“Amor descartable”: lo que el archivo familiar puede contar de un país
Una historia íntima, una memoria de clase. En su documental, la cineasta Azul Aizenberg revisa los archivos domésticos de su familia para pensar cómo una clase social construyó su imaginario durante el menemismo. El largometraje entrelaza imágenes caseras, televisión y cine para trazar una lectura crítica desde lo personal. “Me enfrenté a cómo pensar la normalidad de una familia —que era la mía, de clase media alta— en medio de la debacle económica y social absoluta que fue el menemismo”, dice la directora en esta entrevista. El film se estrena esta semana en el Cineclub Municipal, con una función especial junto a La tinta el viernes 17 a las 20:30 horas.
Una cámara VHS. Una canción de Virus. Una madre hipoacúsica que canta mientras lava los platos. Una hija que escucha, graba, edita, pregunta. ¿Qué puede decir el archivo doméstico sobre una época? ¿Qué tipo de memoria construye una familia que filma su normalidad mientras el país se desmorona? ¿Qué vemos ―y qué evitamos ver― cuando miramos el pasado?
Amor descartable, primer largometraje documental de Azul Aizenberg, se estrena esta semana en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, con función especial tintera. La película trabaja con imágenes familiares filmadas durante los años 90 y las entrelaza con materiales de distintas fuentes para construir un ensayo íntimo, político y generacional.
Lo que empieza como un retrato materno termina convirtiéndose en una crítica a los imaginarios de clase construidos durante los 90 y en una búsqueda por torcer, aunque sea un poco, lo heredado.
¿Desde el sofá?
“Amor descartable no nace con una temática ni con los archivos. Nace del impulso de retratar a mi madre a lo largo del tiempo”, dice Azul. “Poder pensar, a través de la cámara y el micrófono, una relación entre nosotras más allá del vínculo madre e hija. Verla como una mujer y no solamente como una madre”.
El punto de partida fue un ejercicio en la facultad, allá por 2015. Azul debía grabar a una persona cercana y empezó a grabar a su madre en diferentes situaciones de la vida cotidiana.
Con el correr de los años, esas imágenes se acumularon, se transformaron y comenzaron a conectarse con otros materiales: cintas VHS-C filmadas por su padre durante toda la década del 90. Vacaciones, cumpleaños, escenas domésticas. Azul digitalizó esos videos y empezó a mirar. Lo que vio no era un secreto, sino algo más difuso: una forma de vida, un modo de habitar el país de espaldas a lo que pasaba fuera del living.

“Me enfrenté a cómo pensar la normalidad de una familia —que era la mía, de clase media alta— en medio de la debacle económica y social absoluta que fue el menemismo. La manera en que esa familia parecía, sobre todo en esos videos, darle la espalda a lo que pasaba fuera de la comodidad del hogar”.
Aizenberg no mira sus archivos como una herencia melancólica, sino como una pregunta abierta. Las imágenes familiares —como cualquier archivo— no son neutrales. Cargan con estéticas, con ausencias, con formas de narrar que también construyen identidad de clase. En ese gesto, la película pasa de lo íntimo a lo colectivo sin perder profundidad ni afecto.
“Empecé a tratar de trabajar los archivos, entendiéndolos ya no solamente como parte de mi historia íntima, sino también como parte de una memoria más amplia. Y dentro de esa memoria colectiva, como algo muy singular, propio de esa clase que en los 90 asciende, se ve beneficiada, puede viajar a Disney, puede comprarse la cámara, puede registrarlo”.

Lo que suena aunque no se escuche
El título del film también tiene historia. «Amor descartable» es una canción de Virus que el padre de Azul le cantaba a su madre. Después de la separación, la canción siguió apareciendo. Su madre, hipoacúsica, la repetía ocasionalmente mientras cocinaba o limpiaba. Cantaba desafinada, desacompasada, sin poder oír la melodía completa, pero con la letra fija en la memoria.
“Me llamaba la atención cómo, aun con cierto despecho, aparecía esa canción. Le daban ganas de cantarla y salía de su voz con una melodía completamente disonante, como lo puede ser para una persona sorda. En esa canción, cantada por mi madre de esa manera, se cifraban ya las historias que la película termina contando”, señala la realizadora.
Con el tiempo, el título fue tomando otras capas de sentido. No se trata solo de un amor terminado. Puede leerse también como una forma de nombrar el pasado argentino, su carga afectiva, sus contradicciones: “En una entrevista que encontré hace poco, le preguntan a Federico Moura por ‘Amor descartable’ y él dice que puede referirse no solamente a un vínculo amoroso del pasado, sino también al pasado de un país. La canción sale justo después que termina la dictadura. Entonces hay algo de esa relación con el pasado que oscila todo el tiempo entre la negación y el espanto”, agrega Azul.

El cine, trabajo y acto político
El film fue realizado durante casi una década, en tiempos discontinuos y con recursos limitados. Recién en 2021, junto a la productora Flor Azorín, logró obtener apoyo del INCAA a través de la Vía Documental Digital, una línea de fomento que ya no existe. “Fue una posibilidad —ahora aniquilada por el gobierno actual— que habilitaba que cineastas sin antecedentes pudieran realizar su ópera prima”, cuenta Azul y suma: “El impulso del instituto hizo una diferencia fundamental”.
En el contexto actual, donde la cultura y la educación pública están siendo desmanteladas, Aizenberg apuesta por seguir haciendo cine desde el deseo, la comunidad y la resistencia. Y defiende un cine político no solo por sus temas, sino por su modo de producción. “Nuestra manera de hacer cine no tiene que ver con una contabilidad financiera ni de espectadores. Hacemos un cine político porque creemos que el cine, proyectarlo, verlo, hacerlo, es una forma de restituir un tejido social que está roto”.
“Cada vez que hacemos una película y cada vez que la proyectamos, estamos produciendo una comunidad efímera bien distinta a la netflixización de la vida individual”, afirma Azul.

Amor descartable no busca cerrar sentidos. Se apoya en los restos, las contradicciones y las capas que se acumulan cuando se vuelve una y otra vez sobre lo filmado. La película combina videos domésticos, telenovelas, cine de época, televisión. Todo se irradia desde el archivo familiar y vuelve a él, como un loop afectivo y político.
“Ahora puedo decir que Amor descartable se trata no solo de las historias que nos contamos con esas imágenes de archivo, sino también de las historias que nos contaron. De cómo, como clase, nos podemos ver representadas en las imágenes que hemos consumido”, concluye la directora bonaerense.

Ficha técnica
Amor descartable (Argentina, 2025, DCP, 81’, ATP)
Documental dirigido por Azul Aizenberg.
Guion: Azul Aizenberg – Producción: Flor Azorín – Montaje: Rosario Suárez y Azul Aizenberg – Sonido: Camila Fabri y Azul Aizenberg – Diseño sonoro y mezcla: Marcos Canosa – Color: Daniela Celone – Música: Gaby Zonis – Una producción de Ver y Poder.
En el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49, Córdoba capital) en los siguientes días y horarios:
- Jueves 16/10 – 18:00 y 23:00 h
- Viernes 17/10 – 15:30 y 20:30 h (Función especial acompañada por La tinta)
- Sábado 18/10 – 18:00 y 23:00 h
- Domingo 19/10 – 15:30 y 20:30 h
- Lunes 20/10 – 18:00 h
- Martes 21/10 – 20:30 h
- Miércoles 22/10 – 18:00 h
*Por Soledad Sgarella para La tinta / Imagen de portada: documental «Amor descartable».
