Chile ante el abismo electoral: el voto obligatorio, la nueva derecha y la furia social que reconfiguran el poder
El sorpresivo resultado de la primera vuelta configura un escenario de balotaje que enfrentará a Jeannette Jara y José Antonio Kast. Esto confirma que Chile vive la elección más imprevisible desde el retorno a la democracia. Entre el voto obligatorio, la irrupción de los sectores más radicalizados y un electorado cansado de promesas rotas, el país se asoma a un balotaje que no solo elegirá presidente: definirá qué modelo político sobrevivirá a la crisis de legitimidad que atravesó la última década.
Chile vuelve a descubrirse en el espejo quebrado de su propia historia. Basta mirar con detenimiento el resultado de las elecciones del 16 de noviembre para entender que el país está dejando atrás lo que durante años se consideró su marca distintiva: estabilidad, previsibilidad, consenso. Las tensiones que parecían ser patrimonio exclusivo del estallido social de 2019, o incluso de las viejas heridas de la dictadura, hoy se manifiestan como parte estructural de un sistema político que ya no logra contener la furia, la ansiedad ni la desorientación ciudadana.
La segunda vuelta entre Jeannette Jara —una dirigente comunista que hace unos años habría parecido demasiado improbable para disputar La Moneda— y José Antonio Kast —el líder de la nueva derecha chilena, cada vez más cómoda con discursos que combinan orden, conservadurismo y pulsiones identitarias— no es solo una anomalía estadística. Es la evidencia de un reordenamiento profundo, que atraviesa a las élites tradicionales, a los partidos históricos y, sobre todo, al votante que por décadas había sido el motor silencioso de la moderación chilena.

El regreso del voto obligatorio, sumado al registro automático, funcionó como un terremoto político de magnitud histórica. No se trata simplemente de ampliar el padrón: se trata de incorporar a millones que no tenían relación con la política, que vivían al margen del proceso democrático, que nunca habían visto en la urna un instrumento de transformación o incluso de protesta.
Ese nuevo sujeto político —difuso, fragmentado, a veces contradictorio— es hoy el gran protagonista. No responde a coordenadas tradicionales, no siente lealtades hacia figuras ni partidos y, más importante aún, no vota bajo la lógica del cálculo racional que solía caracterizar a la política chilena. El voto obligatorio trajo al escenario a un país subterráneo: familias precarizadas por la inseguridad económica, jóvenes hastiados del sistema, sectores medios empobrecidos, migrantes que cargan con sus propios traumas y periferias urbanas donde el Estado es una presencia intermitente.
En ese caldo de cultivo, la volatilidad se convierte en método. La política chilena se enfrenta a un electorado que no teme el giro brusco, que asume el voto como catarsis y que, por primera vez en décadas, puede transformar una elección en una suerte de plebiscito emocional sobre la vida cotidiana.

Uno de los elementos menos discutidos —pero quizás de los más determinantes— es la irrupción del voto migrante. Cerca de 900.000 extranjeros están habilitados, entre ellos, más de 100.000 incorporados recientemente. Y aunque para cualquier observador externo podría parecer un ejemplo de apertura progresista, la ironía histórica es evidente: la Constitución que permite esto es la de 1980, un texto nacido bajo la sombra de la dictadura. Ese voto migrante, dominado por personas venezolanas, peruanas, haitianas y colombianas, es también un voto cargado de memoria traumática. Muchos huyen del derrumbe institucional de sus países y ese temor —real, palpable— suele traducirse en una inclinación hacia propuestas de orden y mano dura. Kast y, en menor medida, Kaiser capitalizan esa emocionalidad, aun cuando sus discursos prometen medidas restrictivas contra la propia comunidad migrante. La política es, ante todo, un escenario de contradicciones: se vota más por espanto que por identificación.
La derecha chilena atraviesa quizás su mayor crisis identitaria desde la transición. Tres figuras que representan tres almas conviven en disputa:
- La derecha tradicional, encarnada por Evelyn Matthei, que llegó desplomada al quinto lugar después de liderar las encuestas durante meses. Su derrumbe simboliza el ocaso de una derecha que ya no logra dialogar con el país real.
- La nueva derecha identitaria-conservadora, representada por Kast, que moduló su discurso para evitar espantar al centro, pero que encarna una propuesta nítida de orden autoritario modernizado.
- La derecha libertaria-extrema, con Kaiser como su figura emergente, que expresa una furia antisistema que resuena en un país cansado del gradualismo, la burocracia y el elitismo político.
La izquierda tampoco está indemne. El oficialismo apuesta a Jeannette Jara como una figura que combina trayectoria sindical, identidad ideológica clara y una imagen austera, alejada de la sociabilidad progresista más millennial que caracterizó al mundo político cercano a Boric. Su pase a segunda vuelta es menos un respaldo al gobierno que una señal del reacomodamiento interno de la izquierda chilena, que vuelve a mostrarse capaz de construir representación desde el mundo popular.
Pero incluso la polarización ideológica no explica completamente el escenario. Más bien, parece que el país vive un proceso de fatiga democrática, donde la confianza en el sistema se erosiona rápidamente, la violencia se cuela en la vida cotidiana y la política deja de ofrecer horizontes de estabilidad.

Una de las grandes enseñanzas de este ciclo es la evaporación del centro político. Chile había sido, durante tres décadas, el laboratorio del centrismo exitoso. Hoy, ese espacio aparece como un territorio devastado. No hay partido capaz de ocuparlo ni figura que convoque al votante moderado ni proyecto que logre ofrecer una síntesis entre desarrollo económico, derechos sociales y estabilidad institucional. Ese vacío es el que convierte a Kast en favorito para la segunda vuelta. No necesariamente por adhesión masiva, sino por default: porque promete orden en un país exhausto, porque se presenta como la opción más nítida para quienes buscan un corte radical con el oficialismo y porque puede acumular votos desde la derecha liberal hasta los sectores más duros del conservadurismo.
Jara, por su parte, apuesta a reconstruir un centro-izquierda progresista apelando al miedo a un retroceso institucional, reivindicando la democracia social y el cuidado del pacto democrático. Su desafío es monumental: convencer a los indecisos y a los que votaron por Parisi ―ese fenómeno inagotable de política líquida y antipartido― de que su proyecto es más que una defensa del gobierno.
Lo que subyace a esta elección es un malestar profundo que atraviesa todos los sectores. El plebiscito constitucional rechazado dos veces —una propuesta progresista y otra conservadora— muestra que el problema ya no es el texto, sino la apatía hacia cualquier proyecto transformador. Chile parece atrapado en un loop de expectativas frustradas: el estallido no derivó en reformas estructurales, el proceso constituyente se estrelló, la política sigue siendo incapaz de dar respuestas a la inseguridad, la inflación y la crisis migratoria.

Ese cansancio es un terreno fértil para discursos de orden, pero también para opciones antisistema. La aparición de Franz Parisi como tercera fuerza —con más del 18% en algunas regiones— confirma que el país está dispuesto a apostar por figuras que ni siquiera están presentes físicamente en la campaña. Parisi es el síntoma perfecto de un Chile fragmentado, contradictorio y desencantado.
La pregunta que atraviesa el balotaje no es quién gobernará, sino qué tipo de país quiere ser Chile en la segunda mitad del siglo XXI. ¿Seguirá siendo el ejemplo de estabilidad, gradualismo y institucionalismo? ¿O se convertirá en uno de los países que abraza la ola global de derechas radicales, populismos punitivistas y democracias iliberales?
La respuesta dependerá del comportamiento de ese electorado nuevo, volátil, emocional. Del voto migrante. De los jóvenes precarizados. De los sectores medios que se sienten abandonados. De un Chile que ya no se reconoce en sus instituciones. Por ahora, el país se asoma al borde con una mezcla de vértigo y esperanza. Con la intuición inquietante de que, por primera vez en mucho tiempo, nadie —ni en Santiago ni en Valparaíso ni en La Moneda— puede decir con certeza qué va a pasar. Chile, que durante décadas fue el país de lo previsible, se convirtió en el país de la duda.
Y en esa duda se juega su futuro.
*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta / Imagen: AP/Natacha Pisarenko.
