La especulación como moneda corriente: recetas de la clase media para atravesar el ajuste
Tiene sus ingresos distribuidos en cripto, peso y dólar. Evade impuestos. Utiliza billeteras virtuales y especula. Una vez por semana, tiene calls con gente de Dubai. Mueve el dinero de acá para allá. No es un crypto bro: es la clase media tercermundista del siglo XXI, intentando llegar a fin de mes.
Por Juana Garabano y Agustina Werner para La tinta
Pareciera que el desafío de la época es unir lo que se fragmentó. O, más bien, saber interpretar qué hacer con los fragmentos y, por qué no, preguntarnos si efectivamente existió un tiempo en el que las cosas estaban realmente dadas. Hoy, el sostén de la vida cotidiana requiere más de un trabajo y más de un dinero. Pluriempleo y billeteras virtuales, trabajos en plataformas, deuda y dólares son algunos de los mecanismos actuales que utiliza una parte de la clase media para no ver caer su estilo y calidad de vida.
Para la socióloga argentina, Viviana Zelizer, el dinero es moldeado constantemente por relaciones sociales y toda actividad económica se constituye a partir de un trabajo relacional: esfuerzos constantes por definir y diferenciar, muchas veces mediante criterios morales, los vínculos con los que mantenemos transacciones. Pensemos en cómo diferenciamos cotidianamente entre el efectivo y las cifras en una pantalla, listas para ser transferidas y reducidas. O el ritual en el que enrollamos y acomodamos el dólar en la trompa del elefante con intención y significado (suerte, fortuna) diferente al que le atribuimos a los dólares guardados bajo el colchón (ahorro, seguridad). No tratamos igual la plata que nos dio la abuela que la que entró por una changa, ni tampoco tenemos el mismo afecto con la tarjeta de crédito que con aquel ingreso ―en el mejor de los casos― “fijo”.
Al “marcar” el dinero, lo que hacemos es distinguir y clasificar vínculos con otras personas, con el Estado y con el mercado. ¿Cómo se configuran esas relaciones cuando el sentido común es que “la plata quieta quema”? ¿Qué hacemos cuando la plata no alcanza y la ponemos a jugar? La especulación dejó de ser materia exclusiva de magnates de Wall Street pasados de cocaína: ese estado ansioso hoy se reproduce en sectores sociales diversos y se encuentra cada vez más generalizado, gracias a la popularización de las plataformas digitales de inversión y de trabajo.

Claudia, dueña de una pequeña agencia de viajes, relata cómo gestiona su dinero en conjunto con su hijo Federico, quien trabaja para una empresa extranjera como especialista clínico: “Hasta diciembre de 2023, yo todo lo que ganaba lo invertía en plazo fijo (…) y vos te desfinanciabas, quedabas en cero de plata, pero no podías ir directo al dólar porque, entendés, daba mucho más la tasa de plazo fijo. Ahora lo pongo en dólares y lo pongo afuera. Tranzo con Fede. Le doy a él y él me lo deja afuera. Yo vendo pasajes usando su cuenta en EE. UU. y recibo el dinero acá, en Argentina, en pesos o dólares. Así me evito cualquier comisión entre cuentas, lo cual significa bastante. Usando este mecanismo nos beneficiamos los dos. Yo obtengo mi ‘ganancia’ y le doy a Fede su dinero exacto”.
Su manejo del dinero se encuentra mediado por inflación, trabajo remoto, plataformas digitales y búsqueda de rendimiento. “La macro” importa, pero, al contrario de lo que sostiene la teoría económica, no es suficiente para explicar por qué en Argentina se expandieron de tal manera las inversiones en cripto o se recurre constantemente al dólar. En 2023, más de cuatro millones de personas poseían criptomonedas en el país, cuando, a comienzos de 2020, eran solo 400.000.
La socióloga Soledad Sánchez afirma que, para que un repertorio de prácticas financieras se vuelva familiar y accesible, son necesarias una serie de mediaciones sociotécnicas y culturales: lenguajes pedagógicos y lúdicos, una interfaz amigable y conocimientos compartidos por influencers online, que nos enseñan e incentivan a participar con nuestro dinero en el mercado financiero. Ese espíritu de juego especulador es la línea transversal que se identifica en las nuevas prácticas financieras y el uso de plataformas de trabajo para generar ingresos.
Se mercantiliza lo que se encontraban lejos de la frontera de lo “vendible”; productos que en otro tiempo se donaban, ahora los vendemos por Market Place en Facebook. Una habitación que funciona de depósito ahora es un potencial alquiler en Airbnb. Una bicicleta, una moto o un auto, si le dedicamos algunas horas por día, pueden generar ingresos. Esa mentalidad específica, donde todo puede ser vendible, también funciona a la inversa: si no se mercantiliza, se siente que se está perdiendo plata. Algo parecido nos sucede con nuestro tiempo cotidiano destinado a analizar el plazo fijo, el fondo de inversión, la TNA, en qué momento del mes, en qué billetera virtual, cuándo poner, cuándo sacar, entre tantas otras siglas y verbos de una abstracción extraordinaria y una materialidad muy dura.

En Argentina, la quietud se asocia a pérdida de calidad de vida. Siempre se busca poder más, porque la tendencia siempre es a menos. Buena parte de lo que hacemos y decimos se encuentra mediado por lo que la investigadora José Van Dijck llama “ecosistema digital”. No se trata del uso de una sola plataforma aislada, sino de cómo interactúan y se retroalimentan en su conjunto. Muchas esferas de la vida tienen su propio espacio online e interconectado: Instagram, Upwork, Invertironline, Steam, Okcupid. En el caso de las plataformas de trabajo y de inversión, ambas tienen un mismo ruido de fondo cuando quien sostiene el celular es clasemediero argentino: la ansiedad de no ver caer su estilo de vida.
Actualmente, existe un fragmento de la clase media que trabaja “para afuera”. La digitalización de la economía y la pauperización de las condiciones laborales (tanto formales como informales) construyó un mercado del trabajo global donde América Latina, y Argentina en particular, aporta mano de obra barata. Encontrar un trabajador sudaca en la nube vendiendo su fuerza de trabajo pareciera ser un cuento marxista de ciencia ficción o, mejor, realismo mágico. Pero es más bien una alternativa laboral, muchas veces complementada con otras, jóvenes argentinxs son más baratxs en un nuevo y desregulado mercado de trabajo global. En ese sentido, el libre mercado es un mundo de condicionamientos y ataduras.
En entrevistas realizadas a trabajadores/as de Upwork y Fiverr, plataformas de servicios online, las y los “freelancers” afirman que la estrategia de cobrar su trabajo “barato” les otorga competitividad y algunos dólares. Ser asistente de un consultorio odontológico yankee, producir una discografía completa para un italiano con aspiraciones de rockstar, diseñar flyers para un evento musical en algún país de Europa del Este son algunas de las múltiples inserciones en trabajos precarios de la clase media. Cobrar en dólares, el american dream argento, no es excluyente del pluriempleo y la deuda. Fundamentalmente entre jóvenes.

El dinero, además de muchas otras cosas, es constructor de vínculo con el Estado. Si cuando trabajamos y cobramos no hay ninguna institución estatal que participe de esas transacciones, pareciera que solo existen individuos. Lejos de eso, el trabajo y el dinero no solo forman parte de la reproducción material de la vida en el sentido colectivo, sino que, además, construyen significados comunes. Mediante el pago o evasión de impuestos, por ejemplo, sostenemos, disputamos o tensionamos nuestro lazo social con el Estado. ¿Qué clase de dineros construimos socialmente como tributables? ¿Qué definiciones de lo común guían nuestras prácticas impositivas?
Juan, diseñador gráfico en Fiverr, explica: “Mirá, hay dos procesos, uno es el legal (…) y otro es por afuera haciendo una triangulación con criptomonedas. Yo soy monotributista, declaro parte de lo que genero. Sé que soy uno de los pocos que lo hace porque es un tema moral (…) Hay mucha gente que se queja de muchísimas cosas de cómo está el país, pero no declarar tu impuesto, no declarar lo que ganás, es un delito también a la larga. Y hay una cuestión moral por la que yo declaro, no declaro todo, pero trato de estar ahí al día”.
En sociología, no nos interesa juzgar a Juan sobre el pago de sus impuestos (o su falta). Juan explica que si declara, pierde. No pierde ganancias cuantiosas, pierde para llegar a fin de mes. Pero, al mismo tiempo, Juan quiere sentirse parte de un país, pagar impuestos porque, si no, siente que pierde legitimidad para quejarse, es decir, para reclamar, opinar o aportar al debate público.
Estos freelancers se encuentran desanclados de una territorialidad común asociada al trabajo, al menos de una territorialidad presencial. Victoria, diseñadora de videojuegos en Upwork, afirma: “Trabajar en dólares, o sea, en ‘negro’, es más plata que en blanco, pero yo valoro cuando trabajé en una empresa. Valoro cobrar menos, pero no tener que pensar obra social, jubilación. Si tengo para elegir, prefiero relación de dependencia (…). Prefiero que sea lo más simple y legal, antes de andar tratándoles de sacar un centavo de más”.

Es muy probable que Juan y Victoria sean excepciones de la regla. La mayoría de los freelancers que cobran en dólares no declaran impuestos y no es tan seguro que prefieran la relación de dependencia. Pero las excepciones son puntos de interpretación.
El trabajo no son solo los ingresos. Y, como se resalta en una reciente nota publicada en Anfibia, no todo es guita. Si bien las plataformas no anulan procesos identitarios, sí los redefine. Especulación y mercantilización de la vida son parte del retiro ―al menos, simbólico― de muchos derechos históricamente asociados con lo laboral, que hoy se encuentran reemplazados por pequeñas prácticas financieras que buscan, siempre, rendimiento. En base a estas prácticas ―y de los sentidos que les atribuimos―, nos conformamos como seres económicos. No solo en su sentido mercantil, sino también en las disputas por los supuestos sobre los que basamos nuestra vida en común.
*Sociología de bolsillo, la columna de Sociograma, por Juana Garabano y Agustina Werner para La tinta / Imagen de portada: Sociograma.
