El regreso: Patti Smith
Martes 21 de octubre 2025, Ciudad de Buenos Aires
Hola, ¿cómo estás? Es realmente un placer para mí volver a entintarme las manos y mandarte una carta. Esta es una carta de amor, sí. Pero no cualquier carta de amor, es una carta de amor por los libros y por un libro en particular: Éramos unos niños, de Patti Smith. A ella seguramente la conocés: es una cantante increíble, también escritora y artista visual. Y un poco bruja. Yo la tenía en el radar, una amiga que quiero mucho (y que se le parece un poco) ya me había hecho escucharla, y este es un libro que me recomendaron mucho. Cuando lo empecé entendí el porqué.
«Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas.
El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.
¿Podés recordar el origen de tu curiosidad? ¿La primera vez que sentiste la belleza presentarse frente a tus ojos? ¿Y el deseo innombrable? Por estos días son temas que me ocupan mucho. Estoy en el ejercicio permanente de hundir mi cuerpo en las aguas de la infancia y bucear por esos recuerdos, a veces brillantes y coralinos, otras más barrosos y profundos. Pero recuerdo, sí, la caja de hilos de mi abuela, que era modista. Un rectángulo enorme, quizás de un metro por un metro, con un vidrio en la tapa, y cientos de bobinas de hilos marca Cadena, en un degradé que solo he vuelto a ver en las mercerías mejor equipadas. Una caja que no podía tocar, que estaba vedada para las manos de las niñas que revoloteábamos por la casa ordenada, limpia y oscura de la Olga.
Este libro, que se llama Éramos unos niños, no trata precisamente de la niñez. Quizás sí de la infancia, si la entendemos como un tiempo que puede desplazarse y habitarse en diferentes momentos de la vida. Es un libro dedicado a la relación de amor indescriptible entre Patti y Robert Mapplethorpe, un fotógrafo con una obra exquisita, un ícono marica que murió demasiado pronto. Pero lo que se narra es previo al Robert marica e icónico, y a la Patti punk y avasallante que canaliza con algunos dioses en el escenario.

Son los fines de los años sesentas y Patti, después de atravesar una situación muy difícil, deja la universidad en la que se prepara para ser maestra, y decide mudarse a Nueva York para ser una artista. Se muda a la gran ciudad con poco más que lo puesto, y allá vagabundea hasta que encuentra un trabajo en una librería. Un día, conoce a quien sería su primer amor, quizás de los amores más fuertes que tendrá: Robert Mapplethorpe.
A mí no me importaba trabajar en el anonimato. Estaba aprendiendo. Pero Robert, pese a ser tímido, poco comunicativo y parecer desconectado de quienes le rodeaban, era muy ambicioso. Tenía a Duchamp y a Warhol como modelos. Bellas artes y alta sociedad, aspiraba a ambas. Éramos una curiosa mezcla de Cara de ángel y Fausto.
Es imposible imaginarse la felicidad que sentíamos cuando dibujábamos juntos. Nos abstraíamos durante horas. Su capacidad para concentrarse durante largos períodos se me contagiaba y aprendía de su ejemplo, trabajando a su lado. Cuando nos tomábamos un descanso, yo hervía agua y hacía Nescafé.
Esto es, quizás, de las cosas que más me maravillaron del libro. La idea de estar permanentemente haciendo una obra, en un estado de creatividad e inspiración que sobrevive a las preocupaciones mundanas. Cuenta que, muchas veces, tenían que elegir entre comprar dos sánguches para comer, o compartir uno y conseguir lápices para dibujar. Y ese gesto, en el que yo sin dudas elegiría dos sánguches, creo que funciona como una pequeña muestra de la vitalidad que el hacer artístico tenía para ellxs, algo irrenunciable, más importante que la comida misma.

Crean permanentemente una obra que dialoga, que se comunica entre ambxs, y que por lo general se transforma con la ansiedad y la urgencia de Robert, su ímpetu por volverse famoso. Cuando el deseo los separa, cuando él se descubre marica y su relación como novios y amantes entra en una especie de tormenta, es cuando Patti logra conectar con un deseo más propio, y con un lenguaje que la llevaría a la música. Pero algo de su conexión sobrevive al tiempo y es ese estado de ebullición creativa y lúdica: se habían enseñado cómo permanecer en estado de juego, cómo hacer de la vida misma una obra de arte, una forma de estar en el mundo. ¡Qué ganas de vivir así!
Estábamos evolucionando por caminos distintos. Yo necesitaba indagar más allá de mí y Robert necesitaba buscar dentro de sí. Exploraba el vocabulario de su obra y, conforme sus componentes cambiaban y se metamorfoseaban, estaba, de hecho, creando un diario de su evolución interna, anunciando el surgimiento de una identidad sexual reprimida. Jamás me había dado indicios en su conducta que yo relacionara con la homosexualidad.
Me di cuenta de que Robert había intentado renunciar a su naturaleza, negar sus deseos, hacer las cosas bien por nosotros. Por mi parte, me preguntaba si yo habría podido disipar aquellos impulsos. Él había sido demasiado tímido y respetuoso y le había dado miedo hablar de aquellos temas, pero no cabía duda de que seguía amándome, y yo a él.
Otra cosa que me resultó conmovedora es la transformación de esa relación, y a la vez, la persistencia del amor que se tenían. Una vez que el deseo sexual dejó de ser correspondido, le dieron espacio a la mutación de lo que los unía, a la forma de estar en el mundo, de comunicarse.
Me miró, su mirada de amor y reproche. Mi amor por él no podía salvarlo. Su amor a la vida no podía salvarlo. Fue la primera vez que realmente supe que iba a morir. Estaba sufriendo un tormento físico que ningún hombre debería soportar. Me miró con tal aire de disculpa que fue insoportable y me deshice en lágrimas. Él me reprendió, pero me abrazó. Intenté animarme, pero era demasiado tarde. No me quedaba nada más que darle salvo amor. Lo ayudé a sentarse en el sofá. Gracias a Dios, no tosió y se quedó dormido con la cabeza apoyada en mi hombro.
Creo que ese gesto, “no me quedaba nada más que darle salvo amor”, es la misma imagen con la que comienza el libro, lo que se nos escapa de las palabras, lo que podemos nombrar, pero no termina de decirnos, aquello que nos acerca al abismo.
Nos leemos la próxima. Si querés responderme, te leo con gusto.
Abrazo,
Vir del Mar
Imagen de portada: Tapa del libro «Éramos unos niños», de Patti Smith.
