La mujer temblorosa

La mujer temblorosa
18 noviembre, 2025 por Vir del Mar

Buenos Aires, 18 de noviembre de 2025

Hola, ¿cómo estás? 

Por acá, un poco asombrada de la fecha. La próxima vez que te escriba será, ojalá, con un pan dulce en la mano. Hoy traigo a una escritora que me deslumbra, y que me llegó de la mano de una amiga con la que viví y que fue una gran traficante de lecturas, —algo por lo que estaré eternamente agradecida—. En ese momento me recomendó un libro que hoy es de mis favoritos, Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt. Pero no vamos a charlar de ese, sino sobre otro de sus libros, La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, traducido por Cecilia Ceriani. Es un libro ensayístico que busca la raíz de unos episodios extraños que le empiezan a suceder con la muerte de su papá, un hombre al que ella quería y respetaba mucho. Dos años después de ese hecho, la invitaron a leer un discurso en una institución en la que él había trabajado y, apenas emitió la primera palabra, su cuerpo se empezó a sacudir.

Mis brazos se agitaban de forma desmedida. Mis rodillas chocaban una contra otra. Temblaba como si fuera presa de un ataque epliéptico. Lo increíble era que no me afectaba la voz en absoluto. Hablaba como si siguiera impertérrita. Estupefacta ante lo que me estaba sucediendo y aterrada ante la posibilidad de caer redonda en cualquier momento, logré mantener la calma y terminar el discurso, a pesar de que las notas que sostenía entre las manos se desperdigaran sin orden ni concierto delante de mí. El temblor cesó en cuanto dejé de hablar. Me miré las piernas. Las tenía totalmente rojas, casi moradas.

¿Alguna vez algo te tomó el cuerpo de una forma desmesurada? ¿Algo te afectó sin una razón física aparente? A mí me pasó, una vez. Una picazón en la piel y el cuero cabelludo que se extendía sin claridad. Estaba volviendo del trabajo, o esperando el colectivo, o charlando con una amiga, y ¡zas! el escozor se despertaba y se expandía, me hacía retorcer con una incomodidad que se acercaba al dolor. Y no bastaba con rascarme, eso era incluso peor. Me empezó a pasar de noche, en medio del sueño, y a la picazón se sumó el insomnio. 

siri-hustvedt-escritora

Siri —que es una escritora filosa y brillante, una daga— es reconocida por estos libros ensayísticos en los que despliega investigaciones sobre psicoanálisis, neurociencia, filosofía y crítica de arte. En este, busca una respuesta a estos episodios que le empiezan a suceder cada vez con más frecuencia, siempre que tiene que hablar en público. Como escritora, docente y conferencista, hablar era una actividad a la que estaba habituada, y en la que incluso se consideraba buena, capaz de sostener la atención de la audiencia.

Uno de los lugares en los que escarba es el psicoanálisis, particularmente en el concepto de histeria, que fue reemplazado por el de trastorno disociativo y trastorno de conversión, siempre con un enfoque problemático y anacrónico que divide lo físico de lo mental. Lo que estos nombres intentan englobar, según sus investigaciones, son aquellas dolencias que no tienen un origen biológico aparente, que son no orgánicas. ¿Cómo algo tan contundente como un temblor puede ser considerado no físico? Indaga y discute esas concepciones médicas que intentan separar enfermedad de persona, como si eso que nos sucede fuera un extraterrestre que se adueña de la subjetividad, algo inintegrable a la experiencia.

Pero ¿quién es dueño de uno mismo? ¿Es el «yo»? ¿Qué significa estar integrado y no separado en fragmentos? ¿Qué es la subjetividad? ¿Es una propiedad singular o plural? He llegado a considerar a la mujer temblorosa como otro ser indómito que habita dentro de mí, un míster Hyde para mi doctor Jekyll, una especie de doble. 

En mi caso, busqué respuestas en la dermatología alopática, en la medicina china, en el ejercicio, en la biodescodificación. Nada daba resultado y eso que me pasaba, esa incomodidad en la piel era cada vez peor, se habían agregado al síntoma el sufrimiento y la alerta a que me pase de nuevo, de la nada, sin aviso. En su caso, Siri empezó a temer hablar en público, entonces, escribió. De alguna manera, entendió que narrarse, poner en palabras su historia, podría llevarla a un posible entendimiento. Indagó entonces en una posible epilepsia, en sus migrañas, en una alucinación que había tenido de pequeña, en un trauma de su juventud. 

Escribir fue, para ella, la llave: le permitió armar un relato de sí misma, una narración en la que podía mirarse desde muchas perspectivas, en un devenir. Las palabras funcionaron para integrar quién es, o quiénes es, atravesada por esos síntomas. Porque algo de lo que sí podemos ser dueñxs es de nuestro relato autobiográfico, de la ficción que armamos con nuestra memoria y con las maneras que elegimos para contarla. En esa narración descubrió que ya había encontrado cómo convivir con otros síntomas, como las migrañas que la acompañaron durante gran parte de su vida. Ella decidió dejar de pelearse con esa otra que también era, sumó a su relato a la mujer temblorosa, le dio el lugar que le reclamaba.

Ay, mi vida se desarrolla en la zona fronteriza de la Cefalea. Casi todos los días me despierto con jaqueca, que amaina después de tomarme un café, pero también, casi a diario, va acompañada de algún dolor, de una especie de nube que se instala en mi cabeza y de una extrema sensibilidad a la luz, a los sonidos y a la humedad ambiental. Casi todas las tardes me tumbo y hago mis ejercicios de biorretroalimentación para calmar mi sistema nervioso. El dolor de cabeza soy yo y comprenderlo ha sido mi salvación. Quizá ahora el truco consista en integrar del mismo modo a la mujer temblorosa, en reconocer que ella también forma parte de mí.


Más adelante, dice: “Ya no soy capaz de distinguir dónde acaba la enfermedad y dónde empiezo yo; o mejor dicho, yo soy mis dolores de cabeza y rechazarlos significaría expulsarme yo misma de mi propio ser”.


A mí la picazón se me fue yendo con el tiempo, ¿sabés cuándo? Una vez que decidí transicionar. Seguramente las gotas de lavanda, el té de carqueja, el ejercicio, las pastillas y el shampoo especial que me indicó la dermatóloga ayudaron en un cóctel armado lentamente en esos meses largos que duró la comezón. Pero hay dos ejercicios que fueron fundamentales para mí, ambos relacionados a la palabra: psicoterapia y tarot. Uno con mi psicóloga y otro con una amiga bruja, en ambos, me permití indagar en esa incomodidad que sentía en la propia piel. Ninguna de las dos me dio una solución mágica, pero me permitieron narrarme. En lugar de buscar el nombre de una dolencia y sus soluciones médicas e inmediatas, intenté entenderme. Finalmente, la marica picosa devino en el alivio de esta que soy hoy.

Nos leemos la próxima. Si querés responderme, te leo con gusto.

Abrazo,

Vir del Mar.

Imagen de portada: Spencer Ostrander.

Suscribite-a-La-tinta

Palabras claves: Libro, Siri Hustvedt

Compartir: