El Scania de Dios

El Scania de Dios
Esteban Viu - La tinta
30 octubre, 2025 por Esteban Viu

Diego tuvo autos como tuvo vidas: una Ferrari F355 roja, porque no quería ser un jugador más; una Mitsubishi 4×4, un tanque de guerra en Bielorrusia, obsequio de un club que lo veneró por unas horas. Pero ninguno, ni siquiera esos italianos que olían a lujo y velocidad, lo representó tanto como el Scania.

El año era 1997, una tarde soleada se apagaba en la ciudad y dentro del vehículo que se dirigía a Barrio Parque, había dos hombres. En el ambiente colgaba una tensión, algo que no se decía. No era uno de esos silencios mansos que acompañan la amistad; era un silencio eléctrico, que incomodaba hasta al Cristo dorado que uno de ellos llevaba colgando del pecho. Y, por fin, la voz que siempre rompía el aire habló, sin rodeos:

—Quiero comprarme un camión.

La decisión no la tomaba desde la pasión, era más bien una solución a un problema muy específico: el acoso de los medios desde su vuelta a Argentina, en el 95. Cualquier vehículo que él utilizara se transformaba en un enjambre de avalanchas, micrófonos y cables que buscaban el resplandor del mito, o al menos alguna declaración del jugador que venía a retirarse en su tierra. Sus salidas eran caóticas y la situación con la prensa lo fastidiaba cada vez más. Unos meses antes, había disparado con un aire comprimido a un grupo de fotógrafos que lo esperaban afuera de la casaquinta de sus padres.

Por eso, a la misma persona que 20 años atrás le pidió, en Nápoles, una Ferrari, ahora le pedía una bestia indomable de 12 toneladas y un motor suficiente para abastecer de energía a un hogar promedio. Con la altura indicada para que ningún micrófono se acercara a la ventana. Un pedestal de Dios, con los colores de Boca. Una criatura hecha de exceso y de ternura, de furia y de juego. Un hombre que no soportaba el encierro y que, aun así, necesitaba blindarse del mundo.

***

Los primeros días de octubre de 1997, Diego Armando Maradona llegó a Baisur Motors con Guillermo Coppola al lado. En el lugar, los esperaban, relucientes, dos Scania 113 Topline —uno blanco, otro celeste metalizado—. Los empleados, inmóviles, observaban cómo el hombre más famoso del país inspeccionaba tableros, recorría las carrocerías, abría puertas, observaba el interior con la misma atención con la que otros miran un motor antes de una carrera. Eligió el celeste. Por los colores, dijo. 

El 15 de octubre, mientras las calles de Barrio Parque susurraban por la presencia de un camión poco estético, los vecinos se despertaron con el rugir de un motor diésel que hacía temblar los vidrios de las casas. En él, iban Diego y Coppola a La Bombonera. Ese día quedaría inmortalizada una de las fotos más famosas del último Maradona jugador: él saliendo del entrenamiento en un camión, con lentes de sol y acompañado de su amigo y mánager.

Otro registro menos famoso es este momento, donde se ve un auto bordó que acompaña el camino del Scania. Ahí iba la persona designada por la marca sueca para asistirlo ante algún desperfecto o simplemente maniobrar la ballena azul en la que se movía. Sucedió que esa mañana, antes de llegar a destino, el camión quedó tirado a un costado de la ruta. La explicación oficial fue que le cargaron combustible en el tanque equivocado, pero Sergio Busnelli, todavía hoy trabajador de Scania y parte del grupo que atendió a Maradona, tiene otra teoría: «Diego solo sabía poner hasta tercera en el camión. Había que hacer un cursito para aprender a usar la caja de cambios que traía, pero él no tenía tiempo para eso. Ese día paró el camión, porque en tercera iba lento, lo dejó en una banquina y un compañero mío fue a buscarlo».

Visto desde afuera, el asiento del conductor parecía un trono armado para el Maradona de la época. Como el que usó en 2017 para una producción de fotos con la FIFA y después el que le preparó Gimnasia en su regreso como DT. Cada Diego tuvo su corona, cada época su versión del rey. 

“¡Vieron qué linda maquinita! Ahora va a ser difícil hacerme notas: ningún periodista se va a poder colgar”, dijo entre risas, mientras compartía el almuerzo con sus compañeros de equipo en el Sindicato de Empleados de Comercio. Lo decía medio en broma, medio en serio. Allá arriba nadie podría tocarlo, era una decisión absurda y perfecta. Siempre fue eso, el hombre que se movía con la fuerza de un motor.

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Diego tuvo autos como tuvo vidas: una Ferrari F355 roja, porque no quería ser un jugador más; una Mitsubishi 4×4, un tanque de guerra en Bielorrusia, obsequio de un club que lo veneró por unas horas.

Pero ninguno, ni siquiera esos italianos que olían a lujo y velocidad, lo representó tanto como el Scania. Porque ese camión era, en el fondo, la metáfora más precisa de su vida: una máquina hermosa y descomunal, hecha para caminos que ya no existían. Un motor que rugía sin saber bien hacia dónde ir, pero que, aún detenido en la banquina, seguía sonando, como si se negara a apagarse.

*Por Esteban Viu para La tinta.

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Palabras claves: Diego Maradona, Garage argentino

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