Más allá del voto: el malestar en la democracia cordobesa
Ante la sobreoferta de análisis electorales y lecturas de coyuntura que apenas alcanzan a captar de manera contingente lo que sucede en la política argentina, nos detenemos en las subjetividades políticas, donde se gesta un malestar más profundo y menos visible. Entre la inflación, la meritocracia de la sobrevivencia y la fe en un futuro que nunca termina de llegar, la sociedad cordobesa parece sostener una democracia a pura inercia. Los sectores populares ya no hablan de una crisis que atraviesan, sino de una costumbre. Personas jóvenes y adultas comparten la sensación de que el sistema sigue funcionando, pero con las luces bajas.
Por Joaquín Simbad Rapoport para La tinta
“Hace 46 años que vivo con vaivenes”, dice un hombre, como quien recuerda una enfermedad crónica más que una serie de medidas económicas de gobierno. No hay dramatismo, solo constancia: la precariedad en las condiciones de vida se volvió la experiencia de vida más determinante de los sectores populares. Entre estos sectores, la crisis ya no suena como una alarma: es el ruido de fondo. Las palabras se repiten como letanías: agobio, incertidumbre, agotamiento. No es el miedo o la ansiedad por lo que viene, sino el desgaste y la angustia de vivir sin horizonte. En ese paisaje emocional, la economía es una especie de religión civil. Se cree en la macro como quien reza a un dios distante: “Estamos en el rumbo correcto”, dicen algunos, aun cuando no llegan a fin de mes, como si la promesa del derrame se hubiera mudado del bolsillo al alma. La fe en el orden macroeconómico reemplaza a la esperanza política: una liturgia de números que promete redención futura. La esperanza ya no se vota, se administra en medidas macroeconómicas.
El diagnóstico surge de una serie de grupos focales y entrevistas realizadas por el colectivo de investigación El Llano en Llamas, entre 2024 y 2025, en el marco del proyecto “Malestar en la democracia: modulaciones de la subjetividad política de los sectores populares en Córdoba (2003–2026)” (SECyT/UNC). Los relatos revelan una fatiga que no figura en los indicadores económicos.
El optimismo se volvió una forma de resistencia emocional para muchas personas y, para otras, su reverso, el pesimismo, es asumida como una estrategia de defensa. Entre ambos, sobrevive un país en pausa, que se levanta cada mañana sin saber muy bien por qué.

El otro gran campo de batalla no es ideológico, sino ético. La pregunta que atraviesa a los grupos es simple y brutal: ¿todavía vale la pena pensar en los demás? Entre los adultos, aparece una defensa nostálgica de la solidaridad, esa palabra que alguna vez fue bandera y hoy suena a gesto heroico, lo mismo que la justicia social. Enfrente, la lógica meritocrática del neoliberalismo ofrece su evangelio práctico: cada cual que se las arregle. El éxito personal —aunque sea sobrevivir— se convierte en la medida del valor moral.
Entre jóvenes menores de 30 años, la palabra más repetida no es “solidaridad”, sino “libertad” o, en todo caso, “empatía”. No se trata del liberalismo de manual, sino de algo más íntimo: la libertad de no ser juzgado, de elegir sin culpa, de hacer lo que se pueda con lo poco que hay. La política se mide en autonomía: poder irse, poder callar, poder elegir un camino propio. Es una libertad sin épica colectiva, pero con un pulso vital. En un contexto donde el Estado se achica y las redes sociales agrandan el espejo, la libertad aparece como el último refugio posible.
La ética del cuidado se topa con la política del cansancio: nadie tiene energía para salvar a otro. Lo que los une no es una causa, sino el cansancio compartido. Piden respeto, empatía y algo de estabilidad emocional. La política ya no inspira ni odio ni amor, apenas fatiga. La palabra democracia todavía conserva un brillo simbólico. Nadie la discute, todos la veneran. Pero cuando se la mira de cerca, parece una institución exhausta, que todavía camina, aunque sin rumbo.

Para los adultos, la democracia sigue siendo un logro histórico, un valor ganado a fuerza de memoria y miedo a la dictadura. No se la cuestiona, se la respeta por lo que fue. Los problemas —corrupción, desigualdad, indiferencia— no son vistos como amenazas, sino como males endémicos, parte de un sistema inmunológico que aprendió a convivir con sus propias enfermedades.
Las juventudes, en cambio, la ven funcionar, pero no la sienten suya. “Es el mejor sistema, pero no alcanza”, dicen. Hablan de un déficit de representación, de una política desconectada y de instituciones que se agotan en sí mismas. Algunos la reducen al voto, otros la reivindican como práctica cotidiana. Surge entre las discusiones la palabra “obsoleta”. Entre ambos extremos, aparece un consenso raro: la democracia no está en peligro, pero está agotada. La palabra que antes prometía participación, ahora suena a trámite.


Si algo une a generaciones y posiciones es la sensación de estar atrapados en una democracia que resiste más por costumbre que por convicción. Adultos y jóvenes coinciden en que nadie quiere otro sistema, pero casi todos creen que este ya no alcanza. La vida democrática se sostiene con gestos mínimos: pagar impuestos, votar, no odiar demasiado. La protesta se discute, la solidaridad se relativiza y la política se mira desde lejos. Lo que antes fue horizonte colectivo, hoy es una tarea de administración emocional.
Córdoba, como el país, parece vivir en modo ahorro: ahorro de expectativas, de confianza, de entusiasmo. Pero aun así, en medio del cansancio, hay algo que no se rinde: el deseo de seguir nombrando el malestar, de ponerle palabras a la intemperie. Tal vez ahí —en ese ejercicio de decir lo que duele— sobreviva la parte más democrática de nuestra época.

Viendo este panorama, entendés que no es Milei quien explica unilateralmente los cambios en la sociedad Argentina, si no, al contrario, son los cambios en el plano de las subjetividades los que explican su llegada. Lejos estamos de pensar en una “derechización de la población Argentina” o en el triunfo del egoísmo y la competencia. Lo que sí se intuye es que, en un contexto conformado por sujetos aislados, impotentes, sin proyecciones, en el que el gran ganador es cada vez más el abstencionismo, Milei logró dar con los hilos correctos para movilizar a una buena parte de la población. “Casta” y ”libertad” son algunas de esas palabras que reverberaron al chocar con la gente, mientras que la «justicia social» parece no encontrar tierra firme ni hacer pie cuando desciende desde partidos políticos hacia los sectores populares.
La disputa por lo afectivo se configura como una dimensión central en el plano político. Mientras que la política institucional, con toda su estructura y raigambre histórica, no parece poder perforar en las subjetividades ―y las encuestas que supuestamente funcionan como termómetro de lo que sucede no llegan a dar con certeza las temperaturas de una población desencantada y encerrada dentro de sí misma―, el desafío hoy no se juega tanto en la confrontación política con el adversario como en la capacidad de politizar nuevas palabras que permeen en esa población que decide (cada vez más) no acercarse a las urnas.
*Por Joaquín Simbad Rapoport para La tinta / Imagen de portada: Joaquín Simbad Rapoport.
