obliga a reorganizar la jornada de modo permanente. Así vive también Gastón, de 44 años, de la ciudad de Córdoba. Trabaja de 3 a 9 de la mañana en una panadería sin registrar; al regresar, se dedica a su taller de carpintería en la casa; y los fines de semana, junto a su compañera, atiende un puesto de plantas. Su semana entera está formada por “bloques de trabajo”.
El 73% de quienes integran la economía popular está sobreocupado, es decir, supera las 45 horas semanales. Entre las personas que realizan más de una actividad, ese porcentaje asciende al 80%. El promedio general es de 57 horas y 36 minutos trabajados a la semana, y entre las personas sobreocupadas, alcanza las 65 horas y 18 minutos: un 45% por encima de la jornada legal.
Las investigadoras subrayan que estos datos contradicen las nociones que equiparan economía popular con poca actividad laboral. Lo que el estudio muestra es exactamente lo contrario: un sector en el que se trabaja mucho y a toda hora. También derriban la idea de que “viven del Estado”. El 21,8% recibe algún tipo de asistencia, cifra prácticamente idéntica a la del resto de trabajadores (“no EP”), que alcanza el 21,2%. “La equivalencia entre ‘recibir ayuda social’ y ‘no trabajar’ es contrafáctica: nuestro relevamiento vuelve a mostrar que, en las economías populares, los programas de asistencia funcionan como complemento de los ingresos laborales”, señalan desde el equipo.
El relevamiento reconstruye trayectorias donde la gente entra y sale de empleos asalariados inestables, mal remunerados y sin derechos, al mismo tiempo que sostiene emprendimientos propios. La mayoría alterna entre ambos mundos y esto no es casual: los ingresos de quienes trabajan por cuenta propia en la economía popular son 38% más altos que los de asalariados informales de igual perfil y 151% más altos que los de trabajadoras de casas particulares.
“En su conjunto, estos rasgos nos hablan del deterioro estructural de la categoría laboral asalariada, tanto en términos de condiciones de trabajo como de ingresos. Frente a este deterioro, el cuentapropismo promete ventajas comparativas: posibilidad de generar un mejor ingreso, manejar los propios tiempos, poder cuidar a los hijos o acomodar la jornada laboral para cumplir con las tareas domésticas y de cuidado, entre otras”, pero los emprendimientos propios no logran consolidarse por falta de capital, por la fragilidad del mercado y porque no permiten reinvertir.
Pablo, de 43 años, vive esa dinámica en Villa Dolores. Es técnico en refrigeración, pero sus ingresos dependen también de changas de albañilería, herrería y plomería. Con su esposa, atienden un carrito de superpanchos en fiestas locales, venden pollos y huevos de cría casera, y fabrica cuchillos criollos cuando no aparecen encargos. Su economía es un sistema de piezas móviles.

El informe cuestiona la lectura que atribuye las dificultades de sostener un emprendimiento a problemas individuales ―mala organización, poco conocimiento para fijar precios, falta de tiempo o de disciplina― y muestra que los obstáculos son materiales y estructurales: el 40% de los emprendimientos funciona dentro de la vivienda; el 49% carece de vehículo propio para abastecerse o vender; los recursos disponibles son mínimos; el mercado es débil y obliga a bajar precios; y en el 51% de los emprendimientos los ingresos solo alcanzan para cubrir lo básico. En ese escenario, la reinversión es casi imposible.
Para las especialistas, poner el ojo (así de cerca) en este sector permite comprender la situación de uno de los grupos más vulnerados, a la vez que leer con mayor nitidez cómo está cambiando el trabajo en Córdoba y en el país. “Mirar la economía popular nos permite entender mejor que el ‘problema del empleo’ no es solo una cuestión de cantidad ―cómo generar más oferta de puestos de trabajo―, sino en igual o medida de calidad: cómo generar reales ―y no falsas― oportunidades de trabajo asalariado”, concluyen.
*Por Soledad Sgarella para La tinta / Imagen de portada: Paloma Laguens para Estudio Interdisciplinario de las Economías Populares.
