Mónica Astorga, la monja de las trans

Mónica Astorga, la monja de las trans
Lucas Leal La tinta
29 octubre, 2025 por Lucas Leal

Después de ser expulsada del Carmelo de Neuquén por acompañar a mujeres trans, Mónica Astorga continúa su misión. En un tiempo marcado por el odio y la exclusión, su fe insumisa desafía a la Iglesia y al poder: se quedó del lado de las que el mundo rechaza.

Por Lucas Leal para La tinta

Mónica Astorga, conocida como la monja de las trans, nació en Buenos Aires en 1967 y fue carmelita descalza durante cuarenta años. Desde el monasterio de Neuquén, donde llegó a ser madre superiora, abrió sus puertas a mujeres trans y travestis expulsadas de sus hogares y del mundo laboral desde el año 2006. Junto a ellas, impulsó el primer complejo habitacional para personas trans del mundo y este gesto le valió no solo el apoyo del papa Francisco, sino también el reconocimiento por fuera de los muros de la Iglesia. Sin embargo, recibió la traición y el rechazo de parte de su propia comunidad de carmelitas y tuvo que irse. ¿Por qué se fue? 

Una entrevista clave

En 2016, la hermana Mónica Astorga fue entrevistada por María Laura Santillán en el programa David y Goliat junto a las primeras mujeres trans que conoció. “Esa fue la entrevista más compleja”, agrega Mónica. En esa nota con impacto nacional, se hablaba de una monja rebelde que «pateó el tablero» en la Iglesia: “Después de la entrevista, recibí muchas críticas por lo que dije sobre la Iglesia, el Evangelio y la cuestión política y social. También recibí mensajes intimidantes y hasta amenazas. Algunos decían que, por ser monja de clausura, no debería estar haciendo esto. Sin embargo, para otrxs fue muy movilizante y esperanzador. Y, la verdad, no me arrepiento de haber dicho las cosas que dije”. 


Se expuso mediáticamente y dejó al descubierto las tensiones dentro de la propia Iglesia. Con tono directo y abandonando el silencio cómplice, la “monja de las trans” expresó cuánto dolor y heridas había causado la Iglesia a las mujeres trans: “Muchas dejaron de ir a la iglesia por las caras que les ponen cuando entran, se alejaron de Dios pensando que él tampoco las quería”.


Luján, una de las mujeres trans que acompañó Mónica a la entrevista, comenta que quienes hacen difícil el camino al amor son los que están dentro de la Iglesia y que no aceptan otras formas de vida. Para ella, dice, fue maravilloso que alguien, una monja, simplemente se preocupara por ellas y les diera aliento desde lo espiritual.  

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Imagen: Ariel Gutraich -Agencia Presentes.

Mónica no se calla frente a la hipocresía moral, afirma que conoce a muchxs de los clientes; esos “grandes señores, muy trajeaditos”, que solían pasar de día por el convento con sus familias, contratan los servicios de las chicas trans en las noches, pero, en la mañana, “si las pueden aplastar, las aplastan y tengo que callarme porque, si no, aparecen muertas en un zanjón”. 

Las historias y la obra

Recuerda las historias de las mujeres trans que le impactaron, particularmente, el hecho de que la mayoría de ellas fueron expulsadas a la calle por sus familias en la infancia o la adolescencia por su identidad sexogenérica. “Me acuerdo de Jésica, a quien su papá, con 8 años, la colgaba de un árbol, le daba con un látigo para que ‘se haga hombrecito’ o le ataba los pies y agarraba el caballo y la arrastraba para ‘que se haga hombre’. A los 11 años tuvo que irse de su casa”.

Es en 2006, por medio de Romina, la primera mujer trans que toma contacto con Mónica, que comienzan a reunirse en el monasterio de Neuquén. “Les pregunté cuáles eran sus sueños y uno en particular me conmovió, el de Katy, porque ella pedía una cama limpia para morir. Muchas de ellas vieron morir a sus amigas en lugares y situaciones muy precarias y poco dignas porque, cuando ya estaban en estado terminal por el VIH, no les permitían permanecer en los hospitales”.

En 2010, la hermana Mónica consiguió una casa abandonada del Arzobispado de Neuquén que restauró con las chicas y voluntarixs. Así nació la primera casa a nivel mundial para mujeres trans, destinada, en primera instancia, para que pudieran recuperarse o pasar sus últimos días quienes no tuvieran lugar para ir luego de ser hospitalizadas. Ahí vive Katy, que es la responsable de recibir y cuidar a quienes van al refugio. 

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Imagen: cortesía Mónica Astorga.

El proyecto creció y, en 2019, en el mismo predio y con ayuda de SEDRONAR, se abrió la casa Santa Teresita, donde funcionan talleres de formación laboral, los trayectos para terminar primaria y secundaria y el acompañamiento de profesionales del área de la psicología y el trabajo social. Ya para agosto de 2020, en plena pandemia, y con apoyo municipal y provincial de Neuquén, como así también del Gobierno nacional, se hacía realidad un proyecto que la hermana Mónica venía impulsando: se inauguró Costa Limay, el primer complejo de viviendas para mujeres trans del mundo, que cuenta con 12 departamentos y un SUM. Son entregados en comodato a mujeres trans en situación de vulnerabilidad. “Para muchas de ellas, tener esta casa es ver cumplido un sueño”, comenta Mónica. 

La traición de la Iglesia

Mientras estas experiencias florecían, algo empezaba a resquebrajarse en el claustro del Carmelo de Neuquén. “Yo ignoraba todo lo que se estaba planeando detrás de mí. Tres hermanas de mi comunidad, junto al obispo, organizaron una visita en diciembre del 2020, que él presentó como fraterna, pero ya tenían todo armado: querían que me fuera”. El 15 de enero de 2021, delante de todas las hermanas, el obispo le expresó a Mónica que había hermanas que no estaban de acuerdo con su acompañamiento a mujeres trans. “Para mí fue una sorpresa, porque me decían apoyar esta labor pastoral. Me acusaron de muchas cosas que no son ciertas”. A fines de enero de 2021, Mónica se fue a Buenos Aires y cuenta que cayó en depresión. Por intervención de la Asociación de los Carmelos en la Argentina, volvió a Neuquén a fines de febrero de ese año con la intención de restaurar el vínculo con sus hermanas y, ante la presidenta, las monjas le repitieron que querían que se fuera.

Mónica no quería renunciar a su vocación. Estuvo un tiempo en el Carmelo de la provincia de Córdoba, pero le pidieron dejar su tarea con mujeres trans a cambio de quedarse allí. Se dio cuenta de que debía irse, nadie dijo nada públicamente. “Mi fe sigue intacta, no perdí la fe en Jesús, pero sí la confianza en algunas personas dentro de la Iglesia. Hay mucha hipocresía. Todo esto se lo dije y se lo escribí a Francisco, él estuvo al tanto”. 

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Imagen: LM Neuquén.

Ahora, simplemente, Mónica

Actualmente, Mónica está en Buenos Aires y ejerce como podóloga y vive de su profesión. Trabaja con personas en situación de calle, sigue acompañando a mujeres trans y es voluntaria en el servicio de podología del Hospital Borda. 

Cuenta que la orden carmelita le entregó, a modo de préstamo por diez años, un departamento y le pusieron varias condiciones: no ingresar a institutos o congregaciones religiosas, no contraer matrimonio y no permitir que nadie resida con ella. “Yo solo pedía un lugar para vivir, porque debo hacerme cargo de todos los gastos: no tengo aporte jubilatorio tras 40 años en el Carmelo. En julio, me dieron la llave y me dijeron que, en un mes, debía pagar expensas y servicios a mi nombre; no recibiría un peso más. Desde entonces, nadie de las hermanas se comunicó”. 

Mónica está escribiendo un libro para dar a conocer la conspiración de su comunidad con el obispo de Neuquén por su trabajo con las mujeres trans. En este contexto, publicará su correspondencia con Francisco en las que, afirma, “hay expresiones realmente contundentes y fuertes”. Y recuerda su amistad y comunicación con el papa Francisco que, desde que conoció su obra, la alentaba a seguir y no abandonar ese trabajo. 


Su testimonio incomoda porque esa monja rebelde “pateó el tablero”. Tiene una herida muy profunda, pero, comparte, “cada día pido poder perdonar y deseo lo mejor a quienes intentaron destruirme —y lo lograron por un tiempo—. Ya estoy de pie otra vez, también gracias a las trans y al amor de tantos hermanos/as creyentes y no creyentes que valoran este trabajo y el legado de Francisco”.


Le dieron a elegir entre la vida contemplativa, encerrada entre muros, o su compromiso con las mujeres trans. Mónica, la monja de las trans, eligió. Ya sabemos de qué lado de la vida —y del Evangelio, para quienes son creyentes— quiere estar.

*Por Lucas Leal para La tinta / Imagen de portada: LM Neuquén.

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Palabras claves: Iglesia, trans, transodio

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