Un mural, una poesía y un cielo lleno de estrellas: historias desde la Ceferino Namuncurá

Un mural, una poesía y un cielo lleno de estrellas: historias desde la Ceferino Namuncurá
30 octubre, 2025 por Redacción La tinta

A más de 2.000 metros de altura, en la Pampa de Achala, hay una escuela albergue, de las más altas y alejadas de la provincia de Córdoba. Ahí, como en todas las escuelas rurales, la educación pública es una experiencia vital: comer, aprender, cuidar, dormir, bailar, pintar. Esta nota recoge miradas desde adentro y desde afuera: la de un profe que escribe con la piel y la de una artista que fue invitada a pintar con los chicos y se volvió con una historia en el corazón.

Por Alejandro Arriaga y Anita Larese para La tinta

1. La escuela Ceferino Namuncurá

La Ceferino Namuncurá es una de las escuelas más altas y alejadas de la provincia de Córdoba. Ubicada a más de 2.000 metros de altura, en el paraje Los Cerros, en plena Pampa de Achala. Se trata de una antigua escuela albergue que no solo cumple funciones educativas, sino que también actúa como centro social para la comunidad. En ella, alumnos y docentes comparten la vida cotidiana: se levantan, desayunan, izan la bandera, asisten a clases, meriendan, juegan, se bañan, cenan y duermen bajo el mismo techo. 

Por su ubicación extrema y las condiciones climáticas, la escuela tiene un calendario particular: funciona con un período lectivo invertido. Las clases se dictan durante los meses de verano, cuando la mayoría de las escuelas está de vacaciones, para evitar los duros inviernos de la zona. Todos los estudiantes son oriundos de la Pampa de Achala.

La Ceferino es muy querida en la región. Una figura clave en su historia es Esmeralda Rodríguez, una de sus directoras más emblemáticas, quien estuvo al frente de la institución durante 38 años. Para llegar desde la ciudad de Córdoba, hay que viajar más de tres horas hasta alcanzar el Mal Paso.

Mal Paso es el nombre del camino que lleva a la escuela y que sigue hasta la base del cerro Champaquí.

2. Desde la mirada cotidiana de un profe de la escuela, un retrato íntimo de una noche cualquiera en la Ceferino, por Alejandro Arriaga

Mientras los chicos esperan que les sirvan la cena, la maestra, entre puntillosa, ágil y apurada, recorre la mesa haciendo trenzas. Trenzas. Distintos tipos de trenzas. Simples y largas como lampalaguas negras que desde las molleras rebalsan gordas y lustrosas cruzándose divertidas hasta las caderas. Trenzas. Trenzas cosidas a los costados. 

Mientras el día muere y la noche se riega de estrellas, la maestra hace trenzas. Hay un mimo escondido en el cuidado del gesto, el mimo se esconde detrás de algo áspero, un cariño distante, un modo de viento.


La escuela huele a guiso de madre, no importa qué hayan cocinado, siempre sale el mismo olor de la cocina. Cenan rápido y ya está el chamamé en el aire del comedor, los chicos de la primaria bailan como si no existiera un mañana. Ellos saben que el día es el tiempo que existe, que se van a dormir temprano, por eso lo dan todo, todo el tiempo.


Sus cuerpos fuertes, fibrosas las chuncas, bellaquean el sapucai y la caderita se les arquea eléctrica, acordeón salvaje. Giran como trompitos encendidos de alegría, transpiran un chamamé que los une y los disgrega, como a cualquier átomo el fuego. Y una vez que terminan de comer y bailar, observan algún punto fijo y van cayendo uno a uno en un sueño impostergable. La maestra los va alzando hasta la cama. Cuando apoyan la cabeza en su hombro, abren un poquito algún ojo y miran para entender el momento, y recién ahí, se terminan de entregar al sueño.

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3. Un mural en las alturas 

Un día, llegó una invitada. Anita Larese es muralista y fue convocada por el profe Alejandro Arriaga para realizar una actividad artística junto a los estudiantes. Esto es lo que vivió y escribió.

Los chicos habían escrito una poesía hermosa sobre la loica, un pájaro de la zona de pecho colorado, y querían pintar un mural y presentar la obra con música, me contó mi amigo Ale.

¡Así que allá fuimos!

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Tempranito salimos en el R12 del profe, por el camino de las Altas Cumbres. Cuando giramos, se acabó el asfalto y empezó la tierra, las trepadas de piedra y los vados. Un paisaje inmenso, puro pastizal. Llegamos al colegio y hubo una avalancha de abrazos para Ale. Él dijo: “Ella es Anita, una amiga”, y eso bastó para que los abrazos se extendieran. Ese día dibujamos, jugamos al fútbol y pintamos.


Cuando cayó la tarde, cenamos en el comedor, todo hecho de piedra. Seños, cocinero, profes y estudiantes. A la noche, nos fuimos a dormir al albergue, con unas cuantas colchas y un cielo lleno de estrellas. Al día siguiente, desayunamos y seguimos pintando.


Terminamos el mural y empezó la presentación. Hicieron una fila y cada uno cantaba una parte de la poesía, mientras un bombo marcaba el pulso de la chacarera entre verso y verso. Era un día especial. Aplaudimos fuerte y el cocinero ya nos esperaba con un locro ricazo.

A la poesía no la encontramos, esto es lo que se recuerda:

Los chicos creen en las loicas
creen en la leyenda de la loica
se pelean por contarla
resulta que una vez un cazador
a una loica le apuntó y cuando disparó
el tiro falló y él mismo se lastimó
la loica, al ver su dolor, agua y medicinas le dio
por eso, el pecho rojo le quedó
viva la loica gritan
viva el pajarito sanador.

Agradecida de tan hermosa experiencia y, ya que estamos, aguante la educación pública.

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4. Mirar con orgullo

Un mural empieza a funcionar cuando se lo imagina, cuando se lo proyecta, funciona cuando se hace y cuando se lo termina. ¿Se termina alguna vez un mural? Los chicos que lo pintaron, a pesar del cansancio, pasaron horas mirándolo con orgullo. Un mural sigue funcionando cada día, aunque vaya perdiendo los colores, aunque vaya llenándose de marcas de mugre, de pelotazos. 

Un mural es un latido que llama, un cuerpo que no deja de expandirse.

Por eso, el mural que se pintó en septiembre de 2022, este año volvió a pintarse y a crecer. Los colores recobraron sus brillos, sus potencias, reclamaron de nuevo esas miradas orgullosas de quienes lo pintaron y lo pintan cada día. Un mural es una comunidad y, como decía Horacio González, “Sin nosotros, no somos nada”.

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*Por Alejandro Arriaga y Anita Larese para La tinta / Imagen de portada: Escuela Ceferino Namuncurá.

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Palabras claves: educación pública, escuela rural, mural, Pampa de Achala, Traslasierra

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